jueves, 6 de marzo de 2014

La Venezuela que sobrevivió a Chavez: ¿Quienes somos? Más allá de la Tolerancia y en el rencor.






A Gladys ( no es su nombre real ) la conocí en mis constantes volanteos en la zona donde vivo. Me la tropecé un par de veces entre mis muchas idas y venidas entre calle y avenidas vecinas.  Finalmente, la natural curiosidad la hizo acercarse y pedir uno de mis panfletos. Lo leyó, se asombró por la información y me preguntó "como sabía estas cosas". Le expliqué sobre Twitter, la censura y no me creyó demasiado. Pero quedamos en paz. La vi alejarse por la calle, una señora de vestido oscuro y zapatos ortopédicos que pareció lamentar perdiera mi tiempo "en esos berrinches de muchacho sin oficio" como me dijo con franqueza, aunque con cierta ternura.

Dos días después, me la volví a tropezar en la esquina de mi casa. Me preguntó "si sabía algo más" y me explicó que en su barrio - después me enteraría que vive en Antimano pero trabajaba en un local en El Paraíso - había escuchado comentarios que "cosas muy feas" estaban ocurriendo en Táchira. Le expliqué lo que mejor supe todo lo que sabía y además, le prometí diseñar un panfleto con información actualizada. Un poco sobresaltada, me preguntó por qué los canales de Televisión no transmitía ninguna de las cosas que le contaba.

- Censura - le expliqué - el Gobierno presiona para que la información no llegue al publico.
- Pero para buscar la paz - dijo. El tono neutro me sorprendió. ¿Cuantas veces había repetido la misma frase? ¿La creía realmente - todo este desorden tiene que acabar.
- La información no incita a la violencia, es un derecho. Informar de manera oportuna es algo que todos los ciudadanos nos merecemos  - respondí - todos necesitamos saber que está pasando en nuestro país. Nadie tiene derecho de decirnos ni a usted ni a mi, que es lo que debemos pensar o saber.

La idea pareció sorprenderle. No me respondió y se despidió de mi con un gesto cariñoso. Me pregunté que le comentaría a su familia, a sus vecinos, a la gente que frecuentaba cada día. ¿Que una "guarimbera" intentaba convencerla que "algo" estaba pasando? ¿Que realmente algo sucedía más allá de las tranquilas pantallas de la Televisión local? El pensamiento me obsesionó por unos días. Me pregunté hasta que punto la desinformación y el silencio oficial podía afectar la percepción de lo que ocurría. Y que tanto podía afectar al ciudadano que no tenía otra versión sobre el tema, acerca de la visión de un país que excede ese cotidiano simple que cada uno de nosotros vive a su manera.

- Por mi casa cacerolearon - me dijo Gladys. Nos volvimos a encontrar en el mismo lugar de siempre. Parecía preocupada - hubo tiros y los malandros tiraron basura quemada a las casas de la gente que tenía la olla afuera. Había carteles. Si están pasando cosas.

No respondí. Preferí escucharla. Caminamos juntas por la calle vacía: había escombros medio quemados, basura en las esquinas. Un leve olor a cenizas. El paisaje de un desastre desconocido. Gladys tampoco comentó nada más. Pero cuando le entregué el panfleto del día, dobló la hoja y se la metió en la cartera de tela que siempre lleva colgada al hombro. Me dedicó una de sus sonrisas amables, como de abuelita.

- ¿Usté por qué hace todo esto? ¿Que gana? - me pregunto.
- Gano que toda la gente que quiera saber sepa que ocurre - le expliqué. Es una explicación abstracta pero no tenía otra. Porque de hecho, lo que me hacia levantarme cada día a recopilar información, transcribirla, imprimirla, entregarla y comenzar de nuevo el ciclo, era mi necesidad de enfrentarme al silencio. Al de la censura, pero también al de las calles rotas, de la normalidad aparente que divide al país en dos partes. Gladys sacudió la cabeza, sin entenderme mucho supongo.
- En los tiempos de la dictadura también se hacían estas cosas - me explicó. Gladys, con sus cabellos canos, su rostro moreno y bonito levemente arrugado, seguramente fue testigo de esas cosas, pensé - la gente contaba las cosas con papelitos. Los pasaban debajo de la puerta, los dejaban en los restaurantes, en las plazas. Nadie sabia que era lo que estaba pasando de verdad.
- Como ahora - dije. No pude contenerme. Mi intención no era, bajo ningún aspecto, entrar en controversia, enfrentarme a ella de manera dialectica. Quiero escuchar, me estoy esforzando por comprender que pasa, el motivo por el cual una buena parte de la población continúa apoyando al Gobierno a pesar de cualquier cosa. Pero ella no pareció ofendida, tampoco desconcertada. Solo triste.
- Con el Comandante las cosas eran distintas - me dijo. Seguimos caminando. Una enorme pancarta de papel rota está colgada de un árbol: "Los jovenes queremos seguridad. ¿Tu también la quieres" se lee con enormes letras escritas a mano. Hay trozos de papel con muchos otros mensajes en el suelo, pegados a puertas y rejas. Miramos todo juntas, como si ambas, intentaramos comprender que es realmente lo que está ocurriendo más allá del ámbito privado de cada una, de esa visión de las cosas que no excede lo personal.

