domingo, 16 de noviembre de 2014

De la pluma del Cisne y otros cuentos de brujería.




En casa de mi abuela, casi nunca se hablaba de la muerte. De manera que cuando la tia Algerita murió, me sorprendí. Tenía nueve años y no tenía idea de lo que estaba ocurriendo o en todo caso, como debía afrontarlo. De pronto sentí que la vida a mi alrededor, esa saludable sensación de renovación y renacimiento que siempre me había brindado la casa, se convertía en otra cosa. En algo que yo no comprendía muy bien.

Tia Algerita no era en realidad mi tía. Era la tia de mi bisabuela y uno de esos parentescos confusos que suelen haber en las familias muy grandes. En todo caso, yo sabía muy poco de ella: la recordaba como una señora muy gorda, de risa dulce y mejillas sonrosadas. Había visitado la casa un par de veces desde su natal Italia, la última al llegar a Venezuela para pasar lo que llamó "sus últimos años de tranquilidad". Yo la había escuchado un tanto sorprendida, mirandola con disimulo desde el rincón de la cocina donde leía. Me gustó su cabello castaño ralo, sus ojos verdes y tristones - como los de un Basset, pensaría después, aunque luego me parecería muy grosero pensar sobre la tia en esos términos - y sobre todo, esa forma de hablar suya tan exótica, con el acento italiano bien marcado en su voz límpia y bien timbrada. Más que hablar, parecía cantar. Y eso si me pareció un pensamiento que la tia Algerita mereciera.

Cuando murió, me enteré casi por accidente. Encontré a mi bisabuela llorando a su manera discreta y casi avergonzada, y a mi abuela con expresión triste, conversando en voz bajas con las hijas de Algerita, que ahora se quedaban con nosotras. Cuando le pregunté a mi prima M. que pasaba me miró con impaciencia.

- Tu nunca sabes nada.
- Y si tu no me lo dices.
- La tia Algerita murió, tenía cáncer.

Ah vaya, esa palabra si que la conocía. La relacionaba con el olor a hospital, cabezas calvas, ojos tristes. Y llanto, claro. En una ocasión, el padre de una las niñas del colegio había enfermado. Había sido algo súbito, que nadie había esperado podía suceder. La abuela me había dicho que era de buena educación visitar a la familia, de manera que me acompañó. La madre de mi amiga estuvo feliz de vernos y nos recibió con café y una conversación entre susurros. La niña, a quien yo no conocía demasiado, pero me simpatizaba, me miró con cansancio cuando le pregunté como se sentía.

- Tengo mucho miedo. Creo que se morirá pronto.

No nombró a su padre, como si le resultara intolerable hablar de la muerte y su padre en la misma frase. Por entonces, yo no tenía idea real sobre la muerte. Sólo sabía que se trataba de un ausencia silenciosa, un dolor inexpresable. Me quedé muy quieta, mirando a mi amiga llorar con los hombros inclinados.

- ¿Te ayudo con algo? - pregunté. No sabía que otra cosa hacer. Me pregunté si la reconfortaria jugaramos un rato o nos sentarámos a leer. En cambio, ella me tomó de la mano y fuimos hasta la habitación del padre enfermo. Lo miramos a través de la rendija de la puerta.

Me sobresaltó el cambio del padre de mi amiga. Le recordaba orondo y de risa fácil: ahora era un hombre cadaverico, que respiraba con dificultad entre las sábanas. Tenía el rostro pálido y cansado, las manos como ramas aferradas a la sábanas. El olor a su cuerpo enfermo me golpeó como una vaharada, recordándome la debilidad, el aroma orgánico de la fiebre.  Retrocedí, con las lágrimas cerrandome la garganta, pero sin atreverme a derramarlas. Mi amiga sacudió la cabeza, angustiada. "Se ira pronto" dijo mi amiga con las manos apretadas contra el rostro. ¿A donde? quise preguntar, pero claro está, no lo hice. Sabía que ella no podría responderme.

El padre de mi amiga había muerto dos semanas más tarde. Unos meses después, ella y su madre se habían mudado a otro lugar. De vez en cuando, miraba su pupitre vacío y pensaba que cuando alguien moría, el mundo a su alrededor se convertía en una ausencia silenciosa, dolorosa. No lo pensaba en términos tan complejos, desde luego, pero si sabía que había un  vacío infinito, inquietante y abrasador más allá del llanto y el dolor.

