miércoles, 19 de marzo de 2014

Más allá de la Frontera: El dolor compartido de una ausencia dolorosa.



Durante los últimos años, Venezuela se ha convertido en un país de emigrantes. Casi a diario, un Venezolano toma la decisión de abandonar el país y huir de la violencia, de la ideología del odio, simplemente del futuro convertido de incertidumbre. Poco a poco, La Venezuela joven, la emprendedora, se ha convertido en una diáspora que recorre el mundo con un mensaje melancólico, con la mirada aún en la Tierra que abandonó. Porque Venezuela, dejó de ser una herencia para convertirse en el temor de una generación traumatizada.  Y es que quizás, esa imagen del gentilicio roto a fragmentos, es la que mejor describa a la  cultura de la violencia que prosperó en nuestro país durante década y media. La identidad del país casa, el país hogar, el país perdida en medio de la desazón y la zozobra.

Pero aún así, Venezuela sigue siendo parte de la historia de una buena cantidad de todos los ausentes. Porque el Venezolano que emigra, se lleva al país en la piel. Se lo lleva en lo que extraña, en lo que aún sufre, en los pequeños sobresaltos, en las sonrisas prestadas, en la mirada casi furtiva a lo que se dejó atrás. El país que es un recuerdo, el país que se idealiza, el país que se llora y se celebra, a pesar de la distancia. Y que sufrimiento pequeño, hiriente, es ese del que desde la nueva vida, mira la antigua con lágrimas en los ojos. El que siempre lleva a Venezuela, entre los dedos, en la mirada. El que incluso en el resentimiento, también la recuerda. Venezuela como la patria de la melancolía y los temores. Venezuela a secas.

Quizás, las últimas semanas de protesta han sido la mejor prueba de ese vinculo, misterioso y doloroso, que todos los emigrantes aún sostienen con el país. Una prueba de fuego para esa solidaridad a la distancia. Con ese temor, del que aún se siente parte de esta circunstancia país que nos desborda, que calza y borda una idea que incluso nos supera como  nación. Porque el Venezolano es Venezolano, más allá de la tierra que pisa. El Venezolano es una anécdota, una escena que no se olvida. El Venezolano es su propio país.

Pienso en eso, mientras converso con mi amiga Valentina, que vive en Buenos Aires desde hace un par de años. Durante las semanas de Protestas, Valentina ha sido parte de ese grupo de Venezolanos que ha levantado su voz para expresar la solidaridad, para exigir respeto y para recordar que el país, no está solo, incluso en medio de la complicidad hemisférica. Porque para Valentina, la cosa es muy clara: "Quiero hacer algo" me dice, en esas apresuradas conversaciones en el Chat. "Aunque sea poco, me desespera sentir que no puedo hacer nada más".

Pero lo hace.  Valentina ha llevado el mensaje Venezolano a una Buenos Aires que quizás lo ignora. Levanta pancartas, participa en concentraciones. Participa en el activo debate de Redes Sociales. Y como sufre a Venezuela Valentina. Hace unos días, unos de sus amigos fue detenido durante la Represión en Plaza Altamira. De inmediato, con la voz a la distancia, Valentina llenó las redes de denuncias. Gritando como puede y como mejor puede ese gentilicio que aún duele tanto que hiere.

"Quisiera hacer más" me insiste "Pero no sé como".  Y siento su tristeza. Su angustia, esa añoranza del ahora que se construye, del rostro del país al que pertenece y a la vez, es una gran ausente.


Mimi vive en Costa Rica desde hace unas pocas semanas, de manera que las protestas Venezolanas de alguna manera también sacudieron el reajuste personal, el temor del nuevo camino que comienza a recorrerse. A diario, Mimi es otra de las Venezolanas que vive su vida a medias, que contempla impotente la Venezuela que se sacude en angustia e incertidumbre, sin poder hacer otra cosa que observar. Para Mimi, la situación es la misma que para cientos de Venezolano que a pesar de la ausencia, continúan siendo parte del país que se desmorona: con madre y hermanos aún padeciendo la realidad del Venezolano de pie, para ella, no es una decisión de conciencia, sino una necesidad urgente. Como otros tantos, Mimi levanta su voz para expresar esa frustración de no poder hacer otra cosa que observar, que esperar, con la impaciencia aterrorizada del testigo, que podrá ocurrir en el país.

Varias veces, Mimi me ha comentado que necesita descansar, desconectarse. Pero que no puede hacerlo. Me lo dice con una tristeza infinita, en esos pequeños mensajes sin voz de los 140 caracteres de Twitter. Pero la angustia es real, esa necesidad de asumir su responsabilidad en el país a pesar de la distancia. La responsabilidad que incluye la sonrisa y la lágrima. Y esa soledad del que mira la tierra Natal casi con añoranza.

María Andreína vive en Canadá. Emigró justamente unos días después de la muerte de Hugo Chavez y según me comentó en una oportunidad, siente el mismo miedo que le provocaron esas primeras horas que siguieron al fallecimiento del Presidente. Me cuenta, en uno de esos correos dolorosos que mirar a Venezuela a la distancia es "Como caminar a ciegas". Y que dificil es soportar la incertidumbre de lo que pasa en casa, en familia, en las calles donde creciste y la ciudad donde viviste, cuando intentas mantenerte a flote en otra Tierra, en otra vida que no termina de avanzar, un instante detenido entre lo que dejas atrás y ese necesario transcurrir hacia la decisión que tomaste, hacia el recomenzar no sólo tu vida, sino quien eres, más allá de la frontera. Para María Andreína, la incertidumbre se resume en ese puñado de noticias que llegan a destiempo y quizás de manera insuficiente, esa sensación de profundo desconcierto de no comprender que ocurre realmente. Y desde otra vida, María Andreína insiste en asumir la bandera del Venezolano anónimo, en continuar con la lucha. Venezuela que somos todos, aquí y allá.

