martes, 11 de marzo de 2014

El rostro Oculto de Venezuela: ¿Quienes somos más allá del prejuicio?





Frente al edificio donde vivo, hay una pequeña invasión a un terreno baldío. Se trata de un grupo de alrededor treinta personas, en su mayoría mujeres y niños. Invadieron el lugar - que estaba destinado a la construcción de una clinica privada - para, en sus palabras, "recordar" al gobierno de Nicolas Maduro que necesitan una vivienda. Pero el tiempo transcurre y un año después de que tomaron a la fuerza el terreno, la situación es exactamente igual para ellos como lo fue, esa primera noche que se abrieron paso a la fuerza. Continúan viviendo bajo un techo de zinc improvisado, con una toma eléctrica robada a una toma de luz cercana, apiñados en un pequeño espacio con piso de tierra. Las paredes de cartón piedra y cartón, están llenas de afiches de Hugo Chavez y algunos de Maduro. Por todos lados, se leen consignas de apoyo al "proceso Revolucionario" y viejos lemas de la izquierda tradicional del hemisferio. Pero, el lugar continúa siendo solo un terreno, desprotegido y vulnerable, que acoge con dificultad a un grupo de huérfanos sociales.

La idea de la invasión en si misma, me produce un enorme malestar: Es el símbolo de una Venezuela carente de orden, a medio camino entre la anarquía legal y el olvido selectivo a conveniencia. No me importaba el quien ni el cuando: me irritaba el mero hecho que un grupo de desconocidos se apropiaran de propiedad privada, bajo el auspicio del caos jurídico propiciado por el gobierno chavista. Más de una vez, caminé por la calle que bordea el terreno, mirando colérica las banderas rojas colgadas en las esquinas y las frases pintadas a brocha gorda sobre las paredes: "El pueblo tiene la razón, viva la autogestión". Otra muestra de ingenuidad del pueblo que se asume débil y menospreciado, otra visión de esa vulnerabilidad del ciudadano común ante la lucha de clases que impulsa el gobierno como un discurso de evasión directa a su deber como administrador del bien público. Otro espejismo de la patria Chavista, convertido en un discurso que se desploma por su propio peso.

En una ocasión, me detuve a observar al grupo de ocupantes que salían y entraban por la pequeña puerta de madera improvisada frente al terreno. Una mujer con dos niños, intentaba introducir una silla de plástico con lo que parecía un enorme esfuerzo. Más allá de la puerta, logré distinguir una zona despejada de vegetación y basura, donde se había organizado lo que parecía un pequeño patio de juegos. Lo demás, eran paredes de ladrillos en crudo, las hojas de zinc bamboleándose por el viento. Un bombillo colgado de un cable que parecía provenir de la oscuridad.

La mujer finalmente logró llevar la silla al interior del lugar y la dejó apiñada junto a unas cajas de cartón. Se sentó con gesto cansando, dando besos a los niños en las mejillas. Cuando notó que la miraba, me dedicó un gesto desafiante, duro. Noté la rabia en ella, muy parecida a la mia. ¿Que veía ella en la mujer joven que la observaba de pie en la calle? ¿Al enemigo? ¿Al que había provocado sufriera aquella situación penosa? ¿Quien era exactamente el otro para aquella mujer, de rostro cansado, con dos niños pequeños en los brazos?

Me apresuré a caminar. Escuché la puerta cerrarse con violencia. El sonido me pareció quería decir muchas cosas, una serie de ideas tan extrañas como metafóricas. O al menos así me lo pareció. Esa noche, contemplé desde mi ventana el bombillo solitario flotando en la oscuridad. Imaginé a los niños, a las mujeres, a los adultos, reunidos en la Oscuridad. Esperando. ¿Esperando qué? Me pregunté colérica. ¿No pueden ver el engaño? ¿No lo admiten por puro orgullo? ¿Realmente esperan que un Gobierno sordo y mudo, irresponsable y negligente les escuche finalmente y les brinde algo mejor que el suelo de tierra y las noches en vela en medio de la nada? ¿En que se basa la esperanza? ¿Como asumen ese día a día sin sentido?

