sábado, 26 de octubre de 2013

El Lenguaje de la Luna: La historia de la bruja que fue bendita con el primer cabello blanco.




Me miro en el espejo. Entre los rizos oscuros y abundantes de mi cabello, el único cabello plateado es muy visible. Sonrío, con una sensación singular y nostalgica. El tiempo comienza a darme obsequios de sabiduría, pienso, mientras enredo los dedos en el mechón. No puedo evitar recordar esa antigua creencia entre las mujeres de mi casa que la primera cana simboliza que hemos aprendido lo suficiente del lenguaje de la Diosa para enseñarlo. Me pregunto si realmente es así, si he avanzado tanto en mi camino como mujer creadora, como fiel creyente de los paisajes interiores de mi mente, como bruja, para poder mostrar el camino a otros. Y la respuesta no es sencilla. Mucho menos evidente, pero quiero pensar que puedo encontrarla, o quizás hacerme más preguntas que me ayuden a comprender mejor este pequeño prodigio de asumir el inevitable paso del tiempo como una forma de sueño a medio crear.

Me inicié a los once años. Era muy pequeña aún para entender realmente el camino en que comenzaba, pero tenía una idea muy clara: quería ser una bruja. Eso fue lo que le dije a mi abuela, allí, en el jardin de su vieja casa. Me encontraba de pie a frente a ella, llevando el viejo vestido blanco que había pertenecido a mi madre, rodeada de mis tias y mis primas. Y estaba todo lo asustada que puede estarlo una niña ante una ocasión tan solemne. Llevando una corona de flores de Azar ceñida a la frente y su cinto de sacerdotiza, mi querida abuela - la bruja, la sabia, la eterna - tenía un aspecto imponente.

- ¿Por qué quieres serlo? - preguntó. Su voz me sobresalto, en la oscuridad del jardin, subitamente misterioso. Bajo la luna, todo tenía un aspecto ultraterreno: los árboles de ramas retorcidas, la muralla de las rosas, incluso los rostros de mis parientes más queridas, que me acompañaban esa noche como testigos de un ritual más viejo que cualquiera de nosotras. Me pareció de suma importancia esa pregunta - lo era, claro - pero aún más, la firme convicción que debía responder mis propios cuestionamientos. Porque allí, en esa soledad de hojas de plata, en esa visión del enigma que se abría ante mi, tuve un curioso pensamiento.

Podría decidir no dar el gran paso. Podría pedir a mi abuela comprender mi temor, esta sensación de vulnerabilidad que me llenaba mirarla y preguntarme si podría llegar a ser como ella. Extender las manos y tomar las suyas, para pedir consuelo a mi debilidad, para explicarle que aún era muy pequeña para asumir un compromiso semejante. No lo pensé entonces en esos terminos, era muy joven para hacerlo, pero aún así, la idea era clara. Era evidente. Había un camino parpadeando ante mi, entre las sombras de la luna medio escondida entre los árboles. ¿Quién soy? ¿quién quiero ser?

Tomé una bocanada de aire. ¡Estaba tan asustada! Me lleve las manos al cuello, rocé con los dedos el pentáculo de plata. Miré la Luna, radiante en un cielo azul añil. Y pensé en mi más allá de todo simbolo, de toda herencia. Pensé en mi misma como la niña descalza y temblorosa que aguardaba en la oscuridad. ¿Quién eres Aglaia? ¿Qué camino quieres recorrer? No lo sabía, y me pregunté si eso era bueno o malo. Si podría significar algo más que esta incertidumbre, o incluso, esta sensación de simple angustia. ¿Quién soy ahora mismo? La manos apretadas sobre el vestido blanco, los dedos con simbolos antiguos pintados en tinta negra. ¿Quién deseo ser? ¿A donde me llevará el conocimiento? ¿Quién seré?

Y me miré con los ojos de mi mente. Me miré tan clara que me sobresalté: La mujer que sería, quizás muy parecida a mi prima M., que me miraba en silencio de la oscuridad, con su largo cabello negro trenzado. O sería como mi tia E. discreta y severa. O incluso como tatarabuela P. con sus ojos claros y ese conocimiento suyo de la vida como un sueño. ¿Quién sería una vez que diera el paso? ¿Quién me esperaba entre las sombras del bosque del futuro? La identidad de la bruja se alzó ante mi, se desdibujó en la noche y se creó así misma. Se enredó en pensamientos y deseos. Y contemplé a mi abuela, con su cabello rojo entrecano, los ojos color miel entrecerrados, aguardando. ¿Quienes somos?

Yo sé lo que soy, pensé entonces. Y lo que quiero ser.

- Porque así nací y quiero seguir siendolo. Soy una bruja - dije. Que irritante mi vocecita temblorosa, que vergonzoso el sudor en mis manos cuando las extendí para tomar las de mi abuela. Pero ella, magnifica, comprendiendolo todo, apretó mis dedos con una calidez que consoló todo temor, que me regaló una nueva sensación de fe. Cuando sonrío, yo también lo hice.

- Recorre entonces, el camino de los misterios - murmuró. El sonido del viento entre los árboles, las sombras triples moviéndose de un lado a otro en la tierra desnuda. Caminé en la oscuridad, las manos extendidas. Asumiendo lo que me esperaba más allá.

