domingo, 17 de agosto de 2014

La Diosa privada y la Mujer que canta a la Luna. Historias de brujería.

Imagen de ĒTHANEA en Flickr.



Se suele decir que las brujas somos mujeres salvajes. Espíritus intrépidos que solo encuentran sosiego - y quizás sosiego - en la naturaleza, en ese silencio de lo primitivo, de lo puramente esencial. Es una idea que ha perdurado siglo con siglo y que parece muy relacionada con la imagen de la curandera, la mujer de los bosques, la Dama misteriosa que habita en lugares remotos y espléndidos. Por supuesto que, siendo así, de vez en cuando algún sorprendido me pregunta como puedo llamarme "Bruja" siendo una mujer urbana, moderna y sobre todo, culta. Eso último lo suelen insistir con cierto retintín, como si mis creencias fueran un síntoma evidente de algo lo bastante primitivo y supersticioso para parecer inexplicable.

- ¿Bruja? ¿A qué te refieres con eso? - me preguntó hace algunos años, un conocido quien al parecer se sorprendió mucho cuando me escuchó decirlo en voz alta. Sonreí.
- Bruja, una mujer que cree en la brujería - le respondí, sin más. Me dedicó una larga mirada apreciativa.
- ¿Fumas tabaco y esas cosas?
- No, celebro a la Luna y al Sol.

No respondió pero noté que se encontraba incómodo, que mi afirmación - y aún más, mi puntos de vista sobre el tema - le parecían cuando menos inquietantes. Aguardé, mientras el hombre lidiaba en silencio con lo que supuse eran sus propias creencias y sus conclusiones sobre lo que acababa de escuchar.

- Una bruja es un personaje de fantasía, una combinación de los temores sobre la mujer y los abusos de la historia con respecto a lo femenino - dijo por último. Lo dijo en un tono lento y mesurado, como si intentara no herirme  - lo que realmente se llama Bruja es una mujer que practica supercheria. ¿Te ves así?

Siempre que me dicen cosas semejantes - y me las han dicho con mucha frecuencia durante mi vida - tomo dos actitudes: me burlo o me irrito. En otras contadas ocasiones, dedico un par de minutos a intentar comprender la visión del otro, a mirar su perspectiva como parte de la mía. Me lleva esfuerzo claro está, la mayoría de las veces resulta doloroso, pero en otras, tengo la inestimable oportunidad de asumir la historia de mi herencia religiosa como una expresión cultural que forma parte de mi identidad y de manera de ver el mundo. O en resumidas cuentas, una forma en que miro a la historia de mi vida.

- Me veo como una mujer que cree en el poder de la naturaleza, que respeta, disfruta y ensalza su propia capacidad para crear. Que comprende la fe como una manera de asumir sus opiniones y su apreciaciones morales. Una mujer que está convencida de su capacidad para influir en lo que le rodea a través de lo que es capaz de expresar, construir y disfrutar.

El hombre me miro con una leve mueca de incredulidad. Imaginé que mis palabras parecían poco menos que una abstracción moral de una idea muy puntual sobre la fe y la religiosidad. Espere, bebiendo a sorbos lentos el té que compartíamos. Me pregunté por qué para cualquier occidental, el hecho de asumir ideas directamente religiosas parecía una contradicción al conocimiento que se considera más elevado. Cuando se lo pregunté, mi interlocutor parpadeó, sorprendido.

- Nadie que crea que celebrar el Sol y la Luna beneficia a su vida, puede ser muy instruido - respondió - es decir...

Se rascó la cabeza, incómodo. Supuse que la conversación estaba llegando a un derrotero que le sorprendía y le irritaba un poco. Casi le escuché pensar en el hecho que no esperaba que un comentario casual desembocara en una conversación filosófica que no parecía llegar a ninguna parte. Y es que para él la cosa era muy clara: La brujería bordeaba un tipo de interpretación sobre lo natural y lo espiritual que le resultaba cuando menos violento y un poco desagradable. Pero permanecí en silencio, esperando. Si habíamos llegado a este punto ¿Por qué no forzar un poco la barra? ¿Por qué no intentar comprender esa noción sobre lo femenino y lo divino que parecía molestar a mucha gente? Además, lo admito, estaba ya lo bastante enfurecida para asumir el riesgo de cualquier respuesta que pudiera escuchar o incluso, algo tan simple como un bienintencionado silencio.

