martes, 27 de enero de 2015

La grieta histórica inevitable: Más allá de la estafa ideológica chavista.




Había cumplido diecisiete años la primera vez que Hugo Chavez Frías ganó una elección presidencial. De manera que no pude votar por él, y por supuesto, no lo habría hecho, aún de haber podido ejercer mi derecho al voto. A pesar de que hasta entonces, la campaña electoral no me había interesado demasiado, tenía muy claro o al menos lo suficiente como para tomar una decisión consciente que lo que Chavez representaba era una coyuntura histórica preocupante en la historia reciente del país. Todavía la palabra “Política” no significaba gran cosa para mi. Era algo que ocurría más allá de lo cotidiano, en las pantallas de televisión, en los afiches de campañas electorales, en los esporádicos mítines que recorrían Caracas de vez en cuando. La violencia, en cambio, si era algo que comprendía muy bien. A mi corta edad había vivido ya dos golpes de Estado y también la terrible revuelta social apodada “El caracazo”. Mi niñez y primera adolescencia habían transcurrido en medio de la efervescencia política de lo que parecía una nueva etapa histórica del país, signada por la violencia y sobre todo, por una nueva visión sobre la identidad nacional.

Nunca voté por Chavez en ninguna de las elecciones sucesivas. Pero recuerdo, que en esa primera ocasión pensé que de hacerlo, apoyaía electoralmente Henrique Salas Romer, su contrincante más cercano y la opción que según todas las voces en contra, representaba “la tragedia nacional” de cuarenta años de democracia clientelar y bipardista. No obstante, me habría negado a brindarle un voto de confianza — nunca mejor utilizado el juego de palabras -a un hombre que intentó tomar el poder por la fuerza y que sólo aceptaba el juego democrático por presión y quizás por conveniencia histórica, jamás por comprender los alcances del mandato electoral y democrático. En más de una ocasión, los entusiastas, los desengañados por los partidos políticos tradicionales, los fervientes admiradores de la figura reinvidicadores de Hugo Chavez, me recordaron que era casi imposible que no triunfara en las urnas electorales.

— El país necesita un cambio. Uno drástico y trascendental — me insistió P. uno de mis compañeros de aula por entonces y un entusiasta de la nueva corriente política que recorría al país. Sería la primera ocasión en que votaría y lo haría por la opción de Hugo Chavez, como buena parte de quienes conocía — y Chavez la representa. Es un hombre fuerte, pero también una figura capaz de aglutinar las diferencias. Podría ser un simbolo nacional.

No supe que responder a eso. En realidad, Chavez me provocaba una profunda desconfianza, una sensación inaudita de incertidumbre. En una ocasión, había visitado la Universidad donde estudiaba y escuché debatir con algunos estudiantes. Un hombre enjuto y de facciones afiladas, con un demoledor encanto personal que llevaba puesto un impecable liquiliqui blanco con una soltura desconocida. Estrechó manos, escuchó con atención los comentarios de sus interlocutores. Saludo con gran cariño a los profesores que se acercaron para participar en el improvisado debate. Por entonces, acababa de salir de la cárcel y el mito comenzaba a cimentarse: el hombre fuerte en medio de un momento histórico muy frágil. Cuando uno de mis compañeros me invitó a conocerlo, me negué.

— Después lo vas a lamentar — bromeó. Pasé muy rápido por el pasillo, mientras Chavez continuaba conversando con grupos de estudiantes y riendo a carcajadas. Lo recordé la primera vez que le había visto: uniformado y con el rostro cansado y tenso, pronunciando su histórico “Por ahora”. Sacudí la cabeza.
— No lo creo.

