viernes, 23 de enero de 2015

Proyecto "Un género cada mes" Enero - Terror: "John Silence, investigador de lo oculto" de Algernon Blackwood.




Algernon Blackwood, escritor de culto del género fantástico, tuvo una infancia curiosa. De hecho, nada podría predecir que el hijo bien amado de una pareja de cristianos muy estrictos, sería luego un prolífico autor de relatos sobrenaturales y paranormales. Pero, como buen hijo de la iluminación y de la rebeldía intelectual de finales de Siglo XX, no encontró una mejor manera de rebelarse contra las estrictas creencias de sus padres, que la escritura - temprana, secreta y sin duda ávida - de todo tipo de literatura que para entonces, era prohibida no sólo para los niños, sino para buena parte de los adultos. Y es que Algernon Blackwood fue un intelectual precoz: en una ocasión afirmó que apenas con diecinueve años, ya había leído "Bragavad Gita" y diversos tratados teosóficos, toda una rareza para su época. Más tarde, estudio por iniciativa propia budismo e hinduismo y después, todo tipo de ciencias ocultas, lo que lo hizo un ferviente creyente en lo oculto y sobrenatural. Porque para Blackwood, aficionado no sólo al enigma de la existencia humana sino a la idea de lo misterioso como una forma de terror, estaba convencido que la realidad y la fantasía se mezclaban en líneas difusas e intricadas, hasta crear una noción de lo sobrenatural casi personal. Tal vez por ese motivo, a  los treinta y un años a la Orden Hermética de la Golden Down, una asociación donde encontró no sólo un lugar adecuado para profundizar en su incansable búsqueda sobre lo oculto, sino además, una nueva interpretación sobre el mundo. Quizás sólo entonces, encontró la pieza necesaria para construir su especialísima visión sobre el horror:  Poco después, este escritor discreto, que por años luchó contra su propia timidez y temor al rechazo, crearía lo que sería su más lograda invención literaria:  la colección de relatos "John Silence, Physician Extraordinary" (1908), una cuidadosa reinterpretación de lo paranormal, lo terrorífico y lo absurdo que cimentó las bases de una perspectiva sobre el miedo. Ese análisis casi científico - y hay quien llegó a insinuar que muy real - de lo desconocido.


El éxito de John Silence se basa justamente en esa combinación de elementos que convierten cada una de sus aventuras no sólo en una interesante trama de suspense detectivesco sino en una reflexión sobre la naturaleza del miedo - lo que consideramos aterrorizante - y más allá, la búsqueda incesante de conocimiento del hombre. Porque John Silence - tan notoriamente semejante a su autor - es un investigador nato, un espíritu curioso que comprende lo sobrenatural desde un punto de vista original: una herramienta para enfrentarse a ese terror oculto que la realidad parece ocultar en su aparente fragilidad. El personaje, una combinación de erudito en ciencias ocultas con un literato de salón, no sólo logra crear una interpretación intrigante sobre lo que lo misterioso es sino además, simbolizar ese hombre victoriano, tan obsesionado con el conocimiento y el poder del intelecto.

Por supuesto que, esa aproximación al terror no era novedosa en la literatura, aunque si poco frecuente. Fue Sheridan Le Fanu quién creó al primer personaje referencial del género, en el año 1972: un detective de lo oculto que sorprendió y cautivó a sus lectores por su extraña mezcla de detective al uso y conocedor de artes ocultas. No obstante, el escritor no pudo cristalizar lo que quizás uno de sus proyectos más ambiciosos: un año después de la primera publicación de las aventuras del fisiólogo Alemán Martin Hesselius, murió. De manera que la obra, compuesta por cinco relatos independientes, quedó incompleta, aunque allanó el camino a lo que sería después un género de creciente popularidad en el siglo XIX: la novela políaca mezclada con interpretaciones sobre lo sobrenatural o directamente, historias de fantasmas. Décadas más tarde, Hesselius, a quien LeFanu dotó de una magnifica inteligencia y una erudición sorprendente, sería reinterpretado en la figura del conocido personal Abraham Van Helsing, el cientifico que se enfrentó al poderoso Conde Drácula en la novela de Bram Stoker.

El género pareció encontrar un terreno fértil donde prosperar: desde las visiones tétricas de Edgar Allan Poe sobre casos detectivescos profundamente inquietantes (como sus crímenes de la Rue Morgue) hasta el mísmisimo Sherlock Holmes con su extraña aventura en El Sabueso de  Baskerville, la idea del intelectual que luchaba contra las fuerzas sobrenaturales sedujo a toda una nueva generación de lectores. La idea, parecía resumir la obsesión por el conocimiento del siglo y sobre todo, esa necesidad - secreta, insistente - de comprender lo misterioso desde una óptica cientifica. Porque aunque el siglo XIX fue el siglo donde el pensamiento moderno construyó las bases de la objetividad y la frialdad cientifica actuales, el temor hacia lo desconocido continúo tan vivo como en épocas anteriores. Escritores de renombre analizaron su personalísima postura sobre el miedo a través de personajes extraordinarios: Robert E. Howard dio vida a Solomon Kane, una especie de inquietante inquisidor del siglo XVII que recorría el mundo en busca de aventuras sobrenaturales; Seabury Quinn, ya en pleno auge de las pulp, escribió con detalle sobre las enormes cualidades intelectuales de Jules de Grandin. No obstante, ninguno asombró y cautivó tanto como John Silence, el parapsicólogo de Algernon Blackwood, quizás debido justamente a su notorio conocimiento realista sobre el ocultismo y algo más sutil: su enorme comprensión de la naturaleza humana. 

Varios críticos literarios han sugeridos que el personaje de Silence se benefició del hecho que Blackwood fue un escritor tardío. Publicó su primer relato con casi treinta años y luego escribió sin pausa hasta su muerte en 1951. Y durante todo ese tiempo, hizo de Silence un personaje cada vez más profundo, humano y poderoso. Porque John Silence no era sólo una parte de la historia sobrenatural, sino que desde su perspectiva y visión, Blackwood analizó el miedo, la fragilidad del hombre, el terror a lo desconocido. En más de una ocasión, Silence parece ser más que una criatura de la imaginación del autor, su alterego: Blackwood dotó a  Silence con su propio carácter y además de eso, le imprimió una seriedad, una férrea moralidad, que lo hizo célebre - y también muy criticado - entre los lectores acostumbrados a personajes ambiguos y sobre todo, a la visión fría e impersonal del investigador. Sus relatos, profundos, con una magnifica estructura y solidez, crean escenas imaginativas, espeluznantes, pero también creíbles, un elemento con el que Blackwood logró construir toda una apariencia de realidad para su personaje. En su momento de mayor celebridad, varios periodistas ingleses llegaron a preguntarse si las meticulosas y siempre asombrosas aventuras de John Silence, no serían la forma como su autor contaba al mundo sus peripecias dentro del mundo de lo oculto. Para Blackwood, esa percepción sobre su obra era asombrosa e incluso incomprensible. "Escribo sobre lo que temo, lo que sueño, lo que no logro comprender a primera vista" dijo en una oportunidad, con respecto a su obra "Y Silence es desde luego, una mirada profunda a  mis propios temores y curiosidad". Una respuesta ambigua, que no pareció zanjar las dudas y si, avivar la imaginación popular sobre el tema. 

Muchas veces se criticó a las historias de John Silence por su elevadísima moralidad, su ética a toda prueba. Incluso, Lovecraft insistiría que uno de los puntos blancos de la enciclopédica obra de Blackwood sería esa necesidad de justificación de lo absurdo, esa visión creadora y redentora de lo sobrenatural. Sin embargo, la trascendencia de John Silence - como personaje y precursor de todo un género literario - está más allá del debate simple sobre sus motivaciones y limitaciones. Blackwood, entusiasta no sólo de lo oculto, sino de la necesidad de comprensión que se oculta en toda búsqueda, supo brindar a su personaje de una inquietante visión realista sobre el mundo de lo enigmático y sobrenatural. Una mirada sutil, sobre ese otro parámetro de la realidad, que parece construir el terror como parte de lo que consideramos cotidiano, cercano. Incluso comprensible. Un buscador de la verdad esencial.


