jueves, 29 de diciembre de 2016

Delirios de fin de ciclo: Las costumbres y celebraciones de fin de año a través del mundo ¿Cuál es la tuya?





Mi tía abuela solía subirse a una silla y justo a la medianoche del treinta y uno de diciembre, saltaba gritando “Voy a viajar”. Mi prima E. también saltaba pero además, comía apresuradamente un racimo de Uvas, símbolo de la prosperidad. En casa de mi amiga J., en cambio, la costumbre de año nuevo era comerse una buena cucharada de lentejas muy calientes, para asegurar la bonanza y la alegría en los meses siguientes. Y es que al parecer, todos los rituales de fin de año, parecen resumir ese deseo casi privado de disfrutar de doce meses de felicidad y buenos momentos, con una serie de símbolos auspiciosos que nadie sabe muy bien de donde provienen pero que igualmente toman por ciertos. Costumbres que de una u otra manera todos practicamos y disfrutamos como parte de ese ambiente extravagante que parece preceder a la última noche del año.


Probablemente, los rituales del fin de año tengan mucha relación con la idea que el último día de año simboliza el fin de una etapa y el comienzo de otra. Para buena parte del mundo Occidental, la noche del treinta y uno del doceavo mes del año, es la más propicia para recordar el tiempo transcurrido y agradecer lo recibido, lamentar lo perdido y probablemente, mirar con esperanza el futuro. Definitivamente, hay algo de primitivo en esa necesidad de comprender el tiempo como pequeños trozos de historia y escenas: una visión de nuestra vida como parte de algo más grande y presumiblemente misterios. Con toda probabilidad, de allí la necesidad de encontrar en las pequeñas costumbres y tradiciones, una metáfora de nuestra incertidumbre hacia lo que vendrá, esa incógnita un poco difusa que durante la última noche del año, nos parece más real que nunca. Y es que quizás, al filo de la medianoche, con el cielo nocturno abriéndose hacia el futuro promisor, es mucho más sencillo de creer que más allá de nosotros mismos, hay una promesa de esperanza a punto de hacerse realidad.

¿Y cuales son los rituales que parecen forman parte de esas tradiciones domésticas que todos practicamos al menos una vez? Preguntando por aquí y por allá, me encontré que la gran mayoría de las familias cree en las mismas cosas, aunque bajo sus propios matices y al final, los rituales de fin de año parecen el resultado de una combinación de historia familiar mezclada con esa noción de lo misterioso que todos tenemos. ¿El resultado? Una extrañísima combinación de ideas que reflejan muy bien la visión que nuestra cultura tiene sobre el futuro:

Las Doce Uvas de la prosperidad:
Nadie parece coincidir en cual momento de la noche del treinta y uno de diciembre se deben comer las doce Uvas que para muchas culturas, simbolizan prosperidad y alegría: Algunos los hacen unos minutos antes de la Medianoche, otros durante el primer minuto del año nuevo. Probablemente deudoras de las Uvas de la Abundancia del Dios Baco — que en manos de la Divinidad simbolizaban felicidad y fertilidad — el racimo de Uvas es un elemento tradicional en la mayoría de las celebraciones de año nuevo Venezolanas. Dependiendo de la opinión familiar, cada Uva puede simbolizar un deseo o simplemente, un buen pensamiento por cada mes del año que apenas comienza. Una de mis vecinas, española de Nacimiento y fervorosa caraqueña por adopción, me contó que a pesar que la costumbre tiene raíces españolas, en Venezuela se hace con mayor alegría y entusiasmo que en la Madre España.

- En Venezuela todo tiene un sabor distinto y mucho más burlón — me explicó. En la mesa decorada para agasajar el año nuevo, la copa con las Uvas ocupa un vistoso lugar — de manera que comer las Uvas de la Prosperidad no es solo masticar: es una celebración de risas y chistes.
Es verdad. Sonrío al recordar todas las ocasiones que he terminado riendo, masticando apresuradamente varias uvas a la vez, mientras todos en la celebración reímos por aquel improvisado y caótico banquete. Una imagen que creo forma parte de muchas de las fiestas navideñas de mi país.

Besos para sonreír:
Uno de mis amigos estadounidenses, me comentaba hace poco que ya comienza a sentir la inevitable ansiedad de no tener a quien besar como parte de la celebración de año nuevo. Cuando le pregunté vía correo electrónico porque era tan importante la costumbre, me dedicó una improvisada llamada telefónica para explicarlo.

- Es una manera de celebrar el año recordando que lo mejor de tu vida, es sin duda las personas que forman parte de ella — me comentó. Y no era precisamente un comentario romántico. Me habló que la costumbre incluye efusivos besos y abrazos entre amigos, parientes y vecinos, como una manera de recordar que el año que comienza estará lleno de momentos profundamente emocionales.

Investigando un poco, encontré que nadie sabe muy bien de dónde procede la costumbre, aunque algunas fuentes la sitúan en la Saturnalia Romana — fecha muy próxima al año nuevo — donde todos los asistentes se besaban al menos una vez como parte de la celebración.

La Lenteja y la prosperidad:
Para muchas culturas, las lentejas son símbolo de dinero, muy probablemente porque durante el Medioevo era un grano que junto a la sal, solo podían permitirse los más adinerados. La costumbre en muchos pueblos, era por tanto, compartir un plato de las suculentas lentejas para anunciar un año próspero y lleno de felicidad.

