viernes, 28 de octubre de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Octubre. Canadá. Alistair MacLeod.





El 20 de abril del 2014, Alistair MacLeod murió como vivió: con una enorme y frugal sencillez. Murió de una apoplejía fulminante en la misma casa donde había residido por más de treinta años, rodeado de su familia y en la más estricta intimidad. Eso, a pesar de haberse convertido en uno de los escritores insignes de su natal Canadá y en una figura reconocida a nivel mundial. El escritor es uno de esos raros casos donde un colosal talento no se refleja en la arrogancia, sino que más bien, parece ser un recuerdo de esa conciencia constante sobre la identidad que nos une, nos hace pequeños y fugaces en la memoria Universal. MacLeod, que fue la voz más reconocible de los escritores de su generación de su país, entró a la eternidad en silencio y con una humildad que sorprende por su enorme significado.

Tal vez por ese motivo, se dice que Alistair MacLeod se convirtió a sí mismo en el mejor de sus complejos y entrañables personajes. Esos pequeños huérfanos sentimentales que pueblan su meditada perspectiva sobre el presente y el futuro. Como observador nato que era — y en más de una ocasión afirmó que “la mirada del escritor puede atravesar las tinieblas — MacLeod supo crear un sabio recorrido en todas las pequeñas y conmovedoras escenas que su buen hacer literario supo elevar a una nueva dimensión sensible. No hay un sólo elemento en la obra de MacLeod que no sea una sentida mirada a la naturaleza humana mutable, que se transforma con una lentitud casi invisible para alcanzar una iluminación final privada. Quizás así fue para el escritor, que llegó a confesar que se enamoró de la palabra “por un buen accidente” y encontró una manera de llevar esa sorprenda espiritual que le produjo el arte creativo a una nueva dimensión. MacLeod escribía por amor pero también por una necesidad muy concreta de comprender el mundo en sus matices, en sus grietas desiguales y que la mayoría de las veces pasan inadvertidas. Y lo logró.

A pesar de su pequeña obra literaria (apenas la componen veinte relatos y una novela) no hay duda sobre la importancia y la fuerza de esa visión literaria suya que cimentó la reflexión sobre la ficción desde una nueva dimensión conmovedora. A la altura de los mejores escritores canadienses como Michael Ondaatje, Mavis Gallant, Alice Munro o Margaret Atwood, MacLeod reflexiona no sólo sobre el hecho de la narración sino esa mirada íntima que convierte al mundo en una metáfora existencialista. Pero más allá de eso, el escritor demostró en cada oportunidad que pudo que su prosa sencilla era más que suficiente para contar grandes historias de lo cotidiano. Su primer relato publicado — La Barca, una historia sobre el mar y la muerte de una escalofriante belleza — formó parte de una antología con los mejores cuentos norteamericanos, todo un logro para un hombre que pasó buena parte de su vida escribiendo por puro placer y que se sorprendió cuando un editor le sugirió publicar su obra. En el volumen figuraban nombres de la importancia de Bernard Malamud, Joyce Carol Oates e Isaac Bashevis Singer. Nadie reconoció el nombre del modesto escritor Canadiense pero la enorme calidad de su obra le precedió: el cuento sorprendió a propios y extraños y de pronto, el misterio de este escritor del que nada se sabía podía rivalizar sin problemas con los consagrados, enterneció y cautivó al público. La fama le alcanzó de inmediato y de pronto, el nombre de Alistair MacLeod parecía formar parte de todas las apuestas en la búsqueda del nuevo gran novelista Canadiense. Pero MacLeod no se dejó tentar: se negó por mucho tiempo a conceder entrevista, huyó del reconocimiento inmediato y volvió a ocultarse en esa noción un poco extraviada sobre la repercusión de su obra. Para el escritor lo más importante era la escritura misma, la percepción sobre su importancia como legado y sobre todo, la capacidad elemental de la narración para cautivar. Todo lo demás — y eso incluía la identidad del escritor — era por completo prescindible.

