domingo, 5 de julio de 2015

El alto vuelo de la imaginación y otras historias de brujería.



Una vez, mi bisabuela F. me explicó que para la brujería, los Cisnes son el símbolo del renacimiento, el poder del espíritu de renovarse así mismo y sobre todo, de construir una nueva visión sobre el mundo como lo concebimos. A mis descreídos once años, los Cisnes me parecían unos enormes y desgarbados animales, por lo que no entendí muy bien sus palabras.

- ¿Pero por qué se les entiende así? Son sólo pájaros, como gallinas muy grandes ¿Que tiene eso de bonito o de simbólico? No entiendo de verdad por qué tengo que aprender estas cosas - le pregunté un poco desganada. El tema de los símbolos y las metáforas en brujería era de los que menos me gustaban en mi aprendizaje sobre la Tradición de mi familia. No era para nada emocionante y de hecho, la mayoría de las veces me parecía tan aburrido como provocarme inmediata somnolencia. Pero eso no podía decirselo a mi bisabuela, que se lo tomaba tan en serio y que parecía interesada en lo que aprendiera.

Bisabuela me dedicó una larga mirada hostil por sobre sus lentes de lectura. No tenía una gran reserva de paciencia y al parecer, las lecciones de la tarde bajo el árbol del mango, la consumían toda. Con un gesto elocuente, cerró su Libro de las Sombras con un manotón y se quedó muy quieta, con las mejillas sonrojadas de ira.

- Los simbolos, muchacha, son las maneras como tu mente se expresa - me dijo - y cada uno de ellos tiene un valor en como interpretas lo que piensas. Un Cisne es una visión enaltecedora. Una imagen sobre la esperanza.
- Ya entiendo - dije conciliadora y un poco inquieta por su evidente disgusto - ¿Y entonces el Cisne es el símbolo de qué cosa?

Recordé los Cisnes que había visto durante mi vida: criaturas bellas y aparentemente idílicas nadando plácidas en el lago del zoologico de la ciudad. Me habían parecido bellas...pero también carentes de cualquier atractivo interesante. Un Cisne no podía cantar, ni volar, ni tampoco era agresivo, mal humorado o repetía las palabras que le decías. En esencia, un Cisne era una criatura que sólo podía ser bella. Pero no supe como explicarle eso a Bisabuela sin sonar irrespetuosa con lo que trataba de explicarme. Así que la miré con franca curiosidad, intentando demostrarlo lo muy interesada que estaba en la lección de ese día.

- Un Cisne es una criatura que en esencia, parece resumir lo que creemos sobre la belleza, el poder espiritual y sobre todo, esa noción que tenemos sobre nuestra capacidad para creer en la esperanza - me explicó. Suspiro, acariciando con la yema de los dedos las solapas de cuero de su Libro de las Sombras - se trata además, de una idea recurrente en todas las culturas ¿Que tan real es lo que crees? ¿Que tanto significa para ti? Es un dilema, una comprensión elemental y sobre todo, una percepción sobre lo que somos, asumimos real y más allá de eso, es parte de nuestra mente.

Por supuesto, no entendí nada de lo que me decía.  Pero aún así, tuve la sensación que entre sus palabras, había algunas ideas sobre las que yo había meditado antes. Imaginé a los Cisnes que había visto, sacudiendo las alas Blanquísimas y chapoteando sobre la superficie radiante del agua. Una imagen mágica, tan hermosa que quitaba el aliento. Y también, un poco triste. En toda su dulzura trágica, el Cisne parecía atrapado por el brillo del agua, por su incapacidad para volar, incluso por su fragilidad casi etérea. Tuve la sensación que para el Cisne - y quizás para quien se deleitaba de su belleza - ese vuelo de alas abiertas a ninguna parte, era una manera de comprender las limitaciones de nuestra mente. No lo pensé en términos tan complejos, claro. Pero si supe que el Cisne - como criatura que formaba parte de esa idea que la bisabuela mencionaba como misteriosa - era algo más que esa visión de extraordinaria ternura que parecía encarnar.

