miércoles, 16 de febrero de 2011

El Despertar de la Diosa Blanca




En el 2011 se cumplen sesenta y tres años de la primera publicación del libro más difundido de Robert Graves (1895-1985), como fue su ensayo titulado La Diosa Blanca. Profundamente influenciado por el libro La Rama Dorada del antropólogo escocés Sir James Frazer (1854-1941), Graves expuso que la relación entre el poeta y su fuente de inspiración, y originalmente su musa, es una reminiscencia del culto a una supuesta diosa madre, siendo la poesía una invocación a aquella. Esta diosa madre primitiva y arquetípica habría estado presente en el imaginario del ser humano no tanto como una religión primitiva como sí una representación del misterio de la fecundidad, base de las sociedades matriarcales. Se ha tildado a La Diosa Blanca de tratarse no más que de una tesis especulativa y carente de base científica, por lo que esta teoría ha sido más o menos dejada de lado por las ciencias sociales modernas. Sin embargo, los argumentos del poeta inglés merecen constante revisión en virtud de su contundencia.

Auge y decadencia de la Diosa Madre:

Si bien es difícil comprobar la existencia o no de un culto a la feminidad en el paleolítico, hay gran cantidad de evidencias arqueológicas de su existencia en el neolítico (c. 7.000 al 4.000 a.C.), período que aporta algunas luces al respecto de su posible origen. Con el paso de las sociedades cazadoras-recolectoras al surgimiento de la agricultura y domesticación de animales, la fertilidad cobró importancia y presencia concreta en el desarrollo del pensamiento simbólico humano. Prueba de esto la dan los incontables restos de estatuas y objetos rituales relacionados, con clara supremacía de figuras femeninas que datan de este lapso y que han sido halladas a lo largo y ancho de todo el mundo.


Las huellas de la diosa madre primordial se mantuvieron en las culturas de la antigüedad, aunque fueron perdiendo terreno producto de la ascensión de la figura del varón como motor del progreso urbano. Podemos presumir que el perfeccionamiento de los medios de producción, el desarrollo de los asentamientos que dieron origen a las primeras ciudades y el comercio como labores eminentemente masculinas desplazaron a la mujer; el hombre le habría quitado a su compañera el liderazgo de la labor agrícola y la relegó al cuidado de la prole. Los cultos religiosos viraron hacia panteones con dioses masculinos a la cabeza, si bien la mayoría de las civilizaciones clásicas contaban con diosas arcaicas cuyos atributos fueron a la postre arrebatados por otras divinidades más acordes al orden que se estaba estableciendo. Así ocurrió con el culto a Mut en el Egipto del tercer milenio a.C., diosa relacionada con las aguas, madre creadora del mundo; con el tiempo su representación fue asimilada a la de la diosa Hathor, y ésta luego a la de Isis, como integrante de un panteón ya más complejo de dioses. Semejante situación ocurrió también en Mesopotamia con las diosas Tiamat e Ishtar. El culto a la fertilidad implicaba con frecuencia ritos donde el sexo era el elemento capital.


El Rapto de Europa:


El triunfo del orden masculino y ganadero sobre el femenino y agrícola puede adivinarse en la estructura de los pueblos indoeuropeos de la edad del bronce, los que una vez salvado este hito trascendental conformaron un modelo de sociedad patriarcal, originalmente seminómada y fuertemente jerarquizada. Georges Dumézil estudió en profundidad la cultura y los mitos indoeuropeos, estableciendo que se trataba de pueblos con una marcada división de clase, habiendo un estrato clerical influyente, una casta guerrera con códigos y ritos iniciáticos propios, y una clase de base agrícola y doméstica. Una lectura diferente de ciertos mitos griegos parece avalar esta hipótesis, y es así como se ha querido ver el rapto de Europa por un Zeus con forma de toro, o la posesión bestial que este mismo animal hizo de la princesa Pasifae, como una representación de la victoria de la vida ganadera sobre la cultura matriarcal cretense.


