domingo, 12 de junio de 2016

Una lágrima al viento y otras historias de brujería.






Con manos temblorosas, abro el circulo de velas a mi alrededor. El viento me golpea el rostro, se lleva las lágrimas. Pero siempre hay más. Un torrente interminable, una cicatriz invisible. Me muerdo los labios para evitar se me escape un jadeo de dolor. Pero no sé si lo logro. El sonido de la lluvia, allá en la montaña, es un trasiego poderoso. Pronto llegará al jardín de la vieja casa de mi abuela - la sabia, la bruja - y lo llenará todo. Una cortina blanca y plata que quizás pueda consolarme. Que deseo lo haga, pero que dudo pueda hacerlo. A veces el sufrimiento es el mundo. Son las manos abiertas. El pecho desnudo.

De manera que me quedo de pie, mirando la luz de las velas parpadeando a mi alrededor. Las manos colgándome sin fuerzas junto al cuerpo. Y me imagino allí, rota, como abandonada. Intentando reconstruir las piezas de mi espíritu. De darle un sentido que reconozca. Una figura pequeña y pálida en medio de la oscuridad impregnada de humedad. De este viento que todo lo arrasa, que baja en vertical de la montaña, que me golpea como dedos casi violentos. Una mujer pequeña y frágil, en medio de esta soledad sin forma. En medio de este dolor abrumador.

Mi abuela acaba de morir. Una muerte rápida, limpia. Ella siempre la soñó así. Una muerte que fue como sueño dentro de otro sueño. Una muerte que la liberó del olvido de las vejez, de los achaques definitivos de senectud. Nunca creí que ocurriera así: que una mujer con su temple, con su alegría, con su fuerza interior simplemente volara en silencio, se despidiera entre las luces del amanecer del mundo. Sin un ruido, con lentitud. Una pluma que cae en medio del primer rayo de luz del día. Una despedida sin palabras o quizás, para la que no alcanzarán jamás todas las frases del mundo juntas.

¿Cómo te digo adiós? pienso. ¿Como le digo adiós a la Dama sonriente que me recibió en su jardín desordenado hace tantos años? "Esta es tu casa" dijiste. "Siempre podrás irte y volver, pero ahora es tuya para siempre". Este mismo jardín por cierto, desordenado, caótico y malhumorado a quien tan mal le caigo. Ese que hizo tantas trampas de niña, con sus raíces y sus esquinas pantanosas. Que hizo caer, sobresaltarme, pero también me enseñó sonrisas y astucias. Tu jardín, abuela. Que cuidaste por tantos años, que tanto significaba para ti. El jardín de una bruja.

- Mi Madre solía decir que el jardín de una bruja es todo lo que sueña, un reflejo de su mente  - me dijiste esa ocasión en que te pregunté por qué dedicabas tantas horas de tu tiempo a cuidar de aquel terreno sin forma, lleno de hierba crecida y árboles indómitos - y yo lo creo. Este lugar, este espacio, soy yo.

Miraste a tu alrededor, con las palmas de las manos alzadas. Miraste el largo camino de hierba dispareja y salvaje. El enorme árbol de Mango retorcido. La muralla con tu feo rosal. Y me pregunté como podías decir que algo tan primitivo, tan carente de toda delicadeza, se parecía a tu mente. Reíste cuando te lo dije.

- ¡Porque mi mente es así! ¡Ni más ni menos! ¡Mi mente son ideas que no encajan en ninguna parte! ¡Infinitas variaciones de un mismo tema! Me contradigo, me construyo, me debato entre imágenes, recuerdos, historias y momentos que disfruto y atesoro! Hay un caos irremediable en mi interior, hay una pulsión incesante para soñar y olvidar que en ocasiones, todos somos simplemente esa necesidad de volar sobre nuestras limitaciones y temores.
- Porque eres una bruja - te dije, en ese tono impertinente que solía utilizar a los dieciséis años de edad. Y otra vez reíste. Sólo que más fuerte que antes.
- Porque soy una bruja como tu lo eres. El caos y la búsqueda de la esperanza, nos unen.

Te recuerdo, te escucho, te añoro, aquí de pie. Desnuda de cuerpo y mente. Y me pregunto como sobreviviré a esta soledad pequeñita, como enfrentaré los días sin reconocer en ti. Sin reír ambas por ese humor profano y simple que compartimos. Sin esa comprensión elemental, ciega y profunda que tanto extraño. ¿Qué hay después del abismo del dolor? ¿Qué hay de esta oscuridad simple?

