martes, 18 de octubre de 2016

Del mundo globalizado al egocentrismo moderno: ¿Qué hay en contra de la Soledad?




Hace poco mi amigo E. comentaba que muy poca gente entiende que te guste la soledad. Es una frase que he escuchado en varias ocasiones en diferentes momentos de mi vida, pero que ese día, justamente me pareció más significativa que nunca. Nos encontrábamos en un evento fotográfico, rodeado de nuestros grupos de amigos y hubo algo en su manera de expresar la idea - llamémosle lenguaje corporal o simplemente elucubración - que dejó bien claro que para él, la cuestión era tan simple como para mi: la soledad se disfruta. Por supuesto, eso nos pone al margen de esa gran opinión general que insiste que la soledad no solo es preocupante sino además, dolorosa. Pero ¿qué le vamos a hacer? Pertenecemos a ese pequeñísimo margen de hombres y mujeres que consideran la compañía deseable más no indispensable. ¿Somos bichos raros? ¿Tenemos algún problema? Yo creo que no y definitivamente estoy convencida que somos más de lo que suponemos, en este pequeño grupo que mira la soledad como una manera de expresión.

De hecho, hay una idea muy sutil que sugiere que la soledad es un trastorno: como animal social el hombre debe desear la compañía de sus semejantes, encontrar consuelo a sus temores a través de la interrelación con el otro y lo que es aún más curioso, identificarse con la idea de sociedad y grupo que la cultura insiste debe considerarse normal. Claro está, es una manera muy simplificada de catalogar y comprender al género humano y de interpretarlo como parte de una idea común. Pero ¿Qué le vamos a hacer? la sola admisión que la soledad puede ser una conducta normal parece enfrentarnos a una serie de interpretaciones que chocan frontalmente contra esa visión idílica de la gran comunidad humana. Porque el hombre evolucionó de las cavernas formando parte de esa extensa idea de grupo, de sociedad masificada que luego tomó forma y sentido gracias al posterior sedentarismo. Así que la gran pregunta parece ser ¿Qué sería del hombre sin ese instinto de reunión, de comprensión y de empatía que debería ser inevitable? ¿Quienes seríamos sin el extraordinario concepto de sociedad que se ha construido parte a parte y bajo enorme esfuerzo y que forma parte de la identidad del hombre? Y es que quizás, ese colectivismo parece ser una idea que se asume necesaria, pero en realidad no es más que una apreciación histórica de cierto rasgo común, que sin embargo, se enfrenta a la individualidad del espíritu humano. Quizás esa creciente necesidad de mirar lo que hacemos - y somos - bajo nuestra propia visión de las cosas.

La soledad moderna y otras visiones extraviadas de la razón cultural:

Hasta hace un siglo o dos, el hombre nunca imaginó podría sobrevivir al aislamiento de sus semejantes. Por supuesto, eran tiempos donde la compañía del otro se expresaba - y se pensaba - como una forma de supervivencia: el hombre cazó en grupos y luego construyó comunidades a cuatro manos. La inmediata herencia histórica de todo eso, fue una necesidad de cercanía que se asumió cultural. Las habitaciones familiares eran ocupadas por los hijos, sin que hubiese espacio para la intimidad o la individual. Se comía, se dormía, se amaba y se moría en comunidad.

Pero con la revolución industrial, el positivismo, el mecanicismo y sobre todo la evolución del pensamiento como unitario, todo esa expresión de la comunidad humana se fragmentó. Se reformuló, digamos. El ciudadano común podía estar solo - una intimidad social - y de hecho, poco a poco se transformó en una opción en medio de una serie de posibilidades que lo nuevo urbano pareció ofrecer. Con la llegada de las grandes ciudades y la industrialización, la construcción de  apartamentos de reducido tamaño, esa amplitud del hogar paterno se transformó en una idea que no parecía encajar demasiado con esa necesidad del éxito adulto y la independencia económica. Y es que a medida que los valores morales parecieron transformarse en algo menos abstracto y más relacionado con el éxito monetario que con algo más espiritual, la individualidad del hombre - el llamado egocentrismo moderno - tomó el lugar de lo que somos como parte de esa gran visión de cultura contemporánea que insiste en mirarse así misma como una expresión del yo. ¿Es producto entonces esta nueva afición a la soledad de ese replanteamiento de las cosas? No lo creo. Más bien, de pronto el ciudadano común descubrió que la esa gran imposición cultural de la compañía y la cercanía como reclamo emocional cultural, no tenía porque ser obligatorio. Ni tampoco, claro está, un requisito para ser parte de esa idea de comunidad humana. De hecho, los limites se hacen borrosos, inexactos y pareciera ser que todos somos parte de esa nueva interpretación del hombre a solas. Una interpretación del ser ideal sin necesidad de atravesar el engañoso páramo de lo que somos y queremos ser, según lo socialmente aceptable.