Pensé en todas esas cosas cuando Tia Algerita murió. A solas, sentada en mi habitación sin lograr leer mis libros favoritos, obsesionada con la idea de la ausencia. Porque de eso se trataba ¿verdad? La muerte era una puerta abierta a ninguna parte, era una palabra que ya nunca podría decirse. Un largo pasillo en sombras. La idea me asustó, me obsesionó, me lastimó. De pronto a mi alrededor, todo parecía impregnado de esa sensación de dolor, de angustia sin límite ni confín. Era como descubrir de pronto que bajo los brillantes colores de la vida cotidiana había algo más doloroso, lóbrego, duro de comprender.

- Todos nos vamos a morir alguna vez - dijo mi prima M. con su habitual insolencia - pero ¿para qué pensar en eso?

Yo si lo pensaba. Sentada en la cocina, mirando a mi abuela cocinar, quise preguntarle al respecto, pero no lo hice. Por esos días, se le veía un poco cansada y pesarosa, como si cargara un peso invisible que le llevara esfuerzos soportar. Su piel radiante tenía un aspecto un poco pálido e incluso sus manos agiles, parecían un poco torpes, como si no pudieran encontrar el movimiento correcto para expresar la angustia que abuela sentía. Asi que me callé, un poco abrumada y aturdida, incapaz de ordenar los cientos de pensamientos que me atormentaban.

- Agla ¿Me escuchas?

La abuela me miraba con la cabeza ladeada. Al parecer, me había llamado más de una vez. Tragué el sorbo de café con leche que tenía en la boca, confusa.

- Perdón, no te escuché.
- ¿Estás preocupada por algo?
- No, nada grave.
- Si fuera sencillo, también me gustaría escucharlo - insistió mi abuela. Aja, pensé, no hay manera de safarce de esta. Apreté la taza tibia entre las manos, intentando ordenar en palabras la extraña mezcla de pensamientos y sentimientos que me atormentaban desde hacia días.
- Abuela ¿Qué pasará ahora...con tia Algerita?

Me costó pronunciar el nombre, como si supiera instintivamente que hacerlo, invocaba su sonrisa y sus ojos brillantes y también el dolor de su ausencia. Mi abuela me miró paciente, y me reconfortó esa paciencia suya, esa amabilidad como parecía sopesar mi preocupación. Suspiró, sacudiendo la cabeza.

- La muerte es un hecho natural, mi niña. Tu tia pasará a formar parte de las cosas que recuerdas con cariños y de los momentos que te permitirán comprender el mundo más adelante. Su cuerpo será devuelto a la tierra...
- ¿Y lo demás abuela? - pregunté sin poder contenerme - ¿Qué pasa con lo que ella era? ¿Se fue para siempre?

Abuela me dedicó una de sus miradas lentas, muy profundas. Como siempre, tuve la nítida sensación que pensaba en mi pregunta, que no intentaba responderme alguna palabra amable que me reconfortara, que pudiera brindarme un consuelo simple. A mi abuela le gustaba responderme con la verdad, con las palabras correctas, la que pudieran satisfacer no sólo mi curiosidad sino mi mente inquieta. O eso me gustaba pensar, cuando ella se tomaba algunos minutos para meditar mis frecuentes preguntas. Tenía la hermosa sensación que de todas las personas de la casa, abuela me escuchaba con absoluta atención, a pesar de mi edad, mi timidez y mi sorpresa.

- Nadie lo sabe con certeza, mi niña. O quizás, todos los sabemos pero lo interpretamos de manera distinta - me respondió entonces - Todas las culturas y pueblos, están convencidos que el espíritu del difundo, ese elemento que lo hace ser quien es, trasciende a la carne que muere y se eleva a las estrellas. Algunas insisten alcanza la paz, otros sueñan con nuevos mundos. Y los hay, quienes creen que regresan para continuar aprendiendo. Pero todas están convencidas que hay algo más allá, un futuro de luz, una esperanza de renovación.