- ¿Y de donde viene toda esa idea sobre el Cisne? - le pregunté - ¿Cómo es que...forma parte de las cosas en las que creemos en brujería?
- La brujería es en realidad una historia muy antigua transmitida de forma oral y doméstica - me dijo bisabuela - algo que resulta muy desconcertante en una época de libros y aparatos electrónicos que acumulan la información. Pero en otra época, las creencias se heredaban, como si se tratara de un particular legado de particular belleza. Lo mismo ocurre con los símbolos. La brujería lo heredó de siglos anteriores a la primera vez que se mencionó dentro de cualquier creencia de la Tradición de la Diosa. Y ahora es parte de lo que asumimos puede formar parte de todos esos elementos que celebramos.

"Para muchísimas culturas, el Cisne representó por mucho tiempo la pureza. Quizás se debió al hecho que las plumas del Cisne jamás se ensucian ni llegan a empaparse del agua donde nada por completo. En tiempos muy antiguos, eso debió considerarse poco menos que un prodigio. Para la brujería, ese símbolo es incluso algo más profundo: Una percepción de la capacidad del alma humana para reponerse a sus temores, para mirarse con enorme atención y asumir que a pesar de los sufrimientos, siempre es capaz de remontar vuelo. Así que un Cisne, debió ser la manera como se asumió el poder para recuperarse de los dolores del espíritu y también de esa percepción esencial sobre como asumimos la experiencia en nuestra vida".

Sacudí la cabeza. Las ideas que expresaba mi bisabuela eran mucho más amplias de lo que yo podía entender, pero aún así, escucharlas me produjo un escalofrío. Tal vez se trató del brillo de la tarde que caía carmesí y dorado sobre el jardín o el olor del viento de montaña, cargado de voces secretas, que parecía deslizarse por la curva añil del cielo. De pronto, tuve la impresión que había algo dolorosamente bello en la imagen del Cisne remontando vuelo, quizás sin lograrlo, con el larguísimo cuello inclinado con elegancia. Y más allá, la luz convertida en una especie de anuncio de la belleza, como si naciera de aquella imagen antiquísima. Me pregunté, mirando ese atardecer caer, si el dolor y la belleza podían ser parte de una única idea. O sí quizas, se complementaban una a la otra.

Cuando volví a mirar a la bisabuela, continuaba sentada bajo el árbol de mango, inmovil y con sus ojos verdes muy abiertos y atentos. Su rostro era una colección de sombras y había algo en su postura rigida, que sugería un cierto cansancio. A mitad de la belleza y el dolor, pensé, aunque no supe bien de donde provenía la frase. Un pensamiento extraño que me llevó esfuerzos comprender y sobre todo, asimilar con claridad. Pero allí estaba, como suspendido en mi mente, etéreo y simple como un deseo a punto de realizarse.

- A veces, creo que la Brujería es una creencia  que se perderá en el tiempo - dijo entonces para mi sorpresa. Lo dijo con toda naturalidad, pero había en su voz un dejo de tristeza que me sorprendió - Creo o temo, que a veces es casi lo mismo, que un tipo de aspiración por el conocimiento que proviene de algo tan intimo como la experiencia, no está destinado a perpetuarse en medio de un mundo cínico como el nuestro.

- ¿Entonces por qué me enseñas? - pregunté. Incluso a mi misma, la pregunta me pareció insolente, dura, hiriente. Pero era por completo sincera. La bisabuela ladeó la cabeza y parpadeó, como si recordara que me encontrara allí. Como si el mundo se materializara a su alrededor.

- Porque conservo la esperanza - contestó.

La noche terminó de caer. Y en la oscuridad limpia que nos envolvió, sus palabras parecieron flotar como un eco limpio de pura belleza.

***


El día que la bisabuela murió, yo no estaba en casa. Me encontraba en la escuela aún en clases y nada podría haberme preparado para asumir que un día como cualquier otro, se convertiría en un momento que no olvidaría jamás. Recuerdo que levanté la cabeza del cuaderno donde escribía cuando la directora entró al salón con paso lento. Se acercó al escritorio de la Maestra y luego, ambas me miraron con los ojos muy abiertos y el rostro blando de preocupación. Mi amiga Flor, unos pupitres más allá, tuvo un sobresalto de preocupación.

- ¿Que hiciste? - le escuché surrurar. Me encogí de hombros, conteniendo la respiración. Cuando la maestra me hizo una seña para que me acercara a su escritorio, las rodillas me temblaban de pura angustia mal contenida.