Atravesamos a pie la calle que cruza el Enorme estadium Naciones Unidas y más allá, la tensión es palpable: en una esquina, un montón de basura se quema lentamente. Nos detenemos, observándolo todo, mientras el estruendo del tráfico envuelve la calle lo cotidiano, lo hace incluso más desconcertante. La linea entre la normalidad y lo caótico se hace difusa.

- ¿Distinto como? - pregunto. Lo hago de manera respetuosa. Tengo que escuchar, me insisto. Debo entender la otra opinión. La mía no es la más válida ni tampoco la única. El país se está  construyendo a partir de todos los pequeños fragmentos de historia compartida, de ese crisol de planteamientos que insisten en mostrar a Venezuela como la síntesis de cada interpretación. O al menos, esa debe ser la aspiración. Y comienza por mí, me insisto. Comienza por la idea de dar un paso más allá de lo que aprendí a detestar, a fuerza de ideologización.
- Yo sé que ustedes los muchachos piensan que el Comandante era un loco, un "mono" - dice - pero era un hombre de corazón grande. Nos dio a los pobres de todo, desde la educación pa' los muchachos hasta el pan que te llevas a la boca. El Comandante supo que estábamos pasando trabajo y lo remedió. Utilizó la plata del rico y del Pueblo para eso.

No respondo. Contengo la larga argumentación que se me ocurre de escasez, inflación, inseguridad, enfrentamientos, violencia callejera y terrorismo de Estado. Me obligo a analizar lo que Gladys me dice con cuidado,  comprender lo que hay más allá de lo que me explica. Hay algo profundamente visceral, sumamente sentido en lo que me explica. Porque a Gladys no parece importarle lo que sé sabe tan bien como yo: Que el país se desliza en un espiral de ineficacia y caos. Sabe tanto como yo que desde hace meses, la escasez campea, que desde hace años la inseguridad transformó las calles en un riesgo que se supera día a día en medio de la paranoia y el miedo. Lo entiende pero hay una idea, muchísimo más compleja que la explicaciones concretas, de número y cifras que la consuela. Algo, que crea un nexo, una conexión definitiva y elemental entre el lider Difunto - y lo que representó - y esta Señora amable, de sonrisa amable que le sobrevive y padece las consecuencias de su discurso.

- Lo quiso mucho ¿Verdad? - pregunto. Gladys parpadea. ¿Esperaba mis reclamos? ¿Quizás estaba convencida rebatiría sus argumentos con cosas que ambas sabemos son reales pero que no forman parte del planteamiento central? No lo sé. Gladys sonríe y me apoya la mano en el brazo, cariñosamente.

- Mi hija, que es como tu, alebrestada y que anda odiando al gobierno no lo entiende - dice - pero el Comandante era muy grande para mi. Lo seguí a todas sus cosas y cuando murió, lo lloré y le recé. Lo quise mucho por tomarnos en cuenta, por no defraudarnos.

Silencio de nuevo. Gladys mira la calle rota, un grupo de manifestantes que empiezan a reunirse a unos metros de donde nos encontramos. Todos llevan pancartas escritas a mano: "Queremos seguridad", "¿Hasta cuando hay que vivir con miedo?". Las miramos todas y Gladys parece más triste, mucho más cansada que en toda la conversación.

- El Comandante era otra cosa - dice entonces - estos de aquí son ladrones, son políticos, na' más. No sé que pase después, pero como el Comandante, nadie.