¿Quieres leer la colección de relatos de "John Silence, investigador de lo oculto" de Algernon Blackwood en formato PDF? Déjame tu dirección de correo electrónico en los comentarios y te lo envío. 


jueves, 22 de enero de 2015

La generación incierta.





Mi amiga María siempre soñó con el día en que podría independizarse de la casa paterna. Como la más pequeña de seis hermanos, desde muy joven tuvo muy claro que una de sus grandes metas personales era encontrar un espacio propio, un lugar que pudiera considerar de su propiedad. Más de una vez, me habló que el resto de sus proyectos no eran tan prioritarios como ese y que de hecho, cualquier otro, tendría que esperar hasta que pudiera lograr el principal, el que siempre había sido su esperanza más personal. Una perspectiva muy concreta de su vida futura.

Hace un par de días, María cumplió treinta y un años y aún vive en su vieja habitación de soltera en casa de sus padres. Dentro de seis meses espera emigrar a Cleveland, donde la espera el sofa de un buen amigo de la familia y un nuevo trayecto a ciegas en busca de la tan ansiada independencia. Mientras empaqueta sus tres décadas de vida, me cuenta en voz alta que probablemente, nunca podrá perdonar al país — y quizás, así misma — los años de frustración, dolor y finalmente resignación al comprender que uno de sus principales perspectivas personales estaba destinada a no realizarse, a formar parte de esa gran y quebradiza incertidumbre que es el futuro de Venezuela. Para María, la noción de gentilicio parece enredarse — confundirse — con ese sabor agrio del no ser, no existir, no lograr construir un panorama real sobre lo que desea para si misma en el país que la vio nacer.

— Me llevó años aceptar que jamás podría tener un techo propio en este país. No en estas condiciones, no en esta perspectiva de futuro — me comenta. Toma un puñado de camisetas de la cama revuelta y escoje sólo un par, muy sencillas. El resto — parte su preciada colección de curiosidades estampadas, algunas que siempre consideró su favorita — van a parar a la caja de cartón en el suelo. Los recuerdos fragmentados, olvidados, desterrados incluso antes que María abandone el país — cuando aceptas eso, cuando asumes que esto es todo lo que puede ofrecerte Venezuela, se te rompe el alma. Se te abre una brecha de lo que necesitas para ti misma, lo que aspiras y lo que puedes obtener. Y en base a eso decides, asumes las consecuencias.

María es contadora. Trabaja en una respetable oficina de Caracas, disfruta de un buen salario. Pero a pesar de eso, el costo de una vivienda en la ciudad excede cualquier intento suyo de adquirirla: No sólo cualquier inmueble quintuplica su salario básico sino que además, su capacidad minima de ahorro. Finalmente, decidió alquilar un pequeño apartamento en una zona residencial de Caracas. Apenas podía costear el altísimo precio de alquiler: casi todo su salario mensual y pronto, admitió que no podría hacerlo por mucho tiempo. Descorazonada, intentó entonces una opción intermedia: Por años, María intentó lograr la tan ansiada independencia compartiendo habitación y costos con compañeras de apartamento ocasionales. La experiencia resultó mucho más dura de lo que había supuesto; Sufrió robos, luego una convivencia dificil con dos desconocidos y por último, cuando el costo de la habitación que ocupaba aumentó por quinta vez en el año, decidió regresar de nuevo a casa de sus padres. La misma noche en que lo hizo, decidió emigrar de Venezuela.

— Comprender que no lograrás una meta básica te deja sin armas, sin expectativas — dice en voz baja, casi como para si misma. Suspira. Se queda sentada en mitad de la habitación, rodeada de cajas abiertas, una enorme maleta a medio llenar, la ventana abierta donde la calle de la infancia parece más pequeña y ruinosa que nunca — no puedo mirarme a través de esta Venezuela limitada y limitante, no quiero.

Escucho a su madre caminar por el pasillo. Probablemente nos estaba escuchando, en la oscuridad del pasillo vacío. María se encoge de hombros, aprieta los labios. La decisión del país no ha sido sencilla, mucho menos fácil de llevar a cabo. Tuvo que vender su pequeño automovil, todas sus pertenencias. Sus padres le obsequiaron sus ahorros. “Un cheque. Mi papá me lo puso en las manos” me cuenta con lágrimas en los ojos “Te me vas y te recuperas de este país que enferma. No se lo quería aceptar, pero luego lo hice. No tuve otra opción. Quisiera haberla tenido”.

No sé que responder. Nos quedamos callada en esta oscuridad cálida del enero tropical, donde nunca hay frío, sino un viento que refresca, que limpia. Hace años, María me decía que de emigrar, se despertaría a media noche pensando en ese viento de montaña, en Caracas como la recuerda de su infancia. Hoy sonríe con amargura con el pensamiento.

— No me cabe el país en la maleta — murmura — tampoco los recuerdos. Y menos este país que pesa como cien historias tristes.

Cuando nos despedimos, me sobresalta el pensamiento que probablemente no volveré a verla en años. O quizás jamás, pienso con un escalofrío cuando lo abrazo. Otra ausencia que se superpone a otra. Otro silencio en un país que poco a poco se desangra, se queda sin rostros, sin historias, sin recuerdos. Sin identidad.



Cuando José decidió emigrar, llevaba dos meses de tratamiento por un rarísimo tipo de cáncer en la piel. Es un hombre joven, atlético, que recibió el diagnóstico con optimismo. Sólo se trataba de un pequeño lunar de células malignas. El tratamiento sería corto, poco invasivo. En pocos meses volvería a estar sano, el aseguró el oncólogo. Cuando empeoró, por una rara reacción a la quimioterapia, el médico se preocupó.

— Creo que tendremos que modificar el tratamiento. No estás respondiendo como esperamos y me parece que hay algunos indicadores que quizás, el cáncer pueda esparcirse — le explicó. Me cuenta que escuchó las palabras del hombre con una sensación de vértigo, la misma que siente cuando escala una de sus queridas montañas, cuando corre bajo el cielo azul radiante de la Venezuela niña que tanto ama. Pero este mareo, esta ligera desconexión con la realidad no era una sensación placentera: le llevó esfuerzos asumir que el doctor le hablaba sobre un peligro real para su vida, para su supervivencia. Una idea que hasta entonces le había parecido impensable.

— ¿Qué hago? — preguntó. La boca seca. Me cuenta que le llevó un esfuerzo de prodigiosa disciplina, la misma del deportista experto, contener el miedo que le cerró la garganta — ¿debo seguir el tratamiento o…?

— Por ahora, cirugía.

Desde esa conversación han transcurrido seis meses. Se recuperó con éxito de una operación que diagnosticó que su cuadro clínico era mucho más complicado del que se había supuesto. Se le recomendó quimioterapia y quizás una segunda operación, en unos cuantos meses. Me muestra la cicatriz en el costado, alargada, inflamada, presumiblemente dolorosa. “Tenían miedo hubiera invadido el pulmón” me dice. Ha perdido muchísimo peso y durante las últimas ocho semanas, ha recibido un tratamiento agresivo que le quema la piel y afecta su fortaleza física de hombre en la plenitud de su treinta. Ahora tiene un aspecto delgado, huesudo, con la piel amarillenta. La mirada alerta siempre es la misma, la determinación de una voluntad férrea. La misma que le hizo decidir emigrar a Bogotá, en el momento más complicado de su vida. La misma que le hace continuar con el proyecto, a pesar del cansancio ingobernable, de la fiebre por las tardes, de los dolores casi insoportables, del diagnóstico incierto. Lo hace, porque según me insiste “quiere vivir, y aquí en Venezuela, no lo lograré”.

— Es una decisión pragmática. No odio al país ni mucho menos. Tampoco se trata que haya perdido la esperanza. Pero para Venezuela no existo, no soy, no formo parte de la idea de “ pueblo”— me dice. Nos encontramos en la terraza de la casa de sus padres, donde regresó a vivir mientras se somete al tratamiento. Miriam, su novia de años nos escucha con expresión tensa — en Venezuela, no hay posibilidades que me recupere. De manera que la decisión es una sola.

