lunes, 13 de julio de 2015

Una victima cotidiana. Como es vivir en el tercer país más violento del mundo.




En Venezuela, la violencia es algo de todos los días. Tan indivisible del gentilicio que comienzas a creer es un elemento esencial  para asumir quienes somos o cómo nos comprendemos, luego de casi una década y media de convivir al filo del desastre armado con más frecuencia de la que deseamos admitir. Porque en Venezuela, la violencia no es un término ni una estadística, es una idea que nos acompaña a todas partes, invade hasta los espacios más pequeños y privados. La Violencia que es parte de la identidad.

Hoy desperté con el sonido de una ráfaga de balas. No se trata de una frase metafórica: el primer sonido que escuché fue una rápida sucesión de balas de alto calibre que pareció abarcar cualquier otro sonido de la madrugada en la calle donde vivo. Luego me enteraría que el barrio 905 — que se encuentra a tres cuadras más allá — fue tomado militarmente por la GNB (Guardia Nacional Boliviariana) , el SEBIN ( El Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional) y el BAE ( Brigada de Acciones Especiales) en una operación conjunta que incluye armamento militar de alto calibre, explosiones y también uso de vehículos de guerra para cerrar calles y accesos. Por casi tres horas, he escuchado explosiones y detonaciones. Estallidos que supongo los produce una granada de mano. Todo esto, mientras docenas de patrullas y funcionarios uniformados recorren la calle, al mismo tiempo que el tráfico vehicular y transeúntes. Una mezcla caótica e irresponsable de lo civil y lo militar que parece describir mejor que cualquier otra cosa la realidad del país actual.

Para los lectores que no estén familiarizados con el término, un “barrio” caraqueño es una zona a la periferia urbana, con casas construidas de manera precaria sobre lomas y laderas, llamados en algunos lugares de latinoamerica “Chabolas” y en Venezuela “ranchos”. Con altísimos indices de violencia y delincuencia organizada, son quizás los lugares donde se hace más visibles que en cualquier otro, la ausencia de políticas públicas sobre seguridad ciudadana en el país. En especifico, el barrio “La Cota 905”, con sus casi 0.7 km es probablemente una de los lugares más peligrosos del país y por ese motivo, declarada eufemísticamente “Zona de paz” hace unos meses. Desde septiembre de 2013, las llamadas “Zonas de Paz, se han implementado en los municipios con los indices delictivos más altos de Caracas en un intento de controlar el tráfico de drogas, armas y sobre todo, la violencia criminal en la zona. Un plan de desarme progresivo que buscaba retomar el control oficial y judicial de las zonas más violentas de la ciudad. La iniciativa buscaba también, desmovilizar a las bandas delictivas de mayor poder, con la intención de incorporarlos a la sociedad, a través del trabajo comunitario. No obstante, la política de pacificación — que carecía de verdadero alcance y capacitación de personal a cargo — careció de efectividad y sólo logró fomentar la impunidad y un renovado auge de todo tipo de carteles y bandas de altísima peligrosidad en los barrios de mayor población de una ciudad cada vez más hostil y anárquica. Como en el caso del barrio 905, muchas de las “zonas de paz” se han transformado en un territorio fuera de la ley, controlado y abastecido a través de la corrupción y también de todo tipo de tráfico de influencias y corrupción hasta crear un pequeño país criminal en varias zonas de Caracas.

Por meses, la situación ha sido denunciada por distintos medios de comunicación virtuales, sin otra respuesta que una nada disimulada indiferencia desde los órganos del poder. La movilización oficial al respecto fue escasa, a no ser unas cuentas declaraciones esporádicas que parecían insistir en promover la política gubernamental de ignorar los indices de Violencia por medio del discurso ideológico. Como inmediata consecuencia, durante las últimas semanas, el Barrio 905 se transformó no sólo en una de las zonas más violentas de Caracas — que es, probablemente en si misma una idea aterrorizante — sino en una por completo inexpugnable a cualquier control judicial. Aún más preocupante resulta el hecho que el Barrio se encuentra a poca distancia de una avenida transitada, rodeada de seis colegios, tres Centros Comerciales, una buena cantidad de edificios residenciales, parques, plazas y un par de hogares de cuidados diarios de ancianos. Aún así las sucesivas denuncias, los insistentes reclamos de los vecinos sobre el peligro latente que puede significar el hecho que bandas criminales puedan ejercer control sobre un territorio urbano, cayeron en saco roto. En una ocasión, uno de mis vecinos, funcionario militar a quien conozco desde hace más de diez años, resumió la situación con una única frase “mientras no haya sangre de alguien importante, no molesta”. Me explicó además, que la prioridad del gobierno no era la desmovilización de las bandas criminales, sino su pacificación progresiva. “En socialismo el crimen no se enfrenta con armas, sino con ideas”.