- No es tan sencillo, las invasiones son una mezcla de disputa de la propiedad y también, una forma de oponerse al sistema "hambreador" - me explica G., sociologa que por años ha investigado por cuenta propia el fenómeno de las invasiones - no se trata de un hecho espontáneo, tampoco es un hecho aislado. Quien invade se organiza, se constituye así mismo en una especie de nucleo ideológico.
- El gobierno jamás responderá a lo que les piden. O no de manera inmediata, como esperan - respondo. Enfurecida de nuevo, incrédula. Mi amiga me mira con cierto cansancio.
- Entiendelo: el motivo ni el objetivo es la respuesta del Gobierno, aunque si en última instancia. Lo que se quiere es asumir que el sistema "burgués" se desploma por la acometida chavista. Se miran así mismos como representantes de un nuevo orden.
- ¿Aunque no tengan nada?
- Aunque no tengan nada. No es lo importante. Lo importante es permanecer y demostrar que pueden hacerlo, con anuencia del gobierno. Que Chavez jamás actuará contra el pueblo y que los protegerá de los agresores de siempre. El mismo hecho que no exista una sanción contra los invasores, habla directamente de la idea que promulgan: Las invasiones son una toma de poder del pueblo contra lo establecido.

Sostuve esa conversación hace un año y poco más. Chavez agonizaba, aunque nadie lo supiera y la invasión realmente parecía responder a ese esquema de "demostrar el poder del pueblo". Durante los días de incertidumbre previos a la muerte de Chavez, se llenó de banderas y pancartas alusivas a la "patria" y al poder del pueblo. La noche de su muerte, los miembros de la invasión cantaron el himno nacional y arrojaron fuegos artificiales. Un modelo ideológico a reducida escala.

El tiempo siguió transcurriendo. La Invasión continuó siendo solo zinc, algunas sillas en la mitad de un terreno despoblado y árido. Los habitantes siguieron enfrentándose a los vecinos: reclamaron su derecho a ocupar ilegalmente el lugar y levantaron barricadas de cartón. Y últimamente, durante las protestas nacionales que hemos venido sufriendo, se ocuparon de enfrentarse a cualquier manifestación callejera de los vecinos. El clima se hizo tenso, irrespirable. De nuevo el pequeño grupo pareció insistir en una serie de ideas que parecen describir esa visión social del Chavismo profundo, del odio al oponente, el resquemor como bandera de un nuevo discurso político.  Durante la espantosa noche del 18 de Febrero, en medio de los gases lacrimogenos y el caos de disparos y altercados, la invasión fue atacada. Tengo una imagen nítida del grupo de mujeres salieron a la carrera hacia la calle, con los niños en blanco. Aterrorizados, abrazados entre sí. Luego, los gritos de consignas, la furia hacia el oponente invisible, el "otro" que encarnaban los edificios llenos de sonidos de cacerolas.

El temor en medio de la nada.

Pensé en todo eso cuando toqué la puerta de madera. Estaba tan nerviosa que mientras aguardaba, estuve a punto de dar media vuelta y no responder ninguna pregunta. ¿Tan necesaria es esa otra visión? ¿Que tanto podría aportar a la mia? Sentí otra vez la rabia, la ofensa a mi concepto de paz y armonía que simbolizaba la simple construcción, en mitad de la calle, con sus paredes de zinc y sus afiches descoloridos de lideres políticos indiferentes. Pero no lo hice. Toque de nuevo, con las manos temblorosas, un nudo de temor en el estómago.

Curiosamente, me abrió la misma mujer que había visto antes. Uno de los niños la acompañaba. Ambos tienen un aspecto demacrado y castigado. Me mira con desconfianza, el gesto duro y amenazador.

- ¿Qué busca aquí?

No sé como empezar. Que arrogancia la mia, pienso, con las manos apretadas contra los costados. Un extranjero en mi país, tocando puertas ajenas para comprender el suelo que piso. Aprieto los labios, cansada, dolorida. ¿Qué puedo decirle? ¿Que mientras ella vive aquí, en medio de la incomodidad y la pobreza, la odio desde mi relativa comodidad? ¿Que es esta culpabilidad histórica, asumir esta responsabilidad que no es mía? Al final, solo tomo una bocanada de aire, agobiada por esta mezcla de emociones, por la confusión de un país que me desborda.

