martes, 20 de diciembre de 2016

Confesiones de un Grinch Urbano.






No me gusta la navidad. No es algo que admito con frecuencia en voz alta. Intentó en lo posible, sonreír ante el abrumador entusiasmo ajeno, celebrar las edulcoradas decoraciones, agradecer las muestras de afecto. Pero no, no me gusta. No se debe a ninguna razón en particular. No acarreo traumas, tampoco dolores misteriosos. No me siento particularmente amargada, antisocial ni mucho menos, rechazo toda muestra de amabilidad del mundo. Simplemente se trata que no comulgo con la fecha o al menos, con la manera de celebrarla.

Tampoco se trata de que no sea cristiana. No creo que en realidad eso sea el verdadero sentido por el cual me siento muy incómoda durante los treinta y un días del mes de diciembre. Cada día de navidad me reúno con mi familia, para compartir un opíparo almuerzo y la ocasión es tan propicia como cualquier otra para celebrar ese pequeño gran prodigio de disfrutar un nuevo año que rememorar y del cual aprender. Por supuesto, no decoro el pino — o lo he hecho pocas veces -, tampoco construyo pesebre: se trata esencialmente de asumir la fecha como una manera de recordar los buenos momentos, de agradecer la compañía de mi familia y de quizás reflexionar sobre el hecho que un mundo tan descreído como el nuestro aún dedica un día para conmemorar los buenos deseos. Pero, en mi país, eso no parece ser suficiente. En mi país — supongo que en el suyo también, si vive en cualquier lugar de latinoamérica — la navidad no se trata sólo de esa intimidad celebración sino algo más evidente, fastuoso y visible. En mi país, la navidad debe escucharse — a ser posible de manera muy ruidosa — y sobre todo, ser muy visible, chirriante. La navidad en todas partes, las costumbres repetidas hasta el hartazgo y esa obligatoriedad, un poco abrumadora, de cumplir con una serie de ritos sociales que nadie parece importarles demasiado pero que cumplen con una rigurosidad que sorprende. Porque La navidad es parte de esa arbitrariedad social, de esas costumbres y tradiciones que se conservan y se insiste década tras década, nos guste o no. Que se imponen con una insistencia sutil que termina siendo un poco irritante e incluso, directamente insoportable. Con frecuencia, rodeada de árboles de navidad decorados con juegos de luces musicales — y aturdida por la melodía disonante — me pregunto que tan necesario es toda la parafernalia, la especie de decoración emocional y personal que se asume es requisito indispensable para la celebración de la navidad. Me pregunto si alguna vez llegaremos a una madurez cultural que nos permita celebrar lo que mejor nos plazca, de la manera que lo prefiramos, sin perturbar la paz y tranquilidad del otro. Sin los fuegos artificiales aturdidores, sin el sacudón de obligatoria buena voluntad que nos rodea en todas partes, que satura hasta el último momento de la vida diaria del último día del año. ¿No sería mucho más sincero una celebración privada? ¿Una mirada reflexiva hacia los motivos que consideramos importantes para celebrar la navidad?

Pero intenté usted explicarle eso a las multitudes entusiastas que desde el primer día del mes de noviembre — sí, noviembre — deciden que es buen momento para mirar el mundo con amabilidad, amor y dulzura. Todo muy loable, de no estar rodeado, perfumado y adornado de un patina edulcorada que me me produce un ligero sobresalto y en ocasiones, directamente me desagrada. Porque hay algo altisonante y un poco chirriante en esa celebración insistente, en esa necesidad de sonrisas y buena voluntad que parece brotar en una explosión inesperada de un momento a otro. En más de una ocasión me he preguntado hasta que punto la celebración de la navidad es una excusa — tan buena y tan conveniente como cualquier otra — para asumir que la felicidad es un concepto borroso, incomprensible y la mayoría de las veces comercial que pocas veces comprendemos en realidad. Una opinión durísima que no siempre es bien recibida por esa multitud enardecida y aparentemente feliz para quien la navidad es una buena excusa para permitirse ser todo lo irritable que puede ser sin tener que disculparse por serlo.

