sábado, 8 de marzo de 2014

La bruja que bailaba entre tres colores: Una historia de amor y de sueños a medio construir.


Fotografía de Gil Montaño.


Mi abuela sufrió la dictadura de Perez Jimenez. Era muy joven por entonces - unos primaverales veintitrés años - pero lo que ocurrió y vivió la hirió para siempre. Era una de esas heridas espirituales que no sanan jamás y que supongo, todo adulto guarda en cicatrices de recuerdos. Por supuesto, cuando era una niña, yo no comprendía nada de eso. Para mi, solo tenía significado que mi abuela se entristecía profundamente cuando hablaba sobre sus recuerdos de los años de "dictadura" y la manera como la habían afectado para el resto de su vida.

No era un tema que abordara fácil y eso yo lo sabía. Así que, aunque me despertaba una profunda curiosidad el tema, prefería guardarme mis preguntas. Aprendí a tratar de descubrir cual era el mejor momento para preguntar o cuando mi abuela, hablaría de un tema tan doloroso con facilidad.. Eran días distintos: probablemente se trataría durante uno que le recordaría lo que había vivido o incluso, cuando hacia repaso a esa visión del mundo que le había proporcionado sobrevivir a una experiencia tan dura. No ocurría a menudo, pero cuando sucedía, yo la escuchaba entre asombrada y desconcertada. Y debo decir, que incrédula. ¿Realmente eso había ocurrido en Venezuela? ¿Se había enfrentado mi abuela, mi Caracas, mi país a esa guerra silenciosa del miedo? Mi abuela me miraba en silencio cuando le hacia preguntas semejantes.

- Eran tiempos absurdos - me contó una vez, ambas sentadas junto a la maquina de coser de la tatarabuela - nadie parecía comprender en realidad que ocurría. Eramos un país joven, que no conocía demasiado sobre Democracia o libertad. En realidad, teníamos la sensación que con toda esa pomposidad y disciplina militar, Perez Jimenez, estaba haciendo "lo correcto" por el país.

Tenía razón. Venezuela había pasado de largas dictaduras personalistas a gobiernos de elección popular que apenas se sostenían ante al asedio de la cultura militar. Para nuestro país, aún rural y con una identidad a medio construir, no sabía muy bien la diferencia entre la libertad y la imposición. Una idea triste, pensé con un escalofrío.

- ¿No les daba miedo saber de presos y esas cosas? - murmuré. Tenía una idea vaga y muy poco precisa sobre lo que realmente había ocurrido en Venezuela durante los años de dictadura militar perezjimenista. Con doce años, todo aquello me parecía parte del folclor de un país dramático y que estaba obsesionado con pequeñas escenas de su historia reciente. Las historias sobre detenciones, la muerte de Ruiz Pineda, persecuciones de lideres políticos, represión estudiantil, me parecían historias borrosas, que no encajaban realmente en mi forma de comprender a Venezuela. Por entonces, para mi la política era algo simple, rallano en lo desconocido. Para mí, la politica era el rostro del Presidente de turno, apareciendo y desapareciendo sin la menor importancia en las pantallas de televisión. Nada que pudiera afectar mi vida corriente, esa adolescencia un poco confusa que comenzaba a despuntar en mi vida.

- No sabíamos que ocurrían. O realmente sí, pero nadie quería admitirlo - me explicó mi abuela - había rumores, comentarios de boca en boca, sobre golpes y agresiones, sobre estudiantes que eran sacados de sus casas a empujones y jamás volvían aparecer. Pero por otro lado, el país desbordaba en prosperidad. Parecía que eramos el lugar más rico y delicioso de la tierra, con sus desfiles y carnavales multitudinarios, el orden de las calles, la ciudad reconstruyendose a diario. El miedo habitaba en otro lado.

Pero existía. Mi abuelo, a quien tampoco le gustaba hablar del tema de la dictadura pero era menos reacio que mi abuela, me contaba que muy pronto, el Gobierno de facto de Perez Jimenez dejó bien claro cual sería su talante, como se opondría a cualquier subversión o pensamiento independiente. Más de una vez me habló de la censura, del temor de la policia poderosa y agresiva, de la sensación que con el correr de los meses y los años, el país perdía su voz, su identidad, los últimos trazos de libertad. Me contó la ocasión en que un amigo suyo, que se atrevió a comentar su descontento publicamente, dos días después desapareció de la humilde oficina donde trabaja con mi abuelo.

