jueves, 22 de diciembre de 2016

Crónicas de la ciudadana preocupada: Navidad en medio de un país en escombros.




Hace semanas soñé con el mar. Uno borrascoso, gris y violeta, pendulando bajo un débil sol matutino. En el sueño, corría desaforada por la línea de la playa, huyendo de algo que no podía ver. Quería refugiarme en el mar. En las olas de espuma verde y plata que avanzaban por la arena. Extendí las manos. El agua me lamió las muñecas. Me desperté.

No me dormí de inmediato. Pensé que idealizaba el poder curativo del mar. Ese azul delicadisimo, como un encaje puro y recién bordado cortando la veta mineral de mis miedos. Pensé en que la imagen era poderosa pero evidente.

El mar, como es primitivo símbolo de poder y fuerza.

***
No ha sido un año sencillo en Venezuela. Durante los últimos meses, la situación del país se ha deteriorado con tanta rapidez — y se ha hecho tan grave — que resulta complicado pensar en algún motivo para celebrar durante diciembre. Eso, a pesar que somos un país festivo y caribeño en el que la alegría parece imponerse a todo, avanza a pesar de los dolores y terrores. Pero incluso así, el sufrimiento cotidiano, el miedo en todas partes en ocasiones resulta insuperable. Un padecimiento invisible que se lleva a cuestas a diario, en cientos de maneras distintas. Un suplicio sin nombre que forma parte de ese cotidiano borroso que terminamos considerando casi corriente.

— Nunca hubo una navidad como la de este año. Tan apagada, tan silenciosa. La tristeza es una especie de goteo interminable. Una sensación de tierra arrasada que estamos padeciendo en todas partes.

No sé que responderle a mi tia L. cuando me dice eso. Me quedo sentada, mirándola preparar el café en su diminuta cocina luminosa. Tia lo hace de manera tradicional: hierve el café en polvo en una olla pequeña y después lo cuela en un pequeño codo de tela arpillera. El olor flota a nuestro alrededor, suculento y cercano. Pero ni eso logra consolarlos, brindarnos cierto consuelo. La ventana abierta muestra la calle sucia y pedregosa, cruzada por filas de vecinos que esperan comprar alimentos. Los pocos que aún se encuentran. ¿Quién puede ser feliz de esa forma? ¿Quién puede sonreír? ¿Desear felices fiestas? ¿Quién puede intentar resistir el asedio de esa melancolía que se parece tanto a la resignación?

— No soy la mejor persona para mostrarse optimista — respondo con sinceridad — ya me conoces. Nunca he sido especialmente feliz. Y ahora…

Tía L. sacude la cabeza. Me sirve una taza humeante de café y me la pone entre las manos. La temperatura me calienta la piel y el olor me reconforta el espíritu. Tomo un sorbo amargo. Bebemos el café sin azúcar, claro. Hace meses que desapareció de los anaqueles y la poca que de vez en cuando aparece, es tan costosa que casi nadie puede comprarla. Aún así, el café tiene buen sabor. Un regusto de tierra fresca, de viento firme. Aprieto las mandíbulas para contener el raro deseo de llorar que me sube desde el pecho a la garganta.

— Ahora hay que luchar.

Levanto la cabeza de la taza de café. Tía me está mirando con los brazos en jarra. Hay un brillo malicioso en sus ojos. El mismo que tiene cuando esculpe sus pequeñas obras de mujeres sin rostro que levantan los brazos a un cielo imaginario. La misma que tiene cuando discute en voz alta, puro fuego y entusiasmo. Sacudo la cabeza.

— Tia ¿Luchar como? ¿Contra quien? Esto es algo que va por encima de cualquier intento de disimularlo. ¿No has visto las calles? ¿No has visto…? No se trata de la navidad. Es algo más.

