domingo, 26 de diciembre de 2010

De la tristeza y otras infimas variaciones de luz

 
 
Por alguna sincronia disparatada, suenan canciones tristes por todas partes. Supongo que además de la tipica - y muy venezolana - histeria de felicidad navideña, hay alguna melancolía revoloteando en el aire caluroso de esta celebración agridulce. Durante toda la tarde - y me parece que la semana - algun vecino ha revisado todo el repertorio de canciones y tonadas amargas que parece elaborar un esquema bastante preciso de su estado de ánimo. Probablemente se deban a las fechas, lo cual sería muy típico, o simplemente a esa desazón que todos sentimos en alguna oportunidad , consecuencia de caer en cuenta que somos muy adultos para ciertas alegrias y muy jovenes para ciertas tristezas. Quien sabe si todo se trata de un ciclo constante de pura desazon.

Y es que, indudablemente, la angustia existencial es una idea con la que todos nos reconocemos alguna vez.

Un poco enfebrecida, cansada, profundamente agotada quizá de un insomnio interminable, revuelvo mi escritorio. La pequeña montaña de libros que siempre me acompaña se tambalea, amenaza con caer, pero no lo hace. Tomo uno de mis preferidos, los viejos amigos, los amores de siemore y lo abro a la mitad. No puedo evitar sonreir, mientras Oscar, el amado Oscar, parece como siempre encontrar las palabras justas a una sensación torva que apenas puedo dar sentido en su abstracción:


Cuando Narciso murió, el río de sus delicias se transformó de una copa de agua dulce en una copa de lágrimas saladas, y las Oréades vinieron llorando por los bosques a cantar junto al río y a consolarle.

Y cuando vieron que el río habíase convertido de copa de agua dulce en copa de lágrimas saladas deshicieron los bucles verdes en sus cabelleras. Y gritaban al río y le decían:

-No nos extraña que le llores así. ¿Cómo no ibas a amar a Narciso con lo bello que era?

-¿Pero Narciso era bello?

-¿Quién mejor que tú puede saberlo? -respondieron las Oréades- Nos despreciaba a nosotras, pero te cortejaba a ti, e inclinado sobre tus orillas, dejaba reposar sus ojos sobre ti, y contemplaba su belleza en el espejo de tus aguas.

Y el río contestó:

-Si amaba yo a Narciso, era porque, cuando inclinado en mis orillas, dejaba reposar sus ojos sobre mí, yo veía reflejada mi propia belleza en el espejo de sus ojos.

Oscar Wilde




Uno de los textos de Oscar Wilde que más he citado en la vida. Y eso que Oscar lleva en la mía desde que, antes de saber leer, mi madre me contase casi cada día una versión distinta de "El fantasma de Canterville" (sólo tenían en común a Virginia -que seguro que en alguna se llamó María-, la mancha que cambiaba de color, las perdices y a los gemelos haciéndole cabronadas al pobre del fantasma) y, ya aprendiendo, mi primer amor (y uno de mis primeros recuerdos literarios) fuera "El príncipe feliz".

Sospecho, por cierto, que mi madre tiene algo de Aurora ausente en sus pequeños pesares, como el Gigante egoista o la Golondrina melancolica, pero eso ya es otra historia.

C'la vie.

0 comentarios:

Publicar un comentario