domingo, 13 de septiembre de 2015

Danza al viento y otras historias de brujería.




Mi tia L. era una bruja, aunque ella no lo sabía. De hecho, no era mi tia, sino una de las amigas más queridas de mi madre, pero yo le llamaba "tia" porque nos unía un vinculo tan fuerte y profundo como cualquier parentesco real. Por ese motivo, cuando le insistía que era bruja, solía sacudir la cabeza, furiosa y divertida, resistiendose a cualquier palabra que pudiera definirla de manera sencilla.

- Soy una loca, eso soy - solía responderme - los locos no somos otra cosa que eso: gente sin sentido.
- Y también eres bruja.
- ¿Quién te dijo eso?
- Yo lo sé.
- Creéme, sólo soy una persona loca.

Llegadas a ese punto de la conversación reíamos a carcajadas. Siempre me asombraba esa risa suya, alegre y descontrolada, pero también profunda, como si retumbara desde el fondo del pecho. Tia era, por mucho, la mujer más fascinante que había conocido nunca: era artista y tenía su propio taller. Dedicada muchas horas y mucho esfuerzo, a crear pequeñas muñequitas de arcilla vidriada, todas preciosas y un poco desconcertantes. Eran siluetas voluptuosas, con pechos enormes y caderas redondeadas, que no tenian rostro, pero si los brazos alzados hacia un cielo imaginario. Se parecían mucho - o a mi me lo parecían - a las viejas Diosas de antaño que había leído adoraban tribus muy viejas en diferentes partes del mundo. Pero mi tía insistía que no, que sólo se trataban de símbolos de belleza.

- No son divinas, sino muy humanas - me explicaba pedaleando el torno - son una forma de recordarnos que lo bello puede ser enorme, glorioso, un poco deforme. Que la belleza y la fealdad se unen en un sólo un punto. Que lo hermoso y lo preciado se combinan para crear y construir ideas muy fuertes y viejas.

Con diez años, yo no te entendía nada de aquello. Sólo sabía que la tia creaba arte. Hacia cosas hermosas por el mero esfuerzo de su imaginación. Y yo la admiraba por eso. Me asombraba como podía tomar un trozo de arcilla dúctil y crear una figura extraordinaria, algo real. Vaya, si eso no era magia, no sabía qué podía serlo. Tia torcia el gesto cuando me escuchaba decir esas cosas.

- Y las brujas siempre están hablando de magia - se burlaba. Me encogía de hombros, muy seria y haciendome la ofendida.
- ¿Eso es malo?
- Eso es un punto de vista. Pero sólo uno. Hay muchos otros en que pensar.

El taller de tía estaba en la vieja casa de sus padres: una pequeña habitación con una sola ventana rustica que conducía a un jardín brillante y bonito. Siempre hacia mucho calor. A tia le gustaba trabajar a solas, sin nada más que la arcilla y el torno. Poco a poco, le daba formas a sus espléndidas muñecas, con los dedos tensos y los ojos entrecerrados, las mejillas brillantes de sudor. Era un proceso laborioso que siempre me sorprendía: desde el trozo de arcilla, las vueltas del torno, sus dedos apretando y golpeando. Y luego, el horno quemando al fondo, un fragor de llamas escondidas que me hacia sentir con la piel ardiente y febril. Tia decía que el arte era una idea que debía fraguarse en dolor. Lo decía, mostrándome los dedos chatos y doloridos por años de trabajo, las pequeñas quemaduras que le dejaba el fuego del horno. Y sonreía al hacerlo.

- Eso es magia - repetía yo. Tia ponía los ojos en blanco.
- A ver. ¿Por qué lo es? - me preguntó en una ocasión, ya bastante harta. Suspiré, mirando a mi alrededor.

Tia apenas vendía las muñequitas que hacia. De hecho, tenía que trabajar como periodista en los días de semana para poder mantener aquella pasión solitaria suya. No tenía clientes, ni sus muñequitas estaban en galerias. Lo hacia por puro gusto, por su deseo. Para crear. Para obsequiarlas a quienes amaba. A desconocidos que se asombraban de aquellas robustas muñequitas y deseaban conservar algunas. Tia nunca había vendido una de sus piezas ni quería hacerlo. Era símbolos de algo más profundo y bello, de una idea personal sobre lo que el arte puede ser y de hecho, era en su vida. Una forma de liberación de las ideas, un pensamiento elevadísimo de pura belleza.