Aprieto los labios. Hasta yo detesto el sonido quejoso y pladileño de mi voz. Pero no puedo evitarlo. Miro de nuevo por la ventana y los ojos se me llenan de lágrimas de angustia por el paisaje desolado de las calles y avenidas que conozco desde la infancia. No hay nada que recuerde la celebración familiar y tan tradicional que siempre llenó cada resquicio de esta ciudad descreída y cínica. ¿Como afrontar esta pequeña tragedia de puro dolor? ¿Los rostros demudados y pálidos de los sobrevivientes a este desastre sin nombre que llena Venezuela de punta a punta? ¿Como afrontar y vencer esta sensación de horror diminuto que soportas en silencio? Ha sido un año de hambre, de miedo, de desazón. Un año de escasez, de pobreza, de esperanzas rotas. Un año donde el Venezolano perdió buena parte de esa terca mirada hacia el futuro tan suya, tan de este país de empecinado por encontrar la alegría. Me abruma una mezcla agria de miedo y angustia. Esa sensación desoladora que el país es una herida abierta que no llega a cicatrizar jamás.

— Estamos de acuerdo. No se trata de la navidad. Se trata de comprender que es en realidad lo valioso, que es lo mágico y poderoso en cualquier fecha que te recuerde que hay un motivo por el cual insistir y perseverar. Llámalo navidad, llámalo Pascua, llámalo solsticio. La cuestión es simple: somos parte de esa noción de vencer a pesar de todo. De seguir. De persistir. De no dejarte arrojar al suelo por el vendaval. ¿Lo sabes no? No se trata de la fecha sino de esa convicción firme de seguir a pesar de todo.

— ¿Cómo se logra eso? ¿Cómo se puede continuar mientras el país se desploma a pedazos?
 — El país eres tú y serás a donde sea que vayas y quien seas. El país es cada decisión y cada obra que haces. El país es más allá que un punto geográfico, un conjunto de ciudades y paisajes. El país es lo que eres, lo que sueñas. Y eso es indestructible. No hay poder que pueda tocar tu voluntad individual. Tu poder para seguir avanzando a contracorriente. Para contradecir, para no dejar que nada pueda aniquilar tu identidad. Para saber que a pesar de todo — y a mucho para temer y quejarse — el país te tiene a ti como reflejo. Eso es lo que hay que hacer.

Se dice fácil, pienso malhumorada. Parece sencillo, dicho así, en palabras bonitas y poéticas. Pero ¿Qué hacer cuando sales a la calle y encuentras grupos de Venezolanos comiendo de bolsas de basura? ¿Qué hacer cuando escuchas las historias sobre saqueos y destrucción de negocios familiares en medio del vandalismo? ¿Qué hacer con la falta de expectativas y dolores que lleva a cuestas un país lastimado y destrozado por un fallido experimento histórico?

— Nadie niega las tragedias, hija. Nadie las disimula. Lo que sí hay que recordar que el país seguirá existiendo luego que todo esto pase y seguirá siendo Venezuela, cuando este terror cotidiano sea un mal recuerdo. Que Venezuela merece el esfuerzo y mucho más, si tomaste la decisión de continuar aquí, de enfrentarlo. Que sentir miedo y angustia es natural pero permitir que eso te venza, no es una opción. Hay que continuar avanzando, a pesar de todo. Hay que continuar luchando, como podamos. A eso me refiero.
Me tomo la taza de café sorbo a sorbo. Tía prepara a mi lado lo que será la comida de celebración de su familia: un modesto trozo de lomo de cerdo sazonado a placer y pasado por el horno. Ensalada de papas y zanahoria. Licor casero. Mucho menos abundante que en otros años, con la misma dedicación y amor que siempre. La tradicional cena navideña será austera, sin las acostumbradas hallacas — tía no pudo comprar los paquetes de harina de maíz precocida que necesitaba — , tampoco el brindis con vino o las maravillas de repostería que llenaban la mesa décadas atrás. Tampoco la familia estará completa: mis primos abandonaron el país hace meses y ahora mis tíos, levantaran la copa en su ausencia. La vieja casa familiar está llena de recuerdos, puertas cerradas, habitaciones vacías.

