martes, 25 de octubre de 2016

Crónicas de la ciudadana preocupada: Bajo la bota del poder. Unas cuantas reflexiones a la Venezuela ciega.




Desperté en dictadura.

Es un pensamiento absurdo, claro. Nadie despierta de un día para otro en un sistema político totalitario. Nadie cree que pueda suceder en todo caso, pero es lo primero que se me ocurre — la primera certeza que tengo — luego de la suspensión del Referéndum revocatorio vía un proceso legal viciado e violento. Tendida en la cama, escuchando el bullicio de la ciudad al despertar, tengo una rara sensación de pérdida inexplicable. Como si lo ocurrido en el exclusivo ámbito político y electoral de mi país me hubiese golpeado la moral de una manera invisible y dolorosa.

En Venezuela, suele ocurrir así. No hay un sólo espacio de la vida cotidiana que no esté salpicado de política y la discusión ideológica. Pero en esta ocasión, se trata de algo más grave: de pronto, la única endeble esperanza sobre la resolución de una crisis que ya cuenta casi dos décadas, desaparece y deja a su paso un terror fértil para la violencia, la represión y el miedo. El miedo que claro está, no es noticia nueva en un país donde no puedes evitar sentirlo a diario. Donde te aterroriza la incertidumbre o en el peor de los casos, la certeza que todo continuará de la misma forma y quizás empeorará a velocidad de vértigo a medida que Venezuela se deteriora y desaparece. Así que de pronto, de nuevo la política te empuja a una zona blanca y árida de tu vida. A esa sensación de abrumadora confusión que te hace cuestionarte por qué continúas confiando en Venezuela cuando no hay motivo para hacerlo. Como te dejaste engañar de nuevo, si ya sabías que ocurriría.

Pero este es el país donde crecí — aunque no, en el que nací — y uno termina acostumbrándose — espero que jamás resignados — a la realidad que cambia todos los días. Al país que se transforma en otra cosa con tanta frecuencia que dejas reconocerlo porque no puedes asimilar con tanta rapidez esa percepción sobre la identidad que no existe. Y ahora, me digo, con la primera taza de café del día entre las manos, llegamos a un límite impensable. A esa frontera que parecía una idea melodramática fruto de la cultura popular de un país ignorante. Dictadura, me digo de nuevo. Dictadura.

Según la inefable Wikipedia, una dictadura “es una forma de gobierno en la cual el poder se concentra en torno a la figura de un solo individuo (dictador) y que se caracteriza por una ausencia de división de poderes, una propensión a ejercitar arbitrariamente el mando en beneficio de la minoría que la apoya, la independencia del gobierno respecto a la presencia o no de consentimiento por parte de cualquiera de los gobernados, y la imposibilidad de que a través de un procedimiento institucionalizado la oposición llegue al poder.” Una definición sencilla y académica que para mi horror explica mejor que cualquier otra cosa la Venezuela que acaba de ser despojada del último derecho con que podía disimular la mano dura del poder. Elección tras elección, el Venezolano se empeñó en creer en la posibilidad de una democracia gracias al hecho de votar. Así de sencillo y reduccionista, pienso mientras camino por la avenida que cruza mi casa hacia el supermercado más cercano. Así de ingenuo. Así de lamentable. A pesar de la evidencia, de la violencia, de la represión sangrienta, del tufo a ilegalidad en cada acción del gobierno. Pero podíamos votar, de manera que esto debía ser una democracia.

En la cola para comprar harina de trigo atraviesa la calle unos cientos de metros. Cuando avanzo firme en paralelo, un funcionario militar uniformado me sale al paso.
— Haga su cola.
 — Voy a comprar fruta.
 — Haga su cola también, aquí nadie lleva corona.

Tendrá mi edad o un poco menos. El rostro cuadrado mal afeitado con bolsas hinchadas bajo los ojos. Lleva el arma de reglamento sobre el muslo y la deja bien visible, como una amenaza tácita. No me asusta — crecí bajo el ambiente policiaco de un país obsesionado con el verde oliva — de manera que sigo caminando y me desvío hacia la esquina más arriba, sin responder. Cuando me vuelvo a mirar, el militar me sigue mirando. Tiene la boca apretada en un rictus de disgusto. Y pienso en toda la gente que esa ira arrogante llevó a la cárcel. Todos los “desobedientes” como yo que ahora mismo, están en alguna cárcel del país.

