miércoles, 26 de marzo de 2014

Dos extremos de una vieja lucha: La intolerancia y la indiferencia, dos rostros de Venezuela.





Hace unos días, un amigo me contó la amarga discusión que sostuvo con un grupo de vecinos cuando se negó a participar en una barricada. Mi amigo no solo se negó, sino que además llamó a la protesta vandálica, lo cual enfureció a los manifestantes. Recibió insultos, empujones e incluso, alguien le escupió a la cara. Me cuenta todo aquello estupefacto, asombrado. Durante treinta años ha vivido en la misma urbanización, la mayoría de sus vecinos son amigos personales que frecuenta a diario. No comprende como de pronto, se convirtieron en una turba agresiva y violenta, que amenazó incluso con atacarlo fisicamente.

- Me llamaron indiferente - me explica, desconcertante - No entendí a que se referían, o como podian llamarme así ¡Si me conocen!

Y también conocen su historia. Mi amigo fue despedido hace tres años de la administración pública debido a su posición disidente. Su caso tuvo cierta resonancia en medios y sus vecinos, le ayudaron en lo posible durante las tensas semanas donde el ataque de radicales oficiales fue más cruento. Mi amigo me insistió más de una vez, que él y su familia sobrevivieron a la durísima etapa gracias a la colaboración y solidaridad inmediata de su pequeña comunidad vecinal. Lo que vive ahora no solo le desconcierta, sino que le deja claro que el discurso del odio y la polarización ha calado mucho más hondo y profundo de lo que jamás supuso nadie. El peligro latente, duro y descarnado que se manifiesta en todas direcciones y en todas las maneras posibles.

Me cuenta todo esto con cierto cansancio. Durante las últimas cinco semanas, mi amigo ha tenido que no solo sortear las barricadas, la furia ciudadana que las construye, el ataque de la GNB y la misma furia de la Caracas hostil, para continuar algo semejante a una vida normal. Se siente culpable de hacerlo, me dice. Se siente terriblemente irresponsable por desear que su hija acuda a la Escuela, por llevar a su esposa al trabajo. Pero también, siente que debe hacerlo, porque "hay que sobrevivir". Mi amigo es un descreído, es uno de esos chavistas que durante años levantó puño y apoyo por el difunto Presidente Chavez, pero que finalmente fue aplastado por la realidad. De manera que descorazonado, ahora intenta sobrellevar el desastre, colaborar de alguna manera en una solución viable para todos. Pero por ahora, "Eso es imposible". Me lo dice con ese tono de voz neutro del que se encuentra muy agotado para debatir.

- Porque no soy indiferente. Me preocupan las mismas cosas que a todos, sufro este país y la mierda del Gobierno a diario - me dice - lo sufro, y lo lamento. Me siento responsable y culpable. ¡Pero hay que vivir! Y las barricadas, la locura y la anarquia no convencen  nadie. Lo único que hacen es convencer al otro, al que no te entiende ni le interesa entenderte, que los que protestamos somos un grupo de locos violentos. ¡Eso no lleva a nada!

Los que protestamos, me gusta el matiz. Porque mi amigo protesta: Hace poco, me envió una fotografía de él y su pequeña familia de pie en una transitada avenida levantando pancartas. Incluso lo hacia la niña de cinco años, de pie junto a su padre, con una expresión de seriedad casi adulta en su carita. De hecho, su protesta comenzó no hace escasas cinco semanas, sino desde hace años. Descorazonado y preocupado, mi amigo organizó pequeñas asambleas de chavistas para debatir como mejorar la revolución que apoyaban y cuando ya no hubo nadie que asistiera a las pequeñas reuniones, se dedicó a conversar con compañeros de trabajo sobre los graves vicios de la administración pública. Entonces fue despedido. Atónito, en esa ocasión me mostró la carta de renuncia que nunca escribió y que debió firmar a regañadientes, donde explicaba que "no se encontraba a la altura del ideal Bolivariano" que las empresas públicas representan. Todo un dilema cada vez más complejo, una visión del ciudadano cada vez más fragmentada. Y más allá de todo, esa tensión social que parece aumentar a diario, desdibujar cualquier intención hasta convertirla en un reclamo brumoso. La protesta sin sentido, la espontánea, la hueca.