Se trata de una percepción directa sobre la importancia de lo prosaico que MacLeod analizó durante buen parte de su vida. Era hijo de un minero y un ama de casa que según confesión discreta del autor “no hicieron gran cosa” para apoyar la temprana vocación de su hijo por la escritura. Con todo MacLeod no cejó en el empeño y durante buena parte de su juventud trabajó de manera incansable para procurarse una educación a la medida de sus aspiraciones: fue leñador, minero como su padre, pescador y por último granjero, ocupaciones que le dejaron un conocimiento profundo sobre la naturaleza humana y sobre todos, sus pequeños dolores silenciosos. Perseveró hasta lograr doctorarse en Literatura en la Universidad de Notre Dame en EEUU y luego, regresar a Windsor (Canadá) donde ejerció como docente durante buena parte de su vida. Pero aún así, el escritor contuvo su impulso narrativo a una década después, cuando regresó a su natal Cabo Bretón y pasó más de cinco veranos encerrado en una cabaña sin electricidad, sólo escribiendo. Una experiencia que llamó “purificadora y contundente” pero también, que le dio la oportunidad de explorar a solas y en una intimidad brutal, lo que le brindaría una identidad inolvidable a sus escasas obras: El poder de analizar la existencia humana como un fenómeno de la naturaleza, inexplicable, violento pero también, de profunda importancia emocional.

En vida, MacLeod publicó apenas dos libros de cuentos, con diez años de diferencia entre ambos. Siempre sorprendió que un escritor tan capaz, tan profundamente comprometido con la belleza estilística y sobre todo, una mirada tan certera sobre lo humano y sus misterios, escribiera tan poco. Pero tal vez, esa obsesión de MacLeod por la frugalidad tiene una relación directa con lo poco extenso de su obra: para un hombre convencido del valor trascendental de los pequeños actos, cada página escrita debió ser un triunfo de la memoria, de la audacia de crear. Una estructura confidencial que asumió como una necesidad definitiva que define mejor que otra cosa, tanto su estilo narrativo como la forma en que asumió el valor de cada idea y palabra que plasmó en sus escritos.

Luego de su última publicación, transcurrieron trece años de silencio. No sólo no volvió a conceder entrevistas, sino que además, se hizo más críptico en su necesidad de mantener oculto no sólo lo que escribía, sino también el motivo específico del silencio que guardaba sobre lo que escribía. Hubo rumores entre editores — alentados por amigos, alumnos y algún que otro pariente — que MacLeod escribía una novela. Una que además, resumía y acrecentaba el mito de sus magníficos cuentos. Casi una década después que su segundo libro de cuento llegara a librerías, el escritor permitió a un periódico local de Winsor publicar un fragmento de la futura obra. Más tarde leyó otros tantos en pequeñas reuniones privadas, charlas y debates literarios. Su mito se acrecentó: de pronto, la misteriosa novela de MacLeod estaba en boca de todos pero además, era el misterio fetiche de buena parte del mundo literario canadiense. Además, los pocos fragmentos que lograron trascender al secretismo que MacLeod rodeaba a la obra, dejaron muy claro que se encontraba a la altura de lo que se esperaba de él. Pero el escritor no cedió a la presión ni a los cantos de sirena del reconocimiento: se ocultó en una calma plomiza inquebrantable y abandonó toda intención de llevar a la palestra mundial la tan esperada novela. Tal parecía que para MacLeod se trataba de un asunto de honor el silencio y la pasividad, como si la publicación — las alabanzas, la admiración — no fueran otra cosa que fuegos fatuos que podrían desviar a su necesidad de escribir de su verdadero sentido: encontrar un reflejo del corazón del hombre en la palabra. Con un ahínco que sorprendía por su ferocidad, el escritor protegía no sólo su nombre — y vida privada — sino también lo esencial que hacía meritoria su obra.

Las anécdotas alrededor de la peculiar personalidad de MacLeod se multiplicaron. Su editor aún recuerda todo lo que debió insistir para que finalmente MacLeod aceptara que la novela enigmática fuera publicada: se trató de una aventura digna de cualquier libro, aunque por extraño que carezca, no una de las narraciones de épicas diminutas del escritor. El editor Douglas Gibson tuvo que recorrer a tretas y a juegos de paciencia para vencer la tenaz resistencia de MacLeod: avisado por la esposa del escritor que su marido iba hacia la estación de tren con la obra a cuestas, Gibson esperó por más de dos horas hasta fingir un tropiezo casual con MacLeod. Insistió, le siguió durante el trayecto de casi dos horas, pero el escritor se escabulló sin mediar palabra. Gibson continuó en sus treces: le llevaría dos años más y otros tantos encuentros en apariencia casuales lograr persuadir a MacLeod de la importancia — quizás personal, quizás literaria — que su obra se publicara. Que profundizara en los pequeños mundos misteriosos que había creado en sus narraciones cortas. Vencido por una perseverancia con toda seguridad muy semejante a la suya, el escritor cedió.

