martes, 29 de octubre de 2013

Las aventuras de la mujer "Seriecita" en las Tierras de la Silicona.




Hace unos meses, almorzaba con un grupo de amigos, cuando alguien dijo el siguiente chiste: "Quiero a una mujer con el mismo coeficiente intelectual que cc de silicona". Todo el mundo a mi alrededor río y quizás por ese motivo, fue mucho más evidente mi silencio en medio de la carcajada general. El bromista, a quien conozco un poco luego de varios años de tropezarnos aquí y allá por razones laborales, me dedicó una mirada socarrona.

- ¡Como eres de sensible! - dijo - es un chiste, ya todos sabemos que eres "seriecita".

No respondí. Alguien carraspeó la garganta con evidente incomodidad. Me volví para mirar a A., sentada a mi lado. Es una mujer a la que también se le podría llamar "seriecita", aunque en su caso, parece que el estereotipo no le gusta demasiado.  No la escuché reir y tampoco comentar nada al respecto. Pero evidentemente se encontraba tan incómoda como yo.

- ¿Tu volumen mamario se equipara a tu coeficiente intelectual? - pregunté. No sé porque me encontraba tan disgustada. Había escuchado esa broma montones de veces antes y siempre había tratado de ignorarla, pensar que es parte de esa cultura grosera que se ha hecho tan popular. Pero en esta ocasión, hay algo que me molesta mucho, aunque no sé exactamente que es. ¿Se debe a que hay un buen número de mujeres en este improvisada reunión? ¿O quizás por qué soy la única que no me reí en voz alta, que no miré hacia otro lado? No lo sé. ¿Qué es lo que ocurre aquí? me pregunto. Somos un grupo de profesionales jóvenes, la mayoría de nosotros con trabajos y ocupaciones netamente artísticas, creadoras. ¿Es parte de nuestra idiosincrasia esta burla elemental? ¿ese esquema de valores que no comprendo?

No lo sé.

Por supuesto, A. no me responde. La conversación sigue su curso, aunque la incomodidad continúa allí. Pasado un rato, el bromista aparece cerca del lugar donde me encuentro sentada, ajena a las conversaciones a mi alrededor y se sienta a mi lado.

- No lo dije por ti, obviamente - me aclara. Suspiro. ¿Eso es una disculpa? El caso es que no me importa si lo hizo por mi o no. Tampoco me interesa saber por qué le parece tan desproporcionada mi reacción. Lo que me importa saber - y no le pregunto - es por qué le parece que burlarse de la inteligencia femenina es un recurso gracioso, es un golpe de efecto que cosecha carcajadas, como de hecho sucedió. Y de pronto, el pensamiento me sacude. Vamos Aglaia, que todo el mundo rió en voz alta. El problema no es la broma grosera, es quien la encuentra graciosa. ¿Entiendes el punto?

- ¿Por quién lo dijiste?  - Pregunto. No sé que espero que me responda o siquiera que lo haga. Me sorprende haberlo planteado en voz alta, de hecho. El bromista también parece sorprendido: parpadea, carraspea la garganta incómodo.

- Por nadie. Es un chiste.

- ¿Por qué lo es?

- Porque sabes bien lo que ocurre con las mujeres en este país. Un par de lolas valen más que una una toga y un birrete.

Aja. Allí esta el meollo del asunto. Allí esta el misterio de la broma, la risa y la incomodidad. El bromista se encoje de hombros, con el rostro coloreado de una súbita vergüenza. Debo decir, que a pesar de su chiste de mal gusto, es un hombre que aprecio: como amable profesor universitario, es irreprochable. Lo contemplo, con sus anteojos de metal, su traje pasado de moda y me pregunto cual es su percepción sobre la mujer y si realmente es esa con la que se disculpa. ¿Es suficiente su explicación sobre el motivo de la broma? Estoy exagerando, hasta yo lo sé. Estoy bastante consciente que yo sola no puedo luchar contra años de cultura y sociedad, que las mujeres han logrado más en seis décadas que en toda la historia. Sé todo eso, pero igualmente, continúo disgustada y colérica. ¿Por qué? La respuesta no es sencilla. Tal vez no la tenga, en todo caso.

- ¿Qué ocurriría si a una de tus hijas le dijeran algo semejante? - pregunto. Aprieta los labios y la incomodidad le tensa la expresión.

- No creo...

- ¿Por qué son tus hijas?

