martes, 18 de abril de 2017

Crónicas de la ciudadana preocupada: La ciudad engañosa y otras formas de dolor.





Cuando pensé en escribir algo sobre el miedo, la primera idea que tuve fue redactar algo edificante, hermoso y esperanzador: la manera de vencerlo quizás, el miedo como una manera de superar nuestras propias limitaciones. Pero a medida que leía sobre el tema y lo analizaba con la franqueza de quien desea mirar más allá de sus propios prejuicios, consideré esa aproximación hipócrita. Poco realista. Al menos, como lo creo, lo veo y lo cuestiono, mi manera de analizar la idea. Así que decidí que para hablar de miedo, tenía que asumir que siempre lo siento, y por una razón bastante amplia: vivo en Caracas.

No puedo decirlo de otra forma: tengo miedo de la ciudad donde nací. Es un pensamiento duro, doloroso pero el más sincero que puedo expresar. Caracas me produce temor, uno muy profundo y angustioso. Me acostumbré a tener miedo y lo que creo que es peor, no soy la única. El miedo se ha convertido en una parte de la visión que tenemos sobre la ciudad, sobre nuestra manera de vivirla, crearla y construirla, en nuestra imaginación y en el ámbito de lo real. Y como duele, tener tanto miedo del lugar donde naciste y creciste. Como hiere sentir esta sensación de zozobra irreprimible, esta sensación de peligro que te acompaña a los mismos lugares donde reíste, donde miraste el cielo para crear, los que te vieron crecer. El miedo, como un acompañante silencioso, en todas partes, en todos los momentos. Miedo a lo que pueda ocurrirte, miedo a lo imponderable, lo que no puedes controlar. Lo que temes ocurra por un descuido, lo que ocurre a pesar de todas las precauciones. Porque en Caracas, el miedo es parte de lo cotidiano, un elemento más del todo los días, una manera de comprender tu manera de vivir. Que duro, es asumir eso, cuando entiendes que el miedo te sofoca, que el miedo es irreprimible, que es parte de todo y de cada cosa que ocurre a tu alrededor. Y cuando duele, no poder evitarlo, cuando lastima asumir que el miedo está y no se ira, que el miedo crea su propia cultura, el miedo es una parte de tu manera de vivir.

Mi amigo E. sonríe cuando le digo todo esto. Como buen optimista, está convencido que el miedo es derrotable. Y no dudo que lo sea, asumo: en otras circunstancias, bajo otras ideas. Yo misma lo intento a diario, para poder construir un equilibrio precario entre lo que quiero vivir y este temor que me acompaña a todas partes. Pero para E. esa idea del miedo como un todo ineludible, es excesiva.

- El temor es un síntoma de tu incapacidad para manejar lo que te rodea — me explica — el miedo es una reacción natural de protección. Pero no es inevitable ni necesario.
- El miedo en Caracas es natural — comento — lo siento a todas horas y por razones que me sobrepasan. No hablamos del miedo como una condición o un pensamiento abstracto. Hablamos del miedo como una situación real. No puedo ignorarlo, aunque quiera. Y desearía hacerlo. Pero…

No quiero hacerlo, pienso. Pero no se lo digo. No sé cómo explicarle que el miedo es parte de esta sociedad de ciudadanos confusos, temerosos del todo y de lo que pueda ocurrir. En mi caso, es un tema casi obsesivo: temo cada cosa que pueda ocurrir, desde el asalto casual hasta el incidente en plena calle que pueda provocar cualquier situación peligrosa. Una red intrincada de pequeñas circunstancias donde el único elemento común parece ser mi temor a la violencia. Siempre la violencia. La temo cuando voy en un transporte público, cuando uso el servicio de Metro, cuando camino por la calle, cuando conduzco en una avenida transitada. Porque la violencia en Venezuela es parte de lo habitual, estemos conscientes o no de ella. Es parte de lo que comprendemos, de lo que asumimos como parte de una idea de ciudad. Pero no sé cómo explicarle eso a E. con su alegría de hombre que construye su propia visión de esta ciudad complicada y dura. No sé cómo explicarle el temor del sobreviviente, de la víctima — me han asaltado en tres ocasiones — o simplemente, de quien se acostumbró al miedo para comprender a Caracas, como circunstancia y posibilidad.

