sábado, 1 de noviembre de 2014

De las sonrisas misteriosas a las esperanzas que florecen. Historias de brujería.



Mi amigo P. me dedica una larga mirada apreciativa. Aguardo, con una sonrisa.

- ¿Qué ocurre?
- No pareces una bruja - me comenta. El comentario me hace parpadear.
- ¿Como se supone debería verme?
- Ya sabes - haces un gesto, que parece abarcar desde mi expresión hasta los zapatos que calzo - algo menos...

Llevo un sencillo vestido negro de cuello blanco, sandalias anudadas al tobillo, el cabello suelto y limpio sobre los hombros. Las manos sin anillos. Incluso llevo poco maquillaje: una línea de delineador oscuro bajo los ojos y un poco de color en los labios. Me siento de pronto incómoda, irritada. Me quedo rigida en la silla mientras él me observa.

- ¿Algo menos que...? ¿Moderno? ¿Limpio? ¿Amplio? ¿Corto? - pregunto, impaciente. Se encoge de hombros.
- Sí, moderno. Es que...

Ríe y lo hace parece todo una broma: su comentario, las miradas un poco inquietas. Pero a mi me sigue pareciendo un poco incómodo sus palabras y sobre todo, esa insistencia suya de mirarme a través del crisol de..¿Qué? ¿Sus creencias? ¿sus temores? ¿la sabiduría popular? Eso, a pesar que mi amigo me conoce desde hace el suficiente tiempo como para saber quien soy y para  sobre todo, haber comprendido bien a que me refiero cuando me llamo "Bruja" en voz alta. Con todo, al parecer le sigue divirtiendo conservar esa extravagante sobre mis creencias, incluso sobre la forma en que me miro y me asumo. Una idea que no me extraña - he tenido que lidiar con ella durante toda mi vida - pero que continúa irritandome de vez en cuando.

En cambio, a mi abuela le divertía. Solía decir que tenía el aspecto de la bruja tradicional y le gustaba tenerlo. Alta, con el cabello largo de color rojizo enhebrado en canas, las manos muy cuidadas llenas de anillos y pequeñas alianzas de plata, llevando vestidos largos anudados a la cintura, tenía el aspecto que se supone debía tener una bruja. O al menos así solía decir mi amigo, cuando era un niño impertinente e irrumpía en la cocina de la casa sacudiendo los brazos sobre la cabeza y haciendo escándalo.

- ¡La bruja de Caracas! ¡Eso es eres Celita! - gritaba entre carcajadas. Se subía al taburete de madera frente al fogón y esperaba que mi abuela le hiciera un guiño malicioso y o le acariciara el cabello, riendo. Yo no me reía. Me quedaba enfurruñada en un rincón, dibujando con los dedos apretados sobre el lapiz, esperando salir al jardin para ajustar cuentas con mi amigo apenas tuviera la oportunidad.

- Por supuesto que lo soy - respondía mi abuela siempre - Es mi trabajo en la vida. Ser quien soy.

Esa frase si que me gustaba mucho. De vez en cuando la escribía en mi cuadernos y fue una de las primeras que copié en mi libro de las sombras. Parecía describir esa actitud reposada de mi abuela, su sonrisa amable, sus grandes ojos encendidos de curiosidad. Mi amigo P. solía decir que le parecía una señora "fascinante".

- ¿Por qué las brujas siempre aparecen vestidas en largos vestidos sucios y raros Celita? - preguntaba cada vez que podía, tomando el café con leche (muy diluido en honor a nuestros pocos diez años). Yo sacudía la cabeza, preguntándome porque P. era tan necio como para hacer las mismas preguntas una y otra vez. Lo conocía de toda la vida, era el hijo del mejor amigo de uno de mis tios y lo había visto en casa desde que tenía memoria. Había corrido por todos los pasillos de la casa, había jugado en el jardin hasta el cansancio, comido en nuestra mesa...pero continuaba haciendo las mismas preguntas, una y otra vez. Lo miré de reojo, conteniendo la furia.

- Porque en la Imaginación popular, la mujer sabia no era una mujer poderosa, mi  niño - contestaba mi abuela. Aunque, me dije con un sobresalto en una ocasión, no siempre respondía las mismas cosas. Levanté la cabeza con disimulo, para prestar atención a la conversación - una bruja es una mujer independiente, fuerte y libre. Una mujer salvaje, una mujer inquieta, fuerte, que no escucha otra voz que la de su corazón. Que no obedece, que no acepta. Que nunca se queda tranquila. Así que se comenzó a dibujar a la bruja como una mujer envuelta en harapos, escondida en el bosque.

Vaya, esa respuesta me había encantado. Unas semanas antes, mi abuela le había explicado a P. que por siglos, las brujas fueron discrminadas y marginadas, algunas tuvieron que enfrentarse a la pobreza. Y hacia muchos meses ya mi abuela le había dicho que muchas de las brujas vivían en los bosques, eran las curanderas, las sabias antiguas, las que conservaban el conocimiento de plantas y de cocimientos. La ropa que llevaban era la más cómoda para trabajar en la tierra, para ocuparse de su pequeño jardin. Pero esta respuesta me gustaba más, me dije. Era una respuesta bonita, fuerte. Muchas veces, la ropa se me ensuciaba cuando corría de un lado a otro, gritando y jugando. Las faldas del colegio se me llenaban de polvo. El cabello de ramitas. Pero era libre. Tan libre...