José es un optimista. Durante años participó en actividades políticas, manifiestaciones, siempre se aseguró de participar en lo que llama “el proceso de transformación del país”. Más de una vez, tuvimos discusiones sobre el futuro de Venezuela. “Chavez pasará y también el chavismo” solía insistirme, con una sonrisa. “El país es más grande que eso”. Con frecuencia, insistió en ser de los Venezolanos que se quedan, de los que plantan semilla en tierra fértil. “¿Y si nos vamos todos?” solía preguntarme en voz alta. “Alguien debe luchar”. Ahora, la perspectiva es otra. Con el miedo y el dolor de la enfermedad, parece haber perdido esa noción del país hogar, del país todo. Del país promesa.

— Cuando comenzó la quimioterapia, una de las enfermeras me dijo que rezara para que no se acabara el tratamiento en la clinica — me cuenta. Miriam le acomoda en la mesita de mimbre las medicinas que debe tomar: una serie de pildoras de diferente tamaño y color que le llevó semanas conseguir en la Venezuela quebrantada por una preocupante y cada vez mayor escasez de insumos médicos — me contó que en los hospitales no se dan a basto, que no escogen los pacientes según la gravedad. Que cuando el cuadro de alguien es muy complicado…

Sacude la cabeza. No sabe si lo que me cuenta se trata de rumores desesperados en medio de una situación crítica o una realidad impensable, inquietante. Miriam suspira, con los labios apretados, agotada y frágil. Hace poco, me habló de su temor recurrente de no poder abandonar el país, de no lograr encontrar un trabajo estable en Bogotá que les permita mantenerse a ambos unos cuantos meses. Y también, de su necesidad de huir de Venezuela. Me hace enfásis en la palabra “huir”. “No me voy, me escapo” me comentó “me llevó a José porque creo que Venezuela simplemente se volvió implacable, invivible. ¿No lo ves? es como si la política del rencor lo llenara todo. Y ahora el rencor es un método de supervivencia”.

Hace poco, José tuvo una recaída considerable. Una infección menor que muy pronto, se volvió incontrolable y una seria amenaza a su salud, que le llevó directo a la sala de emergencia de una clinica privada. El médico de guardia le recomendó volver después. “No tenemos con que atenderle” les dijo, con cierta resignación agobiada “lamentablemente no hay en existencia el medicamento que necesita”.

José comenzó a empeorar. La infección le afectó las vías respiratorias y pronto, contrajo una bronquitis que comprometió seriamente sus vías aéreas. Sus padres y amigos recorrieron clínicas y farmacias de la Caracas buscando el medicamento que necesitaba. Miriam tuvo que viajar a Maracaibo y de allí, cruzar la frontera para poder comprar la medicina en suelo colombiano. Cuando regresó, José había sufrido una hemorragia pulmonar.

— Nadie sabe como sobreviví — me cuenta. Y sonríe cuando lo hace. Una mueca triste y cansada. El rostro prematuramente arrugado, las manos esqueléticas apretadas en las caderas — los médicos casi me habían desahuciado. Pero aquí estoy. Y ahora ya lo comprendí: quiero vivir, y en Venezuela no puedo hacerlo.

Silencio. Miriam se seca los ojos con disimulo. José le pasa un brazo los hombros y nos quedamos los tres allí, en medio de esa luz cristalina de Caracas al atardecer, olorosa a mango, con el Ávila resplandeciente de verde radiante en la distancia. Pero no es suficiente, me digo con los dientes apretados, con una sensación de perdida que no sé muy bien a que atribuir. Porque realmente ¿Que es perdí en esta Venezuela desconocida, árida y hostil? ¿Al país que recuerdo y que perdí? ¿Al país que aspiro y no tendré? ¿Al futuro que imaginé aquí, en el Verano eterno de una tierra que consideré mía? ¿Es suficiente el discurso político agresivo como para hacerme sentir extranjera en mi propio país?

— No es tan simple — me dice José cuando le digo lo anterior — se trata que Venezuela sufre un proceso que quizás no se puede evitar, que seguramente fue histórico incluso antes que real. No se trata del proceso político, se trata de lo que ese proceso mostró del país. ¿Quienes somos? ¿Te reconoces aquí? Yo no.

¿Me reconozco aquí? Una pancarta de Chavez parece mirarme desde la fachada de un ente gubernamental. Una imagen descolorida, con un Chavez joven e irreal que no tiene la menor semejanza con el hombre real, el que murió entre rumores y misterios, el que se convirtió en una caricatura de sí mismo a fuerza de invocar su nombre. ¿Me reconozco en este país frustrado, cansado, afligido? ¿Me reconozco en esta ciudad rota, violenta, peligrosa, casi insoportable? Camino, entre la basura que llenan la calle, entre la multitud de hombres y mujeres de rostros cansados. Miro el Ávila verde. No es suficiente, me repito. No puede serlo.

No quiero vivir a medias, me digo. Un amigo querido suele insistir en que sobrevivir no es suficiente. Que jamás lo será. Y es verdad. Lo sé incluso en esta discreta lucha contra el instinto de rebelarme contra la idea. De querer insistir en la Venezuela posible. Pero ¿Este es el país donde nací? ¿Este es el país donde crecí? ¿Donde me imaginé hacerme adulta?

Miro al difunto Hugo Chavez de nuevo. Y pienso en lo que representa. La ruptura histórica. Y de pronto, nada parece tener sentido, encajar. Tener un rostro reconocible. ¿Este es mi país?

La pregunta me carcome, me hiere. Y aún más, no tener respuesta para comprender lo que ocurre. Lo que ocurrirá después.

C’est la vie.

miércoles, 21 de enero de 2015

La delgada línea roja: La censura moral en las Redes Sociales.


Fotografía de Arlette Montilla.


Hace unos días, Oriana, una de mis alumnas del taller de Autorretratos que imparto, comentó a la clase la experiencia traumática que supuso para ella que una de sus fotografías fuera censurada por la plataforma Instagram. Se trataba de un autorretrato desnudo muy sutil — su silueta a contraluz, en un espacio vacío y artisticamente concebido para denotar soledad — que no obstante, infringió las rigidas normas de la red social sobre el tema. De la sorpresa por haber perdido el material contenido en su cuenta, Oriana pasó a la desazón y la humillación de haber sido limitada en lo que considera su derecho a la expresión. Cuando intentó reclamar al respecto, recibió una única respuesta: La fotografía había violado la severa normativa con respecto a lo que puede incluirse en la plataforma de Instagram y no había apelación posible. Finalmente Oriana tuvo que aceptar lo inevitable: había perdido todas las imágenes incluidas en su cuenta y además, el derecho de usar su cuenta en el futuro.

No se trata de un hecho inusual: para Instagram, como para la mayoría de las redes sociales más populares, un desnudo es un desnudo y puede ser considerado ofensivo, no importa la intención con que fue tomado o el elemento subjetivo que pueda simbolizar. Se insiste en la protección de los usuarios y sobre todo, en la necesidad que la red en cuestión no desvirtue su objetivo esencial — cualquiera que este sea — a través de imagenes o contenido que pueda herir la suceptibilidad de un potencial público sensible. Zanjada la cuestión, gran parte de las plataformas virtuales, deciden que es mucho mejor disculparse por una posible equivocación ( basada en un algoritmo básico ) a enfrentar las posibles consecuencias de una violación directa a la ley por contenido directamente inapropiado o ilegal. No obstante, la mayoría de las Redes Sociales actuales parecen olvidar que detrás de todo contenido (y sobre todo, de todo material sensible o no a la opinión, susceptible o no a la censura) hay un usuario y una historia muy concreta.

Y es que un hecho de censura, sea cual sea su origen y su motivo, es traumático. La agresión tiene una connotación durísima no sólo a nivel intelectual sino también emocional. Oriana insiste que la circunstancia completa — desde el hecho que su cuenta fuera borrada hasta ser directamente censurada — le afectó de una manera tan profunda que incluso afectó su trabajo fotográfico. Abrumada y desconcertada, dejó de autorretratarse y comenzó a fotografiar de manera cada vez más impersonal, hasta que finalmente simplemente, dejó de hacerlo por completo. Cuando reflexiona al respecto, admite que no se dejó de fotografiar (se) sólo por el hecho que su cuenta Instagram hubiese sido cerrada, sino por el hecho concreto de sentir que su trabajo y percepción sobre si misma había sido vulnerada de manera directa. “Me sentí mutilada, afectada a muchos niveles por el hecho de haber sido censurada. Dejé de fotografiarme porque no pude superar la sensación de vacío que me produjo la censura. Como si hubiese perdido una idea muy profunda y consistente de mi misma. Parte de mi identidad”.