- Las educo para cosas mejores que llevar lolas y obsesionarse por la belleza - dice en voz alta. Varios en la mesa se vuelven para mirarlos, entre curiosos y sorprendidos. Suspiro, termino la taza de café en un solo trago y me levanto.

- Piensa en las que no tienen esa oportunidad. Y que sustituyen esa educación amorosa que me describes con Lolas.

Me armé todo un numerito, pienso cuando salgo del restaurante. De nuevo, esa necesidad mía  de hacer preguntas y cuestionamientos que no parecen tener respuesta. ¿Importancia sí? Para mí, la tiene toda claro, pienso caminando por la calle. Para mi es indispensable comprender la idea que tiene el Venezolano - la cultura venezolana - sobre la mujer. Miro a mi alrededor: un ejercito de mujeres me rodea. En zapatos de altísimo tacón, con el cabello repeinado y muy maquilladas. También las hay jóvenes y desenfadadas, con sus zapatos deportivos y jeans. Hay señoras hermosas y venerables, mujeres de edad indefinida y piel canela que caminan bajo el sol con paso decidido. ¿Como nos ve la cultura? me cuestiono de nuevo. Me detengo frente al escaparate de una tienda y miro mi reflejo en el cristal. Con mi blusa oscura y mis pantalones negros, el cabello suelto y despeinado, tengo un aspecto juvenil, casi desabrido. ¿Soy seriecita, como apuntó el bromista? ¿Y que quiere decir eso? ¿Por qué me merezco una explicación que la mujer con "lolas" no? ¿Cual es la percepción de la mujer en esta sociedad contradictoria? La verdad, nunca la ha comprendido muy bien.


De las lolas a la neurona: entre tropezones te veas.

Durante mi adolescencia, estudié en un colegio de monjas francesas al que solo acudían niñas. Era un ambiente complicado, extraño y variopinto donde aprendí que la mujer en Venezuela se define así misma desde muy pequeña. Ya por entonces, era "seriecita" ( rara, más bien ) con mi afición por la lectura y los museos, mi timidez y mi gusto por el estudio. Estaba también "la puta", esas muchachas que ya apenas despuntando la adolescencia se vanagloriaban de una experiencia que podía desconcertar a cualquiera. También había infinidad de otros matices: la "fiestera", que no era tan puta, pero quería serlo y la callada, que no era tan "rara" pero tampoco podría llamarse popular. Y es que en ese pequeño Universo de niñas carentes de identidad, confusas y la mayoría de las veces en competencia directa entre sí, los estereotipos eran tan frecuentes como sin sentido. Crecí teniendo muy claro que la feminidad en Venezuela se comprende a través del rol biológico y lo que es más aún irritante, en una especie de confusa mezcla de valores e ideas que la mujer pocas veces comprende de donde provienen y que aún así acepta por las buenas. No le queda más remedio quizás.

Fue una etapa difícil. Yo no parecía encajar bien en ninguna parte. Era más joven que el resto de mis compañeras y además, mucho más inocente y menos realista. Era inevitable, supongo: Era muy joven aún para mirar el cuadro completo de lo que es la feminidad en un país tropical como el nuestro. O de eso se me acusó varias veces. Cuando llegó la época de los noviazgos y de las fiestas, yo apenas tenía doce años y para mi el mundo transcurría a una velocidad distinta, bajo parámetros totalmente distintos. Y muy probablemente, por ese motivo, fui un testigo involuntario de la manera como la identidad de la mujer Venezolana se construye: esa visión de la belleza como necesaria, esa estereotipo un poco resquebrajado por los bordes que insiste en la necesidad de tener una identidad comprensible.

Y es que la mujer Venezuela debe ser "alguien" consumible, desempeñar lo que se espera de esa normalidad que se construye a partir de los más variados estereotipos. Somos un país tropical, con clara herencia machista: la cultura se asume a sí misma a través de roles. E incluso cuando no es así, hay una visión social bastante definida de lo que se espera de quien nace en esta Tierra de Gracia. Recuerdo haberlo pensado en esos exactos términos cuando asistí por primera vez a la boda de una de mis amigas del Colegio. Ella tenía unos diecinueve años y se veía dolorosamente joven en su vestido blanco. El novio, un muchacho como ella, parecía incómodo y desconcertado. Sabía que ella estaba embarazada de dos meses y que toda la ceremonia había sido preparada a la carrera. Pero aún así, sonrieron para la fotografía obligatoria. Entre el público, vi llorar a la madre y el padre felicitarse en voz alta por "llevar a su hija con bien a la vida de casada".