Y no obstante, la soledad del ser humano actual, parece desvirtuarse de esa egolatría cultura que tanto se critica. Una vez, mi profesor de morfo lingüística insistió que la mente humana no disgrega muy bien la diferencia entre la soledad y estar solo, una sutileza que sin embargo parecía abarcar dos estados del ser muy distintos. Cuando le escuché la reflexión por primera vez tenía veintidós años recién cumplido y pasaba esa etapa de todo joven contemporáneo, en que intentamos definirnos a través de lo que rechazamos. Y mi dilema era justamente esa idea de familia Universal, el cordón misterioso que según, nos unía a todos como una gran mancomunidad humana. Ya por entonces, comenzaba a definirme como "solitaria", aunque no tenía mayor idea del significado del término, como bien me lo recordó mi profesor.

- La soledad es otra de las maneras en que puede definirse un ser humano, y no necesariamente es válida o tiene relación con el mundo que le rodea - me explico - estar solo, implica que no existe la posibilidad de comunicación.

- Al cabo la conclusión es la misma - insistí - solo que el solitario, asume la soledad como algo que puede manejar y el que está solo, no.

- No necesariamente - me dedicó una de sus sonrisas amables. Después sabría que había enviudado doce meses atrás y aún lidiaba con el luto - La soledad y el aislamiento son dos términos que concluyen en la misma idea pero que implican dos interpretaciones totalmente opuestas.

- En otras palabras, la soledad puede asumirse como idea personal... - aventuré. Asintió.

- Pero el aislamiento es la incapacidad para comprender esa idea. O al menos, un desagrado evidente hacia ella.

Tenía sentido. Desde muy niña, había sido introvertida y callada. No disfrutaba especialmente de los juegos en grupos y me molestaba de hecho, abandonar mi personalísima región personal en un intento poco menos que incómodo de participar en esa idea de comunidad humana que te inculcan desde muy pequeño. Pero claro, debía hacerlo. Era lo que se esperaba de mi o así lo asumí con el transcurrir del tiempo. Porque la soledad es una condición inusual, que desdice esa insistencia cultural que la especie humana se integra con facilidad a sus semejantes, los necesitan para subsistir. De manera que me llevaba bien con la soledad aunque muy pocas veces podía disfrutarla en realidad.

Por el otro lado, mi prima L. parecía muy angustiada de no lograr encajar en ninguna parte. Sufría de un pequeño trastorno del habla que le obligaba a pronunciar con más lentitud de lo normal, lo que hacía que se sintiera incómoda al hablar en voz alta. Como resultado, siempre estaba sola y lo sobrellevaba muy mal: siempre se encontraba al borde de las lágrimas y la situación en general le provocó un nivel de angustia tan agudo que finalmente, tuvo que recibir atención psicológica. De adulta, curada por completo de su pequeño problema verbal, más de una vez me comentó que la soledad la asustaba porque le recordaba mucho a esa infancia árida y pesarosa que había padecido.

¿Es quizás esa incomodidad hacia la soledad un rasgo aprendido? A juzgar por como siempre se sintió mi prima, no. Simplemente somos  y eso es indiscutibles, criaturas que miramos el mundo a través del otro. ¿Se trata entonces de un dilema de pareceres? Muy probablemente, porque la soledad - esa visión del mundo desde esa esquina personal - no es un rasgo que se asimile o se asuma de manera espontánea. Hay una interpretación de lo que nos rodea muy específica y sin embargo tan válida como cualquier otra. ¿La gran conclusión? de estar solo a necesitar la compañía, hay un pequeño parpadeo moral de inestimable valor.

En la soledad del mundo:

Pero en general, la soledad no está muy bien vista. Y eso, a pesar que la cultura parece brindar mayores facilidades a ese egocentrismo idealizado que todos disfrutamos a diario. Desde las infinitas posibilidades del Mundo 2.0 hasta la comunicación artificial vía redes sociales, la visión humana de la transición entre el sujeto social y el egocéntrico, se ha hecho mucho más rápida. Se habla de la suprema soledad del hombre moderno, la psiquiatría insiste en el perjuicio que ha causado ese extrarradio sensitivo que promueve la tecnología e incluso, la sabiduría popular habla de la soledad como un anatema a la simple naturaleza humana. ¿Pero eso es cierto? ¿Qué ocurre si disfrutas la soledad con el mismo placer lúdico que alguien más disfruta las grandes fiestas y la algarabía? ¿O si de hecho, lo disfrutas pero no necesitas la interacción inmediata, si hay un limite muy preciso entre quien eres y lo que necesitas del mundo más allá de esa linea imaginaria?