- El miedo es optativo — dice entonces, con toda la convicción del que cree y confía en sus palabras — existe, nadie lo duda. Es parte de lo que asumes como real, como la esperanza. Pero entre ambas cosas, existe una decisión consciente de crear y construir cosas, de evitar que el miedo te detenga. Siempre se puede sentir miedo, claro. Pero vencerlo es una perspectiva personal.

Un pensamiento muy idealista, claro. Lo analizo mientras camino por una calle concurrida, rodeada de Caraqueños malhumorados y apresurados. Todos caminan con los brazos apretados contra el cuerpo, la mirada huidiza, el sentimiento de ser un extraño en medio de su propia idea del mundo. Yo también me siento así: a pesar de la conversación con E., de su alegría contagiosa, no puedo abandonar esa sensación de desamparo y vulnerabilidad que me provoca vivir en una ciudad violenta. Y quisiera hacerlo: lo he intentado por todos los medios que conozco durante este año. He escrito sobre Caracas hasta el cansancio, la he recorrido a pie, cámara en mano, enfrentándome a mi propio temor para captar en imágenes lo que amo de ella. De alguna manera, encontré mi propia historia en sus calles y avenidas descuidadas. Y aún así, continúo padeciendola, con esa sensación de amargura del que se siente desengañado, quizás traicionado en su inocencia. Porque a Caracas la quise muchísimo, mi ciudad fue mi primera inspiración, mi primera forma de comprenderse como parte de la historia. ¿Y ahora me hieres? ¿Me quitas el gentilicio con miedo?

¿Como puedo perdonarlo?

Este miedo es ineludible. Un miedo que tiene tantas aristas que no puedes evitarlo, te lo tropiezas en todas partes. El miedo que cambia tu vida y rutinas. El miedo que te hace sentir una inquietud que te rompe las ideas, al que te enfrentas a ciegas, con la necesidad de comprenderte a pesar y quizás debido a eso que te aplasta un poco cada día. Este miedo que sientes de pie en la calle, de los rostros ajenos, del desconocido que te mira, de la mujer que te roza, incluso del niño de mejillas sucias que te tropieza de pronto. Este miedo, tan sofocante, que te acompaña aunque no lo quieras mirar, aunque lo ignores, aunque aprietes los dientes y camines por la calle intentando no escucharlo. Pero allí está, una y otra vez el miedo: una parte de esta identidad de ciudad, del gentilicio lleno de costuras mal cosida. El miedo de las historias que te cuentan, el temor al futuro que se desdibuja, se cae a pedazos. Este miedo que no te abandona y con el que luchas a diario. Esa sensación casi frágil de no reconocerte en la angustia, de no querer hacerlo. ¿Donde estás Caracas? ¿La que te recuerdo? ¿La que forma parte de mi mente? ¿Donde estás cuando intento reconocerte en la que eres ahora, densa y ruinosa? ¿Donde estás tu, la hermosa, la dura y la furiosa en esta simplemente destrozada por el temor? No quiero mirarte así y sin embargo, lo hago. Lo necesito, para comprender a través de ti.

Del miedo se habla mucho pero pocas veces, lo asumimos como propio. Pienso en eso, sentada en el Calvario, mirando a Caracas a mis pies, silenciosa y casi simple en su belleza desordenada. Tan lejana. Eres mia como tu eres parte de mi historia. Estamos unidas Caracas, por esta visión del mundo que alguna vez fue nuestra. ¿Eso es suficiente? me pregunto mientras levanto la cámara. Te miro a través del visor, el lente encuentra lo más bello de ti, lo enfoca lentamente. Y apareces Caracas, la de los sueños. Apareces lentamente, en tus edificios y calles, en el caos, en el cielo azul radiante que se abre y se mezcla con el olor a calor de voz y tiempo. Eres tú Caracas, a través del espejismo de la imagen, distorsionada y perenne. Eres tú, Caracas, la imagen que forma parte del tiempo en mi memoria, de todas las cosas pequeñas y dulces que recuerdo de ti. Y aún eres mía, en este miedo, en esta sensación de pérdida, en esta decepción. Cuando tomó la fotografía estoy llorando y no sé por qué. Quizás por desamparo o simplemente, por amor.
Y regreso al miedo. Quería escribir sobre eso y terminé escribiendo sobre Caracas. Tal vez, ahora mismo, ambas cosas se confunden en mi imaginación.