La noticia me golpeó como un impacto físico. La maestra me tomó de las manos, las apretó con amabilidad, pero yo apenas podía comprender que sucedía. Parpadeé y mi mente se llenó de la imagen de la bisabuela sentada bajo el árbol de mango, iluminada por el último rayo de luz del día. Los grandes ojos verdes llenos de inteligencia y humor. Su sonrisa apenas entrevista. "Porque conservo la esperanza", había dicho. Hacia tantos meses ya de eso, que la imagen era una de tantas en medio de ese cotidiano vertiginoso de mi infancia. Pero ahora, estaba allí, muy clara y radiante. Una idea que parecía resumir mis sentimientos por mi bisabuela, el dolor de su muerte y algo más inquietante que no sabía explicar. Quise decirselo a la maestra, decirle que bisabuela era fuerte y siempre tenía grandes ideas, que le gustaba el sabor del café con leche en la mañana, que amaba a sus libros más que cualquier otra cosa. Que sacudía la cabeza al reir y su precioso cabello cobrizo lleno de canas le rozaba la mejillas. Pero de pronto, todo fue luz, una que heria y me hacia daño. Después vinieron las lágrimas.

Años más tarde, creería que no había hecho otra cosa que llorar los días que siguieron a su muerte. Llorar sin poder contenerme, ocultando el rostro bajo el brazo, negándome a cualquier consuelo. Cuando la abuela vino a mi habitación para pedirme llevara una blusa blanca en honor al luto, me negué, con las manos apretadas sobre las rodillas, incapaz de dejar de llorar, de construir una frase coherente. El rostro de mi madre aparecía de vez en cuando en la explosión blanca y con olor a flores muertas que parecía rodearme. Y también, el de la bisabuela. En esa hora última color añil donde me había mirado como el último eslabón de una historia muy larga. Donde había extendido la mano para...

- ¿Al Zoologico? - preguntó prima M. mirándome desconcertada. Tomé una bocanada de aire.
- Necesito ir.
- ¿Para qué? Tenemos que regresar para ir...

No se atrevía a decir la palabra "Cementerio" en voz alta, eso lo sabía yo, de manera que no lo dijo. Se quedó sentada junto a la mesa de la cocina, con las mejillas pálidas y flojas, el cabello despeinado cayendole sobre la camiseta blanca que llevaba. Después volvió a mirarme, con sus enormes ojos negros llenos de una luz dolorosa e inquieta.

- ¿Es por ella? ¿Quieres...hacer algo por ella?

No sabía como explicarle lo que quería hacer. No sabía incluso si M., tan deslenguada y cruel en ocasiones, me comprendería. Pero no podía engañarla tampoco, de manera que asentí. Las lágrimas me cerraron la garganta de nuevo y sacudí la cabeza tratando de contenerlas. No llores, no llores.

- Bueno vamos - dijo entonces - Pero sólo un rato. En dos horas tenemos que estar aquí.

Nadie nos miró cuando salimos de la casa. De hecho, toda la familia parecía sumida en una especie de sopor cristalino casi tan duro de sobrellevar como mi dolor de niña. Mi prima me tomó de la mano y caminamos juntas por la calle solitaria, donde las hojas de los árboles comenzaban a caer. Me refugié en su bello color bronce, en la sensación de dulzura que me producía su crujido bajo mis pies.

- En una ocasión, bisabuela me dijo que todas estabamos loca - dijo prima de pronto - que eramos una casa de mujeres locas y salvajes. Y que esa era su mejor herencia. La mejor de todas. Las que más le agradaba. Recordé eso cuando me pediste llevarte al Zoologico. Pura y bella locura.

No dije nada, pero le apreté la mano, como si le agradeciera comprenderme. Ella suspiro con los hombros encorvados.

- A veces, es duro comprender el dolor como parte de todas las cosas.

La frase me golpeó en las partes sensibles que la muerte de bisabuela había herido. Me llevé la mano a la cara para ocultar mis lágrimas. Mi prima sacudió la cabeza.

- Vamos pues, al zoologico. Quizás la vida está hecha de escenas que nadie comprende.

No respondí. Me aferré a mi silencio como si se tratara de una palabra en si mismo. Mi prima pareció comprenderlo así y me pasó un brazo por los hombros, apretándome contra su costado con un apretón reconfortante. De pronto pensé que ella y yo eramos huerfanas de una historia que había perdido uno de sus rostros: el de mi bisabuela.