La mayoría de la gente que conocía, tenía una percepción romántica del golpe de estado que había protagonizado Hugo Chavez. Una donde un hombre del pueblo, un aguerrido militar, había intentando enfrentarse a la corrupción y a la represión con las armas de la nación. Pero yo tenía una visión muy distinta del tema, una muy cruda, sin dramatismos ni tampoco, idealizaciones. A dos cuadras del lugar donde vivo se levanta la Comandancia General de la Guardia Nacional de Venezuela. Desde niña, conviví con militares, aprendí a conocer la extraña subcultura del verde oliva a distancia. Esa extraña jerarquización, la intransigencia que parecía ser parte del Uniforme. Durante los golpes de Estado, había visto tanquetas de metal atravesar la calle donde jugaba de niña y a militares de boina roja apuntando a los edificios. Por meses, me había aterrorizado la imagen de las paredes llenas de agujeros de balas, del olor de la pólvora que nunca olvidé. Era muy joven para comprender lo que sucedía pero si tenía algo muy claro: lo que había ocurrido, ese ataque desproporcionado y directo contra la democracia que hasta entonces había conocido, no tenía nada de inocente y mucho menos utópico. Era violencia, sin más ni menos. Era un tipo de agresión que nunca pude asumir como necesaria y mucho menos, comprender.

De manera que sin duda habría votado por Henrique Salas Romer, a pesar de los pronósticos en contra, de la abrumadora respuesta popular a la campaña de Hugo Chavez Frías, incluso contra mi criterio. Porque Salas Romer, un político tradicional, que dedicó su campaña a proclamar promesas borrosas e insistir en viejos vicios de los que nadie quería hablar, mientras Chavez recorría el país con el puño en alto, era tan inocente como cualquier otro Venezolano sobre lo que realmente significaba Chavez. Su propuesta, la promesa social que insistía representaba. Esa interpretación histórica de la reivindicación que encarnaba un lider carismático en potencia, un astuto político, pero sobre todo, un militar convencido que la violencia podía ser una respuesta válida contra la contigencia. Salas Romer, con su campaña presidencial endeble, su propuesta conservadora, atravesó con torpeza los meses antes de la crucial elección, sin llegar jamás a ser el contrapeso real de un hombre que representaba el enfrentamiento clásico entre ricos y pobres, lo nuevo y una posible renovación del Estado. Aún no había nadie que se llamara así mismo Chavista, pero la necesidad de enfrentar esa noción histórica quebradiza, la república cuarteada por el peso de la desiguladad y la exclusión, anunciaba el nacimiento de un tipo de fenómeno político que Venezuela conocía muy bien: el caudillismo. Y uno, que parecía construido a base de los peores defectos y desatinos del populismo tradicional. Un monstruo discreto que anunciaba que Venezuela pronto atravesaría quizás un ciclo destructivo, basado en la brecha de inevitables carencias que había llevado casi cuarenta años comprender.

Y es que Chavez, no era sólo un candidato electoral, como tampoco sería después un presidente. Con toda su carga de violencia latente, afianzada en la historia que le precedía y sobre todo, amparado bajo la interpretación del país aplastado por los errores históricos de la política tradicional, era antes que cualquiera otra cosa, un hecho histórico. Uno muy notorio, que parecía nutrirse de las imágenes recurrentes del imaginario popular y sobre todo, observarse así mismo desde una perspectiva mesiánica y levemente idolatra. Chavez insistió en destruir los partidos políticos — y con ellos, la posible existencia de un real contrincante futuro — y también, asumir la política a su manera. Mientras Salas Romer señalaba a los cerros de Caracas y hablaba sobre crear “un teleférico” que pudiera llevar a sus habitantes hacia los puntos más distantes de la intrincada red de pobreza nacional, Chavez aseguraba que “freiría en aceite” la cabeza de sus contricantes. Lo hacia a gritos, con el rostro encarnado, riendo a carcajadas, mostrándose como un hombre de pueblo, hecho por el pueblo y para el pueblo. Y la mayoría de los Venezolanos compraron esa imagen, la asumieron real. A nadie le importaba demasiado que Chavez se reuniera con políticos de la llamada “Cuarta República” para entablar posibles puentes de comunicación ni que tuviera como financistas los grandes empresarios que también habían sustentado la democracia imperfecta que tanto criticaba. Chavez continuaba siendo infalible, audaz y agresivo. Chavez continuaba prometiendo un tipo de país imaginario que parecía desbordado de una esperanza muy infantil, de las grandes multitudes que levantaban los brazos para alabarle y corear sus consignas simples. Chavez, incluso antes de ser presidente, se aseguró de construir una base popular lo suficientemente sólida como maniobrar en medio de lo soñaba sería “la quinta república” y que después, sería un híbrido entre el tradicional militarismo latinoamericano, la izquierda histórica y un elemental capitalismo de Estado.