- Nadie supo que ocurrió nunca - dijo mi abuelo. La fina red de arrugas de su rostro pareció hacerse más profunda, cuando apretó los labios, angustiado - desapareció simplemente. Nunca supimos otra cosa que para el gobierno, había resultado incómodo y eso lo sentenció.

Por  años, me obsesioné con esa historia, aunque no sabía muy bien por qué. Supongo que en mi ingenuidad de ciudadano de un país aburrido y normal, la idea que alguien pudiera desaparecer por capricho del poder, era impensable. Imaginaba que podría haber ocurrido con Perdomo, como mi abuelo llamaba a su amigo, nada más por el apellido, en esa costumbre antigua de los viejos conocidos. Perdomo, que era soltero y sonriente, que siempre aparecía en las fotos que guardábamos de él con una gran sonrisa amable y un bigotito ridículo. Perdomo, que había gritando en un restaurante público que ya no soportaba más el miedo que Perez Jimenez había instaurado como ley.

- ¡Que se vaya al Carajo! - gritaba, en mi mente. Y luego, en un gesto violento, salía del pequeño restaurante donde compartía el almuerzo con mi abuelo, a quien imaginaba jovencísimo y discreto, con su camisa almidonada y su mirada timida. De Perdomo, que nadie más supo nada. De Perdomo, que murió sin que nadie pudiera llorarlo y que probablemente yacía en alguna parte, olvidado, anónimo para siempre.

Un pensamiento espantoso.

Esas historias parecian repetirse muchísimo, en esa época que mis abuelos recordaban con escalofríos. Una herida abierta, sí, que tocaban de vez en cuando solo para comprobar que seguía sin cicatrizar. Por ese motivo, no me sorprendió su reacción cuando el Presidente Hugo Chavez Frías llegó al poder, por la vía de los votos poco después de intentar una asonada militar unos cuantos años atrás.

Mi abuela escuchó el anuncio con los ojos muy abiertos. No era frecuente que mi abuela tuviera miedo. De hecho, me atrevería a decir que fue una de las pocas veces que se lo noté. Miramos la imagen del flamante presidente, fuerte y joven y su mano helada, apretó la mia. Me preocupó la expresión de su cara, la manera como el miedo la inflamaba en todas partes. Y eso que sabía, su opinión sobre aquel hombre que insistía en gritar consignas violentas y llamaba a la revolución. Desde el principio, mi abuela había insistido en que le preocupaban sus llamados a la violencia, su discurso duro y exaltado. Ahora, era nuestro Presidente, pensé mientras la acompaña al jardín de la casa. Ahora formaba parte de la historia de todos.

Mi abuela se detuvo en mitad del jardin. La Luna en creciente parecía bascular de un lado a otro en cielo radiante de principios de Diciembre. La mire, grave y preocupada y decidí no preguntar nada. Mi abuela entonces hizo algo muy curioso: tomó una de las piedras blancas de la pequeña fuente ornamental junto a la pared y arrodillada, comenzó a trazar un circulo en la tierra. Uno amplio, que le llevó esfuerzos abrir en la tierra porosa y helada de este frío cálido del Trópico. Cuando terminó se sentó dentro de él y extendió las manos manchadas de tierra hacia mi.

- Ven, sientate a mi lado - me pidió.

Lo hice. Ella inclinó la cabeza y en la oscuridad, su gesto tuvo algo de devoto, profundamente hermoso. La imité, sin saber muy bien que debía hacer a continuación.

- Por la madre de las estrellas, por el poder de cada espiritu de esta Tierra, te pido a ti Madre Eterna, que bendigas a mi país - su voz, en mitad de la noche, pareció enredarse entre las ramas de los árboles, vibrar entre las hojas - protegelo del dolor que vendrá, del temor que se esconderá en él. Cuidalo de la angustia, del odio que se cebará en las palabras. Protege a tus hijos, a los que inocentes caminan hacia el futuro. Protege a los ancianos, que aspiran a la paz de sus años más felices. Protege a la madre y al padre, que educarán al que llevará tu nombre en alto. Y protegeme a mi, a mi nieta y a mis amados, que son la esencia de mi amor por este país.

