sábado, 22 de marzo de 2014

La eternidad en una rosa: La bruja que levantó los brazos para conmemorar el poder del espíritu.





La primera vez que entré a una iglesia tenía ocho años y me asusté. Mi abuela intentó calmarme, pero no pudo explicarme muy bien por qué la escultura de Jesucristo que colgaba sobre el altar tenía una expresión de sufrimiento y sangraba. O por qué el hermoso rostro de la Virgen María estaba transido de dolor, llevando el manto de la Dolorosa. Mi abuela me habló de las creencias cristianas, de la manera como Jesucristo era el símbolo de la mayor bondad y desinterés. Pero con toda la incredulidad de mis pocos años de vida, me siguió aterrorizando el rostro triste del Crucrifijo, sus ojos vueltos al cielo, sus cuerpo encorvado en agonia.

En las creencias de la Diosa, el dolor no se considera sacrificio ni tampoco una manera de demostrar amor. De hecho, el dolor se considera natural, sin significado alguno. Un hecho espontáneo, que brota de la vida como las hojas de una planta recién nacida. Para las creencias en las que me eduqué, el dolor no expresa otra cosa que la fragilidad de nuestro cuerpo, esa visión casi elemental sobre la capacidad del hombre para comprender - y asumir - sus propios límites. Por supuesto, esa dulzura de la carne, esa debilidad innata de nuestro cuerpo, forma parte de la experiencia del hombre, de su necesidad de construir algo bueno y bello a pesar de eso. O así lo comprende la interpretación creacionista de la Divinidad, esa expresión de lo trascendental que no niega la realidad esencial del hombre sino que la celebra.

No obstante, mi abuela insistía en que la visión del Cristianismo sobre el dolor, también era digno de admiración. Más de una vez, me insistió que el sacrificio y la concepción del sufrimiento como un mensaje espiritual tenía una cierta connotación espiritual, una idea que supera la mera simplicidad del dolor como reacción fisica. Para mi abuela - la bruja, la sabia - visto de esa manera, el dolor tenía algo de poético.

- La vida es fuente de belleza y de riqueza - me dijo en cierta ocasión. Nos encontrábamos caminando por el Centro de Caracas, su lugar favorito de la ciudad y que muchos años después, también sería el mio - es un cúmulo de experiencias que más allá de su sencillez, poseen significado. El Cristianismo asume que el dolor, la angustia e incluso un hecho tan concluyente como la muerte, tienen un sentido. Y es hermoso pensarlo así.

No respondí. Pero me seguía pareciendo extraño, incluso levemente inquietante la celebración del dolor de la religión cristiana. En más de una ocasión, me ensarce en largas discusiones con el Padre Antolin, Padre confesor del Colegio de monjas donde me eduqué al respecto. Como Jesuita deslenguado que era, tenía mucho que decir sobre el tema.

- La vida es sencilla, eso sin duda, pero no es simple ni carece de belleza lírica - me reclamó en una ocasión, en tono bonachón - entiendo que creas que el dolor parezca una idea muy compleja para resumirla como poesía, como una expresión de un visión superior de la fragilidad del ser humano, pero no es justo. No lo es, para quienes brindan su sufrimiento como una manera de expresar ideales muy concretos y elevados.
- Prefiero los héroes que los martires - declaré, con esa soberbia de la adolescencia - no entiendo porque el mero hecho de sentir dolor te haga superior moralmente.
- Te equivocas, no se trata del mero hecho de tener la capacidad de sentir dolor  y sufrir - me corrigió. Me encantaban esas discusiones sin sentido, en medio de patio vacio de la Escuela, los viernes por la tarde. Los enormes árboles de ramas intricadas se mecian con delicadeza bajo la luz del sol, esa belleza sutil de las tardes perdidas.
- ¿De que se trata entonces?
- Tu manera de expresar en ideas espirituales lo que te produce ese sufrimiento, el significado que le brindes y que te eleve por encima del mero padecimiento fisico - me explicó. Antolin tenía un leve acento catalán que sus treinta años en Venezuela no había logrado domar, que le brindaba a sus palabras una rara belleza - el dolor fisico pertenece a tu cuerpo, pero la manera como construyas una idea profundamente sensorial y espiritual, pertenece a lo divino.

