martes, 15 de abril de 2014

De la Venezuela más allá del conflicto ideológico: Pequeños héroes.



Fotografia de: Gil Montaño.


Durante casi tres meses, mi amigo J. se levanta cada mañana, casi al amanecer para ayudar a varios de los vecinos del edificio donde vive a llegar a su trabajo. Lo hace debido a las numerosas barricadas que con frecuencia cierran calles y avenidas y que de alguna u otra forma, se han convertido en parte del paisaje urbano de la zona residencial que conoce hace más de veinte años. Al principio, J. intentó mediar entre vecinos: me cuenta dedicó horas infructuosas de discusión entre los "guarimberos" y el resto de los habitantes sin lograr otra cosa que ensarzarse en largas diatribas sin verdadero sentido. Finalmente, tomó la decisión de intentar ayudar de la mejor manera que pudo: cada día lleva hasta la estación de Metro más cercana a 10 de sus vecinos, en dos turnos distintos y en la tarde, si las barricadas continúan de pie, los recoge en el mismo punto para regresar al conjunto residencial. Cuando me describe su pequeño periplo diario, me asombra su franqueza, su simple intención de ayudar.

- ¿Por qué lo haces? - pregunto. J. me dedica una de sus sonrisas torcidas, comprendiendo mi incredulidad de inmediato. Nos conocemos desde hace casi diez años: como compañeros de aula en la Universidad, J. siempre se declaró neutral en temas políticos y más tarde, en plena efervescencia de la eterna disputa entre extremos que padecemos en Venezuela, menospreció la constante y amarga discusión como inútil. De manera que me sorprende esta visión suya del conflicto, esta alternativa no violenta de expresar sus ideas. O así lo parece al menos.
- Lo hago porque alguien debe de hacerlo - me responde - pero también porque es una manera de comunicar una planteamiento concreto: el país no puede soportar una disputa constante sin verdaderas soluciones.

J. es abogado y ejerce para la fiscalía de la Republica. Lo hace, por los mismos motivos levemente idealistas que durante años le hicieron simpatizar con la izquierda histórica. Pero J. no podía definirse como "chavista" a pesar de su enfrentamiento constante con las ideas de la oposición política del país. De hecho, con frecuencia se llama así mismo "un elemento molesto". Un contra todo, que insiste en mirarse así mismo como parte de una vía alterna, independiente y profundamente personal sobre el acontecer del país. Le han llamado "quejoso", "Inconforme". Pero él insiste en autoproclamarse "autónomo"

- En otras palabras, estás intentando demostrar con hechos que se necesita proponer ideas antes de criticarlas hasta el cansacio - le digo, casi con sorna. Mi amigo capta la indirecta de inmediato pero no parece disgustarse. La encaja con toda tranquilidad.
- Lo que quiero demostrar es que el país necesita mirarse así mismo más allá de la gesta épica, de la consigna política y entender que más allá del Presidente histriónico de turno, que los lideres obsesionados con la política de Microfono y las redes sociales, existe un país.

Una idea sugerente. Me cuenta que hace poco, uno de los guarimberos, que durante semanas le tildó de "colaboracionista" y "traidor" se acercó timidamente para preguntarle si podría ayudarlo a salir de la calle, debido a una emergencia médico. Mi amigo no solo le ayudó, sino que lo hizo sin reclamo alguno. En el trayecto, el vecino le explicó que su protesta radical se debía más a frustración que a cualquier otra cosa.

- La necesidad de hacer algo - me explica - esa protesta que no tiene verdadero mensaje ni consistencia pero que necesita ser expresada. Una idea que comprendo, aunque no comparto.

Más tarde, de regreso a la urbanización, el vecino guarimbero le explicó que temía que no ocurriera mucho más, ahora que las protestas - o su auge - parecía menguar. Le habló sobre su frustración, su angustia, la sensación que el país se le escapa de las manos. Esa sensación de desesperanza que suele ser la consecuencia inmediata de la efervescencia, la emocionalidad exaltada que ha sido el elemento predominante en las protestas.

- ¿Y que le respondiste?
- Le expliqué sobre la necesidad de mirar más allá de lo inmediato. De construir una idea oposición que sea alternativa y no un eterno "contra que". Y es que necesitamos un replanteamiento del país. Hace quince años solo nos enfrentamos unos a los otros. Pero ninguno de los extremos tiene un mensaje que expresar. Ni uno ni otro se mira así mismo más allá de sus intereses. De manera que necesitamos al país real, al que trabaja, al de todos los días.
- El país de los matices.

