miércoles, 5 de septiembre de 2012

#MacondoLifeStyle: O la demente Venezuela actual





En Venezuela nos reímos por todo. Incluso por lo que no deberíamos. El caso es que tenemos esta capacidad para hacer de todo un chiste, para encontrarle la vuelta burlona incluso a las situaciones más duras y caóticas. Eso puede ser tan bueno como malo, no solo por el hecho que convirtamos en carcajadas lo que debería preocuparnos y peor aun, simplifiquemos la gravedad de lo que vivimos a golpe de bromas y risas. Una manía de los sencillos, díría Pio Baroja. Irresponsables todos, insistiría mi abuela. No sé muy bien cual será la definición correcta a ese hábito tan acendrado, tan venezolano de la burla para todo. Quizá algo entre la amabilidad de Baroja y la sentencia de mi abuela.

Para definir la Situación, suelo utilizar en la red Social Twitter un HT  que me parece resume esa extraña situación entre la comedia, el drama y el surrealismo que vivimos a diario: #MacondoLifeStyle. Por supuesto, hago referencia a ese Reino de lo absurdo, de lo bello y de lo asombroso que Gabriel Garcia Marquez creó para que lo habitaran durante 100 años toda una pleyade de personajes que parecen resumir esta fauna humana latinoamericana, tan extraña, tan variopinta, tan singular en todo sentido. Porque Macondo, pueblo de espejismos, no es otra cosa que esta América adolescente, que no termina de crecer, que teme y se angustia, que disfruta y llora, y que claro está ríe. Y ríe como los niños, a pesar del miedo y el dolor. Ríe entre lágrimas, ríe con las manos llenas de tierra y los ojos muy abiertos de miedo. Pero ríe. Y en medio de esa risa que no es tal, de esas lágrimas sin consuelo, accidentales casi, subsiste Macondo, la fantasía que nace y que muere, la belleza sin nombre, la identidad que fluctúa y se crea a diario.

Pero hablaba del #MacondoLifeStyle. Venezuela, parece últimamente ser cuna de un surrealismo sin cuento, de una especie de idea de si misma tan extravagante que uno no le queda de otra que sorprenderse a diario, que reír - para no llorar - por esta realidad distorsionada, casi demencial que es parte de nuestra idiosincrasia. Y es cuando Macondo se hace más real, más evidente, más cerca de la superficie. Como por ejemplo una escena como la siguiente:


Converso con un conocido, a quién no he visto en algunos años. A la sazón, se ha convertido en un apasionado defensor de la política gubernamental. Me habla con energía, casi a los gritos, de su nueva convicción "socialista", de la manera como "la doctrina" comunista, le ha cambiado la vida para siempre. Me asombra un poco aquello: como recuerdo a N., era muy poco dado a la lectura y al análisis. A la simple reflexión de ideas. Y así se lo digo. Me mira con cierta perplejidad.

- Pero es que para ser comunista no hace falta leer.
- ¿No?
- No - me responde. Y muy convencido además. Lo miro, vestido de rojo de los pies a la cabeza, empleado ufanisimo de la empresa petrolera del país, llevando un costoso reloj de oro y con un celular de última generación en el bolsillo de la chaqueta. Me imagino a Marx, tan frugal, tan rígido, tan en la búsqueda de un bien común frugal, mirando a este hijo de su discurso vestido de rojo carmesí, arengando a gritos sobre la clase obrera.
- El Comunismo es un proceso ideológico - intento explicarle - proviene de una serie de ideas concretas: una manera de ver el mundo conceptual elaborada por un idealista.
- El comunismo es que todos vivan bien - me interrumpe sin escucharme. Otro rasgo muy venezolano ese, por cierto  -que todos seamos iguales, que cada quién haga lo que quiera. Por eso soy comunista. Porque quiero que todo el mundo tenga bastante "plata" que gastar.

Me quedo callada. ¿Que se puede responder a eso? Sigo callada, escuchando su interminable perorata, mientras me acompaña a la estación más cercana del Subterráneo de mi ciudad. Entonces,  tropieza con un vendedor ambulante de alguna baratija. Un anciano con ropas raídas y una triste expresión de desamparo. Y este comunista gritón, con la gorra del partido de Gobierno bien calzada hasta las cejas, se aparta, casi en un gesto de repugnancia y sigue caminando. Sin parar de hablar claro. Me vuelvo para mirar al anciano, una figura solitaria en mitad de la calle y a este hijo del nuevo Comunismo, que ríe e insiste en una mescolanza de ideas sin sentido sobre la igualdad, la Venezuela "bonita" que defiende con su verbo encendido. Unos somos más iguales que otro, pienso con tristeza. Macondo Life Style, claro, me recuerdo.

Pero es que lo surreal en Venezuela es tan común, que termina siendo habitual. Y eso es peligroso. Como sentarte a ver un programa de televisión cualquiera, y que de pronto, tengas la sensación que es el resumen de la locura habitual que todos padecemos como sociedad. En medio de un país en crisis, con una lucha de clases artificial aupada por una doctrina política violenta, un animador señala a una mujer con el rostro rígido por innumerables cirugías estéticas, la sonrisa forzada, los dedos llenos de joyas y la llame "Socialité". No Dama de sociedad. No señora Distinguida. Nada de eso: Socialité. Me quedo un poco con la boca abierta y me río. ¿Como no me voy a reír a carcajadas de aquella palabra, de aquel concepto salido de los rudimentos de un país que no termina de entender lo que vive, lo que nos enfrentamos, lo que padecemos? Socialité sí. Y pienso en esa Venezuela que se ignora así misma, que no parece tener idea de lo que ocurre a diario, en las calles y autopistas, ciudades y caserios. La Venezuela de los "pantalleros" ( que termino simpático ese ) de los que no miran a su país como no sea para correr a toda prisa hacia esa idea nebulosa y fragmentada que tienen sobre lo nacional. Claro que socialité. Que buena palabra esa para definir lo amorfo, lo triste, lo torpe de este país que intenta construir su identidad a diario, sin conseguirlo, a tropezones, siendo solo esta imagen movediza de una cultura que se niega a mirarse con sinceridad.

Macondo Life Style, sin duda alguna.

A veces, pienso en Venezuela con una cierta sensación de distanciamiento, de temor simple. La miro como si se tratara de una pieza de simplicidad absoluta en un gran mecanismo que funciona mal. Venezuela, que transita de un lado a otro, vituperada y empujada entre risas, entre locuras, entre esas grietas de discurso y de pensamiento, ese ideario sin sentido que todos levantamos con esfuerzo, riéndonos claro, burlándonos de los trozos de que caen de un lado a otro. Y siento una tristeza profunda, casi lírica, tal vez como la que sintió el último de los Aurelianos cuando miró el espiral del viento que se le venía a Macondo encima, por este país sin nombre que no termina de construirse, por esta idea de nosotros mismos que no se define jamás. Una Venezuela de espejismos, que se crea a diario sin sentido real.

C'est la vie.

1 comentarios:

José Leonardo Martínez M. dijo...

Tu dices "La miro como si se tratara de una pieza de simplicidad absoluta en un gran mecanismo que funciona mal." y me siento totalmente identificado con eso, la veo desde afuera, hace años vivo fuera y me pregunto ¿como llegamos a eso? nos hemos burlado nosostros mismo del potencial que tenemos como pais, siempre esperando que todo mejore pero sin hacer nada al respecto. Venezuela se ha convetido en ese amor profundo pero doloroso de los que vemos con tristeza que para la mayoria todo los que nos pasa no es mas que un simple chiste.

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