- ¿Le temes a la muerte? - te pregunté a una ocasión. A ti, ni más ni menos. La mujer más optimista que conocí jamás, la más decidida a enfrentarse a la desesperanza, la más dispuesta a continuar incluso cuando nadie lo creía posible. Me miraste, toda amabilidad y ternura. Sin miedo, franca y firme. ¿Cómo podías hacerlo?
- Muchísimo - confesaste - de niña, no pensaba en otra cosa.
- ¿Y cómo lo consolaste? - pregunté. Yo, que no hacia más que pensar en otra cosa en esa ansiedad confusa y dolorosa que provoca la mortalidad. Mi abuela suspiró y estiró la mano para tomar la mia.
- Viviendo.
- ¿Viviendo? - sacudí la cabeza, un poco decepcionada - ¿Qué quieres decir con eso?
- Viviendo, hija. Disfrutando cada día en todos sus sabores y olores, sonidos y pensamientos. Viviendo con libertad, con todos mis errores y dolores. Viviendo con los brazos abiertos, con un terrible temor a perderme de algo. Viviendo con furia, con amor, con tristeza, con los días buenos y los malos. Viviendo con las manos abiertas para recibir todo lo que pueda crear y necesitar. Viviendo desde el primer rayo de sol hasta el último. Viviendo por todas las tormentas, el sonido del mar, el vaivén de los árboles en flor. Viviendo para leer un libro, para besar, para morir y vivir de amor. Viviendo para correr desnuda, para contemplar el mundo el paz. Viviendo para triunfar.
- Porque eres una bruja - sonreí, cuando dije eso. Ella también.
- Y tu también.

Lloro mientras empiezo a bailar. La lluvia está llegando. Cerca, tan cerca. La escucho llegar, percibo su olor, tan denso como el aliento de una criatura misteriosa. Y bailo en este circulo de velas. Bailo para los recuerdos, para el sufrimiento, para la vida, para todo lo perdido, para todo lo que muere para renacer. Bailo para ti, para cada bruja que vivió antes que tu y que yo. Bailo para las brujas que no saben que no son, las que se conmueven con la voz del viento, la que escuchan a la Diosa cada día, las que saben que hay un poder en su interior, más fuerte que cualquier otro. Atemporal, una puerta abierta hacia lo desconocido. La voz de las estrellas.

- A veces me pregunto como puedes ser tan inocente y sabia - te dije en esa ocasión que caminamos por la orilla de la playa en la vieja casa familiar. Hacia calor y yo estaba incómoda, de mal humor. Matando mosquitos con las manos abiertas. Tu te veias reposada como siempre, el cabello despeinado y grueso cayéndote sobre los hombros. Brillante tu perfil frente al mar - Como puedes creer en lo invisible con tanta libertad.

- ¿No lo hacemos todos? - dijiste - ¿No es lo que hacemos cada día? Confiar en esa capacidad de la voluntad para enfrentarse a todo. En todos los sueños rotos y los que están por romperse. En el corazón herido que desea amar. Y somos crédulos, somos niños, somos inocentes, porque deseamos asumir que el mundo es como lo comprendemos. Que hay una línea que divide el pasado y el futuro en nuestra mente. Que somos algo más que aprendices en un mundo complejo y violento.
- Y si no somos nada de eso ¿Qué somos?
- Somos creadores, fieles creyentes en lo que deseamos construir. Somos fuertes, somos débiles. Lloramos, vencemos, luchamos. No hay nada que nos detenga: todo nos transforma, nos hace más fuertes. Nos hace audaces, osados, valientes. Somos pieza y obra. Somos nuestra mejor obra de arte.

Sonrío. Qué poético y que irreal suena todo aquí, al borde del mar infinito y radiante. Cuando te miro, me parece percibes mi incredulidad, mi terquedad y también mi simple tristeza joven. Me abrazas. Te abrazo. Y hay un momento de comprensión precisa, extraordinaria, única.

- Somos sobrevivientes - murmuro a su oido. Me abrazas. Te abrazo. Reímos juntas.
- Y también brujas.


Y me despido de ti, cuando llega la lluvia. Cuando abro las manos para abrazarte, para consolarme en el olor del viento y del agua. Te fuiste pero estás. No te veo pero formas parte de mi. El sufrimiento se convierte en sabiduría. La experiencia en creación. El conocimiento en ese deseo insistente de creer, crear, avanzar, continuar avanzando por el mundo con las manos abiertas. Y lloro, por ti y por ti. Y río, por el pasado y el futuro. Y en medio de la tormenta, te dejo ir. Te miro volar, un recuerdo entre todos los recuerdos. Un sueño entre cientos de sueños. Y te despido, me digo adiós. Porque fuiste una bruja, porque yo también lo soy. Porque la vida nos consuela y no hay muerte que pueda vencer el amor.

Silencio, al fin. Las velas luchando contra la lluvia, la lluvia golpeándome el rostro. Pero llega la paz plomiza de todas las cosas, de todas las ideas. Llega la paz del sufrimiento que te enseña, que se hace semilla, árbol eternidad. Porque el dolor es aprendizaje, la vida un obsequio. Y comprenderlo, una lección inolvidable.

En el corazón de una bruja.
En el secreto de las estrellas.

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