martes, 28 de septiembre de 2010

Epifania del Odio y otros Desvarios.


“En efecto, el odio es un licor precioso, un veneno más caro que el de los Borgia, ¡pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño y los dos tercios de nuestro amor! ¡Hay que ser avaro con él!”

Charles Baudelaire - Consejo a los jóvenes literatos
(traducido por Juan José Utrilla)



Nunca he guardado rencores. En realidad, podríamos decir que soy una altruista bienintencionada, con cierta tendencia a un paradojico cínismo secular. No obstante, a pesar de ese precario equilibrio entre dos valores en apariencia paralelos, muchas veces sucumbo - no sin lamentarlo, claro - en una pequeña especulación tardía e irritada sobre mi misma. Inevitable, esta singular sensación de ira que experimento en medio de mis pequeños devaneos con el desastres, esas grietas de profunda confusión que me dejan hundida en una cualidad abstracta de mi pensamiento. Vaya, hablemos de una rabia ciega, de esa sensación de triste futilidad que me domina cuando mi percepción psiquica supera mi capacidad para comprender la realidad con cierta satisfacción. Los ojos cerrados, las sienes palpitantes de un miedo instintivo, imposible de disimular, ajeno a toda sofisticación. Los labios apretados, intentando contener el grito o quizás, algo más sutil, un mera condenación futil a esta sensación de leve desesperanza que me atormenta y que probablemente me seguirá atormentando todos los días de mi vida.

¿Un pensamiento fatalista? No lo creo en realidad. De hecho, me considero razonablemente abierta a interpretar mi propios conceptos de una manera benigna. Nada de amarguras en este caso. Sin embargo, a veces me harto - así, llanamente - del rostro que miro al espejo, de esta sensación opalina de encontrarme en mitad de una racionalidad irreverente y un sincero miedo. De pie, con el corazón latiendome muy rápido - de hecho, tan rápido que por un instante me lleva esfuerzos respirar - continuo mirando el punto donde hasta hace pocos segundos, se distinguía con perfecto detalle, la silueta de un hombre. Traje oscuro, un rostro cansado, indiferente, la mirada mirando un mundo que probablemente no exista ya. Las manos abiertas, un gesto inconcreto. Irreal, desdibujado en medio del mundo de los colores y cosas que ya no puede ver, al que ya no pertenece. Retrocedo un paso, las uñas clavadas en las palmas de las manos y siento que de un momento a otro comenzaré a llorar y perderé todo control. Ah, sí, que fantasía cansina, ese consuelo leve de simplemente dejarme llevar por las lágrimas, la fresca sensación de juventud que la vulnerabilidad del sentimiento lleva aparejada. Pero nada sucede. Solamente continuo de pie, mirando la esquina vacía en silencio hasta que mi ritmo cardíaco comienza a normalizarse y una sensación hueca y agría me golpea como una bofetada. Con pasos torpes, intentó caminar, unirme a los transeuntes que me rodean, pero no lo logro. Alguien tropieza conmigo. Un rostro que me mira con cierta acritud. Casi puedo verme a través de sus ojos. Una mujer pálida, con los ojos húmedos rodeados de círculos oscuros. El cabello revuelta, las manos aferradas en un apretón casi excesivo. De nuevo la indiferencia y sigo allí, en medio de la calle mientras el rencor me llena, se hace una explosión que devasta todo pensamiento, toda emoción. Solo la ira, esta ira peligrosa y enloquecedora, esta sensación de frenética desazón. Me encuentro caminando a grandes zancadas por la calle, llevandome por delante a los peatones, empujandolos en algunos casos. Alguien me lanza un improperio. No me vuelvo a mirar. Una aguda jaqueca - blanca, serpenteante, exquisitamente real - me golpea y me deja sin aliento. Y la ira, siempre esta ira, de no comprender, de no saber con exactitud el sentido del temor, el verbo creador de esta visión que es una maldición en sí misma, una relámpago azul en medio del tiempo abstracto.