El pensamiento me provoca escalofríos. Dictadura. Hace más de cinco años que un militar me tomó del brazo y me empujó calle abajo hacia un improvisado comando porque me negué a entregar la bandera que llevaba. Recuerdo con claridad los empujones y sacudidas al caminar entre la multitud que nos rodeaba, los insultos. “No tienes derecho a llevar esa mierda aquí” me había gritado antes de soltarme con un empujón mitad de calle y después de arrancarme la bandera de las manos. Tenía la misma mirada dura y enfurecida, arrogante del hombre que ahora me observa alejarme.

Dictadura. Recuerdo a Hugo Chávez mandando “a la mierda” a los poderes públicos. Llamando “victoria de mierda” a la mínima ventaja electoral que la oposición obtuvo en el revocatorio. A esa ocasión en que sentenció a una jueza de la República desde el podio de su programa de televisión por el sólo hecho de contradecir uno de sus caprichos legales. En la vez que despidió a un grupo de Venezolanos en medio de burlas y mofas, también a través de las pantallas de la televisión. En su sonrisa amplia y malévola cuando ofreció “gas del bueno” contra los manifestantes en las calles de país. Cuando no soltó una carcajada frente a la muerte de opositores, esa vez en que celebró sin inmutarse la muerte de una querida figura eclesiástica Venezolana. En todas las ocasiones en que su opinión política se impuso sobre la ley, la legalidad y la constitución. En todas las veces que amenazó a la disidencia con las armas de la república. En cada vez que dejó muy claro que en Venezuela, había ciudadanos de segunda, excluidos y exiliados aún en el suelo patrio.
Me detengo frente a la puerta de un segundo supermercado. También hay una larga fila que aguarda, pero en esta ocasión, nadie me detiene cuando entro al local. Hay un ambiente de definitiva desesperanza en los anaqueles vacíos, entre las bolsas de tela de arpillera repletas de los mismos productos inútiles. Cuando me acerco al mostrador de las frutas, me sorprende el olor dulzón y un poco desagradable de las muy maduras, de las que no se venden por su altísimo precio y de las que terminan pudriéndose allí, sin que nadie se tome la molestia de cambiarlas. Hay un niño sentado junto al anaquel de metal. Está comiendo un trozo de una manzana poncha con algunas partes abiertas y oscuras. Lo hace con un deleite tal que resulta conmovedor pero también, hay algo trágico y abrumador en la imagen. El estómago me da un vuelco y antes de notarlo, estoy en la calle. Camino a ciegas, con las manos apretadas contra los costados del cuerpo, tan asustada y enfurecida que me lleva esfuerzos respirar.

Dictadura y todo tiene la misma apariencia, la misma quietud árida. La calle desborda de tráfico y transeúntes. Un hombre medio desnudo camina entre tambaleos. Se detiene, se inclina para recoger un objeto invisible. Ríe en voz alta. Se cae sentado sobre el concreto de la acera. Y allí permanece, en medio de esta multitud ciega que lo rodea, mirándose los dedos retorcidos, moviendo los labios en una cháchara demencial que de pronto, me parece simbólica. Me quedo mirándolo, preguntándome si eso hemos hecho durante la última década y media. Hablar con el vacío, esforzarnos con una terquedad a toda prueba en ignorar la realidad.

***
Cuando me reuno a almorzar con un grupo de amigos más tarde, nadie menciona lo ocurrido con el Referéndum revocatorio. De hecho, parecen esforzarse justo en ignorar el tema, como quien mira para otro lado mientras un elefante avanza en una habitación pequeña. Me quedo callada, con una sensación de irrealidad que me deja mareada y un poco débil. Cuando me tomo un sorbo del café sin azúcar que me sirven, el amargor en la lengua deja de ser agradable, exquisito. Hay algo ácido y duro en ese sabor, que parece resumir lo que siento sobre la conversación que ocurre a mi alrededor.

— Bueno, ya sabes que en este país…nada es seguro — dice alguien — a menos que sean las decepciones. O funcionario de gobierno enchufado.

Y todos ríen, en un coro de carcajadas educadas y estridentes. Me quedo en silencio, la taza de café desapareciendo y apareciendo en mi campo de visión. Siento miedo por esta inocencia, por esta necesidad de mirar a otro lado. Por este empeño terco de disimular la evidencia. Pienso en mi misma, haciendo lo mismo. En obligándome a mirar a otra parte. En reírme de la situación que sufrimos. En encontrar un aliciente para evitar el miedo, para desviar esta incertidumbre en otra dirección. Cuando me levanto de la mesa, todos me miran sorprendidos.

