jueves, 11 de noviembre de 2010

Las minimas variaciones de la luz en mi mente

Siempre he asumido la responsabilidad de mis defectos, incluso lo que considero forman parte intrinseca de mi manera de ver la vida. Nunca he negado que disfruto de mi ligera enajenación, del caos venial que me supone no poder fingir educación y tampoco ningún tipo de sentimiento, tener un especial aprecio por la polémica y el debate transgresor. Pero en realidad este mea culpa solo es una reafirmación que considero que esos defectos - reconocerlos al menos - me dan la oportunidad, sino de corregirlo, al menos de comprender aun más mi verdadero rostro en el espejo.


Creo que me obsesiona un poco la idea de descubrir ese otro aspecto secreto que guardan mis pensamientos más intimos, ese mundo interior inquietante y la mayoría de las veces profano que subsiste en un instante de sombras. Siempre intento atisbarlo en medio de una idea, una imagen apenas desdibujada, la sensación que la fantasia de mi verbo creador y el tiempo criptico que transcurre en mi alma tiene una forma casi concreta. Muchas veces me he quedado dormida mirando el espejo de mi habitación, mirando el eco de reflejos que crea la luz en su interior y preguntandome si la mente humana es un laberinto de formas e increciones semejante a este: Fragmentos de luz fugitivos, refractandose una y otra vez hasta perder su forma y su significado. Una ciénaga rutilante y magnifica que se abre como una flor tenebrosa en medio de mis temores y esperanzas, entre esa niña que soy y el espiritu furiosamente atemporal que habita en mi interior.

Escribo desde que era una niña muy pequeña. Escribía las palabras por el mero placer de paladearlas, degustarlas lentamente entre mis dedos. Escribo por pasión, por tristeza, por alegría, por todas las razones, por ninguna razón, porque crecí entre los parráfos y el sentimiento más profunda de la prosa, porque aun soy una niña que se maravilla por las ciudadelas de la creación que se alzan a mi alrededor. Escribo porque necesito hacerlo, porque no podría sobrevivir sin hacerlo. Escribo entre lágrimas, entre carcajadas, debatiendome en el ojo de la tormenta, gritando enloquecida, en el mutismo intelectual que devora y consume. Escribo mientras duermo, delineando mi voz en las sombras de mi conciencia, escribo mientras camino por las calles, creando las imagenes en reflejo con la idea más visceral de mi perspectiva de la verdad. Soy en palabras, soy en sueños de blanco matiz, soy la idea elevada de mi misma, soy la necesidad que nace y muere ante una hoja en blanco, entre mis dedos temblorosos, la emoción sofocandome, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos de puro furor. Extásis, si, el mayor de todos, el más desesperado, el más hiriente, el más delicioso, el más profundo, el más antiguo.


Con un sobresalto, abro los ojos. La imagen del espejo se hace borrosa, movediza, plata liquida. Me acurruco contra las sábanas, con los ojos muy abiertos, el cabello arañandome las mejillas, temblando ligeramente.  Tengo la impresión que el tiempo ondula, reverbera, una onda ritmica que choca y se retrae en si mismo. El brillo del espejo se alarga, se hace interminable. Suspiro, con la sensación que estoy perdida en ese tiempo equidistante y sin forma. Soy una creación turbia de mi imaginación, una grieta cristalina que se hace más amplia a medida que mi conciencia se desploma en la mera enajenación. Las manos apretadas, el rostro sudoroso. Una pesadilla de la razón.

Me siento sobre la cama, sin aliento. Pero el espejo solo es un espejo, en su marco de madera antigua, las flores taraceadas que parecen flotar en la oscuridad. Cuando lo ví por primera - una pieza maravillosa pero ignorada en una tienda de antiguedades - pensé que todos los reflejos que había devorado, alto, enhiesto, un ladrón de la memoria. Con los ojos de mi mente, imagine a la mujer que tal vez sonrío a su imagen, o una niña curiosa, apoyando los dedos en la fria superficie, intentando descubrir el secreto de su propia vanidad - un figura inconcreta, un suspiro de la mente Universal -, un hombre, comprendiendo el mundo a través de su rostro. Tantos momentos atrapados allí, en plata bruñida, fotografías mudas de un tiempo remoto e inexplicable. Y desee tanto poseer ese secreta belleza! esa exquisita reverberación de un pensamiento equidistante, sin más nombre ni forma que él que yo quisiera darle. La mejilla apoyada en la madera exquisitamente púlida, los dedos recorriendo la superficie impenetrable. Un hilo de comprensión más allá de mi misma.

Extiendo la mano hacia el enigma de plata y concepto. Me pertenece y a la vez no es nada más que mi deseo de encontrar un significado al misterio de la propia incertidumbre, del más absurdo existencialismo.


Pero el ideal puro tiene una vida corta. Es inevitable, ahora lo sé. No puedes sostener tu moralidad y tus principios sobre la base frágil de una necesidad insatisfecha, de una notoriedad que se resquebraja ante el primer roce con la eventualidad más simple. Armado con la única arma de la fe, pura abstracción teologal) acudes a la guerra contra la incredulidad, el desánimo, quizás simplemente con la necesidad humana de rebelarse que vive en el interior de todo ser humano. Durante las largas jornadas de latín y teología, nadie te habla de las miradas burlonas, del cinismo que es la consecuencia inevitable de un mundo donde Dios es una postura moral y el pecado una necesidad vivencial. Empuñas la primitiva retórica que te inculcan como única arma, sin notar que la hoja se encuentra mellada por largas luchas insensatas que nunca han tenido la menor importancia.


El ser humano es un equilibrio entre luz y oscuridad, el resultado del peso de su corazón. Y pienso que a medida que comprendemos que los defectos no son ofrentas a una divinidad superior, sino parte de la variopinta espiritualidad humana, podemos ver la vida en su forma más amplia y no reducida a un sistema de valores que simplemente no son capaces de definir la infinita belleza del pensamiento humano.


Me dejo caer en el piso, con la respiración agitada. Un diminuto rayo de luz atraviesa las sombras y recrea el deambular de mis pensamientos: oblicuo, finisecular, resbala por el espejo hasta que desaparece en un vericueto de la madera. Y luego, solo oscuridad, una cansina sensación de intranquilidad y desasosiego.

Paz para los locos, una rotunda sed de significados, tal vez destinada a no ser satisfecha jamás.

C'la vie.

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