martes, 18 de junio de 2013

La debacle de la Venezuela Resignada.





Siempre me ha gustado la casa de mi amigo G. Es una de esos lugares que parecen sacados de una revista: con su decoración hermosa, de enorme buen gusto y tan pulcros, que uno internamente se avergüenza de su desorden personal. Por eso me chocó encontrar en el baño un enorme rollo de papel higiénico industrial: uno de esos de papel rugoso y de blancura engañosa   Pero es Venezuela del siglo XXI, en plena Revolución "socialista", eso es normal.

Quizás fue eso lo que me chocó. La normalidad. Porque G. - o su esposa tal vez, tan ordenada y pulcra como él - colocaron el rollo gigantesco casi con gracia: Sostenido por un par de adornos de metal pulido y de una manera tan precisa, que parecía decoración de última moda. Pero no lo era. Miré la escena, incomoda, preguntándome como habíamos llegado a eso, como habíamos aceptado lo anormal con tanta facilidad. Cuando utilicé el papel, me aseguré de dejarlo desordenado, que fuera notorio no pertenecía a todo lo demás. Porque no pertenece, me dije con los dientes apretados. Esto no es normal me repetí. O al menos yo no quiero que lo sea.

G. no hizo ningún comentario. Aunque obviamente lo notó, cuando me llevó a mi casa luego del divertido almuerzo que compartimos entre amigos - donde no había azúcar ni tampoco servilletas de papel - prefirió hablar de la última película de moda, del cantante que pronto nos visitará y a cuyo concierto asistirá junto con su esposa. No respondí.  Permanecí callada y tensa. La imagen del rollo de papel enorme, en medio de las porcelanas, del buen gusto y la vida común siguió molestandome un buen rato.

Estamos ciegos, pienso cada vez con mayor frecuencia. O queremos estarlo, que es peor. Estamos ciegos de resignación. Apretamos los ojos y nos cubrimos los oídos mientras la realidad de Venezuela nos pasa de largo, nos grita a todo pulmón que Venezuela se cae a pedazos, que se deforma bajo el peso de lo que consideramos normal, cuando no lo es. Porque en Venezuela, la normalidad es una cosa tan escasa como el azúcar, el pollo y los huevos de cartón. Este país se acostumbró a lo extraño, a lo preocupante, a lo que preocupa y angustia. Al escándalo, al irrespeto, a la vulgaridad. ¿Cuando ocurrió algo semejante? me digo, con las manos temblandome de furia cuando recorro los pasillos de un Supermercado y solo encuentro anaqueles vacíos  ¿Qué ocurrió para que decidiéramos que era bueno mirar hacia otra parte? ¿Cuando aprendimos a sobrevivir a trozos de realidad mal encajados? En realidad, más que cuando o que pudo haber ocurrido, lo que más preocupa es el motivo. ¿Por qué esto nos parece normal? ¿Por qué decidimos vivir así?


Parpadeo cuando mi amiga J. me muestra la pantalla de su teléfono de última tecnología. Sé cuanto cuesta el cacharro tecnológico, y cuanto tiempo tuvo que ahorrar para comprarlo. Y la acompañé cuando finalmente ahorró lo suficiente para adquirirlo. ¿Que me muestra? La imagen de un mapa, donde se señala donde puedes encontrar artículos de primera necesidad en esta Venezuela depauperada,  en este país de lo escaso, de lo que se vende a raciones, de la mendicidad de lo básico, como tan atinadamente dijo mi profesora de fotografía. Y es que el Venezolano se está tomando la debacle con su característico buen humor. La risa del sobreviviente, la alegría del que prefiere sonreír con miedo para evitar llorar de angustia. De manera que tenemos una aplicación web que permite rastrear los alimentos de primera necesidad y que gracias a la información de los usuarios, compone un mapa de la miseria en un país millonario: J. me explica entre risas lo útil que le ha resulta la aplicación, como ha logrado sortear la pobreza de la mala administración y comprar lo que necesita. Como no me río, me dedica una mirada larga y casi burlona.

- ¿De qué te vas a quejar ahora? - me pregunta.
- ¿Yo? de nada - puedo dejar pasar el comentario. Claro que podría. De hecho, sería lo deseable, lo cómodo. A veces siento que no tiene sentido insistir, volver al tema de nuevo. Pero lo hago claro. Supongo que no puedo evitarlo - solo que no me hace gracia la manera como asumimos que somos un país quebrado y en ruinas.
- ¿Pero por qué todo tiene que ser terrible para ti? - dice J - esto es útil, y mientras pasa la situación del país...
- ¿Y si no pasa? - le interrumpo - ¿Lo pensaste ya? ¿Que haremos después? ¿Una aplicación con las zonas de mayor peligro de secuestro? ¿Otra para avisarnos sobre la calle donde aún se puede transitar?