— Hay un momento en la vida en que sabes que la posibilidad es rendirte a este dolor paralizante o continuar — dice tía con un suspiro. Luego sonríe y lo hace con su fortaleza habitual. Su furiosa necesidad de continuar a pesar de todo — y yo decidí continuar. Sí, sé en que país vivimos y lo que debemos soportar. Pero aún sigo aquí. Celebraré lo que tengo. Y seguiré esforzándome y luchando por lograr lo que creo justo. ¿Es poco? Quizás. Pero es mi manera de resistir.

No sé que responder a eso. Tía quizás tampoco espera que lo haga. Abre la ventana y el viento helado con olor a montaña, atraviesa la cocina, la refresca, la llena de un resplandor radiante de luz amarilla y verde. Un sol matinal recién nacido y fragante. Y pienso de pronto en los pequeños prodigios. En la esperanza que sigue persistiendo a pesar de todo.

***
Mi amigo J. y yo nos reunimos cada año para intercambiar regalos por navidad, una tradición que conservamos desde la universidad a pesar que ni él ni yo somos cristianos. Se trata de una costumbre sin sentido, que nació de un amor momentáneo y la amistad que le sobrevivió. Aquí estamos de nuevo como lo hacemos desde hace más de década y media, cada uno con un paquete entre las manos, conversando en voz baja de nuestros temores y alegrías. Un hábito de la memoria que ninguno sabe por qué continúa conservando en realidad.

J. se irá del país en un par de meses. Me lo cuenta en voz baja, la cabeza ladeada, con evidente tristeza. Lo escucho en silencio, bebiendo a sorbos el ponche caliente que compartimos. Una nueva pérdida, me digo. Otro espacio vacío en mi vida y en mi mente. El dolor viene y va. La angustia se convierte en algo remoto y blanco. De manera que este es el último año. Esta será la última ocasión — por mucho tiempo o quizás para siempre — que estaremos aquí sentados, riendo en voz alta. Un ciclo se cierra. Una historia termina. Como otras tantas en Venezuela.

— Podremos hacerlo a través de Skype — aventura — una conversación al año en lugar de un almuerzo. No es lo mismo pero…
No es lo mismo y no sé que agregar a eso. Acaricio en silencio el papel de colores en que está envuelto mi regalo. Por último se lo extiendo, un gesto rápido y un poco tenso. Parpadea incómodo. Lo toma. Sonríe al final.
— Un libro — sonríe — ¿Por qué no me sorprende?
 — Ya sabes. Regalar un libro es un halago y…no recuerdo qué más. Conformate con el libro.
Reímos juntos. Acaricia la portada del libro, desde la que un hombre con un paraguas abierto bajo la lluvia parece avanzar hacia lo desconocido. Nos quedamos en silencio. Después deja el libro a un lado y toma su regalo. Me lo extiende con un gesto lento y firme. Es pequeño y alargado, no puedo imaginar que es.
— ¿Un libro…enrollado? — bromeo. Él se encoge de hombros.
 — Algo así.

La primera vez que intercambiamos regalos, éramos muy jóvenes. Un par de estudiantes acobardados por el tamaño colosal del mundo adulto. Mucho más en esta Venezuela dispareja, que comenzaba a levantar el puño para celebrar un socialismo recién nacido. Recuerdo que en esa oportunidad J. me regaló una copa de cristal azul. Como judío, para J. las copas tienen una importancia simbólica. “Para no olvidar que creamos nuestro futuro”, me dijo en esa oportunidad. “Que la copa te recuerde que el sufrimiento y la felicidad son partes de la vida”. Años después, la copa se me resbaló entre las manos y el cristal estalló en mil fragmentos azules. “Necesitamos recordar que a pesar del dolor, siempre hay esperanza” me dijo cuando le comenté lo que había sucedido.

Abro el papel de regalo de un único desgarrón. Una vela blanca y delgada sin otro adorno que una línea dorada que sube y se enreda en la cera como un ornamento diminuto. Miro a J. desconcertada, sin saber que decir.