- Es magia porque de la nada, creas algo bello - le dije - la magia, según dice Abu, es la capacidad que todos tenemos de transformar lo que nos rodea gracias a la imaginación. Tu lo haces.
- Celia es una romántica - se rió tia - Pero es una idea interesante esa.

Tia y abuela se llevaban muy bien. Solían conversar por horas entre risas y también discutir a gritos. Era como viejas amigas, aunque Tia era tan joven como mi mamá y podría haber sido una de sus hermanas. Pero en realidad, tia era un espíritu indómito, según decía Abuela y eso la hacia anciana en sabiduría. Siempre me gustó esa frase, aunque no la entendía bien.

- Bueno, eso. ¿Ves? eres bruja - concluí sin espavientos. Tia se inclinó hacia mi y me dedicó una de sus miradas verdes extrañamente duras.
- Una bruja es una manera de llamar a una mujer fuerte que no se atiene a nada, pero no es la única manera de hacerlo - me respondió - la mujer es arte, la mujer es creación. Y no por razones melosas o cursis. Una mujer crea por naturaleza y lo hace como un sueño. Por ese motivo, siempre ha sido un enigma en todas las sociedades y culturas. Creas desde tu vientre. Creas en tus manos. Enseñas a tus hijos a crear. Una mujer es el símbolo de lo fecundo.

No entendí nada de aquello pero me gustó la manera en que la tia sonreía cuando lo dijo. Miré a mi alrededor. La multitud de mujeres sin rostro parecían bailar en silencio entre sus anaqueles, brillantes y distantes. El calor rojo de la arcilla parecía rodearlas, como un aliento misterioso.

- Mi abuela dice que el arte es una forma de...mani...mani - intenté recordar la palabra, no pude - que el arte crea cosas buenas y hace retroceder el miedo. Que el arte es algo valioso porque brota en todas partes, no necesita otra cosa que deseo.
- Sí, Celia tiene razón, el arte se manifiesta de muchas maneras - dijo Tia haciéndome un guiño malicioso - pero eso no quiere decir que sea sagrado o divino. Es poder humano, nada más.
- ¿No es lo mismo?
- Que idea filósofica esa - rió la tia dandole al pedal del torno. El sonido profundo y ronco de la rueca lleno todo. El trozo de arcilla comenzó a tomar forma, a existir como algo bello entre sus dedos - pero no. La gente suele creer que todo lo que no explica proviene de un misterio. Y no lo es. Lo que no podemos explicar es parte de nuestra ignorancia, no de nuestra sabiduría. Y el arte es parte de la inquietud del hombre por trascender.
- ¿Trascender? - pregunté, tratando de hacerme escuchar sobre el sonido del torno. No conocía la palabra y me asombró su sonido enigmático. Tia se inclinó sobre el cuerpo de la muñequita que sus dedos torneaban: poco a poco, las formas iban apareciendo, como si nacieran por un mero esfuerzo de imaginación.
- Ir más allá de lo que naturalmente podemos - comentó la tia - ser más de lo que somos. El arte es el poder del ser humano para abandonar sus límites.

Seguí mirando como la muñequita nacía del barro. Los pechos amplios, la cintura pequeña, las caderas amplias, el cuello esbelto. El rostro plano. Cada detalle tenía una particular belleza y también, una tensión extrañamente vital y pura. Tia no solamente la estaba modelando, estaba brindandole vida, haciendo que tuviera significado. Un sentido real. La palabra magia se me vino otra vez a los labios. Pero no quise insistir en el tema otra vez. La tia Laura se habría reído de mi.

- El arte entonces es como un sueño - dije. Tenía muchísimo calor y de pronto, me pregunté si el calor del taller era el calor de la vida de las muñecas que nacian, que se construían a partir de ese poder naranja y poderoso que brotaba del fuego. Era una idea rarísima, inquietante, pero también bella - existe cuando creemos podemos comprenderlo.

Había leído esa frase en un libro unas semanas antes y me gustó tanto que la memoricé. Ahora, tuve la impresión que podía definir ese momento, que era capaz de construir un lenguaje y una noción esencial de lo que somos y lo que deseamos hacer. Y por supuesto, podía definir lo que mi tia hacia, inclinada sobre el torno, las mejillas ruborizadas de calor, los labios apretados de pura emoción contenida. Había algo profundo en todo eso, algo preciado que me llevaba esfuerzos entender a profundidad.

