martes, 6 de diciembre de 2016

La Cultura de la Violación y la justificación machista a la agresión femenina: El Caso del último Tango en París.





La última fotografía de la actriz María Schneider antes de morir, la muestra cansada, con el rostro pálido y un poco hinchado. La que fuera la célebre protagonista de la película “El último Tango en París” del director Bernardo Bertolucci, mira a la cámara con cierta timidez y de hecho, durante toda la entrevista que acompaña a la fotografía, dejará muy claro que el mero hecho de responder preguntas de la prensa, le resulta un pequeño suplicio personal. En una ocasión, llega a asegurarle al periodista “que lo último que desea es la fama”. Lo hace con un nerviosismo de frases cortas y un poco torpes, que deja traslucir la inquietud que a María parece producirle la mera posibilidad de la exposición pública.

Era un comportamiento usual en la actriz, que pasó buena parte de su vida adulta en cama — de hospitales o la suya propia — por depresiones y gravísimos problemas con las drogas. María, que obtuvo fama inmediata a los diecinueve gracias a la película de Bertolucci, pasó buena parte de su vida lidiando no sólo contra los estragos que la fama le provocó — más de una vez admitió que era “incapaz de controlar el monstruo” — sino además, contra el miedo. Uno tan profundo e implacable que la acompañó cada día durante su vida y que sin duda, tuvo mucha relación con los dolores emocionales y físicos con los que lidió por décadas. Un terror que nació — por contradictorio que parezca — en el plató de la película que le dio reconocimiento y fama internacional.

En una entrevista que concedió unos años después de protagonizar el que sería su trabajo más reconocido, María aseguró que “debería haber llamado a mi agente o mi abogado para que me protegiese en el set, porque no se puede obligar a alguien a hacer algo que no está en el guión, pero en ese momento, no sabía eso”. Se refería a la escena en la cual su personaje es sodomizado por el de Marlon Brando, una de las más recordadas y duras de la película. Schneider, que entonces sólo tenía diecinueve años, se encontró en medio de una situación violenta y abusiva que además, no podría controlar. En la misma entrevista, María contó que la escena no se encontraba en el guion original debido a que fue una idea de Brando, que sólo consultó con el director en privado antes de llevarla a cabo. La actriz nunca tuvo conocimiento pleno de lo que sucedería y aún peor, no fue advertida que la “idea” de Brando incluía violencia física. Schneider admitió haber llorado y gritado de “miedo auténtico” durante toda la toma y aunque sabía que no se trataba de algo real. “Me sentí humillada y para ser honesta, un poco violada, tanto por Marlon como por Bertolucci. Después de la escena, Marlon no me consoló ni se disculpó. Afortunadamente, fue solo una toma” contó María. Cuando se quejó sobre lo ocurrido el actor Marlon Brando desestimó su miedo posterior restándole importancia. “Maria, no te preocupes, sólo es una película” llegó a decirle.

Durante años, María repitió la historia más de una vez sin que nadie pareciera especialmente preocupado por lo que la actriz contaba. Eso a pesar que la película ha sido debatida y analizada como fenómeno en más de una ocasión y que de hecho, fue un hito al momento de su estreno, no sólo por la forma en que analiza la sexualidad masculina sino además, por el hecho que reflexiona sobre el sexo como una mezcla de dolor y trauma viril. Pero María María Schneider, convertida en un símbolo erótico a su pesar, ocupa un ambiguo lugar dentro de la percepción de la película como símbolo de la revolución sexual que representa.

Traumatizada y empequeñecida por la ola de popularidad que le precedía, María se encontró en la compleja situación de enfrentar su propio mito. Y con toda seguridad, un trauma más complejo de lo que suponía protagonizar una película que marcó un antes y un después junto con uno de los actores más reconocidos de la industria del cine. En los años siguientes a la filmación, María sufrió un colapso, se intentó suicidar en dos ocasiones y cayó en una fuerte adicción a las drogas por la que estuvo recluida en clínicas y hospitales en diferentes momentos de su vida adulta. Su carrera artística se resintió hasta quedar prácticamente destruída: fue olvidada por la industria del cine cuando se negó a ser definida por la película que la hizo famosa, lo que la condenó a un ostracismo temprano que terminó por sepultar sus tempranas aspiraciones artísticas. A los cuarenta años, María declaró a un diario italiano que estaba convencida que simplemente “había muerto como actriz” y lamentó “el dolor que le provocaba renunciar a sí misma”.