- Sólo queria saber un poco más sobre ustedes - le explico. La mujer parpadea, pero continúa mirándome ceñuda, colérica - solo quiero saber si están bien, si esto es lo que buscaban. No quiero disculpar ni acusarlos de nada. Solo quiero escuchar.

Que simple, que poco consistentes, que artificiales suenan mis palabras, incluso para mi. De manera que espero, a que la mujer responda. Probablemente me lanzará la puerta a la cara, pienso. Con toda seguridad me insultará, me recordará los insultos, los reclamos, el maltrato social que han padecido y que achacan a ese enemigo histórico que el Gobierno insiste en endilgar al disidente. Pero no lo hace, cierra la puerta y se sienta en la acera, junto a las pancartas, las consignas pintadas, frente a una las paredes de cartón. Un gesto rotundo, sincero.

- No te puedo dejar entrar, pero podemos hablar aquí - me dice. La acompaño de inmediato. El mundo se ve distinto, desde el otro lado.  Sentada a su lado, de pronto el mundo alrededor me parece amenazante, inquietante. Un transeúnte que camina frente a la calle, nos dedica una mirada dura, casi colérica - ¿eres periodista de periódico?
- No, solo soy tu vecina.

Lo soy. De pronto descubro que aunque no entienda muy bien el mecanismo, esa estructura anarquica que el gobierno implanta como forma ideológica, esta mujer y yo compartimos calle, cielo, el rumor del tráfico constante. Un trozo de ciudad. De pronto, hay una brecha que se cierra un poco, una mirada sorprendida. El simple hecho de solo ser dos Venezolanas mirándonos a la cara. Ella, una mujer que podría tener mi edad, con el rostro ajado, las manos callosas. Una Venezolana abrumada, por esa sencillez de la pobreza Venezolana, de la tristeza de un país que se desploma lentamente. Una sobreviviente, como yo.

No responde. Me mira nada más. ¿Qué piensa sobre mi? Sé de las amenazas que han sufrido, de las noche en que alguien (nunca se supo quién) arrojó una botella llena de gasolina en el patio interminable lleno de basura. Fueron días tensos: la pequeña multitud se reunió frente a la acera para exigir justicia, a gritos, a las ventanas cerradas, a las rejas indiferentes, a la calle solitaria. Un policía llegó, unos días después, para comprobarlo todo y simplemente, se encogió de hombros. Abandonados por todos.
- ¿Qué quieres preguntar? - dice por fin. No hay rencor. Solo tensión. ¿Quién eres? ¿Quién eres más allá de las paredes de zinc, de la camiseta con el símbolo del partido, de la actitud levemente desafiante. ¿Quienes somos?
- ¿Por qué está aquí? - le pregunto. Sin rodeos. Es una pregunta llana, sin dobles intenciones. Ella mira la calle, donde todo pasa a su ritmo. La basura acumulada en la esquina tiene un olor repugnante que me sobresalta pero ella parece ignorarlo.
- Porque quiero mi casa - dice. No hay reproche, tampoco es una confesión sentida, una proclama. Aquella mujer robusta, tiene los hombros inclinados, lineas de profunda agotamiento en el rostro - el Comandante nos prometió que cada quien podía agarrarse un terreno y construir su casita. Yo quería eso cuando vine así. Vivo con mi mamá y mis hermanas. Mis chamos y yo no cabemos ya. Estamos mejor aqui y allá.

No respondo. Siento una tristeza profunda, sofocante. Una sensación de desamparo que me toma por sorpresa. Allí, a ras de la calle, todo es distinto. Todo es real, con el piso de tierra más allá de la puerta, las sillas de  plástico donde se duerme, se come y se vive. Y el discurso que intenta consolar pero no lo logra, o lo hace apenas.

- Pero no se puede construir nada aquí - comento. Una vez leí en una nota periodística que la Alcaldía había enviado a un funcionario para advertirles que el terreno no permitía construir un edificio mayor de dos plantas, incluso menos. El terreno, tierra arenosa y una complicada ubicación, es practicamente inutilizable. Mueve la cabeza, desalentada, así que supongo también lo sabe.
- No, pero entonces lo ocupamos para ver si el Gobierno se acuerda de darnos casa - me explica - nos quedamos pa' ver si se acuerda Nicolas Maduro que le dimos el voto pa' que estuviera allí. Yo creo que nos darán la casita pronto.