- Existe porque nadie puede vivir sin soñar - dijo entonces mi tia. Apartó el pie del pedal del torno. La mesa giró un par de veces más y cuando se detuvo, la muñequita palpitaba viva y húmeda sobre la madera. Viva, pensé. Recién nacida - y el arte es un sueño que nos salva de las pesadillas reales.

Como magia, insistí en mi mente. Pero por supuesto, no se lo dije.

***

Cuando el taller de la tia se quemó yo estaba en la escuela. Mi tia E. me dio la noticia cuando vino a recogerme. Sentí que el aliento se me volvía hilos de hielo en el pecho.

- ¿Quemado? ¿Ella está bien? - grité angustiada. Tia me acarició el cabello, tratando de calmarme. Me sacudí su mano de un cabezazo - ¿La tia...?
- Está bien, no estaba allí cuando ocurrió - me explicó mientras ambas caminábamos por la calle a paso apresurado - pero perdió su trabajo, todas sus esculturas. Una cosa muy triste.

Tuve deseos de llorar. Imaginé las preciosas mujeres sin rostro derritiendose, volviendo a la nada. Cayendo a pedazos sobre la Tierra, muriendo poco a poco. Sacudí la cabeza. Tia suspiró con tristeza.

- Fue el horno ese. Y mira que se lo dije tantas veces - dijo - El horno provocó el desastre.

Y el horno traía vida, pensé confusa. Seguí pensando en eso mientras esperaba que mi abuela volviera de la casa de tia, a donde había corrido para ayudar. Regresó con el rostro entristecido y cansado.

- Se quemó todo - me informó nada más verme allí, esperándola - tu tia está inconsolable.
- Pero puede volver a hacerlas, las muñequitas - pregunté levantándome de la silla de la cocina donde había estado sentada. Abuela dejó escapar el aliento en un gesto lento y dolorido.
- No es tan fácil, somos nuestra historia.
- ¿Y como está ella?
- Enfurecida. Dice que siempre fue una tonta en creer que lo que hacia era algo más que tonterias de caprichosa - me explicó. Sacudió la cabeza - es su forma de expresar la tristeza. De angustiarse sin permitirse una lágrima. Insistió en que no volvería a hacerlas.
- Pero a mi me encantan sus muñecas - dije. Pensé que ya no existían y sentí una puzanda de dolor - ¿Por qué no quiere volver a hacerlas?
- Porque no le encuentra sentido.
- Es magia - dije. Y hasta a mi me sorprendió la forma como la palabra se me escapó de los labios. Abuela me dedicó una mirada por encima de sus anteojos de lectura.
- Creemos en lo que nos consuela. Y ahora mismo tu tia cree en que la rabia es mucho más sincera que el dolor. Ya se tranquilizará.

Pero yo supe que no. Tia era empecinada y malcriada, un espíritu salvaje como pocos había visto en mi vida. Me quedé de pie en la cocina de mi abuela, percibiendo el suave aroma del té que hervia en la tetera de la hornilla. Pensé de nuevo en el taller de la tia reducido a cenizas. En las muñecas destruidas. Me produjo un indecible dolor.

- ¿Puedo ir a verla? - pregunté. Mi abuela tomó la tetera con cuidado y sirvió té de albahaca en dos tazas blancas. La miré, esperando que me respondiera. Si algo me encantaba de mi abuela, es que jamás dejaba preguntas sin responder.
- No quiere ver a nadie. Y menos a ti, que seguramente le hablarás de las cosas en las que crees - dijo - ella ahora no cree en nada. Tiene el corazón roto.

Que frase bonita, pensé con ternura. Imaginé las muñecas quebradas sobre el suelo, quemándose entre las llamas. Un corazón vacío y triste. Me recorrió un escalofrío de angustia.

- Pero ¿Tu crees que querría verme?
- A veces, uno no puede esperar que lo inviten - dijo mi abuela y me sonrío. Me alargó la taza de té y yo la tomé, reconfortada por su calor - Pero espera que sea el momento correcto. Yo te llevaré.

Bebí el té, confusa y entristecida. Las muerte de las muñecas, el corazón roto de tia seguían obsesionandome.