— Necesito un poco de aire — explico.
 — Esa niña y su dolencia de país — dice una de mis amigas. Todos ríen otra vez.

Afuera del local, la calle tiene un aspecto marchito. La acera está rota en algunos puntos y los agujeros en medio de la grieta están llenos de agua sucia. Llueve. Una lluvia lenta y castaña, racheada hacia la derecha. Lo miro todo, con la sensación que esta ciudad fea, sucia y árida es el último rincón donde Venezuela se mira a sí misma. Como un mal recuerdo. Caracas avanzó y se creó como imagen y semejanza de una bonanza petrolera que duró tan poco que parece una fantasía. Un bienestar que llenó las calles de edificios, automóviles costosos, la posibilidad quebradiza de cierta prosperidad. Pero acabó tan rápido que sólo queda su sombra. La ciudad detenida en cualquier parte. Los restos de un sueño que terminó pronto.

Una idea cursi para definir a Caracas, una ciudad donde cien ciudadanos mueren a balazos cada fin de semana. Una ciudad donde grupos de niños y adultos rodean camiones de basura para un asalto silencioso y voraz. Una ciudad donde todos nos despedimos a diario, donde nadie quedarse. Una ciudad de paso, un trayecto entre dos puntos equidistantes. Cabrujas lo dijo una vez, recuerdo. Esta ciudad que no existe.

— ¿Qué te pasa?

Mi amigo J. me conoce mejor de lo que creo o me temo. Se queda de pie, mirándome preocupado. Me estoy mordisqueando las uñas con un gesto nervioso y supongo que demente, pero no le veo sentido al disimulo. Ya no.

— Estamos en dictadura.

Lo digo como si tal cosa, como si fuera cosa de todos los días, asumir que el país donde vives está aplastado bajo un sistema devastador, violento y represor. Lo digo de pie en un café lleno de gente de mi misma edad o muy cercana, que ríen y conversan en voz alta. Lo digo frente a una calle, donde las parejas muy jóvenes se besan bajo la lluvia. Una imagen engañosa, deformada, de un país destrozado. De un país que se cae a pedazos. El país tránsito, pienso de nuevo.

— ¿Para qué te preocupas por eso? No tienes control de lo que pasa.

Mi amigo está a punto de emigrar. De hecho, supongo que esta será una de las pocas ocasiones en que lo veré antes que desaparezca de mi vida — del presente, del futuro que compartimos — como tantas otras personas. Siento dolor físico al escuchar su frase, por su expresión amable. Por el cariño con que me aprieta el hombro. Me quedo muda, paralizada. Miedo y rabia. Algo muy parecido a la desesperanza.

— Oye, es así. Ya no tienes nada que hacer aquí. No sé para qué coño te preocupas o te das mala vida. ¿Es dictadura? Pero verga, tu no te vas a dejar matar en la calle. No te vas a ir con tu banderita por allí a que te jodan porque eres patriota. Deja ser el país.

J. y yo estudiamos juntos los dos primeros semestres de mi segunda licenciatura. Siempre insistió en ser un tipo pragmático que no podía dedicar su vida a la literatura — no al menos, de esa manera — y al finalizar el quinto año universitario, lo dejó todo para comenzar un negocio propio. Le fue bien. Una improbable prosperidad lo hizo uno de los empresarios exitosos más jóvenes del país. Le recuerdo diciendo que “Chávez era un aliado inteligente de la gente con plata” y después, insistiendo que “el chavismo es una manera tropical de capitalismo, aunque ellos no lo sepan”. Ahora se va del país y sonríe ante la palabra dictadura. Lo hace con una irresponsable inocencia que supongo vale por todos los que hacen lo mismo, por los que el término les parece exótico y sin sentido. Por cada una de las personas que ahora mismo no sólo se empeñan en ignorar el país que se viene abajo, sino también sus consecuencias. El hecho que ahora mismo, la vida corriente está rota, a punto de derrumbarse en algo impensable y duro. Pero nadie desea — quiere — verlo. Todos avanzamos en contra corriente, escapando de la grieta como podemos. La idea me enfurece, me deja entumecida y cansada.

— ¿No te importa entonces que tu madre y tus hermanos se quedarán lidiando con un gobierno capaz de cualquier cosa por preservarse en el poder?

 — Eso es una vulgar manipulación emocional — sacude la cabeza — no todo está tan grave. Creo que es hora que ya madurez. El país no puede ser lo que quieres.