— ¿Puede ganar Salas Romer? — un día antes de las elecciones, me reuní con uno de mis profesores. El país parecía recorrido por un entusiasmo infatigable, mientras Chavez se asumía así mismo como el triunfador de las elecciones que aún no habían recibido el primer voto. Mi profesor se encogió de hombros y suspiró preocupado.

— Podría, pero no lo hará — me respondió — Chavez es un fenómeno histórico, aunque él mismo no esté consciente de que lo es, que nadie pueda mirarlo en su exacta magnitud. Chavez ganará, aunque perdiera, porque el país lo asumió como una necesidad exacta, como una idea que debe satisfacerse. Chavez existe porque el país lo aceptó y lo construyó. Incluso si ocurriera lo impensable y Salas Romer ganara, no podría sostenerse en el poder.

Nos encontrábamos en la Universidad y la agitación llenaba el campus. Un tipo de alegría e impaciencia que jamás había visto antes en elección alguna. Caminamos entre los grupos de estudiantes reunidos para debatir lo que estaba a punto de suceder, de los rostros esperanzados y expectantes. Mi profesor los miró a todos con un enorme, casi descorazonado cansancio.

— ¿Quiere decir que de perder Chavez daría otro golpe de Estado? — pregunté. Recuerdo haber sentido un escalofrío, recordar con enorme nitidez los días de pesadilla, el olor de la polvora en el aire, el sonido de los disparos. El viejo profesor se encogió de hombros.

— No lo necesita. El país lo reclama, el país volvió a la niñez política. El país está convencido que necesita a Chavez y Chavez disfruta de esa certeza. A Chavez lo apoya no sólo lo que llama “pueblo”, los grupos de desposeidos de todas las épocas y de todos los lugares que siempre forman parte de esa mayoría olvidada que él recordó puede tener peso real, sino también los intelectuales de este país, los que asumen que Venezuela necesita reorientarse y que quieren beneficiarse cuando eso suceda. Lo apoya el ejercito, que se siente profundamente reivindicado por su posición “patriotica” e incluso los moderados, que están convencidos es el mejor momento para lograr otra idea de país. Todos asumen que Chavez es una figura que los representa, una imagen ductil y quebradiza que podrán utilizar.

Lo recordé como le había visto en esos mismos terrenos de la Universidad, vestido de Liquiliqui blanco y conversando con los estudiantes con un gesto magnético y cálido. Un hombre sólido, óseo, con una voz persuasiva. Una mirada directa. Las manos extendidas. Lo imaginé revestido de poder, en medio de una multitud de fervientes admiradores, de brazos extendidos, de gritos y pancartas. Sacudí la cabeza, con las manos apretadas contra el pecho.

— No que sea tan sencillo — murmuré — no creo que…

— No sólo no lo crees, es que no será manejable — me interrumpió el profesor — Chavez es un hombre que planeó su ascenso político desde el desastre que significó la derrota militar. La reconstruyó, la convirtió en un triunfo social. Es un hombre que sabe lo que quiere, es un hombre que logrará conseguirlo. Y lo hará, sin duda. No necesita la presidencia: perdiendola, ya es el simbolo del Venezolano que lo aúpa. Si la pierde, logrará otro tipo de poder y eventualmente, llegará a Miraflores. Con tu voto o el mio, sin ellos. Incluso enfrentándose a la agónica visión democrática que se enfrenta.