Guardé silencio, sobrecogida. Nunca había escuchado a mi abuela invocar con la voz trémula, temblandole de alguna emoción desconocida. Tampoco, con los ojos llenos de lágrimas. ¿Era un presagio? ¿Se trataba de sus recuerdos de nuevo, hiriendola de a poco, reverdecidos por la imagen del Teniente Coronel que acababa de ser escogido como nuestro presidente? No supe que decir, y solo atiné a decir un titubeante "así sea" para acompañar su suplica, para consolar su angustia. Mi abuela sonrió y uno de esos gestos largos y cálidos, se inclinó hacía mi y me abrazó.

Mi abuela murió dos años después. La revolución chavista en Venezuela apenas comenzaba y aún, había esperanzas, la expectativa de construir una nueva visión de país a base de un planteamiento recién nacido. No sería testigo de la división, del verbo violento, del enfrentamiento entre Venezolanos. No lloraría a los asesinados, de cualquier consigna y opinión, en medio de una guerra sin cuartel con tinte político. No me vería asistir a las manifestaciones, reclamar mis derechos. No me vería llorar de angustia por la represión. No me vería sentir quizás su mismo miedo. No me vería caminar por las calles de la ciudad que tanto quiero, aterrorizada de lo que podría encontrarme en ellas. No me vería escribir, entre la lágrima y la furia, para contar lo que vivo en un país que me ignora y me invisibiliza. No me vio enfrentarme al temor, agazapado en todas las formas. No me vio convertirme en una ciudadana.

Pero si estuvo conmigo. En cada ocasión en que a pesar de la desesperanza, decidí levantarme. Estuvo, invisible y cálida, para secarme las lágrimas en los momentos donde la desesperación me dejó sin voz. Me animó a continuar, cada vez que no quise hacerlo. Me sonrío, todas las veces que levanté la bandera de mi país y la ondeé bajo el sol.

Y hoy, con lágrimas en los ojos, abro de nuevo el círculo. En la tierra, con lágrimas en los ojos. Pero también, sonrío.  El círculo de la esperanza y el amor. Pido al Universo por usted y por mi, por quien me acompaña en mi lucha y por quien no piensa como yo. Pido al Universo fuerza para continuar, una vez más, construyendo este sueño, este proyecto de futuro, esta gran visión de mi misma que llamo con amor, Venezuela.

Hija de la Diosa.

Orgullosa Venezolana.

Así sea.

1 comentarios:

Antonio Odehnal dijo...

Querida Aglaia, ¡extraordinario post!.
No puedo negar que me estremecí leyendo el artículo, porque resulta que me veo (de cierto modo) reflejado en el, esto debido a que recientemente he retomado el contacto con mi abuela paterna y entre las conversaciones que hemos tenido me ha contado un poco de sus memorias de cuando fue joven, de cuando le tocó emigrar de su país natal (en aquel entonces Checoslovaquia, hoy República Checa) motivo de la guerra y entre las anécdotas e historias que me contaba, con preocupación, dolor y un poco de furia, me decía lo duro y difícil que fue para ella y sus hermanos sobrevivir los años que en la guerra, de lo duro que era la dictadura, el comunismo y lo fuerte que fue comenzar de nuevo en Venezuela en la búsqueda de un futuro, de una oportunidad… Entre tantas cosas que me contaba de su vida, también vivió la época de Pérez Jiménez, vivió el silencio, el temor, las represiones de aquel entonces y me comentaba que fue un momento muy fuerte para ella porque ella había salido de su país por una guerra y acá se estaba estableciendo un gobierno dictatorial, además en ese momento había conformado una familia acá y no podía devolverse.
Creo que jamás podré imaginar el terror de lo que ella en algún momento habrá sentido o vivido quizá, por más que intente y ver su angustia hoy día en su rostro, porque presuma que la historia vuelva a repetirse, eso me parte el alma sin embargo al mismo tiempo me llena de fuerza para resistir, para seguir luchando por ese país en el que mis abuelos creyeron, aquél que me vio nacer, al que recuerdo de los tiempos de mi infancia (en aquella democracia de los 80-90) y al que amo tanto, porque soy de los que cree que vale la pena luchar por lo que vale la pena tener.
Gracias por esas palabras Aglaia, por contarnos un poco de esa historia que aunque un poco dolorosa, refleja una realidad de la que debemos reflexionar y gracias por esa petición universal.
Un abrazo.

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