No respondo. Siento una frustración inexpresable, un dolor viejo, cándido. El país de las esperanzas rotas.

- ¿Tiene miedo? - pregunto. Ella no responde. Aprieta los labios. A esta distancia del suelo, el mundo tiene un rostro duro, colérico. Un automovil pasa a toda velocidad por la calle y alguien nos grita a ambas un improperio. No digo nada, asombrada del odio, el espontáneo, del virulento, del que brota en todas partes. Del que se sacude de un lado a otro, del que asombra y destroza. Del que nos deja sin voz y sin norte. El odio sin rostro, el odio que tiene cualquier nombre.
- Uno vive con miedo aqui y en el barrio mija - dice. Con sencillez. No se lamenta - uno sabe que si se pone comico le darán un balazo. Que hay que bregá para tener sus cosas. Y ni eso. El Gobierno te ayuda, te da algo y tu te lo agarras. Pero no siempre es fácil.

Quiero decir tantas cosas. Quiero rebatirle, quiero recordarle que el Gobierno, el anterior y el actual, cualquiera que venga después, tiene una responsabilidad histórica con cada uno de nosotros. Pero prefiero escuchar. Prefiero asumir el deber de comprender, a esta mujer desconocida y quizás a mi país, a través de sus palabras. Porque no todo es tan sencillo, me digo. No todo tiene mi perspectiva. Como la calle monstruosa desde la mirada rasante. El mundo de las esquinas.

De manera que la escucho largo rato. Me cuenta que está allí con sus dos niños ( uno de siete y otro de nueve ) y su mamá. Me cuenta que casi todas las mujeres son madres de al menos un niño pequeño. Que también, hay dos o tres hombres del Barrio La Vega, que las instruyen ideológicamente. Que cantan el Himno en la mañana, comen lo que les envían del barrio, que mantienen el sueño de "El Gigante" vivo. Lo escucho todo, sin comentar, asimilando las palabras, la imagen de esa otra Venezuela que me dibuja. Cuando se levanta, la imito. El mundo de nuevo toma un nuevo sentido y la diferencia entre nosotras se hace enorme, insalvable quizás. Con todo, la mujer, que nunca me dijo su nombre a pesar de lo que se lo pregunté ( Ordenes de adentro, me comenta ) sonríe cuando le extiendo una barra de chocolate que encontré en el bolsillo del suéter que llevo. Lo compartimos, como si fuéramos vecinas, como si conversáramos cada día, como si siempre formáramos parte de la misma visión del país y del futuro.

- Gracias - le digo cuando me despido. Ella no dice nada, se acerca a la puerta de madera.
- La cosa no es tan fácil siempre mija - comenta. Cierra la puerta. No sé a que se refiere. ¿Al país? ¿A la vida en la invasión? ¿A este silencio más allá de la opinión política? No lo sé, me digo, caminando entre los transeúntes, entristecida y abrumada. Creo que tal vez se refiere a esta Venezuela rota, sin sentido, cansada, en medio de un debate que nadie parece comprender muy bien.

En la noche, desde la ventana de mi Estudio, miro la bombilla solitaria pendular de un lado a otro en la Oscuridad. Ya no siento cólera sino más bien algo más agrio: la comprensión que Venezuela me resulta desconocida en sus extremos, que soy, sin duda, una aprendiz en mi propio país. Pero eso no es malo, me digo, mirando la silueta de un niño saltar, en medio de la confusión de sombras. Solo se trata de volver a comprender quién soy,  quienes somos. Que país es este que heredamos luego de quince años de enfrentamientos ciegos.

¿Te comprendo Venezuela? Me pregunto de pie en la Oscuridad.

La respuesta está compleja, que apenas comienzo a entender que me incluye, no solo como Venezolana, sino como parte de este intricando matiz de preguntas y respuestas a medio responder.

C'est la vie.






Para el Venezolano, el discurso de la discriminación y prejuicio es parte de una serie de las ideas que considera habituales, lo cual me preocupa muchisímo. Sin duda, somos una sociedad con un alto indice de conflicto y violencia cultural, pero aún así, normalizar y asumir como inevitable las agresiones que sufrimos por parte del Estado, solo empeora una situación de por sí crítica, una visión de país por completo inviable.