Esa noche, escribí las palabras del profesor en uno de mis cuadernos. Lo hice, con una sensación de desastre cercana, abrumadora. Miré por la ventana la calle de mi infancia, llena de paseantes, iluminada y entusiasmada. Un hombre con boína roja corrió de una esquina a otra, con un cartel de Chavez entre las manos, riendo en voz alta.

— ¡Viva Chavez Carajo! — gritó. Una salva de aplausos le respondió. Cerré la ventana.

Cuando escuché la noticia sobre el triunfo de Chavez, me quedé sentada en la oscuridad de la habitación. Afuera, alguien gritaba y celebraba, mientras el cielo de la ciudad se llenaba de fuegos artificiales y el sonido de disparos. Mis abuelos miraban el televisor en la sala y escuché al recién electo presidente celebrar a gritos la victoria, jurar en medio del entusiasmo que Venezuela había cambiado para siempre. Escuché a mis vecinos corear las consignas, el corneteo feliz de automóviles que atravesaban la calle a toda velocidad. Y sentí miedo, uno muy real, helado, inquietante. Una especie de mirada al abismo de algo desconocido que estaba a punto de comenzar.

— Y Comienza La Venezuela del futuro. La Venezuela revolucionaria — exclamó el nuevo presidente, mientras una desordenada alegría recorría el país. Todavía faltaría mucho para que comprendiera el real alcance de la figura de Chavez, de lo que podía simbolizar su visión personalista del poder, de su gobierno mediocre pero insólitamente próspero, del país divido en medio de la diatriba política, pero de alguna manera, el triunfo multitudinario, la euforia popular, me inquieto. Me dejó muy claro que Chavez disfrutaba de un tipo de apoyo desconocido en nuestro país y de un considerable valor político.

— Fue presidente antes de ser elegido, y ahora es símbolo antes de haber gobernado — me comentó días después mi profesor. El país continuaba celebrando la victoria “del pueblo” y continuaría haciéndolo varios días más — sólo nos falta ver a donde nos conduce todo eso.

Me detuve para mirar una pancarta de Chavez, que llevaba una franela roja y tenía los puños levantados en un gesto amenazador. “Llegó la hora del pueblo” podía leerse más abajo. Me pregunté cual era esa hora y que podría simbolizar.

Dieciséis años después, aún continuo sin saber la respuesta.

1 comentarios:

Kimya Ni Bora dijo...

-Excelente el relato, tanto como la reflexión.

¿Fueron estos 16 años un "ritornello" a la -acomodaticia- tesis de El Gendarme Necesario de Vallenilla Lanz, misma que sustentó el régimen gomecista? "...la necesidad de un gendarme que garantice el orden y el progreso... El autor argumenta que el sistema de gobierno que impere será el reflejo de la idiosincrasia y nivel cultural del pueblo; rescatando de alguna forma la idea de las etapas naturales y necesarias que deben vivir y superar las sociedades ... cobra vida en la figura del gendarme necesario, especie de paladín histórico, con suficiente prestigio, carisma y firmeza militar para dar fin al caos anárquico que llevaba al nacimiento de pequeños caudillos. Este personaje es la misma personificación de la democracia, y del ejercicio de la soberanía; en sus funciones, es él quien garantiza la igualdad colectiva."

Hoy me pregunto cuánto más hace falta para demostrar la caducidad de estas ideas; de toda esta crisis, ¿habremos aprendido algo?

Sobre esto escribí un día, aquí (si gustan leer):

https://circunloquioexpress.wordpress.com/2008/10/20/positivismo-latinoamericano-laureano-vallenilla-lanz/

Saludos.-

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