Casi todos los días, camino por la misma calle para tomar en el mismo lugar un autobús, que me llevará a cualquier parte de la ciudad. Es una de esas rutinas asimiladas lentamente, que incorporas a tu vida cotidiana sin prestarle excesiva atención. Me detengo en la acera, junto con el habitual grupo de transeúntes y espero, un poco abrumada por el mal olor de la calle, el corneteo incesante y ese humor árido de Caracas, tan inevitable como natural. Pero también por supuesto, hay algo más: mientras aguardo, me aprieto contra el costado el bolso. Miro a mi alrededor una y otra vez. Me alejo del hombre alto que me dedicó una mirada furtiva, de la pareja de muchachos que cuchichean entre sí. La sensación es angustiosa, pero la continuó sintiendo cuando me subo al autobús. Tengo miedo, un real y genuino miedo por lo que pueda suceder (me). Y tampoco se trata de una sensación espontánea, sin sentido o mucho menos inexplicable. Viviendo en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, la lotería de la violencia es un peligro a tener en cuenta siempre, en todo momento, en todo lugar. Una identidad del país roto a pedazos, invisible pero latente. Una herida sin cicatrizar.

El sinvivir, los pequeños trozos de la ciudad olvidada y otros dolores ajenos.
En su novela “Victoria” Knut Hamsun llama “sinvivir” a un espacio vacío y fragmentado del día y de la noche. A la última luz del atardecer. A la agonía que precede a la muerte. Un dolor infinito, inevitable pero también invisible, que está en todas partes y cualquiera de nosotros ha conocido alguna vez. Un término que parece intentar definir ese silencio de las cosas rotas, de las grietas abiertas, de las herida que no se curan.
Pienso en eso mientras intento comprender el miedo en Caracas y por extensión, en Venezuela. En nuestro país, tener miedo es algo común. Necesario quizás. Tienes miedo del desconocido que se acerca demasiado, del que te tropieza, del que te mira de manera casual. Tienes miedo de las calles y avenidas, de lo que puede — o no — ocurrir en el transporte público. De la madrugada, de la tarde en sombras, incluso del simple hecho de encontrarte equivocado en el momento equivocado. Porque en Caracas, la seguridad personal ya no es algo de precaución, de cuidar por donde caminas, de conocer la estratificación del peligro, de reconocer el mapa del riesgo. En Caracas, todos somos víctimas aunque no lo sepamos, aunque todavía no llevemos el número de la estadística colgado invisible en algún lugar de lo cotidiano. En Caracas vivimos apresuradamente, huyendo del peligro, abrumados por la posibilidad, inquietos por la presunción de peligro que brota de todas partes.

Mi madre me escucha inquieta cuando comento sobre el tema. Durante los últimos años, hemos tenido discusiones y enfrentamientos por el miedo. Porque puede tener mil nombres la discusión y tener cien formas el argumento, pero siempre es por el miedo. El no llegues tarde, el mira por donde vas, el ten cuidado con lo que haces. Eso, a pesar que ya crucé la treintena y disfruto de cierta independencia, que en realidad procuro en la medida de lo posible, cuidarme, medir mis pasos. Pero para mamá, eso no es suficiente. Quizás nunca lo sea. Porque para ella, Caracas es una amenaza, más que una ciudad.

- No se trata de cuidarte o no, hablamos que Caracas es peligrosa por el mero hecho de ser impredecible — me dice. Me ha estado comentado sobre la más reciente anécdota de la violencia: un hombre asaltó a B., su secretaria, en un vagón del Metro de Caracas. La amenazó con un cuchillo, delante de un grupo de usuarios, que retrocedieron aterrorizados. Nadie intervino, ni siquiera alguien lo intentó. Solo miraron como el hombre le arrebata la cartera a B. y después la golpeaba en pleno rostro, rompiéndole la nariz y un par de dientes. Cuando bajó del Metro, el resto de los pasajeros se alejaron de ella, sin mirarla, abrumados por una especie de verguenza colectiva. Ningún medio reseña el hecho, uno más entre los cientos de anécdotas de la violencia que pululan en la ciudad. La violencia como parte del paisaje natural de la ciudad.