Dos años después la pareja se divorcio.

Me tropecé con ella en un Centro Comercial cualquiera poco después. Ella no me reconoció cuando la saludé. Había aumentado de peso y se veía un poco agobiada por el bebé que lloraba en el cochecito y el mayor que reía en voz alta. Cuando le dije mi nombre, sonrío con cansancio.

- No funcionó - me explico. Entre ambas subimos el cochecito al automóvil. Me dedicó una mirada huidiza - cuando tuvimos al segundo bebé, fue obvio que...

Se interrumpió, no insistí. Nos despedimos rápidamente y me quedé pensando en el padre sonriente, en su sonrisa ufana. En la madre orgullosa. Y de nuevo en la soledad joven de mi amiga, en su evidente agobio hacia la idea de una maternidad que no comprendía muy bien.  Pensé en la sensación que me producía esa visión limitadisima de la mujer latinoamericana, esa lucha contra el estereotipo constante. Esa visión de la mujer cuarteada por lo tradicional.

La mujer y el objeto: ¿Quién eres frente al espejo? 

Hace unos días, la página www.ElMostacho.com publicó un vídeo donde mostraba como parte de lo que parece ser una broma subida de tono, la aventura de un hombre que tocó los senos de 101 senos en Caracas. De hecho, el titulo deja bien claro en que dirección apunta “el juego”: Tocó 101 tetas. No senos. La vulgaridad no se disimula y de hecho, asumo que no es la intención. Se vende como parte de la “risa”, de esa intención de mostrar que el sentido del humor nacional tiene mucha relación con la grosería, el mal gusto y el sexismo.

La idea está basada en una “travesura” semejante que se llevó a cabo en Rusia, aunque claro está, la página en cuestión decidió tropicalizarla, demostrar que en este país de “machos” manosear una mujer es algo habitual.  Divertidismo. Porque la “travesura” no puede ser interpretada de otra manera, mucho menos vista como otra cosa que una agresión. Y si tu que me lees, consideras que estoy exagerando, eres parte del problema. Porque lo que sugiere el supuesto “vacilón” del vídeo es una reiteración de la idea de la mujer objeto, la mujer como carnada sexual, la mujer que es parte de la cultura donde se vanagloria el machismo como identidad del hombre.  ¿Lo que dice parece feminista? No sé si lo es, en realidad no estoy analizando las implicaciones de mi irritación, de la sensación de vulnerabilidad que me produce el hecho que el cuerpo de la mujer sea menospreciado de la manera como el vídeo lo hizo. Porque no hablamos que fue un toqueteo consensuado  que fue un chiste donde la mujer y el hombre participaron para disfrutar de la sexualidad implícita en él. En el vídeo  se deja bien claro que la mujer puede ser tocada, que de hecho, ella lo acepta con toda facilidad y sin oponerse. Porque la identidad de la mujer que sugiere el vídeo tiene tan poco valor que puede ser violentada por un desconocido que simplemente asume que el manoseo del cuerpo femenino es parte de su derecho cultural.


De hecho, la supuesta “broma” esta concebida para asumir a la mujer como parte de un juego vulgar.  Parece quizás demasiado casual, evidentemente preparado la reacción, la poca naturalidad de las reacciones de las mujeres que el “héroe”  toca. Y no obstante, es quizás ese elemento tan elocuente lo que demuestra la opinión social sobre la mujer, la manera como deja bien claro que “tocar no está mal, mientras nadie proteste”,.  Resulta inquietante  lo que  significa que la agresión de una mujer sea considero una “travesura” según no solo la página sino todos quienes han comentado entre la asombro y la burla, lo “fáciles” que son las mujeres que protagonizan el vídeo. Asombra que el comentario general, sea celebrar el chiste, como si fuera un logro y un triunfo demostrar que la mujer Venezolana interpreta una violencia semejante como aceptable, que incluso ríe y apoya lo que parece ser una muestra evidente de lo que la cultura venezolana opina sobre su identidad de género.


Pero así somos, dirá alguien, como excusa. Así es la cultura del Venezolano “burlón”. Así es la visión de la mujer Venezolana sobre si misma. ¿Eso hace menos grave lo que muestra el vídeo  lo que implica que se haya concebido para demostrar que un hombre puede toquetear a una mujer y considerar que solo se trata de un juego sin consecuencias? No lo creo y es la idea admisión de culpa silenciosa lo que más me preocupa de todo esto.