— Es una vela de Janucá — me explica — una vela que recuerda a la gente judía que cada día es un milagro. Que todo lo que ocurre es una manifestación del equilibrio entre los dolores y alegrías. Pensé que este año necesitamos recordarlo más que nunca.

Nos encontramos en un pequeño café de la ciudad, uno de nuestros favoritos. El dueño nos saluda por nuestros nombres, nos da la bienvenida en la mesa. Hoy nos ha dicho que el café cerrará a principios de años. “No hay forma de remontar la cuesta” nos explica con el semblante serio y pálido. “Hasta aquí llegó esta historia”.

Sostengo la vela entre las manos y pienso en mis dolores y terrores. En lo que me hace sentir la ciudad destrozada, hecha trozos disparejos de desesperanza. Las calles vacías y sucias, las largas filas de alimentos frente a los pocos locales que aún mantienen las puertas abiertas. La desolación infinita de los días de silencio, del sonido del tráfico violento y malhumorado. Pienso en la lucha diaria por mantener la cordura y la lucidez. Por nuestro capacidad para seguir luchando a pesar de todo.

— Este año el Janucá coincide con la navidad cristiana, es como una especie de doble recordatorio de la necesidad de seguir insistiendo en luchar, donde sea que estemos. La vela te recuerda que hay luz incluso en los momentos más oscuros. Que hay una chispa de voluntad para seguir. Para comprender que hay una opción entre dejarse derrotar y comprender que los pequeños prodigios cotidianos son tan reales como los dolores. Hay que seguir. Y hay que perseverar. Ese es mi regalo de este año.

Y a mitad de la tarde en el café medio vacío, encendemos la vela. La sostenemos entre las manos, como los jóvenes amantes que fuimos, los adultos descorazonados que nos convertimos. Los venezolanos que estamos al borde de un abismo inimaginable de miedo y pesares que somos. Miramos la llama en medio del sol radiante de esta Caracas donde es siempre verano y juntos pensamos en las pequeñas bendiciones. En esta última tarde que compartimos en un café silencioso y apacible. En todos los pequeños recuerdos que atesoramos.

La esperanza existe, a pesar de todo. La necesidad de continuar en medio de la tormenta.
***
Sentada en el escritorio de mi estudio, tomo una bocanada de aire y aprieto el lápiz entre los dedos. Los ojos se me llenan de lágrimas cuando comienzo a escribir.

Querido niño Jesús,

¿Recuerdas la primera vez que escribí esta carta para ti? Yo lo recuerdo y en ocasiones la imagen es tan clara que me pregunto si se trata de una escena que imaginé, los detalles tan vivaces y cercanos aún me hacen sonreír. Era muy pequeña, tanto que me llevaba esfuerzos sostener el lápiz entre los dedos, inclinada con esfuerzo sobre el escritorio enorme de mi abuela, la hoja de papel manoseada por mis manitas sudorosas. Y sentía tanto asombro. ¡Imagínate! ¡Podría dedicar una carta al Niño Divino! ¡Yo, una niña cualquiera, podría conversar contigo a través de las palabras! que diminuto prodigio, que gran momento en mi día a día ingenuo, en mis días plácidos de infancia, todos llenos de color y de extrañas aventuras. Todos a medio construir, entre fragmentos de un mundo que parecía enorme a mi alrededor, inabarcable. Y allí, en medio de todos los gigantes de la imaginación, de los sueños a medio recordar, de la mano temblorosa y la hoja sucia, estaba yo, sonriéndote. A ti, a esa esperanza recién nacida, de confiarte mis deseos, junto a tu mejilla de bebé y convencerme que las estrellas podrían escucharme. A ti, el milagro entre todos los milagros, el portento que aún no comprendía pero ya me hacía sonreír.