Tal vez parezca excesiva la reacción de Oriana, hasta que se analiza desde el cariz que para cada fotógrafo, una fotografía es una expresión muy directa de su opinión y manera de comprender el mundo. Para Oriana no se trató sólo de una fotografía que se borra, sino de un mensaje que se silencia. A pesar que puede argumentarse que Instagram es sólo es una plataforma social, las imágenes que contienen tienen un sentido personal, emocional, concreto. Un documento visual irrepetible. Y la censura, con toda su carga restrictiva, no sólo destruye el resultado final de lo que el mensaje evoca — la fotografía en sí — sino el simbolo que se construye, la idea que se comprende a través de ella.

Por supuesto, el caso de Oriana no es único y probablemente no será excepcional. Y las razones para justificar la actuación de las redes sociales sobre el tema del desnudo, la difusión y la estructura del mensaje sobre temas sensibles, se sostiene sobre el hecho simple que la línea entre lo erótico, lo ofensivo y lo directamente ilegal parece ser muy sutil. La mayoría de las plataformas dejan muy claro, que sus rígidos procedimientos y protocolos con respecto a la difusión de la imagen y conceptos vulnerables responden a la necesidad de controlar y penalizar hechos muy concretos, ese riesgo inevitable de la red como vehículo ideal para lo ilegal. Después de todo, la red, con esa vastedad sin limites y aparentemente sin restricciones, es el terreno ideal para todo tipo de delitos de extrema gravedad. El anonimato, la rapidez en la difusión, la facilidad de acceso hacen al mundo virtual idóneo para toda una cultura basada en la ruptura de las restricciones legales. Así que, la mayoría de las plataformas asumen el hecho de la censura inmediata como un mal menor en la prevención de algo mucho más grave y con cientos de implicaciones incontrolables. Una idea que parece sostener que la censura es de hecho una herramienta eficaz en el control de cualquier material o mensaje que pueda considerarse peligroso para la integridad de esa interpretación de las redes sociales como vehículos de comunicación integral.

Sin embargo, lo que resulta preocupante de esa especie de noción de la censura necesaria, es la idea que se aplica con una cierta predisposición sexista, moralista e incluso directamente prejuiciada. Porque lo censurable, parece estar siempre muy cercano a lo que puede considerarse moralmente transgresor y no sólo, a lo que responde a planteamientos objetivos sobre el contenido y las implicaciones reales de la imagen que se combate. También en Instagram, la comediante Chelsea Handler ha demostrado, que al menos a lo que a la red social de imágenes respecta, la censura está muy relacionada no con el ámbito objetivo de la presunción del contenido de la imagen, sino la manera como se asume el mensaje que transmite. Hace unos meses, Chelsea fue censurada por Instagram cuando incluyó una captura de pantalla de una fotografía en la que aparece con el torso desnudo, junto a otra del Presidente Ruso Vladimir Putin también con el pecho al descubierto. Cuando la fotografía fue borrada, Handler protestó contra la red social por considerar la medida misógina y retrógrada: “Eliminar esto sería sexista. Tengo todo el derecho de demostrar que tengo mejor cuerpo que Putin”, dijo con su habitual humor sardónico. Pero más allá de la burla, el planteamiento de Handler parece englobar la idea básica que para cualquier red social, la verdadera desnudez tiene una relación directa sobre el hecho de quien se desnuda y no con el desnudo en sí. Unos días después, volvió a incluir la fotografía del Presidente Ruso, esta vez incluyendo una captura de pantalla de la notificación de violación a la política con el subtítulo: “Si un hombre publica una foto de sus pezones, está bien, ¿pero por qué no una mujer? ¿Acaso estamos en 1825? “Instagram no respondió a los comentarios y de hecho, ningún vocero de la compañía pareció interesado en participar en la polémica. Pero el debate continúa, se hace cada vez más evidente, más incierto.

De hecho Handler no es la única celebridad que se ha enfrentado a la censura en las Redes Sociales y que ha reclamado el derecho a que la censura se atenga más al contenido que lo obvio, más al contexto que a la simple idea de un cuerpo desnudo o lo que este podría significar. Unos meses antes, la modelo y actriz Cara Delevingne publicó una fotografía con el tag #FreetheNipple, una campaña para hacer conciencia sobre la censura y la desigualdad de género que suele aplicarse en la censura de medios de difusión masiva. La hija del actor Bruce Willis, Scouts, también protestó contra las restricciones pretendidamente morales de las redes sociales bajo la misma consigna de Free the Nipple. La actriz posó mostrando su pecho desnudo y escribió “Es legal en Nueva York, pero no en Instagram”, decía el pie de fotografía, un mensaje que parece demostrar que lo que se considera censurable en la red, parece obedecer a una idea muy concreta sobre lo permisible o no con respecto a la desnudez. Y desde luego, a la desnudez femenina.

Hace dos días, Mi amiga Arlette Montilla publicó en su blog alojado en la plataforma Google Blogspot, un artículo sobre la percepción fotográfica de la maternidad moderna. El artículo, que además analizaba el hecho de la imagen como parte del documento personal, incluía fotografías de artistas que han dedicado su trabajo visual al análisis de la maternidad desde una óptica original y profundamente personal. Desde Elinor Carrucci hasta Ana Alvarez-Errecalde, el artículo analizaba la repercursión de un nuevo análisis de la maternidad a través de la fotografía y sobre todo, la renovada concepción del hecho físico de ser madre como un documento visual de considerable valor artístico. El texto incluía además, algunas fotografías de las artistas, donde se interpreta el valor visual de la relación de la mujer con su propio cuerpo de una manera por completo distinta.

Ayer, el blog de Arlette fue eliminado por Google por haber compartido y difundido “contenido no apropiado”. Además, borró también todo el contenido visual personal de Arlette en sus redes, en una medida que abarcó no sólo el contenido del blog en las que había incluido las fotografías sino también, todas las funcionalidades asociadas a Google que hasta entonces, Arlette había utilizado. Todo lo anterior, sin que Arlette recibiera un mensaje o una explicación sobre lo ocurrido más allá de la insistencia de un mensaje automatizado que indicaba que había “transgredido” las normas de funcionamiento y también de uso de la plataforma. Lo que sorprende aún más, es que no sólo la eliminación del sistema incluyó la identidad virtual de Arlette en Google, sino todo material, audiovisual, escrito o compartido en la plataforma e incluso elementos que pudiera haber utilizado a través de los recursos Google, aunque no tuviera relación alguna con la publicación que provocó la reacción del sistema. Todo lo anterior, relacionado con un “filtro automatizado” que consideró que las imágenes que Arlette usó en su blog como parte de un análisis artístico en concreto, eran contenido sensible e incluso directamente ofensivo. Una idea que parece englobar además el hecho, que esa noción sobre “material peligroso” también incluye una percepción del usuario no un elemento anómalo que debe ser restringido y eliminado del sistema sin el menor análisis sobre la sustancia del contenido. De nuevo, la censura a ciegas.

Por supuesto, que las normas de Google podrían justificar la decisión. Se insiste en el hecho que la plataforma debe actuar en base a algoritmos debido al número de usuarios que maneja, al hecho que sería virtualmente imposible el análisis individual y personalizado de los casos de riesgo. Aún así, cabe preguntarse ¿Olvida Google y cualquier plataforma social que sus usuarios y el material que incluyen en sus redes pertenecen a la identidad virtual de quien las utiliza? ¿No debería Google - y cualquier otra plataforma de Social Media — asumir la importancia y el coste real de la perdida de información sensible con respecto a sus decisiones al respecto? ¿No debería al menos existir un matiz que permitiera concebir la información que se censura no sólo como data sino como parte de la historia personal de quien la generó? ¿Hasta que punto los sistemas automatizados continúan siendo válidos, en la transformación cada vez más acelerada de las plataformas virtuales en verdaderas identidades funcionales del usuario? ¿Esta conciente Google y cualquier otra plataforma de la importancia y el sentido real del material que se comparte en los recursos que facilita y hasta que punto, es esa interpretación de valor real lo que sugiere la necesidad de un análisis mucho más profundo?