Pienso en esa frase mientras escucho los repiqueteos de la metralla, cada vez más frecuentes y cercanos. Es una sensación inaudita, esa de encontrarte en tu habitación y saber que no hay otro lugar a donde huir para resguardarte del miedo. Pienso en todo el miedo que he sentido durante los últimos años, en las ocasiones en que el lugar donde vivo se ha transformado en una zona de desastre que apenas reconozco como el lugar donde crecí. Pienso en la simplista reflexión de mi vecino, mientras permanezco tendida sobre mi cama y una explosión de considerable fuerza hace temblar las ventanas. Todo esto ocurre, mientras escucho también el sonido del tráfico, mientras alguien grita de terror en algún apartamento vecino. Hay intervalos de silencio y después, de nuevo de ráfagas, infinitas, que parecen superponerse unas a otras en un único estruendo que no reconozco ni comprendo. Y todo esto ocurre, me repito, un lunes cualquiera, en el Centro de la ciudad donde vivo. Todo esto ocurre a escasos kilómetros de distancia, sin que nadie parezca interesarle en lo más mínimo el recorrido lento y habitual de lo cotidiano alrededor de la violencia. No se si trata de armas oficiales o criminales, quizás mucho más sofisticadas y numerosas que la de cualquier funcionario uniformado. En realidad, tampoco tengo idea sobre qué está ocurriendo más allá de mi ventana. Porque la censura, que también es una forma de violencia, me arrebató ese derecho, ese paliativo al miedo. De manera que permanezco aquí, cubriéndome la cabeza con los brazos, escuchando el estrépito de las balas, preguntándome que ocurre. Preguntandomelo con la sensación que este país no me pertenece, o si lo hace, no lo deseo. Una demostración de la magnitud real de lo que ocurre en Venezuela con respecto a la inseguridad. Una muestra de ese límite del Estado fallido que parece cada día tan cercano a la realidad de esta Venezuela caótica que padecemos.

Esa es la ciudad donde vivo. Esa es la realidad de Caracas, luego de dieciséis años de “pacificación humanista”. Esa es la consecuencia de un Gobierno que promueve la impunidad y el desacato a la ley como política de Estado.

El tiempo transcurre, a pesar de todo. Es casi la mitad de la mañana. Mientras escribo esto, casi cuatro horas después de comenzar la llamada “toma militar” del Barrio, tres helicópteros recorren la zona una y otra vez. Continúo escuchando detonaciones y ráfagas de balas esporádicas. De vez en cuando, metralla de alto calibre. Al otro lado de la calle, el tránsito fluye de manera casi normal, atravesando el lugar donde dos tanquetas están detenidas a mitad de la calle, cerrando el acceso hacia el barrio. Un anciano camina por la Plaza cercana y más allá, un grupo de militares llevando armas de reglamento vigilan la cercana calle que conduce directamente al barrio que aún ahora, permanece aislado. Una escena surreal, que resume esta Venezuela rota, destrozada por la impunidad y la complacencia del poder con el crimen y la violencia.

Esta es la Venezuela que heredamos después de dieciséis donde la inseguridad se convirtió en un método de control social muy evidente. Este el país que sobrevive — a medias a la violencia -. Un país engañosamente “normal”. Un país en ninguna parte.

1 comentarios:

Crisolarte Iris Pichardo dijo...

Guau querida amiga.
Qué terror estamos viviendo.
Sólo dios nos puede proteger.
Un fuerte abrazo.

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