domingo, 2 de noviembre de 2014

De secretos y sonrisas olvidadas. Historias de brujería.



Arrojo la albahaca al caldero y de inmediato, su olor se eleva en ráfagas desde el fuego, profundo y caliente. Me rodea, me impregna las mejillas sonrojadas, el cabello en desorden. Y me hace sonreír claro. Como antes, como siempre. Una vez leí que recordamos lo que olemos. La frase me parece más cierta que nunca mientras inclino la cabeza sobre la humareda olorosa, con sabor a castañas, con ese picor exquisito de viejos recuerdos y las pequeñas historias que se atesoran. Un reflejo en el espejo de mi memoria.

Nunca fui muy buena con las hierbas del jardin. De hecho, era francamente inútil: jamás supe cual era la diferencia entre el ajonjolí y el estoraque, y me llevaba esfuerzos recordar cosas tan sencillas como las propiedades de la mostaza. A mi abuela todo aquello le parecía muy gracioso. A mi tia E., no tanto.

- Una planta puede brindarte un tipo de alivio que en ocasiones resulta incluso mejor que una medicina - me regaño en una ocasión en que volví a confundir - por enésima vez - el Laurel con el Romero. Tomó mi bolsita de especias con un gesto duro y terminó de incluir los pellizcos de semillas y hojas aromáticas dedicandome miraditas reprobadoras - ¿O crees que se trata nada más de caprichos de una vieja?

Ni respondí, pero sí, por supuesto que a mis doce descreídos años no le encontraba mucho sentido a saber los nombres y propiedades de plantas, si podía ir a la farmacia y comprar un medicamento que tenía el mismo efecto y además, inmediato. Pero jamás podría decirle aquellas cosas a mi tia E., que amaba las especias del jardin y era una firme militante de la magia verde, como le llamaba a su enciclopédico conocimiento sobre las diferentes efectos de plantas, especias, hojas en el humor y en la salud de cualquiera. Así que me quedé muy quieta, escuchando el sermón y pensando en otra cosa.

Durante los últimos meses, había tenido muchos problemas en la escuela con las asignaturas cientificas. Tanto que, la situación comenzaba a provocarme una especie de fobia que me llevaba esfuerzos controlar. No sólo se trataba de que no entendía las largas explicaciones sobre enrevesados procesos y formulas matemáticas, sino que además, era totalmente incapaz de resolver cualquier operación, incluso las muy sencillas. Comencé a temer las clases de la matemática de los martes, donde procuraba sentarme al fondo del salón, inclinada sobre el pupitre, aterrorizada por la serie de símbolos y números que llenaban la pizarra y que yo no podía comprender. Sentía un terror muy real por mi incapacidad para las matemáticas y sobre todo, por el hecho que a pesar de mis esfuerzos, la cosa no parecía mejorar. Ya había reprobado el primer examen de la asignatura, aprobado por la minima el segundo, reprobado estrepitosamente el tercero y necesitaba una gran calificación en el cuarto para aprobar la asignatura, cosa que veía tan poco improbable que me provocaba una quemazón de angustia en el estomago. Era la primera vez que me ocurría algo semejante, y sobre todo, la primera vez que aprender me provocaba mucho más miedo que curiosidad.

- ¡Aglaia!

Mi tia me dedicó una mirada fulminante. Al parecer me había estado explicando algo muy importante sobre plantas, hojas o alguna rama aromática, que me había perdido por completo. Miré las ramas cortadas pulcramente sobre la mesa de la cocina - incapaz de reconocerlas - y sacudí la cabeza.

- Disculpa tia, estoy preocupada.
- Y claro que deberías estarlo.

Tia E. me hizo salir de la cocina, colérica y ofendida por mi falta de interés. Salí al jardin, con los brazos cargados de hojas y todo tipo de semillas y un nudo de angustia en la garganta. Y allí me encontró mi tio L- al borde del llanto, con un cuaderno de matemáticas abierto a un lado y un revoltijo de ramas y granos olorosos del otro. Lo miré frustrada y al borde de las lágrimas.