Las consideraciones inquietan, preocupan, continúan siendo insuficiente. Mientras tanto, usuarios alrededor del mundo continúan padeciendo de los “errores de algoritmo” que destruyen no sólo información sino parte de su historia personal. Como diría Arlette, en la reflexión que compartió en su perfil de Facebook luego de sufrir la censura de Google, la censura es algo más que una idea que se restringe, sino una visión sobre nuestros derechos y sobre todo nuestra opinión virtual que se mutila. “Así las cosas, no pretendo hacer de esto (la censura) una novela, y no me molesta tanto la inhabilitación propiamente (que bueno que mi identidad no depende de estos medios) como haber sido objeto de tan extrema medida de censura sin aviso ni investigación por parte de esta gente de Google. Vivo en Venezuela, un país afectado por la censura en muchos sentidos, que les puedo decir que ya no sepan. Sigo tirando letras” explica, en un colofón incompleto e incierto sobre un tema que probablemente continúe siendo debatido por años sin obtener verdadera respuesta.

¿Que ocurrirá en el futuro con la percepción de la censura debida sobre contenidos que de alguna u otra manera forman parte de nuestra personalidad virtual? Lamentablemente la respuesta aún parece sujeta a esa necesidad de comprender la red virtual como un conjunto de datos y no de vivencias codificadas de una manera totalmente nueva. Una restricción preocupante — y sobre todo, cada vez más insuficiente — a la manera como comprendemos nuestro material personal y nuestra identidad virtual.

C’est la vie.

martes, 20 de enero de 2015

Un sueño en 35 mm.





Comprar una nueva cámara siempre es un evento de considerable importancia en la vida de un fotógrafo: no sólo se trata de adquirir una nueva herramienta del trabajo, sino algo más sutil. Una manera de comprender tu lenguaje visual a través de un elemento que podría modificar — o acentuar — esos pequeñas singularidades que hacen único el planteamiento fotográfico. También se trata de un momento íntimo: todo fotógrafo suele sostener una relación emocional con su cámara y una nueva adquisición, casi siempre lo demuestra.

Coloco la cámara en mi escritorio. La miro desde todos los puntos de vista, con una emoción casi infantil. Se trata de una herramienta extraordinaria: en el argot fotográfico, se suele llamar a cámaras como esta “Gama alta” para puntualizar su tecnología de punta y sobre todo, su alcance visual. Pero para mi, es un fragmento de mi historia. Un paso más en ese largo e intimo trayecto hacia lo que aspiro construir por medio de la fotografía. Una manera de comprender ese lento aprendizaje que me ha brindado la fotografía a lo largo de mi vida.


La primera cámara que tuve fue una viejísima Kodak Instamatic 133X que apenas funcionaba. La había encontrado en alguna parte de la casa de mi abuela, rota y polvorienta e insistí, hasta que mi abuelo, que era un aficionado a la fotografía muy discreto, la reparó para mí. La primera vez que finalmente tomé una fotografía con ella, fue todo un evento en mi vida. Tuve una sensación profunda y real de estar tomando un momento del tiempo para hacerlo mio. Para que me perteneciera para siempre. Por supuesto, con once años, no lo pensé en términos tan complejos. En realidad sólo supe que mirando a través del visor, imaginando el mundo desde ese rectángulo mágico y extraordinario, había encontrado una manera totalmente nueva de comprender lo que me rodeaba, a mi misma.



La primera vez que vi uno de mis rollos de fotografía revelado, pensé que era un fenómeno portentoso esa capacidad de la fotografía de conservar la historia, de construir una nueva a partir de cada imagen. Sostuve el negativo con la punta de los dedos, temblando de emoción no sólo por la novedad sino por el hecho mismo que existiera. Yo lo había creado, cada imagen había nacido porque yo la había concebido de esa manera. Era real porque yo había soñado con ella un breve instante y la había traído al mundo.

— Una fotografía dura para toda la vida — me dijo el laboratorista. Era un muchacho amable, de dientes muy grandes, que al parecer le conmovió mi asombro, mi curiosidad — eso es lo grande de la fotografía. Te deja llevar tu vida a todas partes.

Por entonces fotografiaba todo lo que podía. No entendía sobre cámaras, sobre las mejores o peores, propiedades del film, propiedades de la luz. No tenía ningún otro motivo para fotografiar que mi profunda necesidad de hacerlo. Y eso era bueno. Había una inocencia profunda en el gesto, una necesidad enorme e intima de captar en imágenes cada pequeño fragmento de lo cotidiano. De conservarlo como una imagen perdurable. Continué haciéndolo con esa obsesión de los inocentes, de los abrumados por los pequeños prodigios íntimos. Continué haciéndolo hasta que comprendí que la fotografía era una parte de mi mente, tan profunda y dolorosa, que jamás podría renunciar a ella, mirar el mundo de otra manera. Era mi vinculo con las grandes momentos silenciosos, con los fragmentos de belleza perdidos en lo cotidiano. Un fresco claro y fuerte sobre mis esperanzas y mi necesidad de crear.


Me enamoré de mi Canon AE-1 nada más verla. Era sólida, fuerte, contundente. La vi por primera vez en la vidriera de una vieja tienda de fotografía en el Centro de Caracas y me cautivó. Recuerdo que me detuve para contemplarla en toda su gloria discreta de acero cromado, con su lente elegante y su aspecto de fuerte. Y me pregunté como sería fotografiar con ella, que me permitiría mirar a través de ese lente fuerte, con aspecto casi señorial. Volví para mirarla tantas veces — una niña de Uniforme de colegio, despeinada y con la cara pálida llena de pecas que pegaba la nariz al cristal de la tienda — que el vendedor llegó a conocerme y me invitó a pasar para sostenerla. Las manos me temblaban cuando lo hice: era una cámara enorme, la más grande que había visto nunca. Era una cámara como la que soñaba tendrían los fotógrafos de verdad, los que admiraba en las páginas de las revistas. Una cámara que seguramente acompañaría a esos grandes aventureros con los que soñaba, para recorrer parajes extraordinarios, noches inmensas y estrelladas. El vendedor sonrío con mi emoción.

— Ahorra y quizás la puedas comprar.

Lo hice, pero parecía que nunca era suficiente. Dejé de comer mis golosinas favoritas, de ir al cine, incluso de comprar libros para tener el dinero suficiente para comprar la cámara, que seguía esperándome paciente en la vitrina. Finalmente pude hacerlo, un día radiante de mayo, un día que me dije, con toda seguridad recordaría durante toda mi vida. El vendedor la envolvió en telas, la guardó en una vieja caja de cartón. Cuando me la entregó intenté no llorar. De verdad que lo intenté. Pero claro que lo hice, con la cámara abrazada al pecho, los labios temblandome de emoción, la sensación que un trocito de historia en imágenes me pertenecía.

— Tomarás bellas fotografías, que yo lo sé — me dijo el vendedor. Me secó las lágrimas con sus dedos callosos y sonrío, emocionado también — esa cámara lo merece.

Mi vieja Canon me acompañó a todas partes y por muchos años. Me ayudo a reconocerme frente al espejo, a recorrer a la ciudad en la que nací que parecía transformarse a mi alrededor. Captó cada lágrima, cada sonrisa, los silencios devastadores, el dolor exaltado, la alegría mínima. Caminó conmigo por calles y avenidas, contempló los prodigios anónimos de una Caracas que ahora sólo vive en las imágenes que obtuve de esa época. Me miré, con tanta profundidad que se hizo incómodo, intolerable, después necesario. Me acompañó en las noches nítidas, en las tardes borrosas y cálidas. En la furia ardiente de la adolescencia, en las tristezas abismales y juveniles. Fue el espejo donde me vi crecer.

Mi laboratorista cómplice me preguntó en una oportunidad por qué tomaba tantas fotografías de mi misma. Por qué estaba tan obsesionada con mi rostro y los paisajes de mi cuerpo. Sostenía uno de mis negativos con delicadeza, con dedos enguantados. Miré la imagen diminuta, a luz y a sombra, brillando en ese misterioso contraste de la imagen a punto de nacer.