Tendrían que transcurrir casi treinta años para que la opinión pública comprendiera la gravedad de lo que ocurrido con María durante la filmación de “El Último Tango en París”. No obstante, el tardío reconocimiento a la agresión que padeció la actriz, no llegó por sus insistentes declaraciones sobre lo que había padecido durante la filmación o sus detalladas descripciones sobre el miedo y la humillación que sufrió en el plató. Se necesitó que el propio director Bernardo Bertolucci admitiera en público y a quien quisiera escucharle que había sometido a María a un tipo de agresión violenta y evidente, de la cual no se arrepentía. La declaración pasó inadvertida hasta que el mes pasado, una organización española tradujo el video para condenar la violencia de género.

Resulta preocupante que una agresión como la que sufrió María Schneider haya pasado desapercibida — o haya sido ignorada — por tanto tiempo. No obstante, sólo se trata de otra nueva muestra de esa nociva cultura que considera el abuso hacia la mujer como algo normal o lo coloca bajo el cariz del contexto, como si la agresión de género pudiera justificarse o matizarse de acuerdo a la situación en que ocurre. A pesar que la actriz dejó claro y de manera explícita que la escena se llevó a cabo sin su consentimiento, el escándalo sólo estalló cuando Bertulucci lo corroboró en un diálogo que resulta espeluznante en conjunto. Envuelto en el esplendor del mito que le rodea, Bertolucci admite en cámara que “Quería su reacción ( de María Schneider) como una niña, no como una actriz”. Y cuenta sin prurito alguno, que necesitaba que “llorara y mostrara emociones verdaderas”. No sólo resulta escalofriante lo que sugiere el hecho que un hombre que se llama a sí mismo artista necesitara agredir a una mujer para obtener de ella una actuación fidedigna, sino además el discurso misógino que se percibe entre líneas. Para el director, una mujer no puede actuar sino que siente, lo que colocaba a cualquier actriz en un estrato casi infantil en el que debe ser tutelada desde la manipulación y la presión emocional.

No se trata de un fenómeno desconocido: La actriz Tippi Hendren, descubierta y encumbrada por el director Alfred Hitchcock, aseguró hace poco en su libro “Tippi: A Memoir” que el director abusó física y emocionalmente de ella, en  lo que llamó un “intento por obtener su mejor actuación”. Posesivo y obsesionado, Hitchcock intentó controlar incluso la forma como la actriz se comportaba fuera del plató de filmación y hasta los detalles de su vida emocional. Aterrorizada y confusa, Hendren contó que luego que el cineasta intentara besarla y tocarla en una limusina, preguntó a conocidos y a amigos si debía denunciar su comportamiento, pero que de inmediato fue disuadida por otros actores y sus propias dudas sobre lo que estaba viviendo. Admite que el término “acoso sexual” no existía en Hollywood y sabía que la meca del cine apoyaría al director en caso de cualquier acusación. “¿quién era más valioso para el estudio, él o yo?” se pregunta Tippi en su libro, como un resumen a la actitud de Hollywood — y quizás de la cultura de la época — acerca de agresiones semejantes.

Otra de las víctimas de los excesos de diferentes directores contra las actrices amparándose bajo la “expresión artística” es actriz Shelley Duvall, que interpretó el papel de Wendy Torrance en la película “El Resplandor” de Stanley Kubrick. Conocido por su perfeccionismo y sobre todo, obsesión por los detalles, el director aterrorizó y maltrató psicológicamente a la actriz para obtener “la mejor actuación de su vida”. Kubrick insultó a la actriz, la sometió a una insoportable violencia emocional y finalmente, a extenuantes jornadas de filmación donde le recordaba “que debía obedecer a pesar del miedo”. La actriz apenas soportó el asedio y una vez culminado el rodaje, ingresó en un centro psiquiátrico. Nunca se recuperaría del todo de la terrorífica experiencia que vivió durante la filmación de la película: Duvall desapareció paulatinamente del escenario cinematográfico y durante las últimas dos décadas entró y salió de Centros de salud mental debido a su precario equilibrio psiquiátrico.