- Creo que me voy a volver loca  - admití, cuando se sentó a mi lado.

Tio L. era el cientifico de la familia, un aventajado estudiante universitario y una joven promesa de las ciencias del país. Pero si alguien lo veía de pie en el jardin, con sus jeans y su camiseta rota, su cabello despeinado y la barba rojiza descuidada, no podría decirlo. Tenía un aspecto más bien bohemio y una sonrisa de pillete que siempre parecía bailar al borde de su bigote extravagante. Sus chispeantes ojos verdes me miraron con curiosidad.

- ¿Pero que es lo que sucede?

¿Como explicarle a este hombre, un virtual genio cientifico, mi incapacidad matemática? Mi tio era, sin duda alguna, la persona más inteligente que había conocido nunca. Adoraba su estudio de la Terraza, que mi abuela había hecho construir especialmente para que pudiera guardar sus cientos de libros de ciencias, experimentos, afiches y modelos a escala de moléculas, pero en especial para que Tio pudiera estudiar con tranquilidad. A pesar de sus diecinueve años y unos pocos meses, estaba obsesionado con las ciencias como con ninguna otra cosa. Había sido el mejor estudiante en su exclusivo colegio privado y ahora en la Universidad, era uno de los alumnos más aventajados y respetados de su facultad. Realmente amaba la ciencia más que a nada en el mundo. Bueno, a no ser la Salsa y también la reposteria de tia M, por la cual sentía devoción. Pero esa es otra historia, que contaré en su oportunidad.

- Bueno, nada: soy una tonta en las matématicas. La más torpe, la más... - no sabía como explicarle bien mi angustia. Quería contarle  sobre las horas que pasaba con los codos pegados a la mesa, mirando el cuaderno cubierto de números y formulas que jamás llegaba a entender. Quería explicarle la terrible frustración que sentía cuando intentaba resolver cualquiera de las tareas y no sólo no lograba hacerlo sino que además, me aplastaba esa invalidante sensación de no entender ningún proceso, ni la más minima cosa de aquella enrevesada red de complicadas operaciones. Finalmente le extendí el cuaderno con las manos temblorosas - esto me da terror.

Mi tio tomó el cuaderno y se sentó a mi lado en la tierra. Se inclinó sobre las hojas, pasandolas una a una. Se detenía en algunas cifras, fruncia el ceño, seguía. Me preparé para recibir una regañina, quizás como las que me dedicaba tia E. por mi poca atención al arte de la herbolaria. Pero tio L. sólo me miró preocupado.

- Creo que sólo estás asustada - me dijo por fin. Parpadeé.
- ¿Asustada?
- Te aterra las matemáticas. Así de simple. No cometes tantos errores pero evidentemente una vez que cometes uno...ya no sabes como regresar a la respuesta correcta.

Era verdad. Más de una vez, había logrado avanzar con dificultad en alguna operación especialmente dificil...hasta que dejaba de comprenderla. Entonces venía el pánico, las interminables tachaduras y borrones, las páginas rotas de frustración. Así me había ocurrido durante el primer examen, donde además de reprobar, el maestro me había escrito una nota sobre "mi desorden" al momento de entregar un trabajo de clase. Imaginé que había pensando aquel anciano malhumorado al encontrar aquella hoja llena de tachaduras, hojas rotas y pequeños tachones oscuros. Hasta yo misma me había sentido deprimida y enfurecida por algo tan impresentable.

- ¡Es que no sé que hacer! - bramé, angustiada - de verdad Tio, que no sé que hacer. Y...tengo que aprobar. Tengo que hacerlo...pero no sé.