De manera que hoy, asumí - o quizás, ordené en ideas coherentes algunos planteamientos sueltos - que la violencia debe erradicarse de origen, desde esa admisión de responsabilidad personal que implica un cambio sustancial y general.

NO existe Violencia "buena" o "mala". Existe Violencia, destructora, un espiral cada vez más incontrolable e impredecible.

NO existe victimas de un "lado" o de "otro". Existen victimas, Venezolanos que sufren las consecuencias directas de una diatriba interminable que el gobierno insiste en acentuar en beneficio de su autopreservación.

NO existe disimulo, matiz o censura para la represión desmedida, grosera y criminal que se está sufriendo en varias partes del país justo en este momento. A pesar de de lo desordenadas y caóticas que puedan ser las protestas, nada JUSTIFICA que el Estado asesine a ciudadanos. El Terrrorismo de Estado nos convierte a todos en victimas, se apoye o no al gobierno.

NO existe un matiz para la censura. Mostrar hechos de manera real, oportuna y veraz, es un derecho ciudadano. No se incita a la violencia, mostrando lo que ocurre en la calle. La censura es de hecho una forma de agresión animica y directa contra el ciudadano.

NO existe un hecho que pueda convalidar que un Venezolano, sea cual sea su tolda política, muera debido a la violencia callejera. No hay muertos tuyos o sus muertos, hay familias devastadas por una crisis conyuntural de implicaciones imprevisibles.

De manera que hazte responsable de lo que ocurre en el país. Asume tu deber ciudadano y comienza, desde lo privado y personal, a construir el sueño de futuro que Venezuela merece.

9 comentarios:

-Gene- dijo...

Sencillamente brutal este post. Acabo de ver que lo publicaste en twitter, jamás te había leído. Te comparto el mío
http://genesiscarieles.blogspot.com/2014_02_01_archive.html
http://genesiscarieles.blogspot.com/2014/03/casi-un-mes-y-siguen-detenidos.html

Josymar Thomas dijo...

Excelente artículo y experiencia la que viviste con tu vecina!! Cada uno de nosotros debería vivir experiencias similares para ponerse en los zapatos del otro, comprender y de esa manera aportar! Gracias por compartilo. De ahora en adelante te sigo :-)

Victor Villegas dijo...

Hola Aglaia, te comento una experiencia nivel personal que tuve en el 2008, yo formaba parte de un partido político acá en Carabobo que tiene como Proyecto Venezuela los cuales habían manejado por muchos años la gobernación, cuando Acosta Carles gana las elecciones este partido para "supuestamente" busca mejorar por lo que un años antes de las elecciones del 2008 donde el candidato por el oficialismo fue Mario Silva, este partido realizo una campaña de volanteo y de censar familias con el fin de saber las necesidades que presentaban para cuando fueran gobierno "supuestamente" darles todos los materiales para que ellos construyeran sus casas siempre y cuando tuvieran un terreno.

Yo me uno a este partido cuando comienzo a estudiar psicología porque venia de una experiencia en la UNEFA que me mostró lo que ya se estaba formando con la educación abierta al pueblo(profesores que sacaban sus exámenes de google y mil cosas mas) y con los militares en su pensamiento lineal y su intransigencia donde querían mandar al civil. Por lo que yo me dije tengo que dar un granito de arena para que esto no siga y me uno a este partido de oposición, pero fui iluso, ya que participo en este censo y conocí familias como las que tu acá nombras solo que diría que ellos estaban en una condición un nivel por encima de los que son tus vecinos en estos momentos, familia que en un espacio que para muchos es el tamaño de un baño para ellos eran sala, cocina, comedor y habitación por las noches para como 11 personas.

Me impacto todo lo que vi de una manera increíble, pero como te dije peque de iluso, cuando este partido gana la gobernación pasa a una etapa donde se realiza otra entrevista a las familias para mantenerlas con la ilusión y su sueño de sus casas, en la cual yo participe aun con la esperanza de que les iban a dar sus materiales, pero no fue así ya que solo los utilizaron para que votaran por ellos y yo fui participe de eso, la tristeza de esa vivencia me marco porque con los sueños de las personas no se juegan y menos con algo tan primordial como la vivienda.