Tal vez por todo lo anterior, a mi amigo le lleve esfuerzos entender esta nueva visión de la manifestación pública. La barricada representa para él ese argumento que se desdice, que carece de basamento. No critica a sus vecinos por la necesidad de brindar apoyo a la manifestación nacional de cualquier manera a su alcance, sino que juzguen a quien no la apoya de manera tan superficial. Cuando me lo explica, lo escucho preocupada, por lo que demuestra ese radicalismo a ciegas, esa necesidad de imponer una única verdad que ahora parece aplastar también la multitud de visiones de la disidencia. ¿A que nos enfrentamos entonces? ¿A otra forma de radicalismo pero en esta ocasión que desea aglutinar la opinión bajo un único sesgo?

- No lo sé, y de verdad cada día comprendo menos que estamos viviendo - me dice. Hace unas horas, descubrió que su automovil había sido vandalizado: rompieron los cristales y arrojaron pintura de aceite sobre la capota. Alguien escribió la palabra "pendejo" sobre los destrozados asientos del vehículo. ¿Que significa este nuevo tipo de violencia? ¿A donde nos conduce? - somos unos locos enfrentandonos a otros locos. Y nadie escucha a nadie.

De nuevo, la visión de la disidencia como un enfrentamiento cada vez más crudo entre ideas que se contradicen y que intentan imponerse unas a otras. Y es que más allá de la pluralidad necesaria, parece existir una idea limitada sobre esa visión de la realidad que todos sufrimos, que a todos nos afecta y que de alguna manera nos convierte en interlocutores de un mensaje silencioso.


A Juana (no es su nombre real) la conozco desde hace unos diez años. Y sí, ella misma admite es muy radical en sus planteamientos políticos. Lo ha sido desde que era una estudiante que se arrojó a la calle durante los tensos días que siguieron al cierre de RCTV, y lo sigue siendo ahora, como ciudadano enfurecido. Asi se define, en medio de la crisis que atravesamos: enfurecida. Con ella no van todos esos "pacifismos" ni tampoco esas "medias tintas" que me explica ahora mismo parecen ser parte de la "comodidad" del que no desea luchar. Cuando le explico que mi postura es relativamente reflexionada y que pudiera llamarse también parte de los "cómodos", sonríe, pero no lo niega.

- De esto no vamos a salir cantando canciones ni marchando a diario. Esto es una guerra y a la gente le está contando entenderlo - me dice. Juana ha protestado cada día desde que el doce de Febrero conoció la noticia de la muerte de Bassil DaCosta. Me cuenta que cuando escuchó la noticia, salió de la oficina de donde trabaja y corrió a Altamira, para unirse a cualquier manifestación que estuviera llevándose a cabo. Lloraba, enfurecida y recuerda que lo primero que pensó fue "no lo soporto más". Ha seguido protestando a a diario desde entonces, lo ha hecho de todas las maneras a su alcance: uniendose a marchas, durante las noches en la calle donde vive, incluso uniendose al grupo de Estudiantes que sufrió cada noche el asedio de Altamira. Para ella, la protesta no es una manifestación de opinión, es un enfrentamiento.

- El pacifismo habla de opciones, de una invitación al dialogo, de argumentaciones entre iguales ¿Tu crees que el gobierno te considera tu igual si ni siquiera reconoce tu existencia? - me dice. Estamos en su casa, donde esta llenando bolsos con comida, agua, medicamentos que entregará a los Estudiantes que manifiestan - aquí tenemos que salir a lo que sea que tengamos que hacer, este régimen es criminal.

