jueves, 13 de septiembre de 2018

La intimidad en la fotografía: Unas reflexiones sobre la belleza secreta en la mirada del otro.





No recuerdo un día en que no haya querido fotografiar. Que no haya soñado con imágenes. Que no haya creído que una imagen puede decir lo que muchas veces no puedo expresar de otra manera. La fotografía ha sido para mi una manera de crear el tiempo, mi propio mundo. La manera más intensa y profunda que encontré de mirar el mundo, de interpretarlo a mi manera, de creer y confiar en mi propia capacidad de soñar. Además, el hecho fotografiar tiene un peso específico en mi vida: a fuerza de insistencia y persistencia, he comprendido el valor de la imagen como una forma de reflejo oscuro (verdadero y elaborado) de alguna parte de mi mente que de otra manera, habría pasado desapercibida o quizás, jamás hubiese tenido una forma de expresarse o manifestarse a plenitud. Crecer frente a la cámara — o verme crecer a través del lente — ha sido una experiencia singular que ha dotado de especial significado mi forma de comprender el mundo. La sustancia de la imagen. O como diría Ansel Adams “una forma de crear vida en silencio”.

Comencé a fotografiar siendo una niña de once años. ¡Qué timidez esa, de sostener la cámara por primera vez! Recuerdo la primera vez que tomé una fotografía, tan nítido que incluso el olor de la calle reluciente de sol es real ahora mismo, mientras me veo de pie, una niña pálida y delgaducha, intentando captar un instante, hacerlo eterno. Mío. Era una cámara de plástico, una Kodak desechable, de esas que vendían por entonces en cualquier farmacia. Pero nunca olvidaré la sensación de trascendencia, de asistir a un prodigio diminuto, exquisito. De capturar un instante entre todos los instantes y comprender, que viviría para siempre, gracias a la imagen que acaba de captar. Eso me pareció de inestimable valor. Un milagro casi. Y aunque era muy niña para pensar en esos términos, si sabia que nunca podría ver el mundo de la misma manera otra vez. Que de ahora en adelante, estaría muy atenta, mirando a mi alrededor, decidiendo que llevaría al tiempo sin reloj, a los recuerdos que no mueren ni se vuelven amarillos. Porque con once años descubrí que la fotografía me brindaba un poder asombroso, magia de sueños: construir mundos. Conservarlos para siempre. Imaginar más allá de lo simple y evidente. Crear.

En mi casa, la amante de la fotografía era mi abuela — la bruja, la sabia — y mis primeros pasos los di entre álbumes polvorientos, cámaras de metal y olor a químicos. Mi abuela nunca se llamaría así misma fotógrafa, a pesar de su empeño por aprender y su necesidad de comprender el mundo en imágenes, pero si sabía que fotografiar, era el poder de soñar. Nos recuerdo juntas, en esas tardes de la infancia que parecen transcurrir en otro tiempo, en un lugar esencial bañado de un sol eterno, mirando fotografías, conversando en voz baja — casi con respeto — sobre el poder de mirar. Porque se trata de eso ¿Verdad? De mirar más allá del limite, de comprender el color como una sonrisa, de admirar el mundo con sus bordes mellados y sus arrugas. Porque fotografiar es comprender el poder que te permite contemplar cada cosa, cada rostro, cada lugar en una dimensión totalmente nueva. Y es que fotografiar es la conservar la historia para volverla a mirar. Es llevar el corazón a todas partes, es admirar el mundo cada día, es crear y creer que cada imagen tiene valor y sentido. Que lo que el corazón ve, también se puede atesorar. Son mil historias que viven para siempre, son mil sueños que se reflejan así mismo a través de la luz y de las sombras. Porque fotografiar siempre será hablar en un idioma universal, en un lenguaje que todos podemos comprender, que para nadie es ajeno. ¿Cual es el valor de una sonrisa? ¿Cual es el sueño que guarda un rostro? Otorgamos significado, tenemos la capacidad de encontrar significados y símbolos en el poder de crear.

Nunca pensé en que sería fotógrafa. Aún ahora, cuando ha transcurrido casi dos décadas desde que comencé a fotografiar, no me llamo de esa manera, Nunca tomé la decisión consciente de comprender el mundo de las imágenes, de hablar este idioma de mil contrastes. Pero si supe, desde esa primera fotografía, esa torpe imagen de una calle olvidada, de hojas que flotaban al viento y una luz radiante que parecía parte de mis sueños, que la imagen sería mi rostro en el espejo, mi manera de verme crecer. Lo supe desde que comprendí que la imagen era la mejor historia que contar, la que se recuerda cien veces, las que es posible mirar una y otra vez para recordar su valor. Y es que nunca soy tan libre como cuando sostengo una cámara entre las manos. Nunca sonrío con tanta felicidad como cuando miro el mundo a través del lente.

Por supuesto, crecí con la expectativa del hecho fotográfico como algo más orgánico y profundo que el mero hecho de levantar la cámara para fotografiar. Siempre he pensado que las imágenes, en si misma, expresan el peso de la realidad. Sea a través de líneas, o el uso de las sombras, le dan un sentido personal — íntimo digamos — a esa porción subjetiva de la realidad que se crea a partir de una concreción visual. Un sueño tan profundamente cercano al concepto, que otorga una forma y una recreación de lo que consideramos anécdota, pero que tal vez solo se trate de vivencias.