Mario se define a si mismo como "patacaliente". Y lo es: no solo es un ciudadano del mundo sino además, un hombre que disfruta de esa experiencia irremediable de recorrer la vida al paso de su curiosidad. Pero siempre regresó a Caracas, a esta ciudad rota a la mitad, a este país inestable. Lo hizo, hasta que en una oportunidad alguien le arrojó una piedra mientras paseaba a su perro - esa simplicidad de los momentos más hirientes -  y por centímetros, estuvo a punto de morir por un gesto irracional que nunca llegó a comprender. Una vez le leí asegurar que esa misma noche tomó la decisión de Emigrar, a un país donde su vida estuviera garantizada o al menos respetada. Y lo hizo: Hoy, catorce meses después de eso,  Mario vive en Ciudad de México. Sin embargo, es otro Venezolano que sigue mirando hacia el verde del Ávila, que sigue siendo parte de este país que somos todo, esta linea que nos une y que pareciera formar parte de una identidad mucho más profunda y dolorosa.

Hace unas semanas, Mario compartió en su frontPage de Facebook una foto suya junto a una numerosa protestas de Venezolanos en ciudad de México. Con su perenne sonrisa amable, Mario parecía el mismo chico que vi por última vez unos días antes de irse y abracé, sabiendo que probablemente nos llevaría unos buenos años volvernos a encontrar. Y me hizo sonreír,  mirarlo levantar el puño, con una bandera entre las manos, reclamando justicia para el país que aún es parte suya, que forma parte de esa visión de si mismo que lleva allí a donde esté. Mario, otro de los Venezolanos que a la distancia, nos recuerdan que el país, más que un gentilico, es una identidad compartida.

José lleva trece años viviendo en Toronto. Una vez le pregunté que era lo que más recordaba de Venezuela y me dijo que muy poco. Lo dijo con esa sinceridad suya, directa y sin matices: "Hace tanto tiempo que me fui, que olvidé lo bueno del país". Fue una frase dura, que sin embargo pareció resumir el inevitable proceso de erosión del que emigra, del que va perdiendo poco a pocos recuerdos para sustituirlo por otros. Pero José, aún es Venezolano: Lo he visto durante las últimas semanas, reclamar el derecho del país, exigir como esa insistencia del que padece, los derechos conculcados por la violencia. En una ocasión, me dijo: "No puedo con la angustia de mirar a Venezuela desde lejos, de pensar en lo que están y poder hacer muy poco". Pero la solidaridad no se olvida. La solidaridad del que reconoce su propia visión de país, más allá del habitante, del que forma parte de una idea de nación que rebasa la simple territorialidad.

Marianna vive en España (por ahora en Dueñas, mientras su espíritu nómada decide el siguiente destino) y está embarazada. Venezolana en la diáspora, los primeros meses de su embarazo estuvieron llenos de las imágenes del país que sufre, que reclama, que se debate en las calles en medio de la violencia y al represión. Por semanas, Marianna fue protagonista: Varias veces la leí reclamando derechos, exigiendo la paz para un país que sangra. Finalmente dio un paso atrás y no porque tuviera menos impetu en reclamo: El pequeño #BabyBrave como llama al futuro bebé que nacerá en unos meses se volvió prioridad. Y aún así, Marianna continúa mirando a Venezuela, incluso desde la preocupación lejana de quien intenta sobrellevar el dolor a su manera. Porque más allá de cualquier cosa, el País corre en las venas.

Igora vive en París, pero Venezuela la lleva en todas partes, como un equipaje discreto que en ocasiones es demasiado pesado. No solo porque aún su familia padece el país, la realidad, la incertidumbre, sino porque para ella, Venezuela es un reflejo de si misma. La leí, durante los primeros días de la protesta, exigiendo información, enfurecida por la confusión en las redes sociales, por la censura, por el simple aislamiento. Con esa determinación que la hizo prosperar en medio de un país hostil y extraño, Igo aún lucha con esa Venezuela que no forma parte de su vida, pero si de su historia. La Venezuela que le arranca lágrimas. La Venezuela que es una parte suya tan profunda que en ocasiones es indistinguible de si misma. "A veces hay que mirar a otra parte para no volverse loco" me comentó ayer en un apresurado mensaje via Twitter "Pero no siempre puede hacerse. Duele mucho".

Y es que el Venezolano en otras latitudes sufre, padece. Lleva el país como norte, aunque no sea parte de su futuro. Esa historia compartida a trozos, esa visión del mundo que nos une a todos. Los huérfanos de un gentilicio que aún más allá de la frontera, forma parte de quienes somos y más allá, de quienes seremos como parte de ese país intangible, el país que se lleva a todas partes, el que forma parte de cada uno de nosotros.

Quizás, el país más real de todos.


Gracias a Valentina, Mimi, Mario, María Andreina, Marianna Di Fernando, José Arato e Igora Latorraca por dejarme contar sus historias.

1 comentarios:

John Marshall dijo...

Agla! me hubieses entrevistado y tendrías mi visión, la cual es muy similar a la de tus amistades. Desde que estoy en Stgo de Chile, he dejado un pedazo mío en Venezuela...te hubiese dado un feedback muy emotivo de esta horrible situación que vivimos y que en carne propia me duele por estar a miles de Km de distancia...saludos y buen post

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