Que idea tan curiosa esa. Me obsesioné con ese pensamiento por semanas. Me dediqué a leer sobre martires cristianos, sobre todos los santos y santas que habían muerto por sus creencias a través de los siglos. Lloré con la Historia de Santa Lucia y Santa Barbara, me horrorizó el padecimiento de San Sebastian, me asombré con la gallardia de  Agripina de Mineo pero continué sin entender muy bien, lo que quería decir esa visión del Cristianismo sobre el poder del dolor, sobre esa capacidad del hombre para reconstruirse así mismo más allá del sufrimiento. Mi abuela sonrío cuando se lo comenté de nuevo, con esa insistencia de quien cree tener la razón.

- Tal vez no lo comprendas ahora, pero lo harás - me respondió - para asumir la importancia de las pequeñas batallas hay que crecer para aceptarlas como propias, aunque no te pertenezcan.
- No entiendo.
- Lo sé. Pero lo entenderás.

Esa noche, me quedé despierta en la oscuridad pensando sobre las extrañas palabras de abuela. El poder del hombre para reconstruirse. ¿Quienes somos? ¿Que nos hace fuertes? ¿Que nos hace perdurar a pesar de esa naturalidad del dolor y de la muerte? Me dormí, sosteniendo una de mis imagenes favoritas de San Sebastian, pintada por Botticcelli. Tuve sueños agitados: Me vi corriendo por un páramo entre sombras, con los brazos extendidos. Alguien gritaba y lloraba. La luna, muy alta y blanca, me observaba silenciosa. Desperté con los ojos llenos de lágrimas, aunque no sabía por qué.



Tuve el mismo sueño la noche en que murió Geraldine Moreno. Confusa y aturdida, desperté llorando, recordando su nombre aunque sin que pudiera comprender la razón exacta por lo que lo hacia. Nunca le conocí en vida. De hecho,  La primera vez que escuché su nombre fue cuando supe su historia trágica: Un funcionario de la Guardia Nacional le disparó a quemarropa una ráfaga de perdigones, hiriéndola de gravedad en el rostro y dejándola en estado crítico. Otro tragedia de las tantas que llenan el país, en medio de las tantas en medio de la represión.

Su historia me impresionó, no podía ser de otra manera: En medio de las violentas protestas que atraviesa Venezuela, su historia se convirtió en símbolo del horror, del miedo y la represión de la que todos somos victimas. No la conocí, pero cuando murió, lo lamenté  porque pude ser yo en lugar de ella, la que pudo perder la batalla contra esa crudeza de la violencia. Lamenté su sufrimiento como el de todas victimas de la violencia que ahora mismo recorre el país y que lleva Uniforme.  Pero la historia de Geraldine me abrumó porque pudo ser la mía: El mismo día que Geraldine Moreno manifestaba a las puertas de su casa, yo lo hacía frente a la mía. Y por las mismas razones y quizás con la misma inocencia. Ella y yo solo llevábamos una cacerola en la mano. Ella y yo solo habíamos cometido un delito: tener una opinión política.


La noche en que fue herida Geraldine Moreno, yo huí de una bomba lacrimogena. Me refugié junto a mis vecinos mientras escuchaba las detonaciones. Y pensé, casi con sencillez que podía morir. Lloré en silencio, asfixiada y con nauseas, escuchando una tras otras las detonaciones. Me abrumaron los gritos, el miedo y la confusión. Un terror real de morir asesinada por un ataque brutal que no sabía por qué sufría y mucho menos, que lo había ocasionado. Finalmente, corrí hacia mi casa y me refugié en mis cuatro paredes, en mi pequeño mundo. Sobreviví.


Pero Geraldine Moreno no sobrevivió. Geraldine fue atacada por los mismos funcionarios que tienen el deber constitucional de protegerla. Geraldine fue herida frente a su casa, a malsalva. No fue un accidente: fue una acción concreta de un cuerpo de seguridad armado que agredió a ciudadanos como medio de represión.

Durante las últimas semanas, he visto la fotografía de Geraldine convertirse en simbolo del dolor de todo un pueblo, agredido y disminuido por la violencia. He conocido a fragmentos su historia, la de todos los días: La estudiante aventajada, la niña de risa fuerte, la hija querida, la amiga amable. Leí el testimonio de su padre, vacío y roto, sosteniendo la fotografía de Geraldine entre sus manos. La Geraldine real: la que sonreía, la que creía en el poder de las ideas. He visto a su madre, arropada en la bandera nacional, sobreponiendose al sufrimiento, al silencioso, al intimo, al que nota en su rostro cansado y tenso para continuar luchando. En muchas formas, el rostro de Geraldine, se ha convertido en una metáfora de la capacidad para trascender al sufrimiento, para brindar sentido a la lucha.