Levanté las manos y arrojé a la tierra la colección de ramitas que Tia E. me había dado para clasificar y ordenar. Mi tio suspiro, me hizo uno de sus guiños amables y luego, se inclinó sobre la tierra. Con una paciencia que me asombró separó ramita por ramita, hoja por hoja, semilla por semilla. Entonces recordé que abuela me había comentado alguna vez que su hijo menor era muy bueno en herbolaria y que sus Té de manzana tenían la capacidad de hacer sonreír a cualquiera. Lo miré con curiosidad, con su cabello rojo despeinado y la barba hirsuta ¿Como podía mi tio combinar ambas cosas? ¿Como podía aprender sobre las ciencias sin desdeñar las creencias de casa? Me había preguntado aquello más de una vez. Cuando se lo pregunté, me sonrío con su sonrisa franca y traviesa.

- Todo es ciencia, Agla - me dijo - todo lo es: sólo que lo interpretamos de manera distinta. Lo que tia llama "magia verde" yo lo llamo reacciones quimicas, y lo que mi Madre llama "energía" yo lo llamo interacción natural. Sólo hay que tener la humildad para entender que no entendemos aún la mayor parte de lo que ocurre en el mundo y la curiosidad para seguir haciendose preguntas.

Se levanto, sosteniendo mi tarea de herbolaria y el cuaderno abierto. Me hizo una seña para que lo siguiera. Cruzamos el jardin hasta su pequeño estudio al fondo. Me entusiasmé: después de la biblioteca de mi abuela, ese era mi lugar favorito de toda la casa. Solté un jadeo de emoción cuando mi tio abrió las ventanas y la luz del sol inundó la habitación.

Era un lugar pequeño y caótico, absolutamente maravilloso. Había afiches en las paredes de soles y planetas, de paisajes extraordinarios que siempre creí eran de otros de mundos, pero que resultaron ser moléculas y protones. También había libros - desordenados, en todas partes, abiertos y cerrados, nuevos y muy viejos - de todos los temas cientificos imaginables, globos terráqueos, mapas, un esqueleto de plástico al que mi tio solía poner zapatos, un telescopio que apuntaba a las estrellas, todo tipo de modelo a escalas de aviones y cohetes. Era un lugar extraordinario, que siempre me sorprendía. Me senté junto a su escritorio caótico, lleno de hojas de papel y cuadernos repletos de simbolos que ni me atreví a mirar.

- Escucha, estás planteandote el asunto de las matemáticas desde la imposibilidad, no desde lo que te rodea y es real - me dijo. Dejó mi cuaderno en una mesita de Madera junto a la ventana y con cuidado, lo rodeo de las hojas y semillas de tia E., en un gesto rápido y agil que me asombró - la matemática y la ciencia está en todas partes, no sólo en una hoja de tareas o en la Escuela. ¿Sabias que por mucho tiempo se dijo que las matemáticas eran el lenguaje de la divinidad?

- ¡No! - admití bocabierta. Nunca podría imaginar eso en una clase larga y tediosa, con el profesor cascarrabias gritando y vociferando por nuestra poca atención - Pero...¿cómo...?

- Los antiguos matemáticos creían que Dios, cualquiera sea su nombre o como lo concibas, se comunicaba a través de los números, un lenguaje que todos podíamos comprender - dijo. Ordenó de nuevo las semillas, de una manera extraña y curiosamente parecida a los diagramas que yo había dibujado con mucha torpeza en el cuaderno - Un número crea un valor, que es igual para todos. Uno a uno, revelan el mundo como nunca lo has visto. Por ese motivo, los grandes pintores creían que todos guardábamos una Divina Proporción o que había un cierto orden natural. Asomate a mirar.

Abrí mucho los ojos, asombrada. Había creado una especie de diagrama matemático con hojas y semillas. Y de pronto, sentí un escalofrío. Miré el número de ramas, los conté y luego el de hojas, lo resté. ¡Y comprendí! ¡Comprendí que hacía! Me llevé las manos a la boca, entre emocionada e incrédula.