Nos despedimos. La veo alejarse, pasar discreta y con paso lento junto al grupo de ruidosos manifestantes. Y pienso en lo que me dijo, en la manera como se aferra a su manera de comprender lo que ocurre. Pienso que el chavismo creó un sentido de pertenencia tan fuerte que no es tan fácil para el partidario sustraerse de él y mirar lo que ocurre de manera objetiva. Y hay algo más: Chavez era el simbolo de la reinvidación que no llega, que se asume necesaria pero nadie sabe si llegará, si podrá ser real, pero se espera. Para Gladys y para millones de ciudadanos como ella, Chavez fue la forma de comprenderse como parte del país que los olvidó y los menospreció. Una visión del Lider que no solo representa sino que más allá, forma parte de ese gran idea de país renovado, con un nuevo rostro, a la medida de la necesidad histórica de un replanteamiento social.
De pie, en mitad de la calle, escuchando los manifestantes, con mis panfletos en la mano, tengo la sensación que el legado Chavez es justamente esa visión del país como un caldo de cultivo para el personalismo: Chavez representó una serie de ideas muy complejas. El Venezolano es emocional, dado al drama y además, como todo caribeño, es muy proclive al discurso violento y reivindicatorio a base de ideas viscerales. Chavez sustituyó al Padre ausente, le dio rostro al héroe anónimo. ¿Que tanto puede sostener eso una doctrina política, un gobierno que se afana por capitalizar esa necesidad de consuelo del doliente? No lo sé, me digo, pero es evidente que el fenómeno muestra otro rostro del país que se crea, que se construye, que existe y debe comprenderse como parte de la historia.  Porque, es inevitable cuestionarse ¿Qué hace que la mitad de la población o el porcentaje que usted quiera adjudicarle, se siente de luto emocional y casi personal por la Muerte de Hugo Chavez?¿Qué hizo que un político audaz representara no solo las aspiraciones de futuro sino la visión del presente de muchos Venezolanos? ¿Qué hace que hoy, a un año de su muerte, buena parte de esos partidarios disculpen y justifiquen un gobierno inepto en su memoria? ¿Cual es el legado de Hugo Chavez Frías? 

Una vez leí a un analista, que insistía en que el gran impacto del discurso de Chavez era mostrarse "como todo el mundo", una idea que demuestra que la discriminación clasista en Venezuela es de vieja data. Chavez, parte de ese complejísimo entramado histórico de Venezuela. Alguien, mucho más pragmático añadía que a eso, habría que añadir una renta petrolera altísima, con una política de Estado que sustituyó la dádiva por la prebenda política y un sustrato económico que mejoró la vida del pobre de solemnidad sin realmente empoderarlo. ¿El resultado? Una conexión emocional tan fuerte como redituable. Pero, insisto en preguntarme ¿Todo es tan simple? ¿Todo es tan evidente?

No lo sé. Y quizás la respuesta sea más compleja de la que puedo suponer ahora mismo.

C'est la vie. 

6 comentarios:

Gerardo Lamus dijo...

Saludos Aglaia, te escribo para preguntarte si al momento de elaborar tus panfletos o volantes necesitas ayuda con el tema de la impresión, podría ayudarte con eso, no dispongo del tiempo para entregarlos por mi trabajo pero podría ayudarte a imprimir los mismos.

Rosselyn Vivas Estrada dijo...

Excelente!!
Yo diria guste a quien le guste que Chavez fue la respuesta a muchas oraciones y que nosotros en nuestra lógica y mundo distinto no lo entendemos, porque nunca miramos de frente las necesidades de tanta gente, ala que catalogabamos de tierrua, cachifa, malandroa etc, como si era absolutamente su culpa ser así y merecían por ello desprecio...
El les dió AMOR Y DIGNIDAD y si alguien quiere ser más grande que eso sólo debería a empezar O APRENDER A AMAR SINCERA E INCONDICIONALMENTE.

Unknown dijo...

Excelente

Félix M. Rios dijo...

"¿Todo es tan simple? ¿Todo es tan evidente?" > Respuesta: para una inmensa mayoría es así. Felicitaciones por la inmersión. Ojalá y más personas lo hagan... pd: por DM te comentaré algo más.

Andrew J. Schiffer dijo...

La vie est un jeu.
Leyendo entre líneas uno puede concluir: si quieres ganar una guerra, gánate el corazón de quienes luchan contra ti.
Parce que la vie est aussi une guerre.

Nathi-Port dijo...

¡Excelente Aglaia! nos acercas a algo que aún no podemos entender, tal vez cuando eso ocurra, tal vez empiecen a cambiar muchas cosas, especialmente nosotros... ¡Gracias!

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