— Agla, no puede ser que no sientas la magia de la navidad ¿Cómo no te impacta esta belleza? ¿No sientes esa emoción preciosa de disfrutar de la época más bella del año? — me reclamó en una oportunidad una de mis amigas, mientras caminábamos por un centro Comercial de mi ciudad. La abundante decoración que nos rodeaba tenía un aspecto irreal, con cientos de hilos de luces cayendo desde el altísimo techo de la construcción, confundida entre metros de guirnaldas, bambalinas de plástico y el necesario Santa Claus — San Nicolás, por estas latitudes — adornándolo todo. Me encogí educadamente de hombros.
— No mucho — admití. Ya lo dije antes, lo de la navidad es un asunto delicado que prefiero no tocar con nadie, a no ser que quiera padecer un largo sermón que incluye desde mi capacidad emotiva hasta mi sensibilidad artística. Mi amiga me dedicó una mirada desconcertada.
— No sé cómo alguien no puede emocionarse ante una fecha tan dulce.

Miré a mi alrededor. Una multitud de compradores con los brazos llenos de bolsas y cajas de compras, paseaban por los pasillos, llenaban las tiendas, subían y bajaban por las escaleras mecánicas. Todos parecían llenos de una especie de impaciencia un poco confusa por cumplir el ritual de las semanas previas al gran día: comprar cualquier objeto disponible y accesible para “celebrar” la fecha. Las luces navideñas parpadeaban en todas las vitrinas, el rojo y blanco llenaba hasta el último rincón de lugar y de pronto, me sentí un poco claustrofóbica, como si la idea de la navidad, más allá de su connotación religiosa y espiritual — que por supuesto reconozco la tiene — me rodeara como una serie de ideas muy concretas que me resultaban insoportables. Esa ansiedad de lo comercial, esos símbolos prestados, reconstruidos para la ocasión ¿Qué significan? Esa literal mirada rasante sobre el entusiasmo casi infantil de un público anónimo ¿Que simboliza? ¿Que representa? ¿Que conmemora? La respuesta me asustó un poco en su simplicidad: ¿Que tan simples nos hemos vuelto al momento de analizar nuestra identidad cultural? ¿Por qué decoras el árbol? ¿Colocas el pesebre con sus bellas figuritas y enrevesado escenario? ¿Por qué haces un obsequio? A última instancia, ¿Por qué celebras en realidad? ¿Lo sabes? Me mordí los labios para no soltarle esa respuesta a mi amiga, que sin duda ella no quería escuchar ni yo quería debatir. Sobre todo ella, madre de dos y que había dedicado un par de semanas en encontrar el obsequio perfecto para el bebé de un año y el niño de nueve, que esperaban impacientes la llegada del “Niño Jesús” (en mi país, quien trae los regalos navideños es el bebé Jesús, en lugar de los Reyes Magos o el infaltable Santa Claus) ¿Como exigirle un análisis sobre una fecha que admite cualquier explicación, interpretación y conclusión? De manera que hice lo que solía hacer para disimular mi malestar por el asunto. Sonreí, sacudí la cabeza, me acusé entre murmullos de algo así como “insensible” y mastiqué con entusiasmo un pedazo de turrón. Mi amiga pareció satisfecha, me acusó de “niña malcriada” — ella, llevando una camiseta de un paisaje nevado que jamás había conocido y que proclamaba en un idioma que no era el suyo “¡Feliz Navidad!” — y continuamos nuestro paseo, azaroso y agotador por la celebración general.