- La superstición nunca ha sido una buena consejera - dijo por último - el hombre ha evolucionado culturalmente como asumir que el mundo puede o no tener sentido. Las religiones son un intento desesperado por explicar lo inexplicable. No solamente me refiero a la brujería, sino a cualquier otra. La creencia sustituye la razón porque es mucho más sencillo creer que pensar.

En una ocasión, siendo muy joven, le había preguntado a una de las monjas bigotonas con las que me eduqué si no temía haberse equivocado al tomar los hábitos. Lo hice con toda sencillez, con la inocencia de quien aún no comprende nada absoluto y le inquieta un poco la perspectiva de lo definitivo. La chica, una novicia de rostro fresco y chispeantes ojos verdes, soltó una carcajada. "Lo peor que puede ocurrir cuando sigues a tu corazón es que equivocandote, te conozcas mejor a ti mismo" me respondió. La recuerdo sentada en el banco de madera junto al patio donde solía afinar su enorme guitarra de madera pulida. Tenía un aspecto diáfano, resuelto, enérgico. Se le veía feliz.

Su respuesta me obsesionó por días. Me pregunté como alguien podía saber que desearía en el futuro a partir de una decisión inmediata, como podía confiar en que disfrutaba ahora, podría satisfacerle después. Cuando le pregunté a mi tia L. sobre eso, ella rio de buen humor.

- Todos tenemos obsesiones, vivencias y deseos que trascienden el tiempo. Pero solo los valientes las siguen - dijo. Con cuidado, tomó una de sus esculturas y la colocó al sol: la arcilla fresca tomó un precioso tono carmesí y pareció de pronto llena de vida. Tia no era en realidad hermana de mi madre, sino una de sus amigas más queridas, pero había formado parte de mi vida desde la niñez. Amaba sus esculturas: pequeñas mujeres sin rostro de formas voluptuosas como los brazos extendidos hacia el cielo. Me parecían símbolos de algo profundamente agresivo y bello. Una diminuta conciencia - cuando algo te duele, te emociona, se hace parte de ti mismo, sólo puedes seguirlo. Asumirlo como parte tu vida. Es a eso lo que se refiere tu monjita.

- Pero eso no suena religioso - dije escandalizada - Sor Beatriz está entregando su vida a Dios, a rezar y a esas cosas. ¿No es eso una decisión muy enorme? ¿tomar tu vida y dedicarla a algo que crees amar en un momento dado?

Tia tomó una de sus esculturas y la palpó con dedos expertos. Comprobó que la arcilla estuviera sólida y seca en las pequeñas ondulaciones de las caderas y pechos de la figura. Acarició con dedo experto las lineas y recovecos que le daban esa bella apariencia de vida a la pieza. Lo hizo todo con gestos firmes, duros. Pero también delicados. Llenos de un sentimiento que no pude entender muy bien.

- Cuando tenía tu edad y le dije a mi padre que sólo quería ser escultura se rio - dijo - se burló un poco. Me insistió que "ya se me pasaría". Cuando insistí y seguí esculpiendo, me dijo que solo se trataba de un capricho pasajero. Me gritó que había enloquecido cuando abandoné la Universidad para dedicarme al arte. Le tomó años comprender por qué lo había hecho. Aún me llama "soñadora" e "irresposable".

Las mejillas se me enrojecieron de verguenza.

- Tia, no es lo mismo.
- ¿Por qué no lo es?
- Tu arte es tuyo. Dios...es otra cosa.
- ¿Cómo concibes lo Divino?
- Como algo más grande que yo misma, inexplicable, cruel, violento, bello, vital - le respondí - una idea que conecta a cada uno de nosotros. Una parte de mi.
- Dios en tu manera de afrontar lo desconocido, de hacerte preguntas - dijo tia - tu manera de verlo es como una gran pregunta. Para tu Sor Beatriz, es una gran respuesta. Y eso, hace que ella asuma el poder de esa respuesta como una manera de crear.
- ¿Crear que cosa? La biblia le indica que creer. El dogma de su fe le dice que es bueno y que es malo.
- Creer es también una forma de construir tu manera de ver el mundo. Tan válida como pintar, bailar o escribir - me dedicó una mirada maliciosa - para tu Sor Beatriz, la bondad que Dios le exige la hace mirarse como un espíritu que desea perfeccionarse, que aspira a la belleza, la absoluta pureza. Y trabaja en consecuencia. Para ella su fe, es su mejor manera de concebirse así misma. Como cualquier otro artista, solo que para ella, la gran obra de arte que construye, es su propio dialogo con Dios.