Pienso en todo lo anterior mientras miro una de mis fotografías favorita de la fotógrafa Bárbara Klemm: En una habitación oscura, apenas iluminada por una ventana estrecha y alta, una figura observa de espaldas el mundo más allá del cristal. Se trata de una imagen silenciosa, con un poder interior que elabora un discurso simple con los mínimos elementos a su disposición. La figura está de pie, erguida, la silueta entera iluminada por las ráfagas de luz que escapan a través de la ventana y se elevan en pequeños fragmentos a través de la escena. Poco a poco, el observador comienza a descubrir que la escena es mucho más elaborada que la quietud engañosa que contempló al principio: Hay un caballete — lo que parece serlo — a la izquierda, y más allá, un espacio cerrado y vacío, repleto de objetos que apenas podemos distinguir. Al final, la imagen entera parece sugerir algo más que ternura, algo más que un breve atisbo de soledad. Una mirada elocuente y persistente sobre los pequeños secretos de lo cotidiano. Un misterio dentro de un misterio.

Claro está, Klemm fue una de las máximas exponentes de esta expresión visual interior, sujeta y ajena a cualquier interpretación más allá que la subjetivo que se sostiene sobre un lenguaje propio. Como periodista fotográfica, Klemm recibió su formación en un taller de fotografía de Karlsruhe. En 1959 fue contratada por el “Frankfurter Allgemeine Zeitung”, al comienzo como estereotipadora y a partir de 1970 como fotógrafa de redacción, para las páginas culturales y políticas. Desde entonces, Bárbara Klemm documentó con su cámara situaciones cotidianas de la actualidad económica, política y cultural. Pero lo hizo a su manera, con una curiosidad extraña y dura que elaboró un sentido críptico sobre los espacios y las nociones sobre lo extraordinario desde una percepción muy particular sobre la realidad. Los títulos de sus trabajos se limitan generalmente a un lugar y una fecha, que es una forma de expresar su convicción de ser una observadora ciertamente implicada, pero que no se ubica por encima de los acontecimientos recurriendo a perspectivas desacostumbradas. Las fotos de Barbara Klemm muestran acontecimientos históricos y escenarios de episodios políticos que, pese a su sobriedad, documentan manifestaciones concretas y aun así, con una interpretación personal del momento. La fotógrafa viajó constantemente , a causa de sus trabajos privados y también para el suplemento de viajes del “Faz”. La colección de su obra incluye también la fotografía de Leonid Brezhnev cuando fue recibido por Willy Brandt, de 1973. Los dos políticos actúan como si no fueran observados, como si no hubiese una cámara fotográfica. La cámara de Bárbara los contempla, los analiza, los convierte en una versión de la realidad levemente disruptiva y dolorosa. La fotógrafa parece seducida por aspectos sorprendentes de las perspectivas y los momentos, desde un ángulo privado que resulta inquietante por su intimidad . Dejando de lado la espontaneidad de la instantánea, la elección de los encuadres da pruebas de un gran equilibrio desde el aspecto formal y su composición.

No obstante, mi fotografía favorita de Klemm es sin duda la que tomó a su padre, el pintor Fritz Klemm, en 1968, que describo un poco más arriba. Una vez que se le brinda contexto, la imagen asume una belleza extraña y singular, que sin duda, es una de las características de la obra de Klemm y también de la visión de la fotografía como obra de autor esencial. Cargada de una emoción sobria y grave, es sin embargo, una de las obras más personales de la fotógrafa: La figura se recorta contra la luz, delineada levemente por un brillo cenital abierto y brumoso. La ventana parece desaparecer contra el plano iluminado, mientras los muebles de la habitación se dibujan claramente al contra luz. Una sensación de soledad e introspección, una escena corriente que se convierte en extraordinaria a través de la mera textura de un tiempo interior. El hombre en pie, parece subyugado por ese mundo que se muestra a través de la ventana pero que no podemos ver, sino sólo atisbar a través de su concentración: la cabeza un poco inclinada, los ojos encorvados, la tensión sutil de la espalda, los brazos cruzados en un ademán casi conmovedor por su intimidad. Y que esta fotografía tiene ese pequeño signo de la genialidad visual: La sensación de encontrarnos por instante dentro de un segundo robado, mirando el mundo — un universo diminuto de lineas y sombras, un rayo de luz fugitivo otorgándole sentido a toda la escena — a través de los ojos de alguien más, a quién no conocemos pero podemos comprender. La imagen se refracta así misma, parece repetirse a través de la insinuación: la puerta abierta a la derecha del hombre que mira por la ventana, muestra una habitación, tan austera y asceptica como la que llena el espacio visual. No obstante, la luz reverbera en ella de una manera distinta, más minuciosa, y podemos atisbar una gravedad impecable, el peso de la cotidianidad más allá de lo que simplemente podemos ver.

Sí, un sueño en medio de dos expresiones de la verdad, un palpitar exquisito y espléndido que se eleva a través de una evocación. Una fotografía que es un recuerdo y a la vez un tiempo enigmático que se alza más allá que la mera comprensión de la voz de la razón.

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