martes, 15 de octubre de 2013

Del amor que nace y muere: El misterio más antiguo del mundo ¿Por qué nos enamoramos?






La primera vez que me enamoré tenía once años: sucumbí a los encantos de mi profesor de inglés, que tenía un extraordinario - y para mi, mágico - acento inglés. Por supuesto, no me prestó mayor interés y la cosa terminó bastante pronto: para ser exactos cuando conocí al guapo fotógrafo amigo de uno de mis tíos. Como me ocurrió con mi profesor, fue una agonía de sobresaltos y sonrojos que duró exactamente cuatro días. Y es que muy pronto descubrí que mi joven corazón - de bruja, diría mi abuela - era veleidoso, mal portado y sobre todo malcriado.

La primera vez que me enamoré de verdad tenía dieciséis años. Era la más joven de una clase Universitaria que me miraba como una rareza y sobre todo él, que tenía ojos grises, sonrisa de dientes saltones y se llamaba socialista, cuando eso no era mal visto. Me costó algunos meses convencerlo que no era una niña - aunque lo parecía - y que si era lo suficientemente madura como para que el sistema universitario Venezolano me engullera, también lo era para cosas tan adultas y emocionantes como las que imaginaba podíamos hacer juntos. Pero lo convencí y C. se convirtió en el Gran amor de mi vida.

Me hace reír que recuerdo la manera en que pensaba en esas palabras: lo hacia en mayúsculas, les aseguro. Estaba totalmente convencida, que C. y yo teníamos una larga y apasionada historia que compartir. Fue el primer hombre con que me acosté, al primero que le dije que lo amaba - en una escandalosa declaración de amor ardientes que a regañadientes escuchó todo el salón de clases - y el primero con que el pensé la palabra futuro. Pero muy pronto, comprendí que cinco años de diferencia pesaban mucho en nuestro caso. ¿Parece poco? No lo olvidemos: yo tenía unos pocos diez y algo y él unos bastante veinticinco. Poco tiempo, pero que en nuestro caso eran casi una década. De manera que ocurrió lo que todos sabían podía ocurrir, menos nosotros: la diferencia nos abrumó. Nos cortó a pedazos, nos robó esa intimidad cálida y cómplice de los primeros días. Algo ocurrió que terminamos mirando en direcciones distintas y cuando todo terminó - apenas dos años después de comenzar - me quedé preguntándome si siempre el amor sería tan amargo y bello, tan rápido y dificil de asimilar, tan complejo y atronador. Resultó que sí claro, pero como nada es tan simple, resultó también que es incluso algo más. Una idea demencial y tan natural como el agua que bebemos o nuestra forma de comprender el mundo. El amor, es de hecho, nuestra opinión sobre lo que vivimos, sobre lo que construímos o así lo creo. Así lo asumo. Así puedo soñarlo. El amor es todas las cosas que pueden ser y no son. Es la idealización de esa gran historia de muchas aristas que creamos cada día, que deseamos comprender sin lograrlo. Y tal vez por ese motivo, siempre continuará intrigandonos, desconcertándonos, dándonos en que pensar.

Al menos, a mi me hace pensar mucho. Por ese motivo, decidí escribir este artículo. Muchas de mis amigas se sorprenderán: siempre que puedo me burlo de su romanticismo, de lo que llamo su cualidad de invencible cursileria. Pero vamos, es bastante claro: el amor es un enigma para todos. El amor es esa gran pregunta que todos queremos responder, saltando de un lado a otro con el brazo extendido. Todos sabemos la respuesta ¿No? o eso creemos. Todos levantamos la mano, ansiosos de responder. Pero es probable que cuando ocurra, que cuando el pequeño milagro ocurra no sepamos que decir o como asumirlo. Ah caramba que eso suena cursi, pienso mientras lo escribo. Pero no importa. Quizás lo es - no lo dudo - pero también es una declaración de intenciones. Es una visión extraordinaria de lo que esperamos, de los que asumimos es nuestro yo más vulnerable y nuestra fe en lo que somos. Así que vale la pena escudriñar un poco, vale la pena hacernos preguntas, aunque no tengan respuestas.

Vale la pena sonreír.

Recién nacido: Olor a fruta fresca.