Ese fue un año difícil. No sé por qué motivo, las celebraciones comenzaron a molestarme más que nunca. Quizás se deba a la vieja máxima que una vez que “aprendes algo, no puedes dejar de saberlo”. Y es que luego de esa rápida y dura reflexión junto a mi amiga, todo a mi alrededor comenzó a derrumbarse con lentitud. Tenía veinte años y hasta entonces, la navidad me había resultado un poco indiferente. Pero ahora me irritaba directamente. Intenté controlar aquello, solventar en lo posible el daño. Después de todo, enfrentarte a siglos de tradición navideña con mal humor no es la mejor decisión que se puede tomar y menos aún, en pleno paroxismo de las fiestas. Pero supongo que pocas veces podemos controlar el temperamento o simplemente, esa mirada dura, elemental y directa que el saber — conocer, reflexionar — nos deja a cabo de llevarse la inocencia.

— La navidad celebra lo bueno en nosotros mismos — me dijo mi amigo J. cuando le agradecí su pequeño obsequio anual. De nuevo, un libro que después me pediría prestado y no devolvería. De alguna manera, el obsequio era para él en lugar de para él. Era nuestro pequeño rito decembrino — Es un buen momento para sonreír.

Recordaba la frase. O al menos una muy parecida. La había leído días antes en la publicidad de un periódico. Miré a mi amigo con expresión seria. De verdad intenté contenerme. De verdad intenté llenarme la boca con el dulcísimo ponche de huevo que preparaba su madre antes de contraatacar. Pero supongo que hay ocasiones en que es inevitable perder el control. E incluso deseable. Dejé el libro sin abrir sobre sus rodillas.

— ¿Qué es para ti la navidad? — le pregunté. Mi amigo parpadeó.
— ¿Como?
— ¿Por qué me haces un obsequio?
— Porque es la época…

Sacudí la cabeza. Apreté los labios. Hasta a mi me parecía ridícula la pregunta, el escenario — rodeado de amigos que gritaban en plena borrachera y el suculento olor de la comida colándose por todas partes — pero por algún motivo poco claro, insistí. O mejor dicho, seguí mirándolo, haciéndolo sentir muy incómodo y quizás muy irritado.

— ¿Qué quieres que te diga? ¿Que me siento enaltecido? ¿Que Dios tocó mi corazón? — se burló. Más frases de tarjeta. La última de una película de navidad muy popular ese año — Oye, sólo es un libro…
— ¿Por qué me lo obsequias?
— Porque es navidad y eso es lo que hace la gente.
— ¿Por qué lo haces tu?
— Porque es tradición.

Tomó el paquete, sacudió la cabeza me lo extendió. No lo acepté. Parecía enfurecido, irritado y sobre todo muy incómodo. Y todo eso lo había logrado yo por haber preguntado el motivo por el cual celebraba la navidad. No me extrañé que se levantara y me dejara a solas. No volvió a insistirme me quedara con el libro. Se lo agradecí.

Se convirtió en una de mis costumbres desagradables. Preguntar, en plena celebración, cosas que nadie quería responder. O mejor dicho, nadie sabia responder. No, nadie sabía nada sobre Martin Lutero y el árbol de navidad, sólo le gustaban las luces. No, nadie sabía nada del Sol Invictus y su coincidencia con el veinticinco de diciembre. Nadie sabía el origen de las Hallacas, del pan del jamón (platos típicos de mi país) ni porque era necesario explotar fuegos artificiales, llorar y gritar a medianoche. Pero había obsequios, eso me lo recalcaron más de una vez, y eso era una forma de celebrar. Ahora bien, ¿Por qué hacerlo? seguía siendo una idea confusa, una idea que nadie quería aclarar.

Así que comencé a alejarme de todas las celebraciones de Navidad. De las grandes francachelas borrachas de los amigos, de la muy sobria familiar. Dejé de aceptar regalos, de insistir en preguntar. Dejé de visitar centros comerciales, de ver películas navideñas. Seguí insistiendo en mi pequeña protesta silenciosa contra la algarabía simplona, vacía, hueca. A nadie pareció importarle mucho, nadie volvió a responder preguntas incómodas y todos parecimos muy aliviados por eso.