Pensé en eso cuando me acerqué al lugar del zoologico donde los cisnes se encontraban. Mi prima me miró desde cierta distancia, como si supiera que necesitaba estar sola.  Era un día muy azul, de esos entrañables de una Caracas olvidada y parecía haber algo de mágico en medio de aquel silencio triste de una tarde de despedidas. O así lo pensé, tambaleándome sobre el cesped recién cortado.

 Eran tres  Cisnes de plumaje blanco y camibaban alrededor de la tierra húmeda con gestos delicados pero aún así, un poco desgarbados. Me acerqué a ellos con paso lento y un poco temoroso. El viento me golpeaba fuerte en el rostro y de pronto, volví a recordar a la abuela, que decía que el viento podía contarte historias, si sabías escucharlas. Que cada momento del mundo, tenía sentido y peso propio. La garganta se me cerró de dolor.

Uno de los Cisnes lanzó un graznido. Me encontraba tan cerca del pequeño grupo que me parecieron inmensos, con sus alas exquisitas y las patas combadas abriendose debajo del cuerpo voluminoso. Jamás los había visto tan de cerca y me impresionó la curva frágil de su cuello, los ojos enormes y asombrados que me miraban con cautela. No me extrañó entonces que muchas culturas les consideraran sagrados, espléndida criaturas provenientes de las manos mismas de los Dioses. Una imagen idílica de una felicidad ultraterrena.

Me incliné con cuidado, tomé una de las plumas que había sobre la hierba. Escuché a los Cisnes sacudir las alas otra vez. Cuando los miré de nuevo, el grupo se había alejado, apretado e inmovil, mirándome a unos cuantos pasos de donde me encontraba.  Tres formas exquisitas, delicadas, frágiles. Imperecederas. Las imaginé, volando en lagos y ríos lejanos, en tiempos remotos donde ojos inocentes los habían mirado asombrados. Y de pronto, pensé en la magia como algo más profundo y complicado que una palabra. Que una hoja escrita. Pensé en la Brujería, no sólo como una creencia, sino como un viejo hilo de conocimiento y belleza, un legado sobre el conocimiento y cierto tipo de inocencia. Pensé en el valor de los sueños, en la trascendencia de lo que deseamos.

En la esperanza.

Seguí pensando en la esperanza esa tarde, cuando acudí al Cementerio para despedir a abuela. Llevaba la pluma blanca del Cisne en el cabello, entre las trenzas que me había hecho en su honor. Pensé en la esperanza mientras miraba el cielo azul que se extendía en todas direcciones sobre mí y escuchaba los suspiros y el llanto contenido a mi alrededor. Y continué pensando en la esperanza, cuando sólo hubo silencio, cuando la pequeña multitud de dolientes se dispersó y quedó sólo la tierra removida, la hierba blanda y aplastada. Me quedé de pie, junto a las flores marchitas, pensando en el poder de creer y de crear. Me quité la pluma del cabello. La coloqué con enorme respeto junto a los tallos rotos y los pétalos que flotaban bajo la luz cálida del sol.

- Yo también mantengo la esperanza. Y la llevaré a todas partes, como me enseñaste - murmuré. Me sentí súbitamente adulta, como si hubiesen transcurrido muchos años desde aquella conversación junto al árbol de mango. Y aún así, había una cierta idea de inocencia, en medio de ese silencio sin respuesta. Ese sufrimiento infantil que aún seguía atormentándome y lo haría mucho tiempo después.

Pero seguiría recordando la esperanza. Ese pequeño obsequio en medio del dolor. Esa pluma blanca en mitad de los sufrimientos y dolores. El valor de la herencia que se lleva como una idea, de la experiencia como una forma de expresión. Y más allá, me digo a veces, recordando ese momento como un fragmento preciado de una historia privada muy valiosa, una forma de recordar que más allá del sufrimiento, hay una idea que sobrevive. Una sueño que se crea en una sonrisa. Una manera de soñar.

C'est la vie.




3 comentarios:

marcela dijo...

Hermoso

marcela dijo...

Hermoso

Licoa Salazar dijo...

Gracias por compartir tu historia y por recordarme que es necesario "una forma de recordar que más allá del sufrimiento"

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