- Pero...
- La ciencia es un lenguaje poderoso que por mucho tiempo se consideró mágico - siguió mi Tio. Volvió a ordenar las ramitas y hojas y de nuevo, reconocí el esquema, la formula, el ritmo. Uno más enrevesado que el anterior pero que pude seguir con toda facilidad. Y lo entendí otra vez. Entendí cada suma y sustración: la vi tan clara como si pudiera seguir su proceso desde una perspectiva mucho más clara. Mi tio levantó la cabeza, los grandes ojos verdes brillantes de alegría - La ciencia es todo lo que te rodea. La magia es lo que aún no puedes explicar, pero es igual de portentoso. Llámalo poder, llamalo conocimiento. Pero es el misterio que durante siglos cautivó a las grandes mentes de la humanidad. Nada está ajeno al portento, mucho menos algo tan bello como los números.

Durante horas, se dedicó a revisar conmigo las tareas, utilizando el método de las ramitas, semillas y hojas una y otra vez. Me sorprendí resolviendo con rapidez las formulas y ecuaciones, comprendiendo con toda claridad que hacia. Cuando finalmente terminé con la asignación, tenía lágrimas en los ojos.

- No lo puedo creer - admití - no puedo...
- Y además aprendiste sobre como hacer un gran té de hierbas - rió mi tio. Me reí con él. Me divertía mucho sus carcajadas contagiosas, su manera chispeante de mirar el mundo - la ciencia lo es todo, no se te olvide eso.

La ciencia lo es todo, pensé, sacando unas cuantas ramitas y hojas y dejándolas sobre el pupitre. El profesor me dedicó una de sus miradas duras.

- ¿Y eso Berlutti?
- Me ayuda a concentrarme. Puede revisar que no es nada...
- Dejelo, lo va a necesitar - dijo con desdén. Me mordí la lengua para no contestar.

Miré la hoja de examen con los ojos muy abiertos. El viejo terror me invadió, me cruzó en ráfagas calientes. Me contuve. Tomé una piedra y una rama. Comencé a resolver el examen. Sentí que había algo más que conocimiento en ese silencio, en esa sensación de construir algo más. Sumé, resté, resolví. El miedo pasó, volvió y finalmente me dejó en paz.

- ¿Ya terminó? - dijo el profesor cuando le extendí la hoja. Me encogí de hombros.
- Pude concentrarme.

Contuve la respiración cuando probó mi Té. Lo paladeó, sostuvo un sorbo en la boca, como un buen catador. Lo paladeó y luego sonrío. Parecía no sólo complacida sino feliz.

- Pues...
- ¿Te gustó? - pregunté ansiosa. Ella tomó otro sorbo, con un gesto significativo.
- Me encantó.

Entré como una tromba en el estudio de mi tio. No sabía que mostrarle primero: la excelente calificación en matemáticas o mi nueva bolsita de especias. Levanté ambas cosas sobre la cabeza, dando saltitos de emoción. Él se levantó, con una amplia sonrisa.

- Ya te lo decía yo, no existe ciencia ni magia, ni...
- Magia sin ciencia - completé. Reímos a carcajadas.

La magia de crear y comprender, pienso mientras tomo un pequeño sorbo de mi té de hierbas. Aún continúa gustándome su sabor, aunque podría mejorar, me digo. De manera, que añado al caldero una pizca de Vainilla y otra de canela. Lo revuelvo, con gesto lento. El olor se eleva en vertical, me rodea, me acaricia con dedos cálidos, me envuelve como un pequeño gran recuerdo que atesorar. Y pienso, sentada con la taza de té caliente, sentada en la oscuridad, mirando al infinito y la silueta de la ciudad, que no sólo la sabiduría es una forma de ciencia sino que el poder de crear, es también es una manera de soñar. Una idea que zigzaguea entre ambas cosas y que  construye una nueva perspectiva de la realidad.

C'est la vie.

1 comentarios:

Tiquicia Vargas dijo...

Me encantan tus relatos. Aunque yo no tuve la suerte de tener una guía como la tuya en mi infancia para aprender sobre magia, ahora que soy adulta esa necesidad de aprender me ahoga y trato de recuperar el tiempo pedido. no comento siempre, pero igual te leo cada vez. Gracias por compatir con nosotros.

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