sábado, 11 de enero de 2014

La bruja, la estrella y el sueño: La historia de un comienzo.







Nunca olvidas la primera vez que pronuncias la palabra "bruja" en voz alta y frente a un grupo de extraños. Es de esas raras ocasiones, en que comprendes hasta que punto el misterio y la visión histórica del país donde vive, tienen un peso importante en la cultura que compartes. En mi caso, ocurrió durante un almuerzo que compartía con algunos compañeros de Universidad. Tenía alrededor de diesiseis años - ya he comentado entré al campus siendo muy jovencita - y la conversación surgió sin que me lo esperara. De manera que no estaba preparada.

Alguien señaló el pentáculo que llevaba colgado al cuello. Estuve a punto de decir que era una joya privada, o que simplemente, un capricho cualquiera. Pero no me atreví. O quizás, no quise, que al caso puede significar lo mismo. El hecho es que rocé con los dedos la estrella de plata y sonreí a la chica que me lo había preguntado.

- Es el simbolo de la religión que practico - le expliqué, un poco apurada. Realmente no quería entrar en el tema. Durante toda mi infancia, había tenido que enfrentarme a las miradas suspicaces, a la actitud casi medieval de las monjas con las cuales me eduqué y con toda sinceridad, no quería volver sobre lo mismo. Porque aunque Venezuela es un país religiosamente ecléctico, abierto y muy cálido, también tiene sus pequeños sobresaltos y prejuicios. Y uno de ellos, es lo tocante a lo que implica la palabra "brujería", un término que parece resumir desde creencias de origen africano hasta todo tipo de superticiones. Me pasé buena parte de mi primera adolescencia discutiendo con desconocidos sobre la brujería, intentando dejar bien claro, que la religión que practico y el nombre que utilizo para denoninarme en consecuencia, es tan válido y respetable como el suyo. Una etapa complicada.

Varios compañeros de mesa se volvieron a mirarme. Hasta ese momento nunca había hablado sobre mis creencias y sabia que varios de los que estaban en la mesa, estaban convencidos era agnóstico o cuando menos atea. También, les sorprendió que mencionara especificamente esa visión mía sobre la espiritualidad. Seguía siendo una curiosidad en medio del ambiente Universitario, una adolescente que apenas había abandonado los rasguños en las rodillas y el acné, que ahora intentaba enfrentarse al mundo adulto de la mejor manera que podía. Suspire, muy conciente de todo aquello.

- ¿Que religión es esa? - preguntó con curiosidad uno de ellos,  que al parecer se había estado haciendo la misma pregunta desde hacia varios días. Aunque no tenía muy claro el motivo, había dedicado un par de miradas curiosas a mi pentáculo y sobre todo, a la bolsita de hierbas aromáticas que llevaba en el morral. Me encogí de hombros, incómoda.

- Bueno, una pagana - murmuré. Hubo un silencio muy incómodo.

- ¿Cual? ¿Cómo que pagana? - preguntó alguien más. Recordemos, la universidad donde estudié estaba dirigida por Sacerdotes Jesuitas y en muchos aspectos, era conservadora y muy tradicional. De manera que mi declaración debió sorprender a más de uno. Intenté sonreír.

No pude.

- Algo así como un neo paganismo - intenté explicar, sin meterme en onduras. Una de las chicas se inclinó hacia mi.

- ¿Eres Wiccana?

- No, bruja - le corregí  de inmediato. Parpadeó.

- ¿No es lo mismo?

- No, un Wiccano practica la wicca - expliqué. Tomé una bocanada de aire - y una bruja...la brujería.

Silencio otra vez. Apreté el pentáculo entre los dedos. Sentí que un escalofrio que me subía por la espalda. Que poco me gustaba aquello, pensé mordiendome los labios. Que dificil era sostener esas miradas incómodas, suspicaces y burlonas. Alguien soltó una risita.

- No sabia fueras Santera - dijo alguien.

- No lo soy - respondí.