El largo periplo del libro hasta el ojo mundial valió la pena: “Sangre de mi sangre” supuso un acontecimiento a escala mundial. La novela no sólo demostró la capacidad narrativa de MacLeod — si alguien tenía dudas — sino que además lo encumbró como un narrador sorprendente y dotado del cual se esperaba ocupara un sitial de honor en las grandes letras Universales. La novela obtuvo numerosos premios, incluido el IMPAC Dublín, que fue el único que MacLeod recibió en persona y agradeció con una conmovedora alegría que aún se recuerda. MacLeod parecía asombrado por la repercusión de su obra pero más allá de eso, estaba genuinamente admirado por el fervor que sus lectores le prodigaban. Más tarde declararía en una de sus escasas entrevistas que “la literatura te permite contemplarte en los ojos del mundo”. Una idea que le acompañaría como una obsesión por muchos años después.

Por extraño que parezca, la obra de MacLeod podría analizarse y comprender como un todo sin resolución inmediata. Tanto sus cuentos como su novela, forman un todo indistinguible y crean una tensión literaria única, que avanza por una prosa simple y directa, pero llena de una inusitada sensibilidad. Las narraciones y escenas de MacLeod son una celebración no sólo a la belleza de paisajes y terrenos agrestes, sino a los mapas interiores de sus personajes. Un mapa de ruta invisible a través de dolores y sufrimientos íntimos. Todas sus historias avanzan de la misma manera: una mirada directa sobre el sufrimiento de los habitantes de Cabo Bretón, las historias de sus antepasados y las vicisitudes que padecieron en su emigración forzada a Nueva Escocia. Pero a pesar de la apariencia local de la historias, el talento de MacLeod logra llevar cada escena y cada reflexión sobre la naturaleza humana del desarraigo y la pena, a un nuevo nivel casi Universal. Una percepción compleja de dolor vivo sobre lo que somos y la manera como nos comprendemos como cultura y época. No hay nada casual en los mecanismos perfectos que sostienen la obra de MacLeod: cada pieza no sólo resulta una alegoría sobre el poder del espíritu humano sino también, esa constante búsqueda de belleza que el escritor convirtió en oficio. Una meditada narración discontinua sobre la capacidad del hombre para asumir la adversidad como una forma de conocimiento.

MacLeod escribía a mano, un dato que sorprendió a su editor cuando lo supo. Pero para MacLeod era de una importancia capital y emocional que la palabra fluyera con libertad sobre la hoja real, que tomará corporeidad en tinta e intención. Lo hacía repitiendo párrafo a párrafo en voz alta, quizás para disfrutar de su sonoridad. Un ritual personalísimo que quizás brindó a sus obras esa plasticidad asombrosa, entre la melancolía y cierto dolor que se insinúa entre ellas. Las computadoras no le brindaban esa noción sobre el espacio y el tiempo, sobre el peso de las sentencias morales, imaginarias o reales “Cuando veo las frases en la pantalla pienso que es cosa de duendes o de hadas, no algo que haya escrito yo”, comentó en una ocasión.

Luego de “Sangre de mi Sangre” el escritor continúo escribiendo, en sus largos veranos silenciosos en los que bregaba a pluma y papel con sus dolores imaginarios y reales. Siguió haciéndolo hasta pocos meses de su muerte: “Escribiré, no sé bien qué. Probablemente otro libro de relatos. Quien sabe si un volumen de sueños”. Tenía 65 años cuando regresó de su última estadía en la cabaña secreta. Llevaba un par de hojas escritas y estaba entusiasmado por el resultado. Para dolor de sus lectores ese libro nunca llegó: MacLeod moriría sin hacer otra cosa que escribir algunas magníficas descripciones sobre paisajes marinos y pequeñas anotaciones sobre lo que parecía ser una idea primaveral sobre sus grandes obsesiones. Pero nadie se atrevió a completar las pequeñas notas: la obra de MacLeod continúa inacabada. Como sus frases llenas de musicalidad que describen paisajes y sentimientos con prodigiosa habilidad, combinando ambas cosas en una mirada extraña y dura sobre el tiempo y su capacidad para sanar sus heridas. Hay un punto de silencio en toda la obra de MacLeod, un fragmento que no encaja en ninguna parte. Una mirada precisa pero misteriosa sobre momentos y situaciones difíciles. Sobre pequeños y grandes terrores. La incertidumbre — embellecida y sublimada a través de la paciencia — como una forma de expresión más importante que cualquier otra.

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