J. parece incomoda. Yo también lo estoy, claro. Porque llegamos al punto donde ambas debemos admitir que Venezuela, su realidad mejor dicho, es un hecho que te golpea, que está en constante deterioro. Y que lo estamos permitiendo. Porque en realidad lo terrible de todo esto es que nuestro concepto del país futuro que estamos construyendo son los escombros del actual, es simplemente la imagen de un país que intenta no derrumbarse, que agoniza lentamente, en medio de una diatriba política inútil, de una administración publica deplorable y del ciudadano que lo permite. El ciudadano que se acomoda al desastre, que intenta saltar el agujero con mucho cuidado, sin notar que se acerca al abismo. Así es esta Venezuela adolescente, maltratada y herida, que se desangra poco a poco, pero que intenta siempre cubrir la herida y sonreír para que el dolor no se note.


Camino por una transitada avenida de Caracas. La multitud camina bajo el sol entre tropezones, el rostro preocupado y hostil. Será el calor, pienso, secándome yo misma el sudor del rostro. Pero también, quizás, y esa es mi esperanza, que en la soledad de la caminata diaria, que en el silencio de quien debe admitir las cosas con crudeza porque no hay ante quien disimular, todos comprendamos que estamos viviendo la consecuencia de lo que construimos. Que miramos a nuestro alrededor y encontramos que este país resquebrajado, violento, pobre, anárquico  mezquino que padecemos es una decisión de silencio, es una omisión a lo básico, a lo evidente. Y como duele asumir esa responsabilidad, esa idea de temor que se muestra en esta Venezuela demacrada, tambaleante. Rota.

Siento deseos de llorar, aunque no sé muy bien porque. Quizá porque amo a Venezuela, a pesar de todo. O por todo, probablemente. No lo sé. Cual sea el motivo, son lágrimas de las que arden, de las que te pesan, de las que te dejan medio asfixiado, abrumado. Venezuela, yo te quiero, quiero vivirte.

Pero solo te sobrevivo.

C'est la vie.

3 comentarios:

Gaby dijo...

Agla que buen post. Vengo llegando de viaje, siempre que lo hago evito comparar a los paises ya que las situaciones son muy distintas, pero esta vez fue inevitable. Darme cuenta como hemos dejado que nos roben la calidad de vida en cosas tan basicas y que de una forma u otra lo seguimos permitiendo al acostumbrarnos rápido, buscando soluciones como la que nombras acá, el conformismo, etc.
De verdad me da mucha tristeza e impotencia, igual que tu adoro mi país y no lo quiero dejar pero cada día me siento más alejada de la Venezuela que realmente quiero.

pantarhei dijo...

Vivo desesperada porque veo justamente eso: resignación, y la razón me dice que la situación actual de Venezuela no tiene remedio. Como dices, en este país uno sobrevive. Y me desespera ver que no hay salida, no hay opción. Provoca salir corriendo de aqui y chocas de frente con el miedo que produce ser extranjero. Y vivo en ese circulo vicioso de desesperación y miedo. Tengo un empleo decente que alimenta el miedo, pero que en el transcurrir de los días y meses alimenta mi desesperación porque con lo que gano sobrevivo, no hay nada que ahorrar nada a que aspirar me desespero busco opciones y vuelvo a sentir miedo.

Salomon GARCIA CAVIEDES dijo...

Disculpen que me entrometa en vuestra realidad, pero es inevitable reconocer que muchos Venezolanos se han sumido en la resignacion-miedo. Es traumatico pensar que un pais tan rico viva esta realidad de vivir en la mendicidad material y moral. Soy Peruano, de la ciudad del Cusco, pero a pesar que es una ciudad realtivamente cara, donde un menu en un lugar centrico cuesta a partir de 15 dolares y el metro cuadrado esta sobre los 3000 dolares, vivimos comodamente, restaurantes y centros comerciales llenos, con movimiento diario y a toda hora, alimentos y articulos de aseo y cuidado personal en abundancia, que ya empezo a afectar la fisonomia con jovenes y niños haciendolos mas "gruesitos" de lo normal, en todo el Peru hay "optimismo" por el futuro prometedor,abundancia y trabajo para quien se esfuerza. Pero hermanos Venezolanos, aun asi nosotros tambien vivimos con preocupacion la cercania de nuestro gobierno con el pensamiento politico de Chavez-Maduro-Castrismo, que sin duda nos llevaria al retroceso y subdesarrollo, pues percibimos que esas dictaduras solo son para enriquecer a los que estan en el poder y someter al resto bajo amenaza de carcel e incluso desapariciones forzadas. Es inconcebible que en Cuba un par de satrapas decrepitos sigan sojusgando 4 generaciones, igual en Venezuela, un dictador como Maduro que no puede hilar una oracion inteligente, idiotizado con el pensamiento Chavez que no fue sino un corrupto que compro apoyo y conciencias con vuestro dinero, evidencias como cuando encontraron en el avion de Cristina de Kirshner maletas llenas de dolares venezolanos, el narcopresidente de Bolivia, un ignorante que repite la misma tonada hace años "contra el imperialismo", un anciano guerrillero semianalfabeto presidente de Uruguay, un dictadorzuelo corrupto en Ecuador. Todos ellos con un comun denominador, capturan los poderes del estado para perpetuarse en el poder, corrompen al ejercito, alimentan a las poblaciones en pobreza como se alimentan a las mascotas, porque es la unica forma de estar en el poder, porque democraticamente no podrian salir reeelectos. EL COMUNISMO TERMINA CUANDO LA RIQUEZA DE UN PAIS SE AGOTA.

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