La extensión de grupos indoeuropeos en Europa habría además significado un cambio drástico en el sistema de creencias, con la consiguiente imposición de cultos politeístas y centrados predominantemente en el aspecto masculino de la naturaleza, lo que tiene su correlato en el hecho de que lo varones jerarcas eran los actores principales de este nuevo tipo de sociedad. Por ejemplo, Potnia Theron y Cibeles (“Señora de las bestias”) eran las respectivas diosas minoica y frigia de un culto de raíces prehistóricas, extendido en gran parte del mediterráneo oriental, y cuyos aspectos fueron reemplazados en gran parte por la más reciente diosa Artemisa, que en su calidad de virgen no incluía el carácter sexual del culto femenino. Otro tanto ocurrió con la decadencia del culto a Deméter (“Diosa madre”), el que probablemente databa del neolítico. Deméter era la diosa de la agricultura, simbolizaba la vida y la muerte, y era piedra angular de los misterios eleusinos que precedieron la mitología olímpica. En el hinduismo, la dimensión femenina de la divinidad sobrevivió en la tradición védica con el nombre de Devi o Shakti en sus múltiples formas. Otras culturas indoeuropeas politeístas absorbieron muchos de los cultos a lo femenino enraizados en Europa desde el neolítico. De este modo ocurrió con la diosa celta Danu, cuya adoración estaba extendida por casi toda Europa, o la diosa Freyja en tierras nórdicas.



El aspecto sexual de la diosa madre, fue separado de las otras dimensiones de la diosa, y canalizado a otros cultos que fueron haciéndose cada vez más reducidos y controlados, en virtud del desenfreno sexual a ellos asociado. Por ejemplo, Afrodita capitalizó en Grecia, como su contraparte Venus en Roma, el aspecto erótico de los ritos antiguos, dejando otras proyecciones de lo femenino a entidades como Hera, Artemisa o Gea.


Metafísica y monoteísmo:


El cambio radical y definitivo vino con el advenimiento de las religiones morales y monoteístas. Las culturas semíticas son herederas de un arcaico sistema de tabúes estrictamente ritualizados, de lo que da prueba actualmente la ortodoxia judía y el Islam, y la figura patriarcal acabó consolidándose como arquetipo de lo divino con más fuerza que los también estructurados pero politeístas credos indoeuropeos. La sexualidad, antaño parte fundamental de los ritos arcaicos de fertilidad, se transformó en una función utilitaria, relacionada con el descontrol que producen los instintos naturales, en consecuencia con la culpa, y más tarde con el pecado. La idealización metafísica del alma humana sobre el cuerpo, concepción que el cristianismo primitivo hizo suya desde el neoplatonismo, subrayó y dogmatizó el entendimiento de la carne como prisión despreciable, y de la genitalidad como una mancha, una mácula.



El desprecio al cuerpo comenzó a tomar vigor con el surgimiento de la filosofía y la metafísica. Con el auge del comercio y tras favorecerse el contacto entre culturas muy dispares entre sí, las viejas formas de pensar fueron sometidas a comparación y discusión. A la par con el nacimiento de la filosofía occidental, en muchas regiones del mundo conocido quedó patente la necesidad de dar mayor énfasis en los sistemas de creencias a los aspectos éticos y morales de la vida humana. Karl Jaspers identifica esta especie de shift del pensamiento con un período de la historia que denominó el “Tiempo-Eje”, ocurrido aproximadamente entre los siglos VII y V a.C. Así, mientras Jenófanes criticaba el antropomorfismo de los dioses en Grecia, y tanto Parménides como Heráclito daban comienzo a la discusión todavía vigente sobre el problema del Ser, en Palestina la religión hebrea cobraba su forma definitiva. Para entonces, cada vez más escasos rastros de la diosa madre quedaban en las religiones formales y populares. El género femenino es un recordatorio constante de la corporalidad a un punto que obstaculizaba el pensamiento de filósofos, religiosos y gobernantes; como un molesto cable a tierra que debía mantenerse en un segundo plano, tanto en la vida social como en la espiritual. Así fue.


El monoteísmo no sólo exigía exclusividad de culto, sino también un nuevo orden que debía comenzar con abolición del culto a la fertilidad. La mujer chamán o sacerdotisa, especie ya rara en tiempos del cristianismo, se redujo a la categoría de bruja en el sentido peyorativo del término, representante de aquello a lo que hay que temer, al misterio de lo maligno, a la noche y la oscuridad primordial. Sin embargo, erradicar a la diosa madre del inconsciente colectivo —en términos de Jung— era una empresa mucho más complicada que la simple y macabra persecución de paganos y herejes. El cristianismo tuvo que hacer algunas concesiones en aras de su difusión, de manera que se puede ver hoy en la veneración católica a la Virgen María, reminiscencias maquilladas de un culto abandonado. Entre otros apelativos, María como madre de Jesús ostenta títulos que sugieren su solapada condición divina, como el de Regina Cœli o el de Θεοτόκος. La Reina del Cielo puede entenderse como la diosa madre que rehusó desaparecer del imaginario colectivo, y se adecuó a los nuevos requerimientos de la religión imperial. Aun así, en el siglo XXI la mujer permanece impedida de ejercer el sacerdocio en la Iglesia Católica.