Hay un cierto prejuicio contra esa pequeña medida de intimidad. No está bien visto comer solo, o viajar solo. A mucha gente le cuesta  comprender muy bien como alguien más puede disfrutar de la soledad - a secas y sin tinturas medias - en medio de esa necesidad instintiva de socializar. ¿Donde está el error? ¿En qué punto lo necesario se confunde con lo que asumimos es "normal"? Porque claro está, volvemos al punto de la normalidad, del temor a lo que hay más allá de lo obvio, lo culturalmente masticable. La soledad o mejor dicho, la afición que algunos sentimos por ella, parece ser ese limite entre lo que asumimos es la independencia y la individualidad y lo que toca la visión de la cultura que protege, que aglutina, que homogeniza. Y que contradicción es esa de mirar el mundo con cierta desconfianza, de retroceder la frontera personal para mirar lo que se desdice y se contradice como parte de la cultura a lo que pertenecemos.

Escribo este artículo sentada en un café de mi ciudad. Lo hago a solas, en una esquina, bien protegida por el tumulto del almuerzo reciente y el temprano sopor vespertino. Me gusta esta sensación de intimidad, la concentración que me brinda este anonimato silencioso en medio de una multitud de desconocidos. Sin embargo, uno de los mesoneros parece preocuparle verme allí, tomando taza de café tras taza de café y picoteando un sandwich que no llegaré a comerme entero. Cuando me trae la quinta taza de café, se detiene junto a la mesa, le echa una mirada a las hojas de papel desordenada, la portátil ladeada y luego a mi rostro. Aguardo, un poco confusa.

- ¿Todo bien?
- ¿No se siente incómoda? - y me lo pregunta con toda honestidad.
- ¿Por qué debería de estarlo?
- Está sola hace mucho rato.

Es verdad. Debo llevar más o menos unas dos horas allí, leyendo apuntes, regresando sobre mis ideas, puliendolas de a poco. Y sin embargo, me siento a gusto. No necesito otra cosa que esta sensación de complicidad con mi propio espacio, con la evidencia concreta del mundo que se desdobla a mi alrededor pero que no llega a tocarme. Pero ¿Como explico esas cosas? ¿Como expreso una idea tan privada que no sé si tenga sentido para alguien más además de mi misma? Lo pienso, observando las mesas llenas de comensales a mi alrededor, escuchando las risas en voz alta, las conversaciones fragmentadas. ¿Donde encaja mi necesidad de pensar y meditar en silencio? ¿Donde tiene sentido esta abstracción de mis ideas en una personalísima visión del mundo? Quizás en ninguna parte y no por eso, es menos válida, menos concluyente. Así que sonrío, incómoda, siempre un poco torpe en la evidencia.

- Me gusta estar así.

Lo digo sin pretensiones que me comprenda ni porque me parezca un hecho importante en sí mismo. Simplemente es así: disfruto esta sensación de aislamiento, de encontrar un lugar para mi mente que yo mismo construyo día a día. El chico me mira, se sonroja y finalmente me sonríe, con la misma incomodidad que yo. Cuando se aleja me quedo preguntándome que podrá haber entendido de mi frase, si hay algo que deba entenderse de allí. Y presumo que no. Allí, en medio de esta humanidad bulliciosa y efervescente, miro todo con una curiosidad enorme y me pregunto si ese cuestionamiento ideal no será también parte de esta necesidad que todos tenemos de entendernos a través del otro, y de mirarnos en el reflejo ajeno. ¿Una mirada escrutadora a esa gran identidad que queramos o no compartimos?

Quizás. Por ahora, no tengo la respuesta, pienso. De nuevo, me aislo en mis pensamientos y en la música que resuena en mi mente, una línea invisible pero persistente que me separa de todo lo demás. Y siento ese placer, exquisito y desconcertante, de encontrarme flotando en una nada ingrávida e individual que tiene el regusto casi dulce de un pensamiento venial.

¿Quienes somos, al fin y al cabo? Otra de esas preguntas sin respuesta evidente que nos lleva quizás toda una vida responder.

C'est la vie.

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