- Pero eres bruja.

- La Santería no es brujería.

Hubo un intercambio rápido de miradas. Otra chica, que me simpatizaba bastante, me dedicó una larga mirada curiosa.

- ¿Qué es la brujería?

- Es una creencia que insiste que todos estamos conectados con la naturaleza, y a la vez, con una Madre creadora, una Divinidad femenina que es el simbolo de lo todo hermoso y fértil que existe - expliqué, intentando parecer jovial. No lo logré. Hubo una especie de murmullo atónito. ¿Qué les sonaba lo que estaba diciendo? ¿Qué pensaba aquel grupo de muchachos, sobre una declaración tan exótica? No lo sabía. Sentí  esa ligera angustia, esa sensación de desamparo que siempre me hacia sentir momentos como esos.


Porque entre lo sagrado y lo cotidiano, la mujer - lo femenino - siempre ha sido relegado a una última instancia, a un lugar accesorio. Incluso se le ha identificado con el mal, de manera directa, como tal como afirmaban los inquisidores Kramer y Sprenger, autores de "El martillo de las brujas" : "Toda maldad es nada comparada con la maldad de las mujeres".  Una idea asombrosa y humillante, que parecía provenir de esa noción sobre lo puro y lo impuro donde lo femenino tenía un papel ambiguo. Desde Eva, pecadora y curiosa, hasta Pandora,  victima de su impaciencia, La mujer lleva sobre sus hombros una especie de culpabilidad histórica que nadie sabe muy bien de donde proviene. Se le acusa una y otra vez de impura, por su sangre menstrual, que por siglos fue considerada una manera de contaminar a la comunidad a la que pertenecía y motivo por el que debía ser recluida y apartada de su familia durante "los días de verguenza". Pero también era impura por el hecho de gestar y alumbrar a una criatura. Más de una vez, lo femenino fue acusado de traicionero, de temible y de vergonzoso. Y por supuesto, la bruja, con su poder y misterio, la hija de la Diosa, encarnación del poder de la mujer esencial, era un simbolo a cual se le achacaba una crueldad inquietante. La historia le había arrebatado el nombre a la bruja y lo había sustituido por pecadora.

Me enfrenté a las miradas lo mejor que pude. Muy rigida en mi silla, aún con el pentáculo apretado entre los dedos, traté de entender que pensaban al mirarme, una chica cualquiera, pálida y pecosa, declarándose bruja. Una chica a la que habian visto tartamudear en clase, la que conocian por su risa escandalosa y la que  trataban como una hermanita menor. No tuve idea de que podía significar ese silencio, o esos gestos un poco inquietos que se dedicaban unos a otros.

- ¿Haces...magia? - me preguntó alguien de pronto.

- No...es decir, la magia es nuestra capacidad para cambiar a voluntad el mundo que nos rodea. Así que fotografíar y escribir, son formas de magia - expliqué - la respuesta entonces tendría que ser sí, lo hago.

- Entonces todos hacemos magia - comentó alguien. Más risas. Pero varios pares de ojos siguieron mirándome con interés.

- Sí, así es. Para la brujería toda creación es una forma de celebrar lo divino y lo bueno que habita en el mundo - dije - es la forma de manifestación de nuestra capacidad para soñar y mirar el mundo como un lugar a la medida de nuestras necesidades.

Un concepto raro para todos imagino, pero que no pareció desagradarles. Uno de los chicos sonrío, en un gesto cálido que me sorprendió.

- Eso es una visión hermosa de mundo - comentó - ¿pero así de sencillo? ¿Eso es magia?

- ¿Quién dice que debe ser complicado? - pregunté. Recordé mis rituales, los que compartia con mi abuela - la sabia, la bruja - y el resto de las mujeres de mi familia. Esa profunda sensación de familiaridad, como si cantar e invocar formaran parte de mi mente y de mis sueños desde antes de recordarlo. La simplicidad de hecho, no era sinónimo de poca profundidad: Había una búsqueda muy intima de preguntas y respuestas en cada ritual, en esa necesidad de analizar la magia como parte de tu vida. Pero ¿Cómo explicar eso? ¿Como describir esa experiencia de profunda paz que me brindaba compartir con mi familia mis creencias?