— Porque me hago muchas preguntas — balbuceé. En realidad, nunca había pensando en eso. Jamás me había cuestionado por qué me autorretrataba. Pero responderlo en voz alta, me desconcertó, me alivió. Había un motivo, quizás una idea, aunque todavía no supiera cual podría ser.


Seguí haciéndome las mismas preguntas — y sin lograr responderlas — cuando compré mi siguiente cámara: una espléndida Canon EOS 5000 que de alguna manera, fue la frontera entre la niña que fui y la joven mujer que fotografiaba en que me convertí. Fue una cámara que me recordó lo realmente poco que sabía sobre fotografía, lo mucho que deseaba aprender, y las pocas posibilidades que tenía para aprender. Por entonces, la educación fotográfica en Venezuela era poca, muy escasa y sobre todo, inaccesible para una muchacha cuyo único motivo para fotografiar era ella misma. De manera que oculté mi amor por la fotografía como un secreto doloroso, como un hobby apasionado, fragmentado, sin rostro. A mi laboratorista querido, que ya comenzaba a encanecer, eso le pareció escandoloso.

— La fotografía es una forma de pensar. Mírala desde lo que puedes construir a través de ella y encontrarás la manera de aprender — me recriminó. Nos quedamos sentados en silencio en su pequeña tienda, saboreando juntos una taza de café. Me dedicó una mirada cansada — ¿Para ti la fotografía es sólo una técnica?

— La fotografía lo es todo en mi vida — le respondí. Nunca lo había dicho en voz alta pero pensaba en eso con mucha frecuencia. Con dolorosa insistencia. Tomé un sorbo de café, que me supo amargo en medio de mi angustia e impaciencia.

— Entonces, que sea todo. No sólo lo que necesitas aprender de ella.

Pensé en esa frase la primera vez que me senté en un salón de clases para aprender fotografía. Me sentía profundamente nerviosa pero también, abrumada por la posibilidad, por la puerta que abría. Sostenía mi primera cámara digital, una CANON XS y sentía que estaba a punto de atravesar una línea que cambiaría mi visión de la fotografía para siempre, que crearía algo por completo nuevo en mi manera de comprenderla. Cuando la profesora, radiante, joven y apasionada por la fotografía como yo, comenzó a hablar, sentí deseos de llorar. De emoción, de agradecimiento. De simple felicidad. No lo hice. En lugar de eso, tomé un boligrafo y comencé a escribir: “La fotografía nace con el deseo del hombre de captar el tiempo en movimiento” fue la primera frase que escribí.

Crecí mirándome frente al lente de la cámara. Crecí poco a poco, entre mis cámaras y gracias a ellas. Poco a poco, dejé atrás el temor, la angustia, la abrumadora sensación de desear fotografiar sin saber por qué lo hacia. Y comprendí que seguía haciéndolo por amor, que continuaba fotografiando por una profunda necesidad de construirme y destruirme, de elaborar ideas complejas sobre mi mundo, sobre el tiempo que transcurre, sobre cada pequeña idea que nace y que muere, que se crea y se sueña, al fotografiar. Mi laboratorista, ya un anciano jubilado, suele reir cuando le llevo a uno de sus hijos mis rollos aún sin revelar. Con el mismo entusiasmo de la niña que fui, con la renovada alegría de la mujer que soy. Con esa necesidad dolorosa, impaciente de fotografiar que me ha acompañado toda la vida.

— ¿Y sigues fotografiando? — me pregunta. Venerable, aún con su sonrisa de dientes muy grandes, con la misma mirada amable y miope que recuerdo de niña. Y siempre me hace reír su pregunta, el tono cariñoso, la curiosidad.

— Para siempre, ¿No es una majadería?

Y reímos juntos. Cómplices en esa pequeña idea sobre la imagen que cambia, se transforma, se hace eterna. Y es que la fotografía está en todos los lugares de mi vida, llena cada pequeño vacío y le otorga significado. Una manera de soñar y crear.

Sostengo mi nueva cámara. Robusta, fuerte, destinada a acompañarme en una nueva travesía. Y quiero llorar, pero no lo hago. En lugar de eso, la levanto. Miro por el visor. Aprieto los labios. Dejo volar la imaginación. Oprimo el obturador. Espero el prodigio. El mundo en una imagen.

C’est la vie.

lunes, 19 de enero de 2015

Mapa de ruta en medio del caos: La crisis de la Venezuela anónima.




Hace poco, un amigo intentó tomar una fotografía a una de las largas filas de clientes en las puertas de un Supermercado, cuando un empleado se acercó y le amenazó directamente. “Te vamos a llevar preso por sapo” le gritó y le recordó que “preso por protesta no sale a la calle”. Aún así, mi amigo insistió y tomó la fotografía. Luego, tomó varias más. Lo hizo por las razones sencillas que la mayoría de los venezolanos intentan documentar lo que ocurre en las calles del país luego que la situación de escasez comercial bordeara una situación crítica. Una especie de memoria histórica básica que intenta recopilar lo que ocurre quizás para un futuro incierto, para un documento personal sobre lo que ocurre en un país en emergencia. Varios de los clientes que aguardaban por entrar al establecimiento comercial le apoyaron, mientras otros se mostraron más cautos e intentaron ignorar la escena. Para la mayoría, tomar una fotografía, era una “provocación”, aunque nadie sabía muy bien contra quien o a quien podía provocar un gesto tan sencillo. Mi amigo insistió en tomar las imágenes, a pesar de las voces de protesta: captó algunas de los clientes que hacian con cierta paciencia resignada la fila, el tumulto que llenaba las puertas del local aún cerrado. Entonces guardó, mirando al empleado que continuaba enfurecido y lanzando amenazas a gritos.

— ¿Por qué te molesta que tome una foto a un hecho que todo el mundo sabe es real y ha sufrido? — preguntó. El empleado no le contestó. Señaló al grupo de funcionarios uniformados de la Guardia Nacional Bolivariana a unos cuantos metros y sonrío. E

— ¿Tu estás viendo? No te salvas.

Mi amigo me cuenta que lo que sucedió a continuación fue un momento confuso y preocupante: El empleado se acercó al grupo de uniformados y le solicitó apoyo para “una situación de desorden”. De inmediato, uno de los funcionarios se acercó y le ordenó entregarle el smartphone por “violar la ley”. Así, en general. Y es que al parecer, el delito de fotografiar la cola es lo suficientemente peligroso no sólo para despertar desconfianza, sino para convertirse en un crimen por mera necesidad. Todos somos culpables. Mi amigo se negó a entregar el teléfono. Se atrevió a pedir explicaciones de por qué debía entregar un objeto de su propiedad por razones poco claras. El militar se encolerizó.

— Me va a dar el teléfono porque a mi me da la gana — dijo. Otro agente se acercó y tomó a mi amigo del brazo, retorciendole la muñeca e intentado que soltara el celular que continuaba sosteniendo. Nadie se acercó ni intervino. De hecho, la gran mayoría de los testigos de la escena se apresuraron a ocultarse o a mirar hacia otro lado. El empleado continuaba acusando a mi amigo de fomentar “el odio” y de “crear cizaña” con sus fotos. Mi amigo intentó defenderse, pero recibió un manotón en pleno rostro. “Estás advertido, te me callas” le amenazó el uniformado. Finalmente, un tercer funcionario le arrebató el teléfono a mi amigo de entre las manos.

— Decomisado — le informó. Cuando mi amigo intentó protestar, el agente levantó el arma y le apuntó directamente al rostro. Varios clientes del establecimiento se apresuraron a ocultarse como pudieron en los alrededores del edificio e incluso el empleado que le había denunciado, corrió al interior del local. Mi amigo tuvo la certeza que el hombre podría dispararle y nadie intervendría. Otra de las tantas víctimas anónimas de la Venezuela violenta. Por primera vez comprendió que frente a la boquilla del arma, no tenía otra opción que obedecer.

Mi amigo estuvo detenido por seis horas. No recibió acusación alguna pero fue amenazado en numerosas ocasiones con que podría “convertirse en el nuevo preso por pendejo”. Esposado en un vehículo oficial, aguardó hasta que el grupo de funcionarios decidía que hacer. Recibió amenazas, empujones e insultos. No le permitieron comunicarse con su familia y mucho menos, pedir ayuda legal. Uno de los funcionarios le recordó que “podía desaparecer y nadie sabría que pasó con él”.