Comenté el tema con un amigo. Me gusta escuchar la opinión masculina en estos temas. Luego de escuchar mi pequeño argumento irritado, se tomó unos momentos para pensar.

- Hablamos de un país donde en cada centro comercial hay ocho peluquerías y quizás una librería o dos. Un país donde se vende la cultura de la estética con una facilidad asombrosa, pero la mujer profesional se menosprecia. Le falta algo, insisten. Como si cojeara de una pata psicológica  - comenta. Mi amigo V. es lo que se podría decir un hombre progresista, en un país marcadamente tradicional como el nuestro. Criado en una familia numerosa, es uno de esos hombres que suelen llamarse "bien educado". Se cocina solo, insiste en que lo primero que mira de una mujer son sus ojos - y le creo - y además, está convencido que Venezuela es un país ultraconservador. Pienso lo mismo, aunque ambos concluimos lo mismo por razones distintas: Yo lo pienso porque la evolución de lo femenino ha sido lenta, trabajosa e incompleta. En cuanto a J. esta convencido que la mujer misma se asume así misma como la parte débil de la ecuación del sexismo.

- Pero no es algo que la mujer acepte - respondo - es una idea cultural que...

- La mujer lo acepta - me interrumpe con su voz de filósofo - en la medida que entra en el juego de los roles y papeles, en esa visión de si misma como parte de una identidad histórica. En Venezuela las mujeres son más machistas que los hombres.

Quiero protestar, pero me callo. Recuerdo el chiste irritante del almuerzo y el hecho que todos rieron, incluyendo a las mujeres que se encontraban allí. Y pienso también, en la despiadada dureza de lo femenino contra lo femenino en nuestro país. En la competencia un poco infantil que suele ocurrir entre mujeres, en la cruel visión de si mismas que la cultura alienta. Pienso en ese reportaje que leí, sobre la chica que murió por inyectarse biopolímeros porque deseaba "nalgas de mujer bella". En la amiga de mi madre que gastó todos sus ahorros para una cirugía estética que transformó su expresión en algo inquietante: sin arrugas pero sin historia. Pienso en esas niñas de quince años que piden como regalo de navidad un par de implantes. Y en la sociedad que las alienta, las obliga, las presiona. En el juego de mujer donde la mujer queda tan desprotegida como herida.

- La mujer Venezolana lucha como puede contra ese estereotipo, pero no siempre gana - dice entonces V., casi con tristeza - la pregunta que me hago constantemente es cuantas veces puede ganar y no desea hacerlo. ¿Quién quiere enfrentarse al prejuicio?

La idea me sobresalta pero es tan cierta que me duele. Continuo pensando en eso, mientras camino de un lado a otro por una de las zonas más exclusivas de Caracas. Hay un ambiente de falsa prosperidad allí y también, un ambiente falsamente femenino. Casi todas las mujeres son esbeltas, risueñas, de larga melenas onduladas, con el escote bien pronunciado para mostrar sus redondeadas curvas, quizás fruto del bisturí. ¿Quienes somos las Venezolanas? ¿Donde calzó yo en todo esto? me pregunto con cierto malestar. Miro a mi alrededor y pienso en los rostros que la cultura insiste en imponer, en el cuerpo que es parte de ese consumo de lo falsamente aceptable, de lo comercial que parece invadir incluso los espacios más intimos. Una vez leí, que en el futuro, todos estaremos a la venta para formar parte de lo normal. Miro el cartel enorme que cuelga entre las dos bellas columnas a la entrada del Centro Comercial donde me encuentro: Una mujer en un delicadísimo vestido rosa mira con ojos brillantes al espectador. Esta tendida en la cama, suplicante, vulnerable. Quizás deseable. Pienso en la mujer que soy, en la que quiero ser y que no tiene ningún parecido con ella, la que el mundo parece aceptar. Y me da miedo las implicaciones de ese pensamiento, de la idea que parece sugerir. ¿La transacción imaginaria entre consumo e idea personal ya se realizó?

No lo sé. Y me asusta encontrar la respuesta a eso.

C' est la vie.

1 comentarios:

UJU dijo...

Ya veo que no soy la única que es feliz en una librería y no en una peluquería.


Bea

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