El ritual se mantuvo casi intacto por siglos y eventualmente, cruzó el charco para formar parte de las costumbres de fin de año del Nuevo continente. En casa, el plato de lentejas debe comerse calientes — a riesgo de algún que otro accidente culinario — y casi al filo de la medianoche, para asegurar que el año que comienza estará lleno de buenos augurios y momentos inolvidables.

- No olvides agregar mucho laurel, para asegurarte que el año que comienza, te traiga muchas risas — me sugirió mi prima L. mientras revolvía el cuenco de lentejas que mañana comeremos en familia. No puede evitar imaginarme la misma escena, dos siglos atrás, bajo el fuego navideño de una chimenea. Y me hizo sentir curiosamente emocionada la sensación de comprender que lo que heredamos — y forma parte de nuestra vida — son trozos vivos de historia.

La Vajilla al suelo:
Hace un par de años, celebré el año nuevo junto a varios amigos de la familia Griegos. La celebración, además de mucho más bulliciosa que lo habitual — y más divertida -, estuvo salpicada de una costumbre que curiosamente, comparten con el pueblo Danés: arrojar platos al suelo. La tradición que parece provenir de la costumbre Griega de quemar todo lo que podría recordar el pasado y también, de una vieja tradición Danesa de arrojar contra la puerta de los seres queridos la vajilla, para asegurar buenos augurios en el año que comenzaba. Cualquiera sea el origen, confieso que me resultó sorprendente y hasta un poco desconcertante, arrojar platos y tazas al suelo mientras todos celebraban a gritos el fin del año.

- ¿No lo sabes? — comentó mi amiga J. mientras tomaba un plato y lo arrojaba casi con elegancia al suelo — la vida solo te brinda si dejas caer lo que llevas a cuestas.

Un pensamiento hermoso, pensé en esa ocasión. Y lo sigo pensando. Tal vez mañana, me atreva a romper una taza, tal vez con esa extraña sensación de jolgorio que brinda el caos, para recibir la sonrisa del año que comienza.

El Monstruo que sonríe:
Uno de mis amigos se mudó el año pasado a Edimburgo y como es lógico, le preocupaba muchísimo cómo sería pasar las primeras fiestas navideñas sin encontrarse en compañía de su familia. Eso, claro, hasta que se encontró en mitad de una multitud callejera disfrutando del célebre “Hogmanay”, una celebración callejera multitudinaria de origen ancestral, cuyo origen aún no se conoce con precisión. Algunos expertos insisten en tiene reminiscencias francesas, otros celtas pero la gran mayoría coincide en que tiene mucha semejanza con una antigua celebración normanda al Sol.

Según J., la celebración es una mezcla de circo ambulante y una monumental obra de teatro: incluye desde una cabalgata de luz, con actores vestidos de vikingos y llamada “Torchlight Procession”, el encendido de la hermosa Royal Mile, calle por excelencia de la ciudad y las danzas de “Off Kilter” una mezcla de bailes antiguos y contemporáneos que parecen resumir la variopinta visión que la ciudad tiene de sí misma.
- No te haces una idea de lo extraño que es encontrarte en mitad de una celebración medieval en año nuevo, de conocer a la ciudad a través de una sola tradición — me comentó un entusiasmado J., que este año tomó precauciones para disfrutar de la celebración a plenitud y desde ayer se encuentra fotografiando los preparativos — es como una parte muy esencial de toda la ciudad e incluso país.

Puedo imaginarlo. Y es que la imagen de los antiguos Vikingos, copa en mano y riendo a carcajadas mientras bailaban alrededor de grandes hogueras, con toda la inocente franqueza del jolgorio, se hace muy clara en mi mente. Quizás, todas las culturas son un poco ingenuas al momento de celebrar.

Puntualidad Inglesa:
Cuando mi tio L. me contó cómo se celebra el año nuevo en Londres, me reí a carcajadas. Y es que nada parece reflejar con mayor claridad esa curiosa y elegante idiosincrasia del británico que su manera de celebrar el año nuevo: Durante el “first footing”, todos intentan ser el primero en visitar y desear feliz año nuevo en la casa de familiares y amigos, y debe hacerlo justo después de escucharse las últimas campanadas de la medianoche. La celebración incluye obsequios pero también la curiosisima costumbre de llevar una caja de carbón para homenajear la casa que se visita.

- Recuerda que por mucho tiempo, el Carbón fue un lujo inalcanzable para muchas familias — me explicó tio L. mostrándome la caja que le obsequió uno de sus mejores amigos el año anterior. Los trozos de carbón envueltos primorosamente en papel de regalo me conmueven — de manera que obsequiar carbón simboliza prosperidad, amor y buenos deseos.

La escena me parece idílica e incluso romántica: La familia abrazándose bajo un fuego brillante y cálido, risas y abrazos en medio de esa sensación de esperanza que parece extenderse más allá de la puerta abierta. Una manera de mirar el mundo como parte de nuestra historia o lo que es más hermoso, parte de nuestra esperanza.

Coloco con cuidado las uvas que comeré, dentro de la taza que romperé e incluso un trocito de carbón que obsequiaré al primer pariente o amigo que abrace durante la celebración de fin de año. Y siento una emoción como de niña, al pensar que hay un poco de historia en cada gesto, una manera de mirar el futuro con una sonrisa y más allá, de creer que el mundo tiene el rostro nuevo que soñamos, al menos, una vez al año.

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