Finalmente, fue liberado. Uno de los funcionarios lo sacó a empujones del vehículo y lo arrojó al suelo. Volvió a apuntarle con el arma.

— Te me vas, no te quiero ver aquí ni por ningún otro lado.

Mi amigo me cuenta la historia aún aterrorizado, a pesar que han transcurrido casi cinco días desde que todo ocurrió. Me explica que no sólo está convencido que pudo ser detenido y confinado a una celda por el delito de “tomar fotografías”. Incluso recibir un disparo. Que “salió bien parado” por el hecho de haber podido “escapar” de la situación. Y es que a pesar de saber que no había cometido crimen alguno, que no había quebrantado la ley, comprendió que se encontraba en ese terreno brumoso y confuso de la ilegalidad en Venezuela. En ese espacio donde la impunidad sustituye a la noción sobre los derechos y deberes ciudadanos. Expuesto a la violencia discreta de la decisión de un funcionario que sabe puede empuñar la ley como un arma ideológica.

— Lo peor es la humillación, el miedo y tener la seguridad que podrías ir preso o algo peor porque un funcionario lo decidió así — me explica. Levanta las muñecas: aún tiene moretones de las esposas que llevó durante horas — estoy seguro que nadie hubiese metido la mano por mi o mucho menos, habría intentado ayudar. Todo el mundo miró a otra parte.

La historia de mi amigo no apareció en los periódicos. Ni tampoco la conoce nadie más que su familia y un grupo reducido de amigos. Es una de las tantas escenas anónimas de un país sometido a la represión extrajudicial, en víctima de un Estado represor que utiliza las herramientas legales para censurar y atacar al ciudadano común. Un tipo de fenómeno social que convierte la opinión en un crimen real. Para mi amigo, algo es obvio: La ley dejó de encontrarse al servicio del ciudadano, y ahora es parte de una peligrosa percepción del Estado al servicio de la ideología del gobierno de turno. Un espacio en blanco, en donde la comprensión de la ley parece construirse a partir de lo que la política gubernamental necesita imponer a diario.

— ¿Cuantas personas no sufrirán situaciones semejantes a diario? — me dice, en voz baja, como si temiera pudiera ser escuchado — ¿Cuanta gente habrá…?

No completa la frase, pero aterroriza la insinuación. Venezuela convertida en un enorme silencio legal. Inabarcable. Roto.



Alicia es diabética. Más de una vez me ha dicho que su padecimiento es parte “de esa geografía inevitable del cuerpo” y siempre me ha sorprendido que se tome el asunto con tanta tranquilidad. Pero para ella, su condición médica es sólo eso, un elemento más de lo que considera su vida cotidiana, el todos los días inevitables. Sin embargo, desde hace seis meses, la diabetes ha dejado de ser una incidencia en su vida, una anecdota intima, para transformarse en un temor, en una batalla discreta que lucha a diario y en la que casi nunca triunfa.

Nos encontramos en una de las largas filas frente a una farmacia de la ciudad. Hace poco, la cadena de insumos médicos tomó la decisión de imponer controles sobre las compras que puede realizar un cliente, para según sus palabras “asegurar el inventario” disponible. Ahora, para adquirir cualquier medicamento, se debe presentar la cédula de identidad y sólo se venderá un determinado número de productos por mes. Para Alicia, el método de control supone una vuelta de tuerca a su rutina, un nuevo temor al que enfrentarse. Porque aunque la restricción aún no le afecta directamente, si comienza a temer pueda hacerlo. En meses, incluso en semanas. Probablemente incluso antes de lo que teme. Una visión restringida y sobre todo, impersonal de lo que supone debe ser el expendio de medicinas. Y eso que — como me comenta — ella “aún se sostiene, aún aguanta” pero no sabe “que ocurrirá después”.

Y es que ya no se trata sólo de la escasez, de la crisis de abastecimiento de los insumos, sino de esa noción de “culpa” que ahora se le adjudica y se le acusa al ciudadano. La “culpa” de ocasionar la escasez a pesar de no tener ningún control sobre las ventas, de sufrir las restricciones comerciales sin posibilidad de evitarlas, de asumir que la crisis sanitaria que atraviesa el país no sólo no le incluye como víctima y principal afectado, sino que le discrimina en un sistema que no parece asumir el riesgo que supone una restricción en la venta de medicamentos. Porque más allá de cualquier razón económica, de cualquier disculpa legal, incluso de cualquier método comercial, la realidad es sencilla: una medicina es una necesidad inmediata, para mucha gente como Alicia, es parte de su perspectiva sobre el mundo, su forma de supervivencia.

— Cuando vienes a una farmacia y te tratan como si te trataras de un ladrón, te das cuenta que en este país, las cosas están realmente mal — me dice en voz baja. Avanzamos un par de pasos. Un hombre a unos metros por delante de nosotros, se queja en voz alta de la lentitud. Una anciana más allá, reclama que “necesita sus pastillas”. Nadie responde, el ambiente se hace cargado, irrespirable.

Alicia me cuenta que la crisis de las medicinas te afecta en todos los sentidos, incluso en los que no pensaste podría hacerlo. En ser consciente que tu salud depende del número de cajas que dispones del medicamento indispensable. De la sensación inquietante, que tu bienestar forma parte de un inventario cada vez más escaso, de la mirada indiferente de una estructura de ventas que sólo te asume como una estadística, como un número que redondear. “Eso cambia tu perspectiva sobre las cosas” me dice. “Te hace pequeño y vulnerable. Pero nadie entiende eso”.

Hace unos meses, el medicamento que necesita a diario, dejó de venderse en las principales farmacias del país. Ahora puede conseguirla gracias a donaciones, un recorrido metódico por hospitales y clínicas, también a visitar las red de de farmacias del país y asegurarse de comprar las suficientes para continuar sobrellevando la situación. Pero no siempre es tan sencillo: la salud para Alicia, se encuentra a la distancia de las cajas de medicamento que dispone. Una cifra fría, exacta, que parece delimitar una idea muy privada sobre su vida que jamás creyó pudiera convertirse en una estadística. Pero lo es. Y no sólo lo es para sí misma, sino para la percepción que se tiene sobre la salud en la Venezuela socialista.

— Decirte cuantas medicinas puedes comprar para “asegurar inventario” es indicarte hasta cuando puedes aspirar a la salud, hasta cuando puedes disfrutar de estar bien y sano. Hasta cuando puedes pensarte en ti mismo como funcional — comenta Alicia. La cola avanza un poco más. Alguien grita desde una de las puertas que no hay existencia de pañales ni toallas húmedas. Un hombre de rostro cansado se lamenta en voz alta, insulta al enemigo invisible de la escasez con los brazos en altos. Varias voces en murmullos le apoyan — pero no, lo ideal es “Mantener el inventario”. Lo ideal es “sobrevivir”. ¿Y nosotros? ¿Que también debemos hacerlo? ¿Y nosotros, que también debemos sobrellevar la situación?

La cola se hace más corta después de la anuncio de los productos que ya no se venderán. Adelantamos unos cuantos metros, Alicia sacude la cabeza cuando cruzamos la puerta acristalada donde la lista productos en existencia y cuantos puedes comprar, es muy visible. Una advertencia de lo que ocurre. Un recordatorio de la Venezuela a fragmentos, en escombros.

— Nadie piensa en el rostro detrás de la medicina, del padre que necesita el pañal. Lo importante es tener que vender. No hay una política que se solidarice, sino que castiga. ¿Lo ves? Somos un país donde incluso reclamar un derecho te hace “apátrida”, “poco comprensivo” — dice Alicia, mientras caminamos entre los anaqueles semivacios. Toma unas cuantas cajas de acetaminofen, un jarabe para la tos para su madre, algunas vitaminas. No hay mucha variedad de donde escoger. Sacude la cabeza — aquí el tema es que las empresas no terminan de entender que esto no es un gusto, no una necesidad y que lo que es para ellos “cuidar el inventario” para nosotros es morir un poco.

Aguardamos en otra cola para cancelar las pocas colas que pudimos realizar, un tumulto de rostros preocupados, cansados, tensos. Alicia suspira, sacude la cabeza, abrumada quizás.

