sábado, 15 de octubre de 2016

Una voz en el misterio y otras historias de brujería.





Mi abuela sonrío cuando me extendió la pequeño trozo de tela azul. La sostuve con las manos abiertas, sin moverme. Me pareció que sostenía algo tan raro y valioso que debía cuidarlo de mi natural torpeza.

- Ahora, extiéndelo sobre la madera - me indicó mi abuela. Con dedos temblorosos, le obedecí. La tela azul, tan liviana que parecía flotar, cubrió la pequeña mesa en un susurro. Después coloqué sobre ella un candelabro de hierro con una vela blanca y una diminuta estrella de plata. Lo miré todo con ojos muy abiertos.

Era mi primer altar. Durante meses, me había preparado para construirlo. Pieza a pieza, a la manera tradicional. Mi abuela me acompañó a comprar la mesa de madera que utilizaría, y ella misma cosió el mantel de muselina azul. Tía E. me acompañó a rebuscar entre las cajas de recuerdos familiares hasta encontrar el candelabros, platos de celebración y una pequeña estatuilla de la Diosa que heredé de algún pariente anónimo. Finalmente todo estuvo listo y coloqué la última pieza: un precioso cuenco de cristal, en donde vertí un poco de agua cristalina. Me alejé para mirar el resultado. Con sus velas encendidas lanzando destellos, mi altar tenía un aspecto espléndido.

Miré a mi abuela, que sonrió con cariño. Por supuesto, mi altar no se parecía demasiado al suyo: una esplendida obra de piedra, con velas de cera y miel, una enorme bola de cristal de color azul y piezas de verdadera plata. Pero aún así, el mio, con sus pequeños objetos de hierro forjado y su diminuta daga de metal batido, me seguía pareciendo asombroso. Un año atrás, no habría imaginado tendría uno. Un año atrás, aún no sabría si podría llamarme "Bruja", a la manera de las antiguas, como las mujeres de mi familia. Un privilegio que heredaba entre el asombro e incluso, un poco de inquietud. ¿Quién era una bruja? ¿Solo el hecho de nacer en una familia que practicara la brujería me hacia una?

Nunca conté a nadie de mis dudas y preocupaciones. No sabía como explicarlas en realidad. Durante los rituales, me sentaba junto a mi abuela y observaba su seguridad, la manera como las palabras de las invocaciones tenían en su boca una entonación distinta y hermosa. Me asombraba como tía E. y mi prima M. entonaban cánticos de enorme belleza. O la seguridad como mi bisabuela preparaba viejas recetas familiares que me parecían confusas. Todo eso me hacia pensar constantemente si yo era lo suficiente hábil como aprender siglos de historia, si yo era lo suficientemente sabia como comprenderla y más allá, si era lo suficientemente fuerte como para atesorarla. Sentada en la oscuridad del jardin antipático de mi abuela, sostenía entre los dedos mi pentáculo, preguntándome que se esperaba de mi, que tanto podía dar, cual era mi lugar en ese amplio ciclo de creencias y pensamientos que me incluía casi por accidente. En ocasiones, sentía ganas de llorar de pura angustia. ¿Quién era yo?

Era la chica de once años con el rostro cubierto de pecas, que le gustaba leer y escribir. La alumna respondona que solía ganarse la antipatía de las maestras. También era la hija más pequeña de una familia de mujeres, todas ellas extraordinarias. Era la niña que comenzaba a crecer, que apenas reconocía su cuerpo. Era el espíritu joven y vulnerable que sentía temor y desconcierto hacia toda esa nueva perspectiva que formaba parte de su historia incluso antes que lo supiera. Y también era la bruja, el rostro de una historia muy vieja o así insistía mi abuela, cuando le preguntaba al respecto.

- Pero no he hecho nada para merecerlo - le dije, en una ocasión en que no pude disimular mis pequeñas preocupaciones. Mi abuela me dedicó una mirada larga y callada que me inquietó.

Nos encontrábamos en su biblioteca, mi lugar favorito del mundo. Era una habitación no muy grande, atestada de libros, hojas, pequeños objetos curiosos, fotografías enmarcadas. Siempre pensaba que así debía ser una biblioteca, con sus libros amontonados en mesas y pequeñas repisas y hojas blancas esparcidas por doquier, como esperando que alguna mano las liberase del anonimato y escribiera algo en ellas. Me encanta la sensación de encontrarme segura entre los rostros de las fotografías, entre las estatuillas de Dioses y Diosas que me observaban desde las repisas y paredes. Era como un refugio fuera del tiempo, aislado de la ciudad ruidosa más allá de la casa e incluso, de las voces cotidianas en el corredor que la rodeaba.

- ¿Por qué crees que debes merecer ser una bruja? - preguntó mi abuela. Suspiré.

- Siempre hablas de las mujeres que nos precedieron, las que lucharon para evitar que la historia de la Diosa se olvidase como grandes heroínas - expliqué con vergüenza. Me sentía pequeña, torpe, con mi uniforme de colegio sucio y mis rodillas llenas de raspones. La sensación de no encajar en ninguna parte era más fuerte en ese momento que en cualquier otro - no soy ni fuerte, ni la más lista. Tampoco poderosa, o...