- Celita...¿Todas las brujas tienen caldero?
- Toda la bruja que quiere tenerlo, sí, mi niño.

Hacia unos días, mi abuela le había contestado a P. que tener caldero era un asunto muy serio. Que simbolizaba el vientre de la Diosa - P. soltó una risita incómodo, como si fuera incapaz de imaginarse realmente algo tan intimo de una mujer - y contenía de manera metafórica la capacidad de creación de la bruja. Y mucho antes, creo que hace un año o dos, le había respondido que el caldero es el centro del Hogar de la Bruja, el lugar donde antiguamente la familia se sentaba a degustar las sopas y cocimientos, los deliciosos guisos y pan recíen hecho. Una imagen muy bonita que no me costó imaginar: Vi con los ojos de mi mente a los hombres y mujeres de casa, sentados alrededor del caldero, mojando el pan en la salsa que hervía en su interior, levantando la copa para celebrar lo rico que sabía. ¡Que delicia!

- ¿Y Las escobas Celita?
- No son para barrer, la verdad.

Rieron ambos. Yo sacudí la cabeza. Mi amigo se volvió para mirarme, ceñudo.

- Tu eres una brujita que nunca sonríe.
- Y tu, un idiota que pregunta bobadas.
- Agla...

Mi abuela levantó las cejas con severidad. Me encogí de hombros, muy digna.

- Bueno, le has dicho mil veces que las escobas en esta casa simbolizan nuevos comienzos, la energía que purifica y todo lo bueno - dije fastidiada - no sé porque siempre pregunta y pregunta lo mismo...

- Porque quiero saber - dijo entonces P. con los ojos muy abiertos - quiero saberlo todo, quiero imaginarme todo en esta casa. Me gusta pensar que las brujas ya no son secretos, sino que son como Celita.

Parpadeé. Mi abuela aguardó, con su taza de café en la mano, con una de sus sonrisas misteriosas, exquisitas. El viento del Jardin que entraba por la ventana tenía olor a fuego, a algo tan delicioso como sano. Como si la luz del sol del verano eterno de Caracas, estuviera impregnada del olor de muchos recuerdos, de muchas historias enredadas en el sonido de las hojas de los árboles, en la cacofonía de la ciudad. Y de pronto pensé que la nuestra también estaba allí, entre cientos de palabras e imagenes, elevandose hacia el Ávila claro, tan radiante. Una línea vertical de sonrisas, de esperanzas, de nuevos comienzos.

- Las brujas somos parte de la historia en muchas partes del mundo mi niño. Cada cultura, cada tribu, cada pueblo, ha tenido siempre una mujer sabia que aconseja, que protege, que brinda amor. Una mujer que sonríe a las estrellas y que acaricia las ramas de los árboles con amor. Una mujer joven o muy ancianita, cuya puerta siempre está abierta, con el olor de la comida a punto de prepararse rodeándolo todo. Una mujer que siempre responde tu pregunta. Una mujer de corazón abierto. Eso es una bruja - dijo entonces mi abuela. Se inclino y le acarició el cabello, como siempre hacia y como yo sabía le gustaba mucho a mi amigo. Era un gesto cómplice, sumamente dulce. Sabía que la madre de P. no era muy cariñosa: siempre estaba trabajando, muy cansada y afligida y pocas veces tenía tiempo para él y sus hermanos.  Me pregunté, si las preguntas, el alboroto, esas largas conversaciones de café por las tardes en mi cocina,  no eran probablemente el momento más feliz de mi amigo P. en mucho tiempo, una forma de comprender la ternura como no podía hacerlo en su casa. El pensamiento me conmovió, pero no dije nada. Pero cuando P. me sacó la lengua burlonamente, reí en voz alta.

- Como tu Celita - dijo P. pasandole los brazos a mi abuela por el cuello y dándole un sonoro beso en la mejilla. Mi abuela soltó una de sus carcajadas estruendosas y cálidas, que retumbo en la cocina, en el aire de la tarde, un sonido reconfortante que me emocionó.
- Como yo, mi amor.

Sacudo la cabeza con una sonrisa, mientras tomo un lento sorbo de café. El P. adulto, que conserva los ojos chispeantes del niño que fue, me dedica un guiño malicioso.

- ¿Por qué las brujas sonríen a la Luna Llena?
- Porque estamos convencidas que hay un poder misterioso que los tipos como tu no van a entender.
- ¿Cual es ese poder misterioso?
- El de creer, confiar y aspirar a crear - le respondo. Él ríe, me toma de la mano, la aprieta con gentileza. Y de pronto, sólo somos niños, en una cocina vieja y amplia, llena de olores deliciosos. Niños que ríen a carcajadas, entre pequeños fragmentos de luz  y de recuerdos, con esa capacidad de comprender y soñar que sólo brinda la inocencia. Más allá, la historia en común que compartimos parece brillar, hacerse profunda y sentida. Un símbolo de esos pequeños recuerdos que son parte de quienes fuimos y quizás de quienes seremos. Un rostro olvidado de quienes sin duda, aspiramos a ser.

C'est la vie.

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