Pienso en los presos políticos, en quienes perdieron propiedades e inversiones por las sucesivas expropiaciones. Pienso en las madres huérfanas, en los padres huérfanos. En la calle solitaria que conduce a la Morgue de la ciudad, repleta de rostros pálidos y endurecidos por el sufrimiento. Pienso en los anaqueles vacíos. Pienso en el grupo de niños que vi rodeando un camión de basura para robar una bolsa cerrada. En cómo corrieron calle abajo para abrirla entre todos. En cómo comían con un deleite silencioso y hosco lo que encontraron en su interior. Pienso en el niño del supermercado, masticando la fruta podrida. Pienso en las fachadas cerradas de cientos de locales y establecimientos. Pienso en las larguísimas filas de hombres y mujeres bajo el sol, aguardando con paciente desesperanza su turno para comprar una bolsa de comida. A la mujer que me sujetó del brazo en plena calle y me suplicó que le diera lo que pudiera para poder comer. “No como desde hace tres días”, me dijo. Una mujer con el rostro pálido, un sencillo vestido floreado, los pies calzados en unas zapatillas de lona impecables. El hambre en su rostro como una herida abierta.

— ¿Y que esperas tu que sea el país? — digo entonces, enfurecida — ¿Que sea esta mierda? ¿Qué se haga peor mientras tu puedas escapar o tu familia sobrevivir?

Una pareja en una mesa cercana se voltea para mirarme. Ella parece sobresaltada, él un poco irritado por lo que acaba de escuchar. Mi amigo me toma del brazo, intenta llevarme adentro. Me suelto como puedo de su mano. Me tambaleo, mareada por el miedo y la angustia.

— Esta es la Venezuela que heredaste ¿qué esperabas? — me dice entonces, en un cuchicheo furioso — No hay más nada que esto.

Sigo recordando esas palabras — su expresión seria y cansada — unas horas después, sentada a solas en la oscuridad de mi habitación. El insomnio tiene un tono amargo. Y de pronto me pregunto quienes sobrevivimos a la ideologización lenta y dura de un país que vive de la derrota, la desilusión y la desesperanza. Un país sin rostro, un país que es incapaz de reconocerse a sí mismo.

***
Un grupo de dirigentes políticos discuten en la pantalla de la televisión. Dejo el aparato sin sonido y los veo gesticular, moviendo el rostro en una serie de muecas dramáticas. Se trata de un ejercicio casi filosófico. Una demostración sobre la relación entre el liderazgo político que dice representarme y este miedo simple y llano que me acompaña en todas partes. No sé qué están diciendo y descubro con un sobresalto, que no me importa. Y esa conciencia, de comprender hasta que punto el país sigue avanzando a ciegas en un camino roto por la violencia, me provoca una mezcla de cólera y frustración. Me quedo sentada, mirando la pantalla muda hasta que la imagen cambia. Corte a negro. Un feo y vulgar comercial nacional intenta venderme las pocas cosas que aún sobreviven al descalabro económico.

Dictadura, pienso mientras el rostro muy maquillado de una modelo me sonríe desde la pantalla. Dictadura, pienso mientras miro por la ventana y veo a la ciudad a la última luz de la tarde, gris y dorada. Atrapados todos en una mentira simple, en una engañosa mirada a la realidad que intentamos sostener como sea, a costa de la cordura colectiva. Dictadura, insisto, pensando en lo que vendrá, en lo que tendré que enfrentar en los próximos días, meses o años, quien sabe. Dictadura, una puerta que se cierra, una visión sobre el futuro rota, con olor a desesperanza y angustia.

Recuerdo que en una ocasión escribí que votar me recordaba el poder del ciudadano. Pero ahora, cerrada esa opción y en medio de la confusión que vino después de la confiscación del último derecho político que aún podía esgrimirse como válido, no queda otro remedio que asumir lo que supongo nadie fue capaz de hacer antes: somos rehenes de la frontera. Atrapados en un país sin nombre. En el hecho evidente que somos un poco cómplices de lo que vendrá después. De lo que sea que deberemos enfrentar como sociedad y como cultura. Una idea dolorosa y ambigua. Una sensación de urgencia que en realidad, no lleva a ninguna parte.

Me tiendo con los ojos cerrados en la cama. El sueño no llegará en horas supongo. Y mientras tanto, sigo pensando en esta cárcel ideológica en la estoy encerrada. Este país de ilusiones rotas que es el mio. Esta ciudadana de la periferia en que me convertí.

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