No sé que escribí, que cosas te pedí en mi confianza absoluta que lo recibiría. Sólo recuerdo el alborozo, la maravilla. Cada palabra redondeada con esfuerzo, los labios apretados, los hombros doloridos de tan rígidos. Y las palabras, apenas legibles, fluyendo a toda prisa. Recuerdo también el corazón latiendo muy rápido, la gotita de sudor sobre la nariz — en mi país, Diciembre está lleno de días azules y sol radiante, de olor a montaña fresca, a ciudad vital — y ese apremio, esa aspiración de bondad. Querido niño Jesús, seguramente escribí, como todos los niños de mi edad. Querido niño Jesús, este año que me porte tan bien…

Han transcurrido tantos años desde entonces y hoy te escribo de nuevo. Querido niño Jesús, aunque no me he portado bien o quizás sí, pero no es la bondad a lo que aspiro. O a la que soñaba de niña, tan diminuta y rígida. Te escribo, sonriendo, a solas, en esta pequeña intimidad de las palabras, para agradecer. Ese podría ser un gran regalo, la capacidad de comprender todo lo que cada día simboliza un gracias infinito, a medio susurrar ¿No es ese el mejor regalo que puedo recibir? Saber agradecer, cada día radiante en esta tierra bendita donde nací, que a pesar de todo el dolor, las pequeñas tragedias cotidianas, el miedo y la angustia, sigue siendo mía. Tan mía como para que me haga llorar y reír. Tan mía, como para que me enfurezca verla herida, fragmentada, rota, cruzada de grietas intangibles y abiertas. Tan mía como para que se derrame entre las manos como un deseo. Te agradezco entonces este gentilicio privilegiado, a pesar de todo o quizás por todo lo que implica sostenerlo entre las manos abiertas, atesorarlo junto a mis sueños y aspiraciones. 

Apretarlo con fuerza, con los ojos cerrados. E imaginar el futuro, aún por construir, pieza a pieza. A pesar de los pesares y dolores de mi país. A pesar del miedo que me acosa en todas partes. De horror escondido y siniestro en esta herida siempre abierta del gentilicio destrozado. Avanzar, a pesar de la dificultad y el peso sobre los hombros, hacia lo que espero. Gracias Divino niño, por este país interminable y sin fronteras, no el que sacude el odio, no el dividido por la desazón y la tragedia, sino el que llevo en el espíritu, el que recuerdo, en el que crecí, el que me educó. Gracias por las montañas interminables y los mares azul añil, por el sol que se confunde con el Oro, entre montañas carmesí. Gracias por aún poder mirar a Venezuela con amor, por continuar creyendo que tal vez, hay un camino que recorrer, una travesía que continuar. Gracias, por brindarme la oportunidad de aprender — entre lágrimas y dolores — que la Tierra que me vio nacer es quizás también la parte más preciada de mi historia.

Gracias también por este año extraordinario, donde lloré a lágrima viva. De un miedo insoportable, de un dolor tan profundo como personal. En un año donde reí hasta quedarme sin aliento, doblada sobre la cintura, riendo y riendo, las manos extendidas de pura felicidad. Gracias por este año donde recordé que el mar es bendito, que la tierra puede ser cálida y maternal, donde aprendí a escribir con mayor furia, donde fotografié hasta hacerme una herida que no tardo en cicatrizar. Gracias por haber aprendido el sabor de la montaña que se escala, las piedras que te lastiman las rodillas, el miedo del farallón a los pies, la belleza extraordinaria del cielo cuajado de estrellas. Por haber comprendido la dulzura del agua tan fría que te quema la piel, del silencio ultraterreno de encontrarte más allá de todo lo que conoces y temes, por extender las manos para tocar el cielo interminable y la piedra que lo sostiene.