***

La tia nunca pidió verme. De manera que una tarde, dos meses después del incendio, le insistí a mi prima M. que me llevara hasta su casa. Prima lo hizo, a regañdientes y muy fastidada.

- Esa señora está loca - me dijo - yo que tu me andaría con cuidado.

Mi prima era una adolescente largirucha y malcriada, bella y primaverla. Siempre me caía muy mal, pero en ocasiones como aquella, me caía peor. Me guardé lo que quería responderle, siendo que había aceptado llevarme a la casa de la tia. Pero le dediqué una mirada furiosa, que la hizo reir.

- Ay bueno, ¡Tu sabes que está loca! - insistió - y eso no es terrible. Es bonito, la verdad.
- No como tu lo dices.
- Soy poco poética.

Seguimos discutiendo hasta la puerta de la casa de tia. Le pedi a mi prima me dejara allí y volviera por mi al rato. Ella puso los ojos en blanco, con uno de sus gestos petulantes.

- Haz como quieras, pero ya sabes...Loca - dijo haciendo gestos haciendo muecas. Dejó de hacerlos cuando la tia apareció por la puerta, con su acostumbrado aspecto furioso. Prima se despidió de ambas con un gesto y corrió por la calle hacia el centro comercial cercano. La tia me miró, con gesto de cansancio.
- Ya no tengo taller para que te quedes un rato - me dijo, en un tono aburrido muy impropio de ella. Me encogí de hombros.
- Queria verte a ti.
- ¿Para qué?
- Porque eres mi tia, claro.

No dijo nada. La seguí hacia el interior de la casa de sus padres, a la que había entrado pocas veces. Su padre había muerto hacia años y su madre era una anciana muy frágil que vivía en una de las habitaciones del segundo piso. Tia la cuidaba lo mejor que podía y quizás, por eso nunca había abandonado la vieja casa familiar.

Era una casa amplia, de aspecto húmedo y un poco anticuado. El salón tenía enormes ventanas y muebles de gamusa que siempre me habían parecido vejestorios. Me senté en ellos, escuchando como rechinaban bajo mi peso. Tia me miro de pie, junto a la ventana que daba hacia el jardin. El taller era ahora un cuarto requemado y medio desplomado. Un montón de ladrillos y maderas que brillaban al sol.

- Menos mal no le pasó nada a la casa - dijo tia, sin que yo dijera nada, siguiendo mis ojos - al final, simplemente se quemó lo que tenía que quemarse. Ya era demasiado tiempo de jugar a la artista.

Parecía marchita, más delgada, con el cabello rojizo despeinado y la piel descolorida. No respondí, mirandola caminar de un lado a otro. Sus sandalias de cuero rechinaban sobre el piso de madera.

- Fue como asumir que ya soy una adulta - dijo. Y me pregunté si me hablaba a mi, la niña sentada en el sofa o decía todas aquellas cosas para si misma - Fue como comprender que ya debo continuar y...

Se calló. Se quedó de pie, muy erguida, mirando por la ventana. Tenía un aspecto cansado y un poco endeble, y recordé que una vez me había dicho que crear muñecas le permitía dormir. Me pregunté si ahora que no estaban, no podía hacerlo. Era una idea triste.

- Quizás era necesario que ocurrira - siguió - que...

Se detuvo, mirandome. Yo había sacado una muñequita que me había obsequiado hacia mucho tiempo y la había dejado sobre la mesita de café del salón. El silencio se espeso, se volvió algo violento. Las mejillas de la tia se colorearon de furia.

- ¿Por qué has traido eso?
- Es tuyo.
- Te lo obsequié.
- Pero ahora es tuyo otra vez.

La tia me había obsequiado la muñequita hacia unos meses, luego de una de nuestras extrañas conversaciones en taller. Era una de las más extrañas que le había visto hacer: tenía los brazos extendidos al frente, levemente curvos, como si acunara un bebé invisible. El cuerpo levemente inclinado hacia adelante, el esbelto cuello extendido hacia el vacío. Solía mirarla, preguntándome que era lo que abrazaba la mujer sin rostro, que era lo que protegía con su pequeño cuerpecito de arcilla. Cuando se lo pregunté a la tia, ella río y me dijo que simplemente le había parecido que aquella rara postura era natural para la muñequita, como si formara parte de su identidad misteriosa.