Lo sagrado en lo femenino: conclusiones.


Al revisar la evolución de las creencias a través de los siglos, queda de manifiesto cómo se ha llegado a determinadas formas de pensamiento para hacerlas compatibles y concordantes con un orden social establecido. Hoy damos por sentado que toda doctrina puede ser cuestionada, así como el poder que de una u otra manera se sustenta en ella para legitimarse. Sin embargo en tiempos remotos, cuando las sociedades primitivas comenzaban a estructurarse de la manera jerárquica que ahora nos es tan familiar, el entramado de las comunidades debía tener su correlato en las explicaciones que se tenían de la realidad, y esta condición debió instaurarse al costo que fue necesario. En los últimos milenios, aunque innumerables dioses se han creado y otros tantos han pasado al olvido irreparable, da la impresión que la imagen de la diosa madre sigue presente. Sin ir más lejos, en el credo católico mismo, tan difundido en Occidente, la imagen de la Virgen María pareciera gatillar en el creyente una sensación de cercanía, tradicionalmente de mediación con lo divino, pero en lo vivencial ligada a un profundo sentimiento de protección que proviene de una madre arquetípica omnipresente en el inconsciente.


Desde una perspectiva laica, debe entenderse que lo sagrado no está necesariamente relacionado con lo religioso, es decir, no es monopolio de esta manera de ver el mundo. Por otra parte, lo religioso sí tiene un origen en la aparición de misterios durante el reconocimiento que el ser humano hace del mundo, y que es a su vez el origen de lo sacro. La vivencia de lo sagrado es producto del asombro del hombre ante el espectáculo que —para su entendimiento— es el universo que habita. Cuando en su cancionero apócrifo Antonio Machado afirmó que «la mujer es el anverso del ser. Sin mujer no hay engendro ni saber», en pocas palabras nos dijo que ella ha sido y es la fuerza generatriz de lo humano, la representación de la eterna búsqueda, característica propia de nuestra especie. Es comprensible que el género humano haya identificado en la mujer la generación constante y ubicua del cosmos: vio en lo femenino un símbolo y una realización de lo sagrado. Si asumimos que el pensamiento mítico responde a su propia lógica, la presencia de la mujer resulta natural, pues nos evoca el misterio de la vida aún hoy en día, cuando confiamos que la ciencia es llave de muchas puertas. La capacidad de maravillarnos, no obstante, más que racional es emocional.

3 comentarios:

Angie Simonis dijo...

¡Bravo por la síntesis! Imagino que conocerás la obra de Baring&Cashford o la de Jacquetta Hawques... Me gusta tu estilo. ¿puedes contactar conmigo? Tengo una propuesta que hacerte sobre una publicación...

Gabo El Malo dijo...

quizas podriamos considerar los argumentos del poeta validos en un entorno netamente poetico y romantico, mas tiene inexactitudes antropologicas que mas parecen un intento de llevar las religiones politeistas a un encuentro con el monoteismo o un dualismo que pudo ser un intento de apoyar a las mujeres en sus luchas por sus derechos(solo tenemos que ver en que año fue escrito), lo cual no le resto valor simplemente que muchos en la comunidad pagana lo ven como un documento historico indiscutible y eso me lleva a dudar de su pertinencia como tal.

creo que existen las diosas(en plural y diferenciadas) no una sola unica abstracta y todo en uno diosa

Miss B dijo...

Yo creo Gabo, que el papel histórico / literatario / semiótico / cultural de la identidad de la Diosa debe diferenciarse de su identidad religiosa, algo por completo distinto. Es decir, entiendo por completo tu planteamiento, pero en el texto, nos referimos a la Identidad de la Diosa COMO parte de un discurso cultural coherente, formando parte social de lo que es la idea de la religiosidad. Como menciono en el último párrafo "Desde una perspectiva laica, debe entenderse que lo sagrado no está necesariamente relacionado con lo religioso, es decir, no es monopolio de esta manera de ver el mundo"

En cuanto a sobre como lo entiende las variadas y muy plurales comunidades paganas, es ya un tema aparte y de amplia discusión.

Saludos!

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