sábado, 10 de diciembre de 2016

El lenguaje de las estrellas y otras historias de brujería.





La primera vez que vi una lluvia de estrellas tenía once años y me pareció lo más extraordinario imaginable. Recuerdo que nos encontrábamos en la casa de la Playa Familiar y pasé mucho rato de pie en la arena, admirando el cielo nocturno cruzado de lágrimas de luz. ¡Que portentoso! pensé mirándolo todo con los ojos muy abiertos y esa sensación de profunda inocencia que en ocasiones te despierta el misterio. Había algo sobrecogedor en ese silencio nocturno plagado de radiantes puntos de luz, como si en la oscuridad se reescribiera una historia secreta.

Más tarde, en el patio de la casa, le conté a mi tatarabuela P. lo que había sentido mirando el espectáculo. Intenté describirle la maravilla, la sensación de portento que había experimentado. Pero no sé si lo logré. De manera que frustrada y un poco inquieta me callé,  sentada a sus pies, jugando con las piedrecitas azules que rodeaban las jardineras repletas de flores.

- Todo fenómeno natural te hace sentir pequeñito y asombrado - dijo mi abuela. Era una noche plácida, una de esas madrugadas del Caribe de azules añiles y olor cálido. De tatarabuela P. había heredado el gusto por la comida muy picante y ella solía insistir que también el insomnio,  de manera que no le molestaba nos sentáramos a conversar juntas, en medio de la oscuridad. Eran momentos entrañables, exquisitos, como robados a la vigilia que siempre me hacían sentir cómplice en un pequeño secreto.

- ¿Por qué no sabes cómo ocurren?

- No, incluso sabiendo cómo se producen, lo natural es portentoso por escapar del control del hombre - dijo - la naturaleza siempre ha producido temor y reverencia. Por ese motivo, la Diosa Madre es la representación de ese poder creacionista que nadie entiende muy bien de donde procede. Una Madre amorosa que puede brindarte una noche tan bella como esta y también, destruir con el terremoto, la tormenta y el fuego.

Me estremecí. Era un pensamiento muy extraño ese: desde que recordaba, la naturaleza simbolizaba para mi un tipo de belleza y poder muy profundo y primitivo. Y aunque era muy pequeña para pensarlo en esos términos, si tenía muy claro que la Madre Naturaleza era esa idea que dejaba en claro que el Mundo formaba parte de algo más grande que si mismo. Todavía no decidía muy bien como llamar a ese "algo", pero sabía que tenía que ver con lo insondable e impredecible de lo natural, de ese salvaje poder que parecía existir más allá de las ciudades y lo que el hombre consideraba civilizado. Miré de nuevo al cielo, asombrada por la belleza da la cúpula celeste y me pregunté que habría sentido el hombre antiguo al contemplar esa formidable infinito mudo. Y me pregunté si tenía alguna relación con esta sensación de emoción, de singular alegría que yo sentía. Quizás sí.

- ¿Entonces temían y amaban a la naturaleza? - pregunté. La idea de la Madre Naturaleza, enfurecida y violenta, me continuaba desconcertando - ¿Se sentían protegidos por ella y también le amaban?

- Toda cultura ama y teme a sus Dioses - dijo tatarabuela P. en voz baja. Había en su voz un tono casi reverencial, como si idea de la divinidad estuviera muy relacionada con el calor de la noche, con el olor a mar cercano que llegaba al jardín en ráfagas azules - una dualidad que parece provenir de la idea de quien te crea, tiene derecho a destruirte. Es una concepción sobre el poder divino que trascendió a las viejas tribus nómadas y se transmitió a las sedentarias, allá cuando el hombre aún caminaba encorvado.

Imaginé la escena: Hombres y mujeres de aspecto primitivo, sentados alrededor de un enorme fuego ceremonial, bailando y celebrando a la Diosa que les había concedido a los animales que comían y la fruta madura que paladeaban con ojos brillantes. Pero también sabían que esa Madre generosa, podía extender sus dedos y castigarlos, por motivos que ni ellos mismos comprendían.

- Pero...eso da un poco de miedo - opiné. La tatarabuela P. soltó una de sus carcajadas profundas.