Mi amigo J. sonríe. Ese país "intermedio" ha sido un tema frecuente de conversación entre nosotros por años. Durante bastante tiempo, fui una radical convencida. Desengañada y frustrada, creí que apoyar una oposición al gobierno Chavista, expresaba mi necesidad de cambio, de construir un país viable. Pero con el correr de los años y a medida que comencé a comprender mejor a Venezuela, asumí que el problema político tiene implicaciones sociales, morales, culturales. Un reformulación de nuestra visión de nación e incluso de gentilicio. Más allá del plan inmediato, de las aspiraciones inquietas que como ciudadano inconforme tengo, se encuentra el país.

- Yo seguiré en lo mio - me dice. Y sonríe esta vez con gran franqueza - haciendo un trabajo de hormiguita. Llevo y traigo a todos los que necesiten que lo haga. Converso, los escucho, debato. Algo ocurrirá. Algo pasará. Y quizás finalmente, podamos entendernos no como una fracción ciudadana aislada, sino como parte de un país en transformación.

Una idea que me desconcierta por su amplitud, me digo escuchandolo. Y también por su radical sinceridad: Venezuela como el país que reclama ciudadanos, más allá de los partidarios. El país que necesitamos construir, a cuatro manos y sobre todo, con una visión discutible de solidaridad.


Para mi amiga M. la discusión política forma parte de su vida desde que recuerde. Su madre militaba en el partido Acción Democrática y su padre, trabajo para la administración pública de turno hasta su jubilación. Tiene algunas simpatias por el chavismo - Venezuela necesita una revolución, insiste con frecuencia - pero también es muy critica con el gobierno actual y sus funcionarios. Como politologa y sobre todo, una profunda descreída de los sistemas políticos basados en la adulancia y la ideología emotiva, intenta en lo posible recordarle al ciudadano su papel dentro de la sociedad que se construye, que es, que necesita asimilarse como parte de una idea mucho más grande que el día a día. El Supra país, como me comenta de vez en cuanto. La nación posible.

Y lo hace de la mejor manera que puede. Desde hace casi un año, promueve pequeñas mesas de dialogo entre vecinos de zonas populares para conversar sobre política. Al principio, mucha gente asumió el proyecto con profunda desconfianza. Nadie le brindó ayuda, pocas instituciones le prestaron colaboración. Así que decidió insistir a su modo, lo que llama "cambios invisibles". Comenzó a acudir a mercados populares, asambleas de vecinos promoviendo discusiones sobre inclusión, aceptación del otro, un discurso político civil.

Al principio, tuvo muchas dificultades. Recuerda en especial una ocasión en Higuerote, donde varios vecinos de un pequeño barrio le gritaron "escualida" y le amenazaron por "conspirar". Pero M. insistió. Volvió de nuevo, habló de reclamar derechos, de utilizar las ventajas de los consejos comunales para procurar cambios concretos y necesarios en la comunidad. Les explicó las vías legales para que todos los habitantes pudieran tener participación política. Poco a poco se ganó la confianza de muchos de los habitantes. A la vuelta de tres meses, los vecinos comenzaron a formar parte activa de las reformas en sus respectivas comunidades. Y para M. fue un triunfo, lograr que las transformaciones pequeñas - el asfaltado de un camino vecinal, reforzar la red de aguas negras - se llevara a cabo gracias a la colaboración no solo de los partidarios Chavistas, sino también de los indiferentes, los descreídos e incluso los opositores. Como un grupo organizado, el grupo de vecinos logró usar la política como una forma de expresión formal.

- Pero no siempre es tan sencillo - le respondo cuando me lo cuenta. Me duele tener que criticar un proyecto tan hermoso, pero me he vuelto cínica ultimamente - la polarización forma parte de la identidad social, es un discurso machacado y repetido tantas veces que es imposible separarlo de la vida cotidiana.
- Por supuesto, pero también es cierto que el día a día hace que el ciudadano asuma que necesita mirarse como parte del país para lograr un cambio - me insiste - vamos, que no todo se refiere a la politica de salón, a las discusiones de la Asamblea Nacional, a las alocuciones del presidente. Hablamos de algo más amplio, lo cotidiano, la necesidad de reconstruir el aparato social en algo viable.
- Claro y es evidente que lo necesitamos...y sin embargo...