Toda bruja que se inicia en la tradición de la Brujeria - al menos, la que practicamos en mi familia - debe llevar a cabo un ritual  donde la bruja debe confiar en el corazón, escuchar el viento y fortalecer su espíritu con conocimiento para comprenderse así misma. Una vuelta al origen. Consiste en caminar con los ojos vendados en una habitación a oscuras y confiar en que encenderás las 7 velas que simbolizan los 7 años de aprendizaje que esperan por ti. Obviamente, el ritual que yo realicé fue en el jardín desordenado de la casa de mi abuela, bien protegida por mis tías y primas. Pero hace siglos, la bruja debía andar en el bosque, conteniendo el impulso de descubrirse los ojos y confiar en que podría superar los obstáculos: la piedra con que tropezaba, el animal al acecho, su propio miedo.

En mi caso, caminando con las manos extendidas, temblando de miedo, aprendí que el poder de tu ideal te supera. Una idea profundamente femenina, porque somos espíritus esencialmente creadores. No creo que se deba solo a nuestra capacidad de dar vida - que es, claro, uno de los motivos más evidentes - sino esa convicción que el mundo puede reconstruirse, mejorarse, enaltecer las convicciones. Caminé con la boca seca de miedo, pensando en la oscuridad que me rodeaba, en el silencio de mi abuela y del resto de las parientes que me acompañaban, quizás recordando su propia experiencia o asumiendo que somos parte de una misma idea del mundo que ahora me heredaban. No sabía porque sentía tanto miedo: no había motivo para experimentarlo con tanta intensidad. Pero lo sentía: un escalofrío helado recorriendome, el corazón palpitandome muy rápido. Tan pequeña y torpe. Tropezando. Preguntándome si podría lograr encender las siete velas sin quemarme los dedos, si podría dejarme guiar por lo que había aprendido meses haces sobre ese ritual. Y me imaginé solitaria, al borde mismo de mi identidad. Con once años no lo pensé de esa manera, pero si sentí que era anónima, que era poderosa por esa misma ausencia de nombre y significado. A solas, en la oscuridad, con la esperanza de recibir un aprendizaje que consideraba muy valioso y meritorio, caminé descalza sobre la tierra húmeda, aspirando su olor. Y sentí la cercanía de la Diosa. No una figura distante, una divinidad misteriosa emergiendo en la oscuridad, sino esa convicción que era perfectamente capaz de continuar, a pesar del miedo. Me caí un par de veces. Me levanté. La saya blanca que me quedaba un poco grande se me enredó con las ramas secas de las plantas que se enroscaban entre el muro. Pero continué, imaginando el camino, sintiendo a la Diosa en mi piel, a esa energía de creer y confiar con pasión. Extendí las manos y tomé las cerillas, y recordé haberlas visto en la cocina de mi abuela. Una cajita pequeña, de cartón, con la imagen de una Virgen cuyo nombre no conocía impresa. Y reconocí esa extraña sincronía - otra vez la palabra - de las cosas que ocurren por su propio impulso, que son, que existen. El chisporroteo del fósforo contra la yesca. El color del fuego. Pequeñito, recién nacido, como mi fe. Extendí la mano temblorosa y lentamente encendí una vela. Escuché el siseo del fuego, paladeé su olor. Me moví, con lentitud, encendiendo cada vela, cada vez más consciente del poder de creer y confiar. De esa intima satisfacción de construir mi propia visión de la realidad. Siete velas encendidas en mis párpados cerrados. Cuando encendí la última retrocedí y me tropecé con mi abuela. Estuvo allí todo el rato, pensé, sintiendo tus manos callosas, fuertes y cálidas, de curandera, de cocinera, de mujer fuerte y espléndida, acariciándome la cara.

Me sostuvo con un abrazo firme. La abracé, llorando y riendo sin saber por qué lo hacía en realidad. Tal vez se debía a muchas cosas que en ese momento no podía explicar realmente: felicidad y tristeza, asombro y miedo. Todo a la vez y confundiendose en una sensación de portento inexplicable. Mi abuela apoyó su mejilla en mi cabeza, un gesto intimo y amoroso que siempre recordaré y me secó las lágrimas con los dedos.

- La sabiduría que ahora recibes, comprendela con los años, celebrala con la sonrisa y construyela con la pasión - murmuró. Y aunque sabía que se trataba de una invocación, una antigua bienvenida a la bruja más joven del circulo de la Diosa, tuve una nítida sensación de intimidad en esa frase, como si fuera exclusivamente mía. Quizás lo era, pienso ahora, sonriendo al recordarlo, una bienvenida siempre es joven en lo que se renueva y se construye cada día.

Porque la Brujeria ha sido a menudo definida como un arte, pero rara vez como ciencia y muy pocas veces como herencia. Pero en realidad, es pocos de todas esas cosas y más allá: es la esperanza de mirar el mundo a través de las ideas más personales, una intimidad exquisita con esa región de nuestra mente que nos define, que nos brinda una forma de fe y más allá, refleja el poder oculto en nuestro espiritu. Somos brujas, las herederas no solo de un antiguo arte, sino además, el nuevo rostro de una antigua convicción.

Me trenzo el cabello con cuidado, dejando la cana bien visible. Me gusta mirarla: la luna se refleja en mi como un tipo de sabiduría tan intima que carece de nombre, que se construye asi misma a diario, como un sueño a medio recordar. Y quizás es esa convicción de la semilla que crece en mi alma, abriendose paso a través de mi historia y mi identidad para elevarse a un cielo extraordinario e infinito, sea una de esas enseñanzas que no se olvidan jamás.

C'es la vie.

1 comentarios:

Libicni Noemi Rivero Ortiz dijo...

Hermoso me conmovió este post me robo un par de lagrimas. El 31 de octubre es mi cumpleaños ya solo faltan un par de días es hora de celebrar esas poquitas canas que estan allí en el lado derecho de mi sien.

Saludos cordiales Aglaia.

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