- Se trata de algo más — digo — se trata de la idea de Caracas como toda una mezcla de sus dolores, de sus defectos. Caracas es Caracas.
- Poesía — me reclama 
— Caracas nunca fue tan peligrosa ni tan cruel. Antes…
- ¿Cuanto antes?
Mamá frunce los labios. Esta conversación ya la hemos sostenido antes, tantas veces que siempre parece a misma. Mi mamá recuerda una Caracas que no existe, que no comprendo: la Caracas de las calles animadas, de la vida nocturna radiante. La Caracas desbordante de progreso, la Caracas cosmopolita, la Caracas que aspiraba algo más que su destino de simple reconstrucción Urbana. La Caracas que yo conozco es otra: una durísima, destrozada por cien formas de indolencia, resquebrajada por el peso del dolor, de la pobreza, de la indiferencia. La Caracas que cierra puertas para protegerse, la cubierta de rejas. La que es testigo de muertes y dolor. Esa Caracas, la mia, no se parece a la suya.

- Caracas es consecuencia de la historia de este país, más que ninguna otra región o lugar de Venezuela — me dice — Caracas fue primero un sueño: Guzmán Blanco la soñó bonita, afrancesada y falsa. Luego Pérez Jiménez la convirtió en símbolo, la reconstruyó, le brindó un lugar en sus ideas de lo que debía ser el país, ordenado y bajo la bota militar. Adecos y copeyanos se la disputaron. El Chavismo la utiliza.
Todo eso es verdad, pero incluso a pesar de la profusión de símbolos, de ideas y de planteamiento, Caracas sigue sobreviviendo a todo. A pesar incluso, de esa transformación constante, de la insistencia de mirarla como parte de la historia y a la vez como metáfora de un país adolescente, muy niño. Caracas es lo que creemos de ella, lo que asumimos existe a medias, lo que vemos desde nuestra parcela de la realidad. Caracas puede ser esta ciudad rota y desordenada, el casco histórico a medio rehacer, los barrios variopintos a su alrededor. Puede ser la historia, la que se cuenta todos los días, la que se asume progresista.
Pero Caracas es también, un recuerdo de lo que pudo haber sido. De lo que ya no será. Mi mamá sonríe cuando me cuenta la primera vez que visitó el teatro Teresa Carreño y se impresionó por sus dimensiones, por lo que significaba.

- Un teatro a la altura del primer mundo — me dice — eso fue lo primero que pensé cuando subí por la enorme escalera mecánica, mirándolo todo como si no pudiera creerlo. El teatro entero olía a nuevo, y era una emblema de la Venezuela Saudita. No había comparación con otra estructura en el país y lo que pensé “Y lo que nos espera”.

No comento nada, pero me entristece el pensamiento. Hace unos cuantos meses, visité el Teatro Teresa Carreño y me entristeció encontrar justo lo contrario a lo que mi madre cuenta. Las paredes agrietadas. Los pisos un poco deslustrados. El Teatro lleno por los cuatro costados de un aire de decadencia lamentable. Y aún así, continúa pareciéndome hermoso, desde luego. A pesar de los jardines secos, de las pequeñas señales de deterioro que nadie se ocupa de restañar y reparar. Como Caracas, con su rostro pintarrajeado para ocultar las arrugas, con la boca torcida de pura amargura. Pero es Caracas, y así la quiero.

- A Caracas se le quiere porque no queda de otra — me dice F., vendedor de frutas en la Esquina justo al frente de la Iglesia de Altagracia. Voy por allí de vez en cuando, en mi constante deambular por recuperar a Caracas, por recordar cómo era aunque no la haya vivido. Pero F., es un optimista: lo es incluso en estos tiempos descreídos donde no encuentra azúcar para el jugo y las naranjas son tan costosas que apenas puede comprarlas. Pero el sigue vendiendo el juego porque es “bueno para el corazón” y sus clientes de siempre se los compran. Como yo. Saboreo el sabor muy ácido de las naranjas recién exprimidas con una sensación de emoción casi infantil. Sabe a historia, a pequeños milagros en medio de esta ciudad que no cree en nadie.

- A veces le tengo más miedo de lo que la quiero — le respondo. Mi amigo sacude la cabeza, desgreñado y venerable, con sus arrugas de sol rodeando su sonrisa.

- Mija, el miedo es fácil. Sencillísimo pues: uno le tiene miedo a todo, o podría tenerlo. Pero Caracas es otra cosa, es una identidad, es un temor sí, pero también una felicidad, un pequeñas cosas. El olor de las cosas que uno vivió en ella. De cada cosa que se atesora.