- ¿Y tu que crees abuela? - pregunté. Me asustaba un poco esa idea de abandonar mi cuerpo, mi casa, el mundo que conocía para elevarme, para ser algo más que no podía comprender muy bien. Porque la muerte era para mi un misterio doloroso, un lugar oscuro y doloroso que me llevaba esfuerzos tolerar. No pensaba en la muerte con frecuencia, pero cuando lo hacia, recordaba las lágrimas de mi amiga, en su pupitre vacío. Pensaba en el vestido de la tia Algerita, que alguien había lavado y planchado con cuidado y había colocado en una de las camas vacías del segundo piso de la casa. Eso me había parecido aterrorizante, aunque no podía explicarme por qué. El tiempo detenido en una imagen, una pieza faltante en el mecanismos de las cosas reales.

Esperé, mientras mi abuela se movía por la cocina con paso lento. Estaba preparando las velas para el ritual de despedida que se llevaría a cabo en casa esa misma noche. Era un trabajo laborioso: cada vela llevaba una cinta blanca enredada en la cera azul y la más grande de ella, una estrella de plata que simbolizaba nuestro amor por tia Algerita. Abuela cosió y remetió las cintas en cada cilindro de cera y luego, apretó la pequeña estrella de plata contra la última, con un gesto lento. Sólo entonces me miró de nuevo.

- Creo que el espíritu sobrevive a la muerte - me respondió por fin - pero no acabo de decidir que ocurre después. Todo me parece muy poético, muy dulce, para el poder de la naturaleza. La vida es brusca, violenta, hermosa, poderosa. No creo en los finales apacibles. No creo en que todo sea tan hermoso y delicado. Creo que el espíritu sobrevive, pero vuelve a la vida para aprender, para recorrer los caminos que le harán más fuerte, para volver a revivir lo poderoso de la existencia. Creo que todos somos eternos estudiantes, en la vida y lo que haya después. Aprendices tenaces del poder de crear.

No entendí todo aquello, por supuesto. Pero me pareció una idea formidable: la vida como una forma de aprender. La sabiduría sobreviviendo a la muerte. Parpadeé, tratando de asimilar todo lo que la abuela decía, sin lograrlo. Ella suspiró, con los dedos manchados de cera azul, el cabello en desorden, el delantal salpicado de pequeños manchones de color y textura. Tenía un aspecto bello, salvaje.

- Creo que la muerte no me preocupa tanto como dejar algo valioso al irme - murmuró, casi para si misma - creo que pocas veces somos conscientes del valor de lo que construímos a diario, de lo que significa cada cosa que hacemos, cada palabra y cada decisión. Ese es el mayor tributo a quienes somos: crear algo enorme y poderoso que nos sobreviva.

Sonrío. Una sonrisa amplia, cálida, enigmática. Yo no lo hice, mirándola un poco asombrada. Abuela parecía perdida en sus pensamientos, con su cabello rojizo y rebelde rozándole las mejillas, los ojos iluminados de su habitual buen humor y sabiduría. Por primera vez comprendí, porque Tatarabuela insistía en llamarla "La misteriosa". Una palabra que parecía definir mejor que cualquier otra ese entusiasmo suyo, su capacidad para comprender el poder de cada cosa que le rodeaba, de construir algo nuevo cada día. Me asombró y me maravillo esa idea.

Seguía pensando en eso cuando levanté la pequeña vela azul en la oscuridad para homenajear la memoria de Algerita. Miré el grupo de pequeñas llamitas alzandose en el jardín, mientras la hija de tia cantaba una vieja y triste canción en Italiano y escuchaba el sonido de algunos sollozos por aquí y por allá. Pero también, escuché risas, la profunda de tatarabuela mientras recordaba entre susurros el talante atolondrado de Algerita o la conmovida de tia E, que recordaba cómo Algerita le había enseñado a preparar sus maravillosas galletas de Avena. Y pensé, que somos los que recordamos de nosotros mismos,  lo que podemos brindar a quienes nos rodean, los momentos que se atesoran, la herencia de palabras, miradas y sonrisas que podemos dejar una vez que nos elevamos en la ausencia. Quizás esa es la verdadera inmortalidad, la verdadera vida después de la muerte, me dije con una lucidez adulta que muchos años después recordaría con cierta sorpresa.  Un momento infinito, de luces y sombras, parpadeando radiantes en mitad de la noche azul e infinita de la fe.

C'est la vie.

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