martes, 15 de noviembre de 2016

La Cronicas de la Torpe social: La vendedora maligna, el teléfono monstruoso y otras situaciones sociales estresantes.




Todos mis amigos lo saben: soy un desastre social. Y lo aceptan, cosa que agradezco. Hablo que soy de esas personas que olvidan cumpleaños y fiestas de guardar (Gracias a Dios por Facebook que me ha facilitado la vida en el tema), a quien le vergüenza hablar por teléfono ( soy fonofóbica sin diagnóstico ), que tartamudea cuando habla en voz alta y se tropieza con las cosas por puro despiste. Y que difícil es ser tan atolondrada cuando tu profesión depende de tu habilidad social y tu capacidad para relacionarte con tus semejantes. Es una especie de juego de puntería: quizá un día no ocurre, pero sabes que eventualmente, ese pequeño gran desperfecto que sufres en tu capacidad para socializar terminará saboteando tu vida diaria. Para reír, para llorar, llegado a cierto punto, intentas tomarlo todo con filosofía. ¿Lo logro? ¿No lo logro? Depende del día, claro.

Con el tiempo, he aprendido a lidiar con mis problemas de socialización y puedo decir, que he logrado avanzar un buen trecho hacia esa capacidad deseable de poder relacionarme con mis semejantes sin provocar un incendio o herir a alguien. No obstante, sigo padeciendo esta enorme torpeza, esta locura sin nombre, que a veces no sé como clasificar. Y de vez en cuando, la cosa se hace aún más complicada: definitivamente hay situaciones que nunca podré superar completamente, y son esas situaciones, las que quise recopilar hoy, en esta pequeña entrada.

Porque sin duda, la risa siempre será la mejor manera de crear.

Situación estresante Uno: la vendedora insistente.
Mi problema social tiene grados de gravedad: se hace leve y apenas notorio en compañía de amigos y conocidos de confianza y se agudiza, a niveles preocupantes, con desconocidos. Probablemente por esa escala de peligro, es que uno de los momentos más incómodos que pueden ocurrirme es enfrentarme a una vendedora muy decidida a venderme con cualquier cosa.

La cosa parece repetirse con frecuencia: entro a una tienda, comienzo a mirar la ropa con el ojo torpe del que sabe poco o nada sobre marcas, tendencias, modas o cualquier otra menudencia. Toco el vestido / camiseta / pantalón con dedos torpes, lo miro sin saber muy bien que busco y miro la talla — la única cosa realmente importante en todo esto -. Y mientras transcurre el ritual solitario, de pronto y venida de la dimensión de la fobia social, una vendedora se materializa a mi lado, mirándome con interés.

- ¿La ayudo en algo?
Sonrío, retrocedo. Cuelgo la camisa / vestido / pantalón en su lugar. La mujer me mira fijamente. Mujer, ¿No sabes lo incomodo que es eso?
- No, en nada. Gracias.
- ¿Seguro?
- Sí, seguro — intento escabullirme. La vendedora, con una habilidad sorprendente, se mueve para de nuevo, quedar a unos pasos frente a mi.
- Tenemos en varias tallas y colores.
- Ya veo, pero ya me iba.
- ¿Y si se lo prueba?
- No, gracias.
- Este le quedaría mejor.

Atónita, no sé que decir cuando me encuentro con tres o cuatro piezas de ropa que no solo sé no me quedarían mejor, si no que jamás usaría ni bajo pena de muerte. Eso, sin mencionar el precio que esta Venezuela socialista y empobrecida, es motivo suficiente para huir con rapidez de cualquier local con una vitrina a cuestas. Pero no lo hago, paralizada y desconcertada por aquel intercambio de frases machaconas. Intento sortear la incomodidad con la diplomacia del tartamudo.

- Volveré después para probarmelos.
- Lo puede hacer ahora.
- No gracias.
- Este color es perfecto para usted.

Esa guerra verbal no la voy a ganar jamás. Y sí, pocas veces la he ganado. La mayoría de las veces, termino con una camiseta de color rosa chillón que solo me pondría para celebrar un alto grado etílico o peor aún, una falda tan corta que poco después la uso para cubrir del polvo mi computadora. La vendedora voraz ataca de nuevo.