A B. la conozco desde que era una niña pequeña. Es la hija menor de mi vecina y la vi crecer: de la niña dientona y chillona, a una esbelta mujer muy bella. Cuando me siento junto a ella y su novio - un chico casi tan joven como ella como las mejillas llenas de acné - sonrío. La primera vez que vi a B. estaba berreando - literalmente -, aferrada a las faldas de su madre. Ahora sonreía - con todos sus dientes derechos - y parpadeó cuando le hice la pregunta.

- ¿Sobre el amor? - repite.
- Sí - insisto - sobre el amor ¿Que piensas que es?

Vuelve la cabeza. Su novio - quien después me contará es un aventajado estudiante de diseño y también un buen jugador de fútbol - la mira un poco agitado. Después intercambian un guiño cómplice. Ella desliza la mano en un gesto sutil y toma la de él.

- No lo sé. Me gusta tal como es - comienza ella. Me habla del amor que es él, el chico de ojos muy despiertos y cabello despeinado que parece ahora muy nervioso y también...feliz. Ah, que cosa tan bonita d ver, pienso. Y no es cinismo, lo juro. Bueno, si un poco. Me recuerdo a mi misma a esa edad, con la misma mirada arrebolada y medio confusa, mirando a C., tan hermoso. O a mi me lo parecía.
- ¿Él es el amor para ti? - pregunto con intención. Ella suelta una risita tímida. Él enrojece.
- Si y no - comenta - es decir, cuando lo vi me encantó que estuviera loco, que me hiciera sentir loca. Hacemos cosas que nadie entiende y eso me encanta. Nos gustan las mismas películas...
- Y la misma música - añade él. Un  detalle que tiene gran importancia, según parece. Ella mueve la cabeza, poniendo los ojos en blanco.
- Aja, sí. La música. A ambos nos encantan cosas muy parecidas. Y es genial, eso. De poder compartirlo con alguien que te guste tanto. Todo.

El amor como la complicidad, el amor como una creación de la imaginación que nos une a esa otra persona que parece resumir en si misma todas las manera de concebir lo que consideramos bueno. Eso queda muy claro mientras converso con la pareja: se tocan, juguetean, comparten besos rápidos y chistes. Y esa afinidad - misteriosa y hasta un poco exagerada - parece llenarlo todo. Envolverlos como una idea real y tangible. Claro, no nos olvidemos de las hormonas: todos recordamos como queman a esa edad. La sensación deliciosa y urgente de tocar, besar, acariciar. Todo mezclado con ese descubrimiento del otro yo, de la posibilidad que exista, sea, se construya, forme parte de lo que asumes es el mundo, es una idea plena de la identidad y algo tan intimo como la emoción. Los miro, tan jóvenes y frescos, tan hermosos y pienso que algún tienen un largo trecho por recorrer, por traducir del mundo real y el mundo ideal. Les faltan los encontronazos, los malos entendidos, los dolores. Les faltan los silencios bonitos y los feos. Les faltan las lágrimas y las carcajadas. Muchas más. ¿Qué es el amor entonces? B. suelta una carcajada antes de responder.

- Huele a cosas bellas. Y a sábados en la tarde. A... - se ríen juntos - es todo lo que podemos ser.

Suena profundo, para una pareja que suelta carcajadas de niños. Y quizás lo es.

Pero es cierto, también.


Adulto: Luz y sombra.

- ¿Quieres hablar del amor?

Mi amiga M. levanta la ceja, muy poco convencida de aquello. Mira mi libreta de notas, el teléfono grabando, mi expresión de seriedad. La expresión tensa. Definitivamente no le gusta nada lo que ve. Aprieta los labios. Se mueve incomoda en la silla. Espero.

- Del amor como tu lo ves - le explico otra vez. Ella se pasa el cabello detrás de la oreja y sacude la cabeza.
- No lo veo de ninguna manera.
- Fuiste muy feliz con...
- No lo nombres.