En casa, había mirado a la muñeca por muchos días, intrigada por su postura extraña, por rara belleza flexible y oscura. Un día, mi abuelo me encontró contemplándola y se acercó para hacerlo también, intrigado.

- ¿Y que abraza ella? - me preguntó.
- No sé, tia dice que nada. Pero a mi me parece que si - le expliqué. Abuelo se levantó los lentes sobre las cejas canosas y observó con cuidado a la muñeca.
- ¿Y si le damos algo que abrazar de verdad?

Abuelo era un manitas: se le daba muy bien la carpinteria y la orfebrería. Pasaba el tiempo de la jubilación en su pequeño taller del jardin, reparando muebles rotos y modelando piezas extrañas de metal y de latón que convertía en lámparas y pequeños objetos de decoración. Abuela solía reir y decir que en la vejez, el abuelo se había convertido en un cientifico loco. La idea me hacia reír también.

Ese día mi abuelo llevó la Muñequita a su taller y luego de mirarla y remirarla, tuvo una de locas ideas brillantes. Con cuidado, tomó un par de cables, un zocalo en minuatura y un bombillo diminuto y se lo colocó entre los brazos a la mujer sin rostro. Miré el laborioso trabajo boquiabierta, apoyada en la mesa de trabajo. Mi abuelo tenía una delicadeza enorme para el trabajo manual y viendole machacar metal, unir cables y construir algo nuevo de una idea súbita, me pregunté si también, a su manera, era un artista. Soltó una carcajada  alegre cuando se lo dije.

- No, eso se lo dejo a las personas de mente delicada como tu abuela y tu tia - dijo, pero le noté sonrosado de satisfacción por mi comentario - yo soy un anciano inquieto.

Se alejó de la mesa de trabajo, tomó el pequeño interruptor de plástico al final del cable negro y apretó un interruptor pequeño. El pequeño bombillo se encendió y de pronto, la muñeca parecía abrazar la luz, una bola radiante de puro resplandor. La imagen me pareció tan bella que batí palmas y di saltos de emoción. Abuelo soltó una carcajada.

- Todo se transforma, todo se construye de nuevo. Todo nace otra vez en la imaginación - dijo. Lo miré asombrada.
- Mi abuela escribió eso en su libro - dije. Abuelo me hizo un guiño.
- Se te olvida a veces que esa señora tan bella es mi esposa - dijo. Miro complacido la muñequita con su mundo de luz entre los brazos - la verdad es que todo se hace más fuerte a medida que cambia. Por eso, nada se pierde realmente. Ahora tienes una lámpara.

Y ahora, la lámpara estaba allí, en la mesita de tia. Tomé el cable y lo conecté al tomacorriente contra la pared. La muñeca pareció flotar en luz.

- Mi abuelo dice que todo cambia para no perderse - dije entonces - y yo lo creo. Perdiste tu taller tia, pero sigues siendo tu quien hace cosas tan bella como estas.

Tia se quedó de pie y la noté furiosa. Seguro que ahora iba a estallar en una de sus rabietas. Me levanté preocupada y me acerqué a ella.

- Tia, aunque tu digas que no, tu haces magia y eres bruja - le insistí. Ella se mordió el labio, como sabía que hacia cuando estaba realmente colérica. Me preocupé pero decidí que ya que estaba allí, tendría que insistir - no se trata de ponerte un nombre. Se trata de que haces cosas buenas porque salen de tus manos. Porque vienen de lo que imaginas. Eso es algo que ni el fuego puede quemar. Que vive en ti. Es como dijiste...Trascen....trascen...

Caramba, odiaba que se me olvidaran las palabras. Miré la muñequita de nuevo, tratando de recordarla. Pero lo que recordé fue otra cosa: desde que la tenía en la mesita de noche, había dejado de tener pesadillas. Había dejado de tener miedo a la oscuridad. La encendía y podía dormir con toda tranquilidad o leer. Era como si la muñequita, abrazando su mundo de luz me abrazara a mi también.

- Cuando me despierto, ella está allí, abrazando su mundo de luz. Mirandome a mi y diciendome que todo va a estar bien - le dije a tia. Ella sacudió la cabeza, movió las manos frente a la cara, como un movimiento extraño que no entendí - solo quería decirte que hay cosas que son hermosas, que son asombrosas. Y que las haces tu. Que las creas tu. Y eso es asombroso.