— Odio que me llamen víctima, siempre lo odié — me confiesa — pero ahora siento que lo soy. O aun peor, sólo un rehén.

Pienso en esas palabras mientras transito por una Caracas desolada. La imagen de las colas se repite una y otra vez. Los rostros fatigados, los funcionarios armados que vigilan, la tensión que se percibe en todas partes, como un elemento más en medio de un paisaje resquebrajado, muy cerca de algo impensable, peligroso y latente. La violencia que parece subsistir al borde mismo de ese país borroso, de esa normalidad frágil a la que intentamos sobrevivir.

Somos rehenes, me digo de nuevo, abrumada, desconcertada. Un país que es una frontera, un gentilicio que aplasta. El país de las pequeñas escenas perdidas.

C’est la vie.

domingo, 18 de enero de 2015

La noche de estrellas púrpuras. Historias de brujería.




Sentada en la oscuridad, tengo la impresión que el tiempo no transcurre, que la noche siempre será noche y que este momento será eterno. De pronto, la llama del caldero parece ondular en el aire, hacerse más fuerte, elevarse hacia las estrellas que refleja, recordarme que me encuentro aquí y ahora. Extiendo las manos para percibir el calor del fuego, para permitir que el olor del romero me rodee, me envuelva, me consuele.

No sé por cuanto tiempo he llorado. Tengo la impresión que han transcurrido horas pero supongo que sólo se trata de minutos. Sentada en la oscuridad, la sensación de dolor se hace enorme, inquietante, como si me arrebatara el rostro y el aliento. Sí, siempre supe que un corazón roto era una pequeña tragedia personal, pero nunca creí que pudiera herirme de una manera tan honda. Aquí, entre las sombras, con el olor de fuego rodeándome, tengo la sensación que un lugar de mi mente muy frágil e inocente está roto, expuesto al aire brillante cubierto de chispas, a esta soledad diminuta e hiriente.

Tengo apenas catorce años. Me enamoré de la manera como sólo puede amar una adolescente: con una furia ciega y una desesperada vanidad que no tiende a razones, que no comprende su propia ternura e inocencia. El primer beso, el sabor de su boca en la mia, la sensación que alguien me mira por primera vez, me contempla en mis virtudes y pequeños defectos, que puede quererme a pesar de ellos. ¿Qué ocurrió? ¿Cuando simplemente todo dejó de tener sentido? ¿Cuando esa brillante sensación de pertenecer, de comprender el mundo a través de un sentimiento profundo se resquebrajó? No lo sé, no lo comprendo. Aturdida, me pregunto si el amor - o lo que creo es el amor - siempre dolerá de esta manera, te hará mirarte en el espejo abrumada, avergonzada, quizás humillada. Y es que soy sólo una niña, me digo mirando mis manos pequeñas, de uñas cortas y mordiqueadas, una adolescente torpe, que comienza a comprender que el mundo es algo más que lo imagina de él, de lo que aspira pueda ser.

Escucho la puerta de mi habitación abrirse. Los pasos en la oscuridad. Reconozco la manera liviana de moverse de mi prima M, su figura alta y un poco quebradiza. Me niego a mirarla cuando se sienta a mi lado, un poco alejada del fuego del caldero, que sólo me pertenece a mi. La luz delinea su figura, la hace casi etérea. El cabello le cae sobre los hombros, abundante y rizado, el rostro pálido parece por una vez serio.

- Si te vienes a burlar... - comienzo a decir. Mi prima siempre disfruta mofandose un poco de mi. De mi irrepriminle entusiasmo, mi inocencia, mi torpeza, mi curiosidad. Parece que siempre hay un motivo para burlarse de mis piernas flacas, mis mejillas pecosas, mi cabello que no puedo peinar. Pero hoy me mira casi con amabilidad desde la semi penumbra más allá del circulo de luz.
- Solo vengo a acompañarte.
- Ah, de pronto eres amable.
- De pronto, te comprendo.

No digo nada. Mi prima me lleva unos cuantos años, como yo, es uno de los miembros la más joven de la familia y crecimos juntas.  Siempre nos hemos llevado mal: ella es altanera y petulante y yo, muy timida y nerviosa. Nunca parecemos congeniar y solemos discutir por las cosas más pequeñas. En una ocasión, rompí su sueter favorito y después, ella arrojó a la basura uno de mis libros más queridos. Mi abuela nos encontró tirandonos del cabello, gritando, lanzándonos puñetazos flojos y patadas torpes. Después de eso, ambas comprendimos que nos detestábamos. De manera que dejamos de dirigirnos la palabra. Nos ignorábamos mutuamente y fingiamos con frecuencia que la otra no existía. Por ese motivo, que estuviera allí era desconcertante, toda una novedad, luego de años de franca hostilidad.

- Hace unos años, me pasó lo mismo: me enamoré de un pendejo y después él decidió que él no estaba tan enamorado como yo - me dijo. Levanté el rostro, con los labios apretados.
- No se puede decir groserias en el circulo.
- Vete a la mierda, santurrona.

Apreté los labios para no reír. Ella sacudió la cabeza. Se acercó un poco más al circulo de luz. Ella me había enseñado a trazar el circulo de energía. Lo había hecho tomandome del brazo y asegurandome que mi mano representaba el poder del Universo, de la creación. Que mis dedos dibujarian, escribirían, fotografiarian y construirían muntos. Que se alzarían en la nada cotidiana para construir algo tan hermoso como profundo. Un paso después de otro. Un paso, con el brazo extendido, la sonrisa abierta y amable. Un paso después de otro, invocando ambas en silencio. "El circulo en brujería representa el poder de todas las cosas creadas e imaginadas. Dibujarlo con tu dedo representa el poder del espíritu" me explicó. Yo la escuché asombrada, desconcertada que un secreto tan enorme pudiera habitar en mis dedos de niña.

Había transcurrido mucho tiempo desde eso. Ya yo no era una niña y por cierto que M. tampoco era una adolescente. Había entrado a la Universidad y había crecido, florecido, a la manera que sólo pueden hacerlo las mujeres jovenes. El cabello rizado y brillante recién cortado rozandole la mejilla, las mejillas perfiladas, la piel radiante. Me sorprendió de pronto encontrarla hermosa, tan rebosante de vida que me hizo preguntarme si yo también disfrutaría de ese renacer, de ese despertar a la vida que parecía convertirla en una persona por completo desconocida.

- ¿Y que hiciste cuando te pasó eso? - pregunté. Mi prima suspiró, se miró los dedos elegantes, estiró las piernas. La luz del caldero le rozó las plantas de los pies, iluminó su expresión amable, sus hombros levemente encorvados. Una vez me había dicho que le avergonzaba ser tan alta. Y realmente lo era: lo era casi tanto como la bisabuela, que era estatuaria y espigada. También había heredado sus andares masculinos, su firmeza de gestos. Pero aún así, M. tenía una cierta delicadeza enjuta, vulnerable. Como ese gesto suyo de encorvar los hombros, de ocultar las manos entre la blusa. De mirar por debajo de las espesas pestañas.

- Lo mismo que tu. Llorar como una idiota - reímos juntas. Pero me apresuré a secarme las mejillas - luego, también encendí mi caldero y trate de meditar. Pero después pensé que no quería meditar nada. Que sentía demasiadas cosas para hacerlo.
- ¡Sí! - dije, sin poder contenerme. La emoción fluyó limpia y fuerte, reverdeció los pequeños lugares heridos en mi espiritu. Por un momento, me sentí casi bien  - así me siento. Quiero entender que pasó, crecer con la experiencia. Pero no puedo...
- No quieres - dijo M.  con una sonrisa maliciosa. La luz del fuego le deformaba la expresión, la hacia inquietante pero aún así muy bella - estás herida y enfurecida, no quieres reflexionar, ni ser serena y comprensiva. No quieres fluir a la experiencia. Quieres...
- Mandarlo todo a la mierda - balbuceé. Se me hizo muy raro escucharme decir groserias en voz alta, con ese desparpajo y libertad. Era una gran timida, una sabelotodo obsesionada con ser una buena estudiante, una bruja honorable, una futura mujer integra. Pero en ese