En eso estamos de acuerdo. Indudablemente el Gobierno Venezolano atravesó en medio del caos una fina linea que lo llevó a decantarse por el elemento militar de la llamada revolución chavista, sin tapujo alguno. Y es que el militarismo, la represión desmedida y el ataque a lo Civil, parece ser las caracteristicas más evidentes de un tipo de enfrentamiento que ha demostrado el alcance de la anarquia legal en Venezuela. No obstante, lo que sugiere Juana es algo más, mucho más duro y elemental: La lucha callejera llevada a otro nivel, la anarquía real.

He escuchado varias veces el concepto durante las últimas semanas. Se habla de barricadas que impidan la vida cotidiana, el ataque sistemático a ese dia a dia que evita el conflicto pueda escalar a algo más que una protesta desigual. Sin embargo, algo en el planteamiento no termina de cuajar, continúa moviendose en los limites de lo aceptable y lo evidentemente subversivo. Porque en Venezuela, a pesar de los crudos enfrentamientos, de los asesinatos y el terror que se vive en las calles, hay una cierta normalidad posible. Lo hay en la rutina de trabajo que no se detiene, en los establecimientos comerciales abiertos a pesar de los ataques y la tensión, en la insistencia de ese ciudadano de continuar con alguna rutina que sostenga la normalidad. Y el intento no claudica: sostenido, se enfrenta incluso a las situaciones más terribles, al dolor que lastima al gentilicio. Para Juana, eso es incomprensible y por completo injustificable.

- El país se derrumba y la gente va al cine, come en restaruantes, trabaja ¡No entiendo eso!  - exclama. La veo, con sus jeans, camiseta, la cara cubierta del medicamento Malox, que supuestamente la protegerá de la abrasión de las bombas lacrimogenas - es imposible ser tan indolentes. ¿Que necesita el Venezolano para reaccionar? ¿Más muerte?

En la calle, me explica que la gente se aparta cuando la ve. Le temen. ¡A mi, que los defiendo! me dice. ¡A mi que casi me botan del trabajo por ayudar!, se queja. Me cuenta que en una ocasión un funcionario del Metro la tomó del brazo y la sacó de una Estación donde levantaba pancartas y gritaba consignas. "Aqui a nadie le importa esa mierda" le dijo el funcionario "Vayase con su locura para otra parte".

Cuando le pregunto hasta cuando se mantendrá en la calle, Juana se encoje de hombros. Toma el par de morrales y las bolsas, con los labios apretados, frustrada. Supongo que ella también se ha hecho esa pregunta, que se la hace a diario. Se encoje de hombros, mientras me dedica una mirada agotadisima. Tiene el rostro pálido, moretones en los brazos. Juana está luchando, sin duda. Pero ¿Contra quién?

- No sé - admite - no sé hasta cuando. Pero seguiré mientras pueda, hasta que sirva para algo.

Me entristece esa convicción de tristeza, a medio camino entre la resignación y algo más borroso, tan parecido a la desesperanza que me preocupo. La miro, de nuevo, furiosa, gritando consignas mientras salimos a la calle, y me pregunto hacia donde se dirige esta expresión de descontento cada vez más frustrada, angustiada y desconcertada. El desgaste es inveitable y está ocurriendo pero también, está esa esperanza irrevocable - casi inocente - de triunfar a pesar de todo, que el esfuerzo, el que sea, se encamina hacia alguna resolución. Y no dejo de preguntarme, mientras miro a Juana unirse a un grupo de manifestantes que la esperaban, que ocurrirá cuando el cansancio choque contra la realidad, o la realidad contra la frustración. ¿Que espera más allá de esa linea imaginaria? No lo sé, admito, caminando por la calle que a pesar de todo está llena de una normalidad casi simple, con sus sonidos y olores habituales. Y quizás, eso sea lo más complicado de admitir.

C'est la vie.

1 comentarios:

Phillipe Riverot dijo...

Muchas veces considero que lo mejor es emigrar.. este pais esta tan empeñado en la autodestrucción que pronto lo lograra

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