No obstante, Kubrick ni tampoco Hitchcock fueron acusados de maltrato y mucho menos, de abuso debido a su comportamiento en contra de sus actrices. Ninguno debió disculparse ni seguramente creyeron debían hacerlo. Para el mundo espectáculo, el sufrimiento femenino parece ser parte de una serie de exigencias que cualquier actriz debe asumir como necesario y que es un reflejo del menosprecio con que se suele analizar la violencia de género. Ni Hendren ni Duvall se atrevieron a señalar nunca las conductas de los directores como reprobables e incluso directamente agresivas: ambas admitieron que no sabían que lo que ocurría reprobable — e incluso un crimen — y que decidieron callar debido a su posición en la industria. De la misma forma que María Schneider, que insistió en que “no sabía que lo que sucedía era reprobable” y que incluso mantuvo una duradera amistad con Marlon Brando, justificación que se sigue utilizando para restar importancia a la agresión que sufrió. Una distorsionada percepción sobre los límites de la violencia como forma de presión o manipulación no sólo física, sino también psicológica.

Quizás para comprender los alcances de la violencia y el maltrato de género, habría que analizar el momento en que comenzó a debatirse en público el concepto de “Consentir” bajo una noción objetiva. En medio de la polémica a raíz del escándalo acerca de la escena de violación en “El último Tango en París” hay una perniciosa insistencia en el hecho que la actriz Maria Schneider “aceptó” aparecer desnuda y en situaciones sexuales con el actor Marlon Brando. Lo hizo y es evidente que María confiaba tanto en el director como en el actor que le acompañaba como para participar en una escena semejante, pero eso NO la hace “culpable” de la agresión que sufrió. Porque palabras más, palabras menos, eso es lo que le ocurrió a la actriz: sufrió una agresión física frente a las cámaras.

Hablamos que una mujer fue usada como un objeto más dentro de la producción fílmica en la que participaba. Que tuvo que soportar una situación de violencia mientras sus reacciones eran explotadas y utilizadas por un supuesto propósito artístico. María fue vilipendiada, humillada y aterrorizada para “lograr realismo escénico”. El director lo admite y no sólo no le preocupa las consecuencias que tuvo para la actriz lo que ocurrió, sino que además, admite que no se arrepiente. ¿Eso es admisible? Bertulucci admitió que buscó filmar lo que llama “el dolor real” de una mujer. Y lo llama arte. Más allá de eso, lo llama “expresión artística” como si pudiera ocultarse el grave cariz que supone la violencia contra la mujer en cualquier situación por el solo hecho de obedecer a lo que parece ser una aspiración estética. Pero incluso a pesar de las declaraciones de Bertolucci — el hecho que el director reconoce sin arrepentimiento alguno que humilló e hizo daño físico y emocional a la actriz — continúa debatiéndose sobre si lo ocurrido durante la filmación de “El último Tango en París” fue en realidad un delito o una agresión. Como si el dolor de una víctima no fuera suficiente o al menos, no tuviera el impacto necesario para ser analizado como un fenómeno concreto.

Hace unos meses, el comediante Jay Leno hizo una broma sobre la credibilidad de las mujeres que me produjo escalofríos. Leno, en medio del escándalo que desató las acusaciones contra el actor Bill Cosby — en las cuales un grupo mujeres aseguraron haber sido violadas por el actor y que de inmediato desataron un incómodo debate público sobre la credibilidad de las víctimas — comentó: “No sé por qué es tan difícil creer a las mujeres. En Arabia Saudí hacen falta dos mujeres para testificar contra un hombre. Aquí hacen falta 25”. Una broma que no lo es tanto, una crítica sutil hacia la cultura misógina y sobre todo, reaccionaria a la que se enfrentan las víctimas de un delito disimulado bajo la insistente máscara de la justificación social de la violencia.