Hasta a mi me sonó un poco ridículo lo que decía. De manera que me callé, sin saber que más añadir. Mi abuela ladeó la cabeza con una de sus sonrisas maliciosas, medio ladeadas. El cabello cobrizo le rozaba los hombros y a la luz de la ventana entreabierta, tenía un brillo muy bello.

- La brujería no es una demostración de fe ni de poder, mi niña - comentó - tampoco lo es formar parte de su historia. La brujería es una manera de crear, de soñar y de construir ideas. Es una visión del mundo que se forma con tu experiencia, con tu manera de ver el mundo. La sabiduría de asumir las lecciones que forman parte de tu vida y crear con ellas algo totalmente nuevo, poderoso y radiante. ¿Y de donde brota ese poder? ¿Lo sabes?

Sacudí la cabeza, confusa. Mi abuela se levantó y se acercó a la ventana que daba al jardin. El sol entraba a raudales entre las rendijas de madera y cuando abrió las hojas por completo, una ráfaga de luz entró a raudales, impregnando todo de un brillo amarillo y espléndido que me hizo parpadear. ¡Que hermoso! Pensé, un poco sorprendida. No era la primera vez que disfrutaba del espectáculo, pero por alguna razón, esa tarde me pareció particularmente hermoso. Sonreí.

- Una bruja aprende del día a día, de todo los errores y de las lecciones cotidianas. De la belleza que la rodea y también, de lo que la hiere y la entristece - dijo mi abuela - no hay nada en el mundo que no tenga una lección que darte, desde la ráfaga de viento más sutil al hombre más ilustrado. Tu paso por el mundo, está lleno de infinitas variaciones de sabiduría y conocimiento. Una bruja es un espiritu educado para comprender cada aprendizaje, para asumir su responsabilidad, para crecer a medida que cada error y cada acierto le brindan una opinión sobre el mundo. El mundo es de quienes lo miran con detenimiento, de quienes asumen el poder de sus manos abiertas, de quienes crean y construyen. Una bruja lo sabe y lo practica a diario.

Sus palabras parecian flotar en esa brillante luz verspertina de una Caracas olvidada. El cielo azul se recortaba sobre la ventaba y más allá, una ciudad plácida, un poco somnolienta en el brillo de la tarde. Recordé mis caminatas en solitario por calles y avenidas. Llevaba siempre mi pequeña cámara Kodak en el morral y fotografiaba todo lo que podía. Me gustaba también escribir, hacer preguntas, soñar. Disfrutaba enormemente imaginar un mundo floreciente a mi alrededor, coloreado con los tonos brillantes de mi imaginación. ¿A eso se refería mi abuela? me pregunté ¿Tan simple era?

Pensé también en mi tia E., que cocinaba mejor que nadie. Era famosa en la familia por sus sazón. Recuerdo los días en me quedaba contemplando ese ritual intimo de convertir los alimentos en algo espléndido, exquisito. Había una atención al detalle, una observación meticulosa que mi tia siempre atribuía al éxito de sus platillos.

- Hay que saber mirar - decía siempre - es el primer paso para construir.

¿Era lo mismo? Recordé los rituales que compartiamos, donde abuela entonaba cánticos que había aprendido décadas atrás pero incluyendo palabras y frases suyas. También lo hacia mi bisabuela y tatarabuela. La brujería crece, se construye día a día. La brujería no es solo una invocación en un viejo libro o la manera como combinas las hierbas. Es algo más poderoso, sustancial. Es una forma de mirar, es las cientos de lecciones que te brinda el cielo abierto y el sonido del viento. La palabra escrita que tropiezas, la imagen que atesoras. La brujería es el árbol que nace, la Tierra que lo sostiene. El poder de crear.

Pensé en esas ideas la noche en que inicié en la brujeria, unos meses después. Mi abuela me abrazó, en medio del círculo de velas, recibiendo en el circulo de la familia y de la historia que compartiamos y sentí el poder de la experiencia que compartíamos, del olor del mar que nos envolvía. Un pequeño tesoro en la memoria.  Lo pensé años después, cuando la adolescencia con todas sus confusiones y contradicciones me dejó abrumada. De pie, a mitad de la niña que había dejado de ser y la mujer joven en que me convertiría, pensé en esa capacidad de construir ideas, de mirarme más allá de mis limitaciones y mis pequeñas angustias. La recordé, ya adulta, enfrentándome a mi misma, al temor del mundo que parecía ondular a mi alrededor, transformarse en algo más en mi experiencia. La bruja que aspiré ser y la bruja en que me convertí, reflejo de un espejo de mil significados. El rostro de una nueva generación de mujeres que creen en el sueño de las ideas.


Mi altar ha crecido. Quizás refleja las creencias de la mujer que soy, con sus velas multicolores, la vieja bola de cristal astillada que conservo con amor, los antiguos candelabros de mi abuela, la figura exquisita de la Diosa de brazos alzados sonriéndome entre el parpadeo del fuego encendido. Y siento la fe, esa convicción de construir y mirarme a través de los que sueño, como una sensación viva que me sobrepasa, me desborda, me envuelve, forma parte de mi pensamientos más íntimos y profundos. La bruja que soy sonríe, con la herencia que atesoro entre las manos. Una palabra amor y creación.

Así sea.

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