Tengo una fotografía suya. La encontré en la web: en ella, Geraldine sonríe, el rostro iluminado de alegría. Mira a la cámara, rodeada de amigas. La miro y de pronto, mi vieja incredulidad sobre el significado del dolor pierde sentido. Porque esa sonrisa, el dolor que la convirtió en bandera, de pronto asume el poder irrevocable del ideal. Del poder indestructible del espiritu humano, sobreponiendose a la crueldad, a la bajeza y al oprobio. Y de pronto, tiene tanta profundidad esa simbologia. Tanto poder ese simple ternura en el rostro de una niña. Cuando sostengo la pequeña imagen, las manos me tiemblan de angustia. Y sin embargo, siento esa definitiva convicción del que comprende que toda lucha moral, tendrá un símbolo bajo el cual protegerse, una forma de expresar la fuerza de la convicción más allá de todo sufrimiento y de toda crueldad.

Tal vez por ese motivo, y por otros tantos que ahora no comprendo muy bien enciendo una vela en nombre de tu memoria Geraldine. Porque eres, en medio de la amargura de la violencia, la memoria que perdura, el poder de lo que permanece y más allá, el rostro de esa necesidad de construir el futuro a partir del esfuerzo y levantar la voz contra la opresión.


En las alas de la esperanza: Más allá de lo irrevocable.

Para la Tradición de la Antigua que practica mi familia, la muerte es a la vez el comienzo y el final del ciclo natural que sostiene el equilibrio Universal. Creemos en la reencarnación, en el aprendizaje que se acumula a través del tránsito de múltiples vidas. Por supuesto, la sabiduría que se adquiere es parte de nuestra convicción que el espíritu humano, se nutre de un aprendizaje continuado - tanto lo que juzgamos moralmente bueno y malo -, una evolución energética y profunda que nos permite comprender la realidad como una intrincada y compleja estructura de posibilidades y creación. La muerte es de hecho, para la religión que practico, el necesario final de la construcción de la memoria universal, en tanto somos parte de una expresión divina infinita y convalida nuestra presunción, que la persistencia de la memoria es eterna, profundamente evocadora.

Sin embargo, incluso bajo esa expresión espiritual, es inevitable sentir dolor y desesperación ante la perdida de un ser querido. En un intento de consolar el sufrimiento de quienes han padecido una perdida irreparable, transcribo aquí un ritual que pertenece al libro de las Sombras de mi abuela, que en cierta medida engloba nuestra percepción del duelo y el posterior proceso de aceptación y comprensión de este intimo y devastador momento.

Necesitarás:

7 velas blancas.
Incienso de sándalo.

Disposición:

Forma un círculo con las velas, en medio del cual te sentarás. Coloca el incienso de sándalo frente a ti. Ahora cierra los ojos y toma siete largas bocanadas de aire. En cada una de ellas, imagina que una parte de tu cuerpo se llena de un resplandor blanquecino y reconfortante. Visualiza que el aire a tu alrededor se vuelve cálido y exquisito, un suave velo que te envuelve con delicadeza. Cuando sientas que el nivel de tu energía ha llegado a un punto optimo, abre los ojos y enciende la primera vela ( la que se encuentre frente a ti ) e invoca de la siguiente manera:

"La tierra se ha quedado en silencio
El mar danza en mis lágrimas
pero no he perdido la esperanza
En nombre de la Diosa
Confío en el poder de mi espíritu y mi corazón"

Enciende la siguiente vela ( en el sentido de las agujas del reloj ):

"Ruego al viento y al fuego
para que arda en mí
la convicción
que el amor y el conocimiento
que he aprendido de ti ( nombra la persona a quién deseas homenajear )
está conmigo
y lo estará por toda la eternidad

La tercera vela:

"Agradezco al Universo infinito
que ahora seas parte de mí
que tu voz y tu esencia vivan en mi corazón"

La cuarta vela:

"Que seas mi inspiración
que que tu recuerdo
sea mi consuelo"

La quinta vela:

"En nombre de la Diosa
Invoco la paz del amor
la fuerza de la convicción
y la comprensión del secreto del eterno camino
que hemos compartido"

La sexta vela:

"Que lleve el viento mi voz
hasta el resplandor del Sol
donde ahora estás
que se la danza de las estrellas tu nombre"

Y por último la séptima:

"En nombre de la Diosa y el Dios
y la voz del espíritu universal
prometo que en mi corazón
siempre estarás
Así sea"


A continuación, cierra los ojos y permítete llorar, lamentar la soledad o recordar lo que desees de esa persona que has perdido. No tengas vergüenza ni temas expresar tus sentimientos de la manera en que lo desees o sientas que quieras hacerlo. Deja fluir las lágrimas o las sonrisas por los momentos que atesoras en el bosque de tu memoria. Rememora los momentos más íntimos, los sencillos, los sentidos y significativos, disfruta de ellos, deja que te envuelva la sensación maravillosa de poderlos atesorar en tus pensamientos. Canta, llora, grita, no intentes reprimir ningún sentimiento. Necesitas dejar fluir la energía del duelo para encontrar el sentido del equilibrio que has perdido por el dolor. Todos las emociones son igualmente válidas y tienen una forma de expresarse muy personal y es parte del proceso que te permitirá encontrar la paz, experimentarlas plenamente. Imagina que te rodea un circulo de luz muy brillante, tan poderoso que por instante el mundo a tu alrededor desaparece en su resplandor: imagina que el tiempo no existe ni tampoco ningun otro lugar que tu recuerdo de esa persona a la que amas y amarás para siempre, porque el amor, la fuerza creadora por excelencia, es inmortal. Expresa en voz altas, todas esas palabras que desearías haber dicho antes, deja escapar el dolor, la rabia, la decepción, el temor, la soledad de la ausencia. Siente que la luz que te rodea, toma toda la energía de tus palabras y tus sentimientos y se hace más brillante, más poderosa, un vinculo entre la divinidad y tu espíritu. No temas sentir angustia o desconcierto. Permítete ser vulnerable, reconocer que deseas comprender lo sucedido y encontrar un significado a la desesperación y a la angustia. Siente que recuperas tu fuerzas a medida que lentamente, consigues un equilibrio y un momento de silencio intimo, mientras el resplandor a tu alrededor se hace una gran destello luminoso. Aceptar el dolor es parte del camino hacia la comprensión.


Abre los ojos. Enciende el incienso de sándalo y permite a tu mente divagar, relajarse, mientras el exquisito olor impregna el aire que te rodea. Finalmente, para concluir la estructura mágica que has llevado a cabo, apaga cada una de las velas ( en el sentido contrario de las agujas del reloj ) mientras recitas ( puedes copiarlo en un trozo de papel y leerlo en voz alta ) este poema tradicional de mi Religión, como una forma de comenzar a recorrer el sendero hacia la serenidad que deseas alcanzar.

"No sufras cuando muera
porque la vida comienza cuando comprendes que nunca acaba
no llores por mi cuando muera
siente el aire y el olor del fuego
el canto del agua, y al bondad de la tierra
baila al son de mi voz
en cada recuerdo que atesores de mi
comprende que la vida es más fuerte que la tristeza y el llanto
permanezco aquí gracias a que mi nombre es bendito en tu pasado
y en el futuro será símbolo de amor.

No llores mi ausencia, porque soy parte de ti
no llores mi silencio, porque te hablo desde la luna.
vive por mi
vive por todos los que amas
vive por la tierra fértil
por el agua radiante
por el viento amigo
y el fuego puro
vive por la belleza que ven tus ojos
y la dulzura que tocan tus manos
por el olor de la bondad que crece día a día
y el sabor de un rayo de sol
crece en el cuerpo que te dio el mio
abraza las voces que viene a ti
a través de mi.

Porque la muerte solo es un recuerdo de los pasos recorridos
y nunca, el final del camino"


Come y bebe algo para equilibrar la energía que has obtenido mediante este ritual.

Me inclino. Miro la última de las velas apagarse en una pequeña voluta de humo. Y sonrío, porque siento que hay un enorme valor en este pequeño homenaje que le dedico a una niña que murió, pero que continuará viviendo en todos quienes la recordamos. En la oscuridad, las lágrimas son tu homenaje, querida amiga.

Vuela alto Geraldine. Lo mereces.

2 comentarios:

Julio Guardia dijo...

Hermoso

adilia moros dijo...

Gracias por escribir con el alma y por tu gran espiritualidad.Que bellas esas abuelas que nos enseñaron lo que hoy somos.

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