Situación estresante número dos: Llamada telefónica de número desconocido.
Suena el teléfono. Para una fonofobica, el sonido es el comienzo de la locura. Levanto la vista, miro la pantalla. ¡Horror! no reconozco el número. Me acerco, lo tomo entre las manos. Sigue repicando. Lo miro con los ojos muy abiertos, la boca seca del susto. Vaya, tiene muchos deseos de conversar ese hipotético interlocutor, que continúa insistiendo a pesar de las media docena de timbrazos sin contestar. Lo dejo de nuevo sobre el escritorio. Continuo mirándolo, tratando aceleradamente de recordar si es el número de alguien que por algún terrible accidente cósmico no identifiqué en el directorio electrónico. El repique continúa mientras me aprieto las manos, camino de un lado a otro. ¿Contesto o no? ¿Y si es un psicópata con un hacha que está aguardando del otro lado de la línea para avisarme que me quedan siete días de vida? ¿Y si es un mirón malsano que hará algún sonido escalofriante salido de mis peores pesadillas? El teléfono sigue sonando. Lo tomo de nuevo. ¿Respondo? Pero vamos Agla, ¿Que puede pasar? ¿Quién puede ser? Lo más que puede ocurrir es que no reconozcas la voz…y que una mano peluda emerja desde las profundidades digitales del teléfono para estrangularte! Deja de pensar locuras mujer de una vez y atiende el teléfono. Vamos, tu puedes. Ni siquiera debes apretar una tecla. Solo rozar la pantalla con el dedo! No seas cobarde. ¿Es este el comportamiento de una adulta racional? ¡Vamos!

Envalentonada por la discusión de mi voz regañona, levanto el teléfono y acepto la llamada. Silencio. Hace un buen rato que la llamada se cortó.

La fobia social 1, Aglaia 0.

Situación estresante número tres: Las cosas que se caen y otras menudencias gravitacionales.
Afortunadamente, me ocurre poco, pero cuando ha pasado es tan desconcertante y temible, que lo incluyo con honores en esta lista. Entro a una tienda con mi enorme morral llena de cámaras y libros, y comienzo a recorrer anaqueles, mirando que comprar. De pronto me doy la vuelta y como en cámara lenta, observo como un objeto queda enganchado / tropieza / roza la orilla más próxima del bolso. Retrocedo— cuando debí quedarme quieta, lo sé — y miro todo en una especie de slow Motion Hollywoodense desconcertante: la cartera tropieza y arrastra el objeto — el más costoso, seguro — y lo veo volar, por el aire, describiendo un circulo perfecto. Lo observo fascinada y paralizada, sé que debería hacer algo, pero no lo hago. Me quedo mirando como el carísimo artículo, continúa su viaje hacia la libertad, brillando y siendo más hermoso que nunca y después…cae al suelo. Con un chirrido o un sonido igual de aparatoso. Entonces, aparecido de la nada, llega un disgustado vendedor — el único vendedor que no me persiguió o me acosó, claro — y con muy mala cara, pasará los próximos veinte minutos recogiendo trocito por trocito del valioso artículo y explicando cuán único, invaluable y hermoso era. Y yo pasaré esos mismos 20 minutos disculpándome entre balbuceos y tartamudeos y saldré más tarde por la puerta, llevando un artículo muy bello, de dudosa utilidad, para compensar.

La historia de mi vida, en un acto.

Definitivamente no es fácil, ser un torpe social en un mundo donde parece ser un requisito la sonrisa amplia, el verbo fácil y la facilidad para la tertulia fácil. Y que complicado resulta, cuando avanzas a tropiezos en medio de esa confusa sensación de no entender muy bien cómo funciona la estructura del mundo o mejor, cómo deberías comprenderla. Quizás no es tan complicado, me digo con esa esperanza frágil del despistado. Pero todos sabemos — y muchos más los torpes de solemnidad como yo — que si lo es.

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