Que poético, pienso terminando de un solo trago el jugo. Que exquisito momento en este, donde Caracas es casi bonita con la cúpula de la Iglesia brillando al sol y este calor beatifico del Verano eterno. Y el olor a ciudad, que es acre, duro y reconocible. El olor a todas las cosas. Encaramada en el muro cercano a medio construir, conversando con F., siento que la vida transcurre muy rápido, que tiene incluso un buen sabor. Supongo que así recuerda mi madre a Caracas, a la que fue y ya se desdibuja en el horizonte de la realidad dura y violenta que soportamos en la actualidad.

Para mi la ciudad es otra cosa. Es este jadeo de temor que me sale del pecho mientras camino por sus calles. El mirar sobre el hombro para saber dónde está el peligro. Pero también es el Ávila, tan radiante que incluso a veces me irrita. Que gusto detenerme en cualquier parte para asombrarse por su línea verde y majestuosa, que delicia sonreír, para contemplar su verde inolvidable. Y aún así; no es suficiente. No lo es en medio de la angustia, del sonido de la refriega, del temor.

Mi amigo P. es un hombre colosal. Es la primera palabra que se me ocurre mientras conversamos sentados en la terraza de la Escuela de fotografía donde trabajo. El Ávila otra vez, retoza tranquilo sobre los muros blancos, extraordinario y brillante. Hoy, el cielo azul Caracas lo borda, lo decora, lo pule. Tiene una abundante melena alborotada, una maravillosa barba que rebosa personalidad y una sonrisa de pillo, maliciosa y encantadora. Es la que me dedica cuando le digo que amo a Caracas, que la extraño aunque no la conocí antes que esto. Sacude la cabeza y suelta una risita.

- Eso es inocencia. Caracas no quiere a nadie, no le importa querer a nadie — dice. Suspira. Mira al Ávila a través de sus lentes oscuros — es una hembra, una mujer dura y loca. Estéril. No te da nada, te lo arrebata todo. Pero igual la amas así, a pesar de todo. La amas, la llevas a todas partes. Las sostienes, la acunas entre los brazos. Caracas es todo, y no es nada. Pero puede serlo.

Es verdad. Y aunque la poesía — otra vez la palabra — la describe a medias, también esa ciudad suya de contrastes es la que encuentro a diario, con la que tropiezo con más frecuencia. La Caracas que miro a través del cristal sucio de la ventana del Autobús, la que relumbra cuando cruzo la calle a la carrera, entre gritos y el tráfico ensordecedor. La silenciosa de los jardines pequeños y olvidados. La dura, de las noches aterradoras. Y también, la de la violencia. La del Este que lucha, la del Oeste que duerme plácida. ¿Quien eres? Le pregunto con frecuencia. ¿Quienes somos cuando formamos parte de su historia?

El Calvario siempre será un lugar privilegiado. Levanto la cámara instantánea con las manos temblorosas. Te quiero Caracas, necesito mirarte. Quiero contemplarte más allá del miedo. ¿Quien eres? El click sonoro me sorprende, me duele, me desconcierta. Parpadeo. Aguardo mientras la fotografía aparece lentamente en el pedazo de papel. Y de pronto, allí está Caracas, la que yo veo, más allá de la muerte y el sufrimiento, más allá del temor. Caracas, inamovible, un recuerdo. La nada que retoza, la belleza que es frágil y simple. La que existe y podría no existir.

Miro la fotografía de Caracas mientras escribo. Y también la otra imagen, la que se cuela a través de la ventana entreabierta. La azul radiante, la maloliente, la real. La cruel. Me pregunto entonces quién eres tu, a donde vas, quien es el deseo. A quien temo y quien soy cuando te miro. Las respuestas son tantas que creo todas son valiosas: eres más allá que eso, más allá de lo que sueñas y paladeas. Te amo, te odio, te necesito, te recuerdo, eres todo lo que soy y más allá, lo que fui. Un recuerdo a trozos. Una visión de mi mundo resquebrajado y quizás borroso, pero real. Esa eres tu, pienso, acariciando con la punta de los dedos la fotografía, esa instantánea que empieza a desdibujarse.

Y quizás, no seas otra cosa que lo deseo mirar de ti, me digo. Lo que no podré recuperar jamás.
C’est la vie.

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