domingo, 17 de octubre de 2010

De las Referencias y otras ideas personales


Una de mis obras preferidas de Kandinsky es la celebérrima "composition VIII". Me siento profundamente atraída por la complejidad del espacio de formas geométricas unidimensionales que el artista desarolla, es una especie de fragmento de pensamiento dual que carece de sentido a menos que uno mismo pueda otorgarselo. Es una obra que también tiene la cualidad de tener tantos significados como el espectador le brinde: hay personas que se sienten inspiradas y otras que simplemente no la comprenden. El desconcierto proviene supongo, de la necesidad de encontrarle un significado en su propia visión de la estética, es decir una conexión entre su perspectiva del arte y la pintura que desdibuja y descompone ese concepto a través de una recreación aparentemente sin sentido. A veces sucede, otras veces no. Es una especie de acuación aleatoria del tiempo personal.

Si es asi en la pintura, aun más aplicable este concepto metafórico a la literatura, donde la vanguardia estética de la palabra tiene un sentido profundamente personal. Cada frase y parráfo, tienen una cadencia de un sentido anecdótico, que muchas veces se resiste a la interpretación. Por mucho tiempo se trató de darle sentido al valor sistemático y simbólico del verbo creador, sin lograrlo. Una idea en dos formas que carecía de sentido más allá del valor de la comprensión.


No es mi intención discurrir indefinidamente sobre el sentido personal de una obra de arte. Solo quiero expresar esa sensación muy personal que el arte es parte de un mundo privado, intimo y personal que toma forma a través de la creación artística.


En esto la música, al emplear sonidos y no imágenes y palabras tiene ventaja sobre la literatura y la pintura en este equívoco de la referencialidad. Nadie objetaría que “Train” ejecutado por el saxo de Coleman Hawkins, no es igual al tren tal, o que no se parece en nada al expreso que va a Chicago. Los músicos se liberan de esa pesada carga de responder por sus modelos.


Tomemos por ejemplo la música, que emplea sónidos y no un concepto más material de la creación artistica. ¿Es la música una aliteración de ideas yuxtapuestas que solo tienen sentido si podemos darselo a través de nuestra sensibilidad? No podría decirlo, aunque estoy convencia que las obras son representaciones o formas de tiempo intimas. Como Flaubert y su frase magnifica  “Madame Bovary, soy yo” que provocó desconcierto en los lectores de su época, que les llevó esfuerzos comprender esa absoluta identificación del tiempo verbal y el tiempo creacionista en el escritor.

Aún hoy, muchos espectadores ven con otros ojos una película basada en hechos reales, como si tuviera cierta ventaja a la hora de juzgar sus méritos. A lo largo de la historia de la literatura esta exigencia por el referente se acentuó a partir del s. XIX. Ya mencionamos la frase

Todavía hoy, muchos amantes del arte, otorgan una valoración más alta a las historias o a las formas artísticas que pueden comprender que a las que les son totalmente ajenas. No obstante la flexibilización del canon de intepretación conceptual, mucho de los espectadores están convencidos que la vitalidad de una obra artistica tiene una gran relación con su interacción con el universo cuántico del espectador.

Con las ciudades literarias sucede otro tanto. Recuerdo que cuando “Pedro Páramo”, esa novela perfecta de Rulfo vio la luz, incontables críticos y lectores salieron por la geografía mejicana para descubrir el “verdadero” Comala, el pueblo donde se desarrolla la historia. La búsqueda terminó en fracaso, Rulfo tuvo que desalentarlos también al decirles que ese pueblo existía sólo en la novela; lo mismo se podría decir de Macondo, de García Márquez o de la ciudad de Santa María de Onetti.

La literatura o el arte en general son planetas autónomos que no necesitan girar en la órbita de nuestra realidad por extraño que nos parezca.

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