Lo mismo ocurre en el caso de Bernardo Bertolucci y Marlon Brando: ambos tuvieron un comportamiento agresivo y abusivo, condenable bajo cualquier punto de vista. Un clásico acto de violencia en el cual un hombre se aprovecha de su situación de poder para manipular a una mujer que no puede defenderse y que de hecho, no puede evitar la agresión en su contra. María Schneider tenía diecinueve años cuando Marlon Brando, que le doblaba la edad y que durante toda la filmación la había tratado “como una hermana menor” la desnudó a la fuerza sin su consentimiento, le desgarró la ropa y tocó sus partes íntimas. Lo hizo a pesar que María no dejó de gritar y llorar durante toda la escena. De hecho, para Bertulucci el miedo y pánico que padeció la actriz es un elemento que “permitió a la película ser realista”, como si se tratara de un elemento más en un complicado y perverso juego de poderes en la que la actriz no podía ganar. Un comportamiento tan corriente no sólo en la industria del cine sino en cualquiera otro donde el machismo se convierte en una arma de agresión tácita contra la que la que mujer tiene pocas posibilidades de defenderse.

Las implicaciones morales de aterrorizar a una actriz fingiendo una agresión sexual asumir que debe aceptarlo porque es parte de su “trabajo” son complejas y peligrosas. Utilizar el cuerpo de cualquiera de manera agresiva, tendenciosa y violenta sin su consentimiento expreso es un delito contra la integridad personal. María insistió en que estaba confundida, abrumada y sobre todo, era incapaz de comprender a cabalidad lo que había sucedido. Luego del éxito resonante de la película, estuvo convencida por muchísimo tiempo que era necesario “su sacrificio” para lograr una obra artística. María fue una víctima que no supo que lo era.

La película “El último tango en París” fue aclamada como revolucionaria. La crítica de cine Pauline Kael llegó a decir que la película “alteró el rostro de una forma de arte” y la describió como la más “poderosa película erótica jamás realizada”. Y lo fue, en la medida que transgredió la forma como el cine y la cultura en general concebían el sexo. No hay romanticismo alguno ni tampoco ninguna expresión emocional en las escenas silenciosas e íntimas. El sexo se presenta como una percepción mucho más brutal y elemental que una simple mirada a la naturaleza humana. Quizás se deba a que la película se basa en una fantasía sexual de Bertolucci, que luego convirtió en un fenómeno de duelo y transición de la edad adulta, gracias a la actuación de Marlon Brando. No hay medias tintas en esta percepción sobre el trauma emocional reconducido y escenificado a través de la dominación de una mujer mucho más joven. Se habló de una liberación completa sobre el concepto de lo sexual, una mirada iracunda y violenta sobre los prejuicios. Pero ¿quién se estaba liberando de todo prejuicio?

Con su brillante puesta en escena y la París nostálgica como telón de fondo, la película intentó conceptualizar las aspiraciones sexuales de la década de los setenta. Y María Schneider se convirtió en un símbolo de esa liberación, con su rostro andrógino, su estilo bohemio y sobre todo, esa entrega silenciosa a un desconocido en un ambiente impersonal y descontextualizado. Un espacio fuera del tiempo. Quizás, ese sea el elemento más perturbador e irónico en la puesta en escena de una película conocida por abrir todo tipo de debates sobre la sexualidad femenina: María Schneider era una víctima no del juego de deberes del sexo conyugal o de la pretendida libertad sexual, sino del control subyacente bajo el discurso de la liberación que Bertolucci glorificó con su ambiente posmodernista y pretendidamente contemporáneo.

La escritora Erica Jong meditó sobre el tema desde una perspectiva femenina en su novela “Fear of Flying” en la que debatió sobre la revolución sexual y sus falsas promesas. Como si analizara lo sucedido en el plató de la obra de Bertolucci, Jong se pregunta en voz alta si la liberación sexual la mayoría de las veces tuvo un precio muy alto en confusión y dolor. Si analizamos su premisa en el contexto de directores como Alfred Hitchcock, Stanley Kubrick y Bernardo Bertolucci, es evidente que el juego de poderes suele provocar que situaciones como las de Schneider sean simplemente ignoradas, a pesar de que lo devastadoras que puedan ser.

María Schneider murió sin saber era una víctima o al menos, restando tanta importancia a lo que le ocurrió que llegó a considerarlo “un sacrificio artístico”. En la actualidad, Bertolucci sigue siendo reverenciado. “Creo que tienes que ser completamente libre”, insistió en cientos de entrevistas. No queda más que recordar que para director “la libertad” implica la posibilidad de la agresión sin culpa. Una mirada a las intrincadas relaciones de poder en las que la mujer sigue siendo aplastada bajo la visión cultural y moral que sigue intentando definirla, sin lograrlo.

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