¿Por qué? una pregunta vana, simple, sin respuesta, tan vulgar. ¿Por qué está sensación de terror' ¿Por qué está creación profundamente visceral que me impide comprender el hecho natural en sí mismo? Quisiera liberarme finalmente de esta sofocante sensación de encontrarme perdida en mi misma, de no encontrar un momento de paz y tranquilidad en medio del tiempo curvo que forma la realidad, que le da forma a esta idea que llamamos normalidad. Pero no puedo, no hay respuestas, todo es absurdo. El miedo es puro, el miedo es tan mio como el sonido de mis jadeos, el fino hilo de sudor que se me desliza por la frente, los temblores helados que me recorren. Mios, mio en la impaciencia, en la angustia, en la nada frontal a la que me enfrento. Vasto y llano, la incongruencia, el detalle minimo que me deja a solas, muda y débil, en medio de las sombras de la razón.

La temperatura parece aumentar en la calle, mientras corro, con todas mis fuerzas, escapando tal vez de ese silencio, de ese mutismo indiferente que parece manifestarse en todas direcciones.  Ah, y este dolor, tan intimo, esta soledad tan abstracta, esta humilde angustia existencial. Tan joven en sí misma, tan tierna, recién nacida, siempre nueva, a pesar del tiempo y la experiencia. Finalmente siento que no puedo dar un paso más, que el corazón me extallará por la mera presión de la desesperación que me consume y entro en un restaurant, cualquier lugar en donde pueda pensar por un instante en paz. Un lugar pequeño, de mesas pequeñas y timidas. Las sillas de plastico. Una soledad exquisita, como la seda.  Me refugió en la taza de café espumoso, en su olor acre, mientras siento que recupero una fragil calma. Ah, sí, el bendito café, esa peñón de gibaltrar en medio de la tormenta venial de mi mente.

Un sorbo. Lo paladeo casi con ternura. Comienza a llover. Disfruto del olor penetrante, de la mera sensación de exquisita ternura. Una pensamiento diminuto de aparente paz. Con los ojos cerrados, escucho el sonido metálico, que se ondula y crece en el silencio de una ciudad distante en mi imaginación. Me refugio en esa lenta tranquilidad que me envuelve, esa apacible resignación quizá.

Una voz agorera y cristalina de un momento irreal, onírico.

A veces imagino mi mente como una habitación que carece de puertas y ventanas. A solas, allí, inclinada en la oscuridad, escuchandome murmurar alguna elegia al desastre. Ah, que idea dramática, ¿No es así? No obstante, es una imagen tan real que a veces siento que me hundo en ella y la sensación es casi agradable, una quietud ultraterrena. Imagino ese salón hermético, y me dejo caer allí, piernas y brazos extendidos, respirando cada vez más lentamente, hasta que no soy nada, hasta que la mera conciencia de mi existencia se torna quebradiza. Entonces abro los ojos y el mundo parece agolparse a mi alrededor, violento y natural. Tiemblo un poco. El olor de la lluvia me satura los pulmones. Una agradable sensación de perdida me recorre. Soy y no soy. Y no obstante, me siento tan aferrada al hoy, al tiempo, a la vida, al dolor y la felicidad rutilante de encontrarme aqui, en esta silla vulgar, en una ciudad cualquiera, que deseo llorar. Abrumada, tan cansada que apenas me puedo mover, espero ese momento de silencio donde todo parece retomar sentido y darle forma a los árboles, las personas que me rodean, la calle, los colores, la densa sensación que todo es real y que el temor es solo un pensamiento brumoso. Una agora sin sentido, una intima lágrima solitaria.

Termino el café. El regusto amargo me llena de cierta idea de normalidad. Me peino el cabello con los dedos. Suspiro, camino hacia la calle - más allá del tiempo real - y echo a andar, a solas, en mi pequeña condena visceral.

Un tiempo raquídea, una simple horfandad de la razón.

1 comentarios:

Gabriel Landaeta dijo...

asi quedastes luego de horas de espera de los resultado. las 0230 y todo en calmaaaaaa

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