No lo hago. Recuerdo el día en que se contrajo matrimonio con R. : lluvia muchísimo y quizás eso fue lo más divertido. A mi me lo pareció. El grupo de amigos corrimos por el jardín de la Universidad Simón Bolivar, riendo a carcajadas. Yo me detuve para recuperar el aliento y los vi, bajo el torrencial aguacero. Una pareja muy joven y feliz, abrazados bajo la tormenta, dando saltos, con el carisimo vestido de satén empapado de lluvia y el velo manchado de barro. Él reía a carcajadas. De pronto, la tomó en brazos y corrió por el caminillo de piedras hacia la enorme casona más allá. Los miré, asombrada y fascinada por la escena, pensando en que la escribiría alguna vez, que deseaba atesorarla en palabras. Nunca creí que lo haría para contar que ocurrió después, para admitir como terminó la historia.

- El amor se acaba rápido - murmura M. - se acaba porque no soporta lo cotidiano. Eso no lo sabía cuando me casé. O no lo creía.

El divorcio casi tres años después de aquella memorable escena bajo la lluvia. Fue un proceso discreto: no hubo grandes batallas legales y emocionales. Tampoco tormentosas discusiones. Solo ocurrió. Un día ambos comprendieron que eran extraños compartiendo la misma casa, intentando reunir los trozos de algo mucho más grande que ellos mismos, roto sin que nadie comprendiera el motivo. Y cuando finalmente ocurrió - ella solía decir que la realidad los embistió - fue un alivio para ambos la soledad de las habitaciones vacías, de las palabras que nunca se dijeron, esa calma plomiza de lo cotidiano que se derrumba.

- ¿Te habrías casado de creer eso? - pregunto. Ella suspira, se mira las manos. Aun tiene una leve sombra de piel pálida donde llevaba el anillo de matrimonio. Y es esa pequeña huella de lo que fue algo mucho más grande, lo que me conmueve, lo que realmente me muestra la dimensión de su perdida. No solo hablamos del divorcio: hablamos de la perdida de la esperanza, del futuro, de los planes que se construyen sin que sepamos lo hacemos. De las cosas pequeñas que se olvidan y de subito se recuerdan. De las recuerdos perdidos para siempre.

- No lo descubres hasta que no lo padeces - me explica entonces - es imposible puedas creer que algo tan profundo y tan fuerte, pueda simplemente desaparecer. Que el deseo, que el amor, que la complicidad, que todo lo que te une a alguien más pueda desaparecer tan rápido. Desaparecer que no queda un solo rastro, y te preguntas si existió en realidad.

La idea me produce escalofríos. Me quedo un poco desconcertada por ese pensamiento: ¿Puede algo tan intenso desaparecer sin más? Los recuerdo otra vez, riendo bajo la lluvia. Abrazados, entre besos. La sensación de esperanza radiante. ¿Qué ocurrió para que todo terminara en esa huella solitaria en el dedo de M.? No me atrevo a decir nada más. Miro mis notas, mis pequeños garabatos intentando explicar ese enorme vacío de lo que ya no existe y me siento tan incapaz de comprender su sentido que termino arrancando la página y arrugandola entre las manos. Luego se la extiendo a M. que toma el pequeño papel arrugado y lo arroja a una papelera cercana, con muy buena puntería. Entonces empieza a llover. No la lluvia torrencial de la escena inolvidable, sino una muy pequeña, casi imperceptible. Lágrimas blancas, le llamaba mi abuela. Que conveniente me parece el nombre ahora.

Vejez: Todas las historias en un suspiro.

Mi bisabuela era una mujer de armas tomar. O eso dicen en mi familia. Murió cuando yo era una niña pequeña y solo conozco de ella las historias muy exageradas que se cuentan en casa. Porque mi bisabuela Felipa era una mujer "macha", a la manera que se entiende ese término en Venezuela. De muy jovencita sufrió de Polio y cojeaba de la pierna derecha, lo que no evitó que viajara por el país en una época donde eso era una travesía accidentada, comprara algunas tierras cultivables en Barinas y llevara adelante un pequeño negocio de venta de carne que próspero por años bajo su buena cabeza para los negocios y su sagacidad. Era una mujer inteligente, una extraña para su época, y también muy solitaria.