Gracias por los momentos de profunda furia, por la alegría desbordada. Por haber encontrado una y otra vez significado a los momentos más dolorosos, a los fragmentos rotos de mi memoria. Por haber bailado en la oscuridad con los ojos cerrados, por haber corrido descalza bajo la lluvia, por sacudir la cabeza hasta que el mundo giró a mi alrededor sin control. Gracias por cada libro que leí — y este año fueron incontables — , por cada palabra que paladee en mi memoria y en mi espíritu, por cada nueva historia que me sorprendió y me desagradó. Gracias por cada frase que describió mejor que cualquier otra forma una escena de mi vida, gracias por el párrafo que resumió cada pensamiento y sensación. Gracias por cada fotografía, que capturó no sólo el tiempo sino la intención. Gracias por cada sueño cumplido, por cada uno de los que convertí en algo más, por todos los que aún lucho. Con todas mis fuerzas, con los dientes apretados de angustia y de desazón. Pero también de esperanza. Porque en medio de todas las tormentas, en medio de todas los temores, siempre habrá un hilo de luz al cual aferrarse, al cual elevarse, hacia al cual correr.

Gracias por todas las veces que me atreví arrojarme al vacío, a pesar de creer que no podría rebasar la línea invisible de mis miedos. Gracias por la capacidad de sorprenderme, gracias por conservar la inocencia, por madurar, por construir, por avanzar, por destruir muros. Por luchar, por batallar, por resistirme. Por jamás rendirme. Por creer, por confiar. Por equivocarme, todas las veces en que pude y lo mucho que aprendí cada vez que lo hice. Gracias por todas las ocasiones en que corrí con todas mis fuerzas, es que escapé del dolor para crear algo nuevo. Gracias por la osadía, por el atrevimiento. Por el descaro y la grosería. Gracias por cada pieza de mi vida que llegó para encajar y por todas las pérdidas. Gracias por el trueno y el relámpago entre mis manos torpes. Gracias por cada despertar.

Ah, querido Niño, símbolo de infancia. Te escribo esta pequeña misiva y no puedo evitar llorar. Una lágrima por cada recuerdo, una lágrima para la niña que fui, la mujer que seré. Una lágrima por cada idea recién nacida, por cada palabra que diré. Te escribo y veo a la niña pequeña que te escribió con tanto fervor, sonriendo también. Con sus manitas regordetas, con los labios fruncidos en un mohín de asombro. ¡Ya está! ¡La carta está lista! ¡Ahora volará más allá de mi ventana, hacia ese niño misterioso que simboliza la esperanza! ¡Volará y llegará más allá de las estrellas donde el enigma cuidará de ella! La niña dobla la carta con cuidado, la deja sobre el escritorio. Aguardando, la esperanza siempre tan cercana. Y yo, en el futuro, sonrío, una felicidad diminuta y sin nombre recorriéndome. No sé si está carta es para ti, símbolo de mi niñez, o para la niña que aún vive en mi espíritu. O quizás para mi misma, para recordarme el valor de cada lección y aprendizaje, de cada paso que este año me brindó el poder de crear. Quizás, se trate de una carta para lo que aspiro creer y más allá, para la esperanza.

Pero tal vez, eso no importa demasiado ¿Verdad?

Que mis palabras se eleven libres, querido Niño. Hasta tus manos. Gracias por escucharme un año más.
La niña muy grande que aún cree en ti.

A.
***
Hace semanas soñé con el mar y creí que sólo había sido eso, un sueño. Pero después descubrí que era una predicción. Lo hice cuando estuve de pie, con los brazos abiertos hacia el horizonte infinito, escuchando el viento cantar y el suspiro de las olas enredadas en este consuelo verde y azul que trae consigo una sonrisa. Corrí al mar como una niña, con los brazos abiertos. Y me recibió con un empujón, un abrazo. Con agua helada y un sacudón de pura energía. Mar, en azul plata reflejando un cielo gemelo. Mar llenándolo todo, infinito y arena. Mar que me curó — otra vez — como siempre — de todos los miedos, de todas las angustias, de todos los pesares diminutos. El mar que siempre existe, ahora y después, hasta en los sueños.

El país que es mío, que es parte de mi historia. Que vendrá conmigo a donde sea que vaya, antes o después. El país que llevo entre los dedos, que es mi reflejo frente al espejo. Este dolor y este amor. Esta mirada hacia al futuro.

Al final, solo hubo viento y la risa secreta de las olas cuando me reconocieron. Me esperaban, quizás.

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