- Sin duda y aun daría más, cuando realmente el misterioso castigo parecía cumplirse - opinó - Terremotos, tormentas, volcanes estallando. El hombre primitivo decidió entonces que los Dioses debían ser aplacados, complacidos. Creo rituales, construyó templos, sin entender que estaba consolando su propio temor.

Volví a mirar el cielo nocturno. Una solitaria estrella fugaz rezagada cruzó el cielo con rapidez. Recordé lo que había leído sobre el terror que provocaba el fenómeno en la Edad Media: multitudes angustiadas se refugiaban en Iglesias y templos para suplicar perdón y protección. Imágenes de pesadilla, de hombres y mujeres encorvados frente a los altares, aterrorizados por lo que podría suponer un fenómeno que para ellos, tenía más de terrible que de fascinante. ¿De donde provenía el temor? ¿Quién les había enseñado a mirar al cielo con reverencia, a inquietarse por sus fenómenos, a suplicar la ayuda Divina? Tatarabuela P. suspiró cuando se lo pregunté.

- Nadie te enseña a temer - respondió - es instintivo. Quizás es producto de la biología, como sostiene la ciencia: esa necesidad de sobrevivir que ninguno de nosotros puede controlar. O quien sabe si se trata de algo más profundo, esa sensación de no comprender el portento, el misterio. Entre el temor y el asombro quizás hay un paso muy pequeño que puede darse con facilidad.

Caminamos juntas por el jardin oscuro. Por entonces, Tatarabuela P. era casi centenaria y se movía muy despacito, con cuidado, apoyándose en mi hombro. Pero aún me parecía joven, con su trenza de cabello blanco cayéndole sobre los hombros y la sonrisa de estrellas, de puros recuerdos. Me gustaba su manera de ver las cosas, me gustaba que nunca tuviera miedo a nada. O eso me lo parecía.

- Pero por supuesto que tengo miedo a muchas cosas - comentó cuando se lo dije. En la oscuridad, las sombras disimulaban las arrugas de su rostro y sus ojos claros tenían un brillo centellante. No tenía edad en medio de la noche, como una hija devota de la luna -lo que ocurre es que mi miedo me hace querer hacerme preguntas, no huir. Cuando algo me produce miedo, tambaleo, me cuestiono. Y cuando comprendo porque me lo hace sentir deja de dármelo.

La escuché, maravillada. Esa era una idea preciosa. El miedo que se transformaba en algo más, hacerse poco importante. Porque siempre era más bonito tener curiosidad, siempre era más poderoso poder mirar al cielo y asombrarse, en lugar de temblar.

- Ese fue un secreto que descubrimos las brujas hace mucho tiempo - dijo entre risas. Nos encontrábamos ya al filo mismo de la playa cercana. El olor de las olas era inquietante, duro, entremezclado con el sonido profundo del aliento del mar. Aún era de madrugada, pero por aquí y por allá, comenzaban a brillar destellos del día que nacería pronto. Mi querida P. me apretó el hombre con ternura - el poder de creer y confiar nace de tu capacidad para vencer el miedo. Sea de la tormenta o de ti misma, sea del Volcán o de tus propias palabras, el miedo es solo una manera de asumir tus limites, la línea que separa tu visión de lo nuevo y lo diferente. Pero cuando la atraviesas, cuando caminas por el borde de esa frontera invisible, descubres que más allá del miedo, está la sabiduría.

Me gustó tanto ese pensamiento que continué pensando en eso más tarde, cuando juntas nos sentamos a la orilla del mar para recibir el día centelleante con un ritual. Y cuando levanté las manos, invocando la imaginación y la alegría, soñé con épocas donde el miedo dejara de ser real para dar paso al poder de construir, de comprenderte más allá de cualquier límite, de soñar.

Un pensamiento radiante, un íntimo despertar.

***



De pie, en la oscuridad de mi vigilia insomne, miro el cielo nocturno. Y a la adulta que soy, le sigue asombrando de la misma manera como a la niña que fui, su belleza y su radiante sutileza. Quizás, me digo, encendiendo las velas que me rodean, hay algo simple y trascendental en la necesidad que todos tenemos de soñar.

La magia más hermosa de todas.

C'est la vie.

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