Mi bisabuelo Juan,  por otro lado, era un hombre de pocas palabras y muy tradicional. Era un hombre enorme de piel oscura y sonrisa blanca que todos respetaban por su serenidad y sentido común. Había venido de las Antillas Holandesas para trabajar y no tenía intención de contraer esposa. Mucho menos una "solterona" de treinta años que tenía problemas para caminar, gritona y mal hablada. Pero fue precisamente lo que hizo. Una vez, mi abuela - la bruja, la sabia - me comentó que mi abuelo solía decir que lo de ellos "fue amor a primer grito".

- ¡Se gritaban todo el día! - me contó entre risas. Mis tías y mis primas mayores estallaron en risas al escucharla - no se podían ni ver ni de cerca. Él quería trabajar en una de las Tierras de Felipa pero ella no se las quería vender, a pesar que estaban ociosas y descuidadas. Insistió, primero muy caballerosamente y después, la llamo "Loca". Felipa enloqueció...

Más risas. Yo, que tenía dieciséis y estaba abrumada de amor por C., con quien también me llevaba malisimo y peleaba mucho - sabía como terminaría aquello.

- Se casaron justo a los diez meses de conocerse - dijo mi tia E. - fulminante. Y tu tio Gumersindo nació a los nueve meses exactos...o un poco menos.

El coro de risas se hizo más fuerte y esta vez, yo también reí. Y es que me encantaba la imagen de mi abuela Felipa - a quien recordaba en las fotografías que había visto de ella, muy seria y anteojuda, mirando la cámara sin sonreír - llena de ese amor salvaje y extraño que te deja sin aliento, que te convierte en alguien más. Del abuelo Juan me lo podía imaginar. Tenía algunos vagos recuerdos suyos y siempre sonreía: sus ojos negros como el ébano siempre chispeaban de buen humor.

- Fueron muy felices. Pelearon mucho, se separaron más de una vez - contó mi abuela - se gritaban a toda hora. Se besaban también. Tuvieron diez hijos y fueron felices. A su manera. Entre peleas, gritos y lágrimas. En las cosas pequeñas y las grandes.

Sí, eso lo sabía. Mi bisabuela sufría de problemas cardíacos y sufrió tres antes de morir. Al final, tuvo que abandonar su oficina de hacendada y sus vicios - coser, montar a caballo y viajar - y languidecer en cama, hasta que finalmente la tristeza la mató. O eso insistió mi bisabuelo, que la cuidó hasta el último día de su vida y lloró como un niño el día que la despidió.

- El amor se crea todos los días - dijo mi abuela, un poco más tarde ese día. Estábamos sentadas juntas, mirando una fotografía de Felipa, sentada junto a Juan y rodeada de sus hijos. Una familia normal, que sonreía a la cámara. Mi tio Gumersindo de pie, con pinta de incómodo en su traje de muchacho grande y mi tio Vicente, el menor arrastrándose por el suelo. Mis tías rodeaban a mi abuela y una de ellas hacia un gesto gracioso a la cámara. Y pensé en el amor, no como una promesa, sino una obra que se crea a diario, que se construye con esfuerzo. Que es todos los despertares y los días que se olvidan. Las horas de mal humor y también las sonrisas. Todas las cosas que se atesoran, las que te hacen comprender esa belleza diminuta de lo cotidiano. Un sueño tan amplio que excede lo simple y sin embargo, tan natural que somos incapaces de explicarlo en realidad.

La primera vez que me enamoré pensé que era siempre. Y después comprendí que no. Tal vez, la maravilla de ese misterio de todos los días sea ese: aprender que lo infinito tiene el olor de un amanecer, de la vida que se crea, del tiempo que se olvida y sobre todo el que se recuerda. Una manera de comprender nuestra identidad, quién sabe. Una manera de soñar.

C'est la vie.


2 comentarios:

Juliana Gutierrez dijo...

Que buen post!
Me encantó, que narrativa y que maravillosa esa sensación que se siente al leer, parece una charla de amigas ósea yo me senti metida e involucrada!
Yo solo se q creer en el amor me salva día a día de mí principalmente y de la rutina que tiende a crearse, disfrutar o sufrir siempre hay opciones y eso lo hace intrigante!

Alberto Platania dijo...

Excelente post, me gusta el enfoque que le das y lo bien narrado que esta todo, uno se siente parte de las historias y sobretodo se identifica con algunos personajes.

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