Recuerdo los enfrentamientos, los amargos debates, la violencia que parece desbordar la calle, la mera idea de ciudadanía. Me abruma la sensación de no reconocer a mi país, de encontrarlo convertido en una serie de piezas juntas de planteamientos externos que no terminan de encajar. Pero para M. la cosa es mucho más sencilla y evidente. La política está en todas partes, tiene sentido en al medida que las partes en disputa se miren así mismas como iguales.

- Y justamente eso es lo que no ocurre - digo - hablamos que chavistas y opositores se miran como enemigos, como el causante de todo conflicto. ¿Como puede existir negociación entre ciudadanos que se excluyen casi por necesidad?
- Ocurre que los extremos son tan evidentes que desdibujan el país real - me dice. Y lo hace con un enorme convencimiento. Esa mirada crítica de quien ha visto lo suficiente para tener conclusiones obvias y firmes - pero el país más allá de la dialectica, sobrevive. El descontento es general, pero no se identifica con la oposición política. Pero igualmente se estructura en bases, busca soluciones. A pesar de los enfrentamientos, de la inclusión del debate político distosionado a base de ideología a un nivel muy profundo, la visión de todos los días lo supera. Y es allí donde encuentras el argumento: vecinos trabajando por la solidaridad forzada del puerta con puerta. Vecinos que se ayudan unos a otros a pesar del temor mutuo, de la profunda disparidad de criterios entre ambos. Hay que comenzar desde las bases. Hay que construir desde abajo para encontrar la manera de expresar hacia arriba.

La escucho, maravillada y afligida. ¿Hay posibilidades de un cambio semejante? mientras conversamos M. dibuja en una hoja, un grupo de árboles. Lo hace con cuidado, con pulso firme. Hoja a hoja, rama a rama. Un bosque de lineas oblicuas. Y entre ellas, dibuja rostros. Pequeños, a medio perfilar. Cuando termina me lo muestra. El gran paisaje de lineas parece sostenerse así mismo, mostrar una especie de complejidad que sin embargo, parece tener su propio ritmo.

- La política es un bosque, donde cada árbol representa una opinión. Cada rama, es una visión ciudadana - me explica - y lo que necesitamos es recordar al ciudadano su labor, su peso, su importancia. Chavez tenía una visión vertical del poder, una concepción militarista del servicio público. Tu ordenas, yo obedezco. De hecho, el Venezolano siempre ha percibido la administración pública como un ejercicio de poder. En realidad se trata de una forma de servicio. Necesitamos reformular el poder, o mejor dicho, el concepto que se tiene de él. Crear un bosque de raíces firmes.

Me lo explica con una convicción que me hace sonreír. Y de pronto, miro ese bosque de lineas, esa propuesta de un país alternativo y pienso en el país posible, en el podemos crear a base de creer, construir y confiar. Nadie dijo que será sencillo, pienso, un poco abrumada por mi propia esperanza, pero igualmente se debe intentar. Cuando se lo comento a M., ella me dedica un guiño malicioso.

- Si fuera sencillo, no fuera real. Los cambios políticos, las transformaciones sociales llevan esfuerzo. Llevan años enteros de trabajo y reconstrucción. Pero tenemos políticos irresponsables que miran el país como una suma de intereses personales. Hay que volver al ciudadano, al que tiene el poder de la lucha pacifica, de construir un gentilicio a la medida de nuestras aspiraciones.

Continúo preguntándome si es posible unas horas después. Camino por el Centro de Caracas, rodeada de transeúntes malhumorados, el sonido del tráfico. La mirada de Chavez me sigue a todas partes. Pero incluso, desde las alturas de Vallas y pancartas, la imagen comienza a ser borrosa. Y el ciudadano, el real, el que lucha y trabaja continúa aquí. Continúamos aquí, me digo, apretando entre los dedos el dibujo del bosque que me obsequió M., como si se tratara de una forma de expresar mi propia visión del país. Enfrentándonos a un país divido y herido, pero en busca del elemento que une, que es mucho más importante y sustancial que el resentimiento, de la venganza y el revanchismo. Porque aún tengo esperanza, me digo.

Porque aún hay mucho porque luchar.

C' est la vie.

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