El resultado posterior fue la perdida de la gobernación por parte de la oposición y vino Ameliach del que ya sabemos lo que hizo. Todo es una cadena de causas con sus consecuencias pero los rojos siempre serán los responsables pero yo aprendí que los amarillos, naranja, blancos, verdes y azules también lo son.

¿Te imaginas fueran realizado un buen trabajo? Yo me lo imagino y pienso que probablemente las dos valencianas muertas hoy estuvieran con vida. Por cierto acá no se hizo primarias para esas elecciones, ya que tanto nosotros los opositores como los chavistas querían al alcalde de mi municipio como gobernador pero Salas Romer negocio con Capriles para que su hijo fuera nuevamente el candidato a la gobernación contra Ameliach.

Leonardo Pagua dijo...

1) Dejame decirte que eres una gran escritora (puede que también sea buen lector) ya que pude sentir las emociones descritas!

2) Es frustrante ver esa VERDADERA realidad de muchos. Esa conexión emocional con el gobierno ha sido fatal. Es un error que la población vea al gobierno como un "mesias". Los gobiernos son servidores del pueblo, no al revés. Aclaro: servidor no es lo mismo que sirviente. Buscar la definición de ministro.

3) La oposición no tiene una conexión emocional con el gobierno, es válido e incluso para mi correcto por lo antes mencionado. Pero es fatal que no se tenga una conexión con los que sí la tienen con el gobierno. Somos VENEZOLANOS todos antes que partidistas o idealistas!

4) Aquí todo el mundo quiere hablar y exponer sus argumentos, es válido. Pero pocos son los que se sientan a ESCUCHAR y plantear SOLUCIONES

Y por último, lo repito de nuevo, me agrada como escribes!

Leonardo Pagua dijo...

1) Dejame decirte que eres una gran escritora (puede que también sea buen lector) ya que pude sentir las emociones descritas!

2) Es frustrante ver esa VERDADERA realidad de muchos. Esa conexión emocional con el gobierno ha sido fatal. Es un error que la población vea al gobierno como un "mesias". Los gobiernos son servidores del pueblo, no al revés. Aclaro: servidor no es lo mismo que sirviente. Buscar la definición de ministro.

3) La oposición no tiene una conexión emocional con el gobierno, es válido e incluso para mi correcto por lo antes mencionado. Pero es fatal que no se tenga una conexión con los que sí la tienen con el gobierno. Somos VENEZOLANOS todos antes que partidistas o idealistas!

4) Aquí todo el mundo quiere hablar y exponer sus argumentos, es válido. Pero pocos son los que se sientan a ESCUCHAR y plantear SOLUCIONES

Y por último, lo repito de nuevo, me agrada como escribes!

Maria Veronica Moreno Giraldo dijo...

Excelente artículo!!! Lo comparto con la esperanza que quienes lo lean se tomen el trabajo de detenerse a reflexionar y ponerse en los zapatos del otro. A ver si finalmente entendemos que TODOS debemos caminar en la misma dirección. Admiro tu valentía. Un abrazo.

Rebeca Gregson dijo...

Saludos, aunque no comparto ciertas afirmaciones que se hacen en el texto, no puedo dejar de aplaudirlo, ir al encuentro del otro para entenderlo en su otredad no es el camino para la reconciliación, es la puerta para una transformación mutua, es el camino de una revolución sin slogans, de una revolución donde mirandonos a la cara entendamos que entre nosotros, el pueblo, el unico enemigo es el capital.

Eco Oleos Venezuela dijo...

Sentimentalmente agonizando !!

valentina moreno rojas dijo...

Holaa! es Tina... vivo en El Valle específicamente en San Antonio (al principio) tengo una misión vivienda bastante cerca y a las afueras de esta hay un grupo de personas que llevan ahí sin mentir 1 año esperando por una casa... están prácticamente viviendo en la acera tienen paredes de madera y pancartas pidiéndole a Maduro que cumpla con ellos. No me he acercado a hablar con ellos pero si te entusiasmas ahí tienes otra historia que podrías contar.

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