La tia me dio la espalda. Estaba rigida y con los hombros tensos. Tomé mi muñeca, la desconecté y la envolví de nuevo en los calcetines donde los había traído. Me miró sobre el hombro.

- ¿Por qué te la llevas? - me preguntó. Me quedé desconcertada, con la muñeca entre los brazos.
- Pensé que no la querías.
- Es la última que queda.

La volví a dejar sobre la mesa. Tia se acercó y la contemplo. Tenía los ojos brillantes y mucho años después, sabría que ese llanto invisible era su manera de llorar.

- No sabes lo que es el silencio en tu mente - dijo entonces. Extendió la mano y acarició con la yema de los dedos la cabeza de la muñequita, inclinada sobre el vacío - no sabes lo que es...ese dolor de...no...

No, no lo sabía. Sólo era una niña de diez años que la quería muchísimo y la escuchaba por pura solidaridad. Pero mi tia se hablaba así misma o quizás a la mujer que yo sería muchos años después y que sin duda la comprendería bien.

- Bueno, que la muñeca se quede aquí - dije entonces. Ella parpadeó, me miró entristecida, sacudió la cabeza.
- Es la última. Y tu la tienes. Te permite dormir.
- Pero tu también necesitas dormir - le dije. Extendí las manos, se las tomé con cariño. Me asombró lo grandes y fuertes que eran las suyas, manos para crear, manos para creer y soñar - Y ella te acompañará como hizo conmigo.

Mi tia suspiró. Apretó los labios en una línea fina y pálida. Pareció a puntos de estallar en gritos, de llorar. Pero no hizo otra cosa que seguir mirando la muñeca, acariciandola con la punta de los dedos. Como un madre. Como una bruja que crea a conciencia. Pero no se lo dije. Me quedé en silencio junto a ella dejando el tiempo pasar.

***

Unas semanas después, encontré a mi abuelo subiendo unas tablas y sacos de cemento a su viejo camión de trabajo, que pocas veces salía del garage de la casa. Me acerqué, intrigada. Él me sonrío, con el rostro enrojecido por el esfuerzo.

- ¿Vas a construir algo Buelito? - le pregunté. Siempre me maravillaba su talento para crear cosas asombrosas por un mero esfuerzo de imaginación. Él sonrío, secandose el sudor de la frente con su gorra de pana.
- Voy a ayudar a tu tia a reconstruir su taller. Me lo pidió.

Parpadeé sorprendida. Abuelo ensanchó su sonrisa amable y se subió al camión. Lo miré desde el otro lado de la portezuela, con el corazón latiendo muy rápido de emoción.

- ¿Te lo pidió? ¿Volverá a hacer muñequitas? ¿Ella...?
- Las brujas son tercas - dijo mi abuelo con una carcajada - crean, avanzan, construyen, nada las detiene. Ella no tiene porque ser diferente.
- ¿Tu también crees que es una bruja? - pregunté asombrada. Abuelo encendió el camión y suspiró.
- A veces creo que todas las mujeres lo son.

***


El día en que cumplí once años, volví a casa más temprano, con las rodillas raspadas de tanto caerme en el parque jugando, los bolsillos del uniforme del colegio lleno de golosinas. Cuando entre en mi habitación, había una caja sobre la cama. Estaba envuelta en papel de regalo y tenía un sobre encima. De inmediato reconocí la letra de mi tia en la tarjeta.

"A veces, hay que seguir. Porque la magia te empuja a hacerlo. O lo que seas que llames magia. Te deseo buenos sueños".

Abrí la caja. Una nueva muñeca, que también sostenía un mundo de luz, parecía flotar en la oscuridad. La levanté y sonreí con los ojos llenos de lágrimas. Era una muñeca nueva, recién nacida. Pequeña, de brazos firmes y pecho amplio. Una muñeca que había nacido del nuevo taller de tía. Un nuevo sueño para construir. Una nueva forma de crear lo que aspiras. Una vieja forma de magia.

El viejo baile de la bruja bajo las estrellas. Una vieja historia a punto de construir una nueva.

Una forma de soñar y crear en un íntimo baile de luz y sombra.

1 comentarios:

Humberto Raul Hernandez hernandez dijo...

Hermoso mensaje, atravez de hermosa narrativa, gracias.

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