Pensé en esa conversación con una sonrisa. ¡Ah, como se habría reído tia L. de haberme visto justo ahora! me dije, mientras mi interlocutor aguardaba mi respuesta con cierta impaciencia. Enfrentándome a esa incredulidad secular contra la creencia, la idea y la belleza que por tanto tiempo me cuestioné en voz alta. Quizás, me dije con un suspiro, nuestra manera de asumir el mundo, nuestra identidad y la realidad es un ciclo interminable de conocimientos que se hace cada vez más profundo y complejo. Incluso doloroso.

- Creer es una opción tan válida como no hacerlo - respondí finalmente - y ambas implican procesos mentales y emocionales que crean una interpretación sobre quien somos muy especifica. Para mi, la brujería es la forma como veo a la mujer que soy, pero también, analizo mis vivencias y mis capacidad para comprender mi cultura y mi época. Mis rituales, puntos de vista, es pura simbología. Metáforas significativas de como me concibo y como miro el mundo. Y creo en ellos porque son parte de noción sobre mis interpretaciones sobre mi personalidad  y los elementos con que me relaciono.

- Pero creer implica una cierta ceguera - insistió - creer implica que debes renunciar a cierta razón...

- Y lo hago. De la misma manera como me ocurre cuando fotografio o escribo - le sonreí - cuando decido sumergirme en el argumento de una película. Cuando las palabras de un libro me hacen soñar, reír y llorar. Cuando tengo la capacidad de crear, construir una realidad muy parecida a la que habita mi mente a través del arte. Soy todas las cosas que imagino sobre mi misma. Y más allá, soy todas las cosas que  intento comprender del misterio de quienes somos o que es el mundo en esencia.

- Eso suena religioso y un poco moralista - comentó. Frunció los labios, irritado - el mundo no se resume a tu capacidad de creer.

- No. El mundo se resume a tu capacidad de aspirar algo más de lo evidente - le respondí - es tu manera de asumir el riesgo de ver la realidad como reflejo de tus pensamientos y vivencias. La objetividad es necesaria, el escepticismo te permite cuestionar, pero al final de todas las cosas, tu forma de asumir lo que te rodea es una opinión. Y esa opinión es una idea creativa, una forma de manifestar tus simbolos y metáforas.

Recordé a Sor Beatriz, cantando mientras sonreía, con su habito níveo rodeandole el rostro como un halo luminoso. A tia L. inclinada sobre su mesa de trabajo, creando con dedos firmes una de sus maravillosas recreaciones del mundo. Crear, construir una idea sobre el mundo. Comprender el inestimable valor de crear y soñar a ciegas, como niños inocentes. La misma sensación que siento al crear, al mirar el mundo a través de un crisol de palabras e imágenes. Todos somos parte de una idea del tiempo y de quienes somos profundamente depurada, pero más allá hijos de nuestras preguntas. Y dueños de nuestra necesidad de cuestionar.

- Bruja, entonces - dijo mi interlocutor. Lo dijo en un tono ligeramente desconcertado. Como si la palabra le pesara un poco, le resultara una pieza incomoda en el conjunto del mecanismo de lo cotidiano. Suspiré, con una alegría secreta. Con ese coraje salvaje que me heredó mi necesidad de soñar y ver el mundo más allá de lo simple. Con esa humildad de saberme parte de una experiencia colectiva, enorme y hermosa. La herencia que llevo como nombre. El hilo conductor que me une a cientos de historias.

- Bruja, sí - dije. Y sonreí - de las que creen en la magia, de las que celebran el Sol y la Luna. De esas brujas.

Un poco más tarde, en el silencio de mi pequeño jardín, rodeada de velas y con el perfume de la noche rodeándome, me pregunté cuantas veces tendría que cuestionarme para comprender el núcleo de mis creencias. En cuantas otras ocasiones, debería recorrer el camino de las preguntas, de los sinsabores y las dudas. Solo para llegar de nuevo al círculo de luz, de la belleza radiante e inevitable de las propias convicciones. Miré la Luna, entre el cielo tachonado de estrellas y sonreí. Quizás incontables veces, pero cada una de ellas, sería un nuevo camino que recorrer, una nueva forma de mirar, creer y construir. Una nueva experiencia que atesorar, como una forma de magia.

C'est la vie.

1 comentarios:

cris miau dijo...

Qué preciosa historia. Te hace pensar seriamente en el camino que sigues, lo que te convendría ver y creer y lo que es mejor dejar en la alegre ignorancia.

Publicar un comentario