El año que en que cumplí los treinta años, miré el amanecer del día de Navidad en una playa silenciosa de la costa de mi país. Había conducido junto a un par de amigos y una de mis primas hasta una celebración privada de un pariente muy querido que no podía dejar de aceptar y de pronto, recibí el primer rayo de sol de la navidad con el mar a mis pies. Con las manos repletas del buen olor del mar. Me quedé descalza, de pie frente al sol y sentí una genuina emoción, una sensación de algo totalmente nuevo naciendo, creciendo, ferviente y privado, en ese amanecer. Sí, lo admito, le brindé el significado de la fecha. Lo adorné como mejor pude. Pero de alguna manera ese silencio de sal y arena, ese sol amarillo quemante, ese sabor duro del mar contra mi rostro, tuvo la capacidad de emocionarme como pocas cosas lo habían hecho durante la fecha. Me encontré llorando a solas, un llantito emocionado y un poco parpadeante que no supe muy bien cómo explicar.

— Cuidao mija, se me corta los pies con las piedras — la voz del pescador me sobresaltó. Se encontraba a unos cuantos metros del malecón y lo había contemplado mientras enhebraba sus redes, sentado al borde de un peñero un poco destartalado. Sonrío cuando me acerqué: Una sonrisa preciosa a la que le faltaban dientes que agradecí en silencio.
— Gracias, tendré cuidado ¿Va a trabajar?
— No mi niña, hoy es diciembre. Vine a agradecer.

Se subió con agilidad a la punta del peñero. Dobló la red con dedos agiles. Se calzó un sombrero de paja muy remendado entre las cejas.

— ¿Agradecer qué?
— Al niño divino haberme cuida’o un año. Haberme visto todo este año y permiti’o pescar, llevar comida pa’ la casa. Jugar con mis muchachos. Eso es diciembre mija. Pa’ decir gracias.

Sonreí. El viento marino me agitó el cabello, la falda sucia de arena que llevaba. Ladeé la cabeza, mirando el reflejo quemante del sol en el agua. Gracias por mirar esto, gracias por este silencio, gracias por estar vida. Pensé. No supe a quien o a que agradecía, pero la sensación fue intima, extraordinaria. Profunda.

— Espero que tenga un año incluso mejor que este — le dije al hombre. Se quitó el sombrero, lo sacudió, soltó una carcajada.
— Otro año pa’ sentir contentura.

El peñero flotó y se alejó con lentitud. Lo miré con los ojos muy abiertos. Tomé una larga bocanada de aire. Los pulmones se llenaron de aire salado y luminoso. El espíritu de paz.

Mi amigo, el que siempre me regalaba un libro que terminaba pidiéndome prestado, me miró asombrado cuando me encontró en la puerta. Como todos los años, a pesar que yo había dejado de asistir a cualquier reunión navideña, seguía invitándome a la suya. Pero se asombró más aún cuando le extendí un libro, bien envuelto, que le insistí, jamás debía prestarme. Sonrío, me miró extrañado.

— ¿Y esto qué? — me preguntó. Me encogí de hombros.
— Gracias por todo.

Gracias, por celebrar a tu manera algo sutil, incluso en medio del bullicio, de lo exagerado y lo vulgar, algo realmente valioso y muy bello. Gracias por insistir en que yo también lo celebrara. Gracias por recordar que incluso en los días más extraños, hay mucho que agradecer. Quise decirle todo eso, tratar de explicarle esa extraña sensación de haber comprendido lo esencial de la navidad exagerada y bullanguera de mi país, pero no lo hice. En lugar de eso, compartimos un abrazo. Uno de esos cálidos y fuertes que agradeces después.

De manera no, no me gusta la navidad pero cada año levanto mi copa en privado para agradecer que aún el mundo pueda conmoverse. Y aunque jamás colocaré un pino repleto de luces parpadeantes o construiré un pesebre gigantescos con figuras de tamaño singular, dudo que en el futuro vengan a visitarme tres fantasmas amistosos para recordarme mi pasado tortuoso y terminaré bailando en medias en mitad de la calle. Aún así, puedo sonreír. Por las pequeñas cosas, las sutiles y las silenciosas. Las realmente valiosas y que siempre, es meritorio recordar.

C’est la vie.

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