- Pensé que sería...algo...no sé, misterioso, enigmático - dijo alguien más - pero tu lo haces sonar como...bucólico, casi bonito.

- Es bonito - respondí de inmediato - es algo hermoso ser consciente que eres parte de la divinidad a medida que eres conciente de tu poder para crear, asumir tus responsabilidades, pensar, decidir, hacerte preguntas. La brujería fomenta el aprendizaje, estimula esa necesidad que todos tenemos de cuestionarlo todo. La bruja siempre ha sido la rebelde no porque se enfrenta, sino porque no acepta, busca comprender, nunca se conforma con un único camino. La brujería es el arte de conocer el poder de tu propia mente, espiritu y lo que te une a la naturaleza en ambas cosas.

Hubo silencio de nuevo. Pero esta vez, fue incluso un poco amable. Había algo de asombro allí, y también, una especie de confusión. Imaginé que podían estar pensando, acostumbrados desde siempre a creer que la brujería era una forma de maldad, una negación a todo orden y belleza. Una de las chicas sonrío, casi con dulzura.

- Se escucha poético - comentó, casi con cariño - y me gusta. Me gusta mucho esa idea que la divinidad está en ti y puedes comunicarte con ella de la manera que prefieras.

- ¿Pero no bailan con el diablo y esas cosas? ¡Que aburrido! - bromeó alguien más. Pero noté que más allá del chiste, había esa visión de la bruja medieval, de la mujer malvada capaz de la mayor crueldad.

- No, bailamos con la luna - expliqué. Y no pue evitar sonreír - bailamos con los brazos alzaados hacia el cielo, cantando viejas canciones. Lo hacemos en familia, para celebrar la historia que nos pertenece y que heredamos. Es algo realmente bello.

Más sonrisas y miradas amables. Y lo percibí, muy claramente. De pronto, la conversación tomó otro giro. No solo por lo que yo describía - que sabía muy bien, no todos lo creían en realidad -, sino por esa vuelta de tuerca de la historia, de lo conocido, de lo habitual. Alguien me preguntó por la brujería que hacia daño, la que habían escuchado podía herir y asustar.

- No es que yo crea en eso - me aclaró el chico, con las mejillas sonrojadas - pero...

Años de historia, pensé. Años, décadas, siglos, de la bruja malvada, la cruel, la que asesinaba, la que comía niños. La imagen se había repetido tantas veces en la historia, en la formal y en esa otra que formaba parte de la herencia cultural que todos compartíamos, que no me extrañaba en absoluto, que esta nueva visión de la brujería benigna les extrañara. Recordé los cuentos de Hadas, donde las brujas emergían de los bosques para dañar a la Princesa inocente o al niño ingenuo. Recordé la figura majestuosa y temible, de la bruja que reinaba, de la que se miraba así misma como malvada, cruel, invencible. Y comprendí el asombro, al imaginar otro tipo de mujer sagrada, la vestida de blanco, corriendo por los bosques con el cabello trenzado. La Dama con los brazos llenos de flores, la que cura, la que bendice, la que purifica. La bruja de rostro amable, con las manos enrojecidas por el fuego, acariciando el rostro de un niño. La bruja amable que rodea con sus brazos al amante para celebrar la tierra, la fecundidad y la belleza. La vieja sabia que mira a la luna, con el cabello blanco rozándole los hombros. La visión de lo femenino esencial, el que nace y crea, el que crece y abraza el tiempo, más allá de la visión que se tiene de ella.


Y fue extraño, de pronto asumir esa diferencia y apreciarla. Hablar a ese grupo de hombres y mujeres de mi edad - o casi - con quienes compartía tiempo y conocimiento, pero a quienes apenas conocía. Fue hermoso, poder explicarles mi punto de vista sobre el mundo, esa herencia sutil que llevaba a todas partes, que formaba una parte integral de mis ideas y de mi espíritu. Descubrí entonces, que si, había mucho que decir sobre la brujería. Mucho que explicar. Pero también había oídos para escuchar. Pensé en eso mientras respondía las preguntas, mientras intentaba describirles esa otra visión de un mundo que les resultaba asombroso por el mero hecho de serles por completo desconocido.


Más tarde, cuando el prolongado almuerzo terminó, todos se despidieron de mi con una sonrisa. Nunca supe si algo había cambiado en realidad en su manera de asumir quien era la bruja - o quien podía serlo - pero si estaba convencida, que de alguna manera, aquella extraña conversación poseía un valor concreto. Uno de los muchachos me acompañó mientras nos dirigíamos al salón de clase, para retomar la rutina, para volver a esa normalidad simple que todos compartíamos.

- Me pareció hermoso todo lo que contaste - dijo de pronto. Lo miré, sorprendida. Era uno de los más callados de la clase y quizás, por ese motivo, no me esperaba esa sonrisa suya, amplia, franca que agradecí con una identica.

- Gracias por escucharme.

Caminamos un rato en silencio. Señaló el pentáculo con un gesto respetuoso.

- No explicaste que significaba.

- Es el simbolo de todo lo bello y bueno de la naturaleza, la perfección de la creación - comenté - Las cinco puntas representan una manera de ver el mundo: una muy simple. Antiguamente, se consideraba el mundo una combinación de elementos: Tierra, Aire, Fuego,  Agua y  también, el Espíritu, esa energía que nos une a todos y nos hace parte de la naturaleza. Esta Estrella nos recuerda somos parte algo más grande nosotros mismos, de un ciclo interminable del que formamos parte.

Me escuchó en silencio. Luego me hizo un guiño.

- Deberías contar esas cosas tan interesantes con más frecuencia, bruja - dijo. Y me sobresaltó escuchar la palabra en boca de alguien más. La sensación fue extraordinaria, tan intima y poderosa que tuve miedo se me saltaran las lágrimas. Pero logré contenerme lo mejor que pude. Extendí la mano y tomé la suya para apretarla con calidez.

- Lo intento.

- Intentalo con más fuerza - insistió. Lo miré, curiosa - mucha gente quiere querría escuchar lo que tienes que decir.

Me detuve. El olor del sol parecía rodearme y en esa tarde radiante, parecía tener el olor de la esperanza. La posibilidad se abrió ante mi, amplia y extraordinaria. Aunque no sabía muy bien como, aunque no entendía muy bien - aún - el por qué, sentí que había una historia que merecía ser contada, que quizás quisiera contar. Mi amigo me sonrío y siguió caminando.

- Piensatelo, bruja - dijo entonces, despidiendose con un gesto - nunca sabes quien querrá leerte.

Sonrío, mientras recuerdo la escena. Sentada aquí, rodeada de lápices, hojas llenas de párrafos, sueños y una gran ambición por soñar, siento la misma emoción de esa tarde pequeña, perdida entre los fragmentos de miles de días soñados y a medio recordar. Sí, pienso que quizás la bruja - la moderna, la audaz, la que sonríe, la que cree y crea - está lista para contar su historia y quizás para ser escuchada.

Un sueño que se crea bajo el sol del espíritu sin duda, y más allá, como una promesa de pura inspiración.

Así sea.








4 comentarios:

marglerys almao dijo...

fiel a tu blog, respeto tu creencia y tu manera de ver las cosas. Bruja. Sigue compartiendo tu sabiduría.

María Isabel Rodríguez Gómez dijo...

Gracias por compartir una vivencia tan personal.

Artes Mercuriales dijo...

hermoso

loreto estay dijo...

maravillosaaa <3!!! bendiciones para ti. esa fuerza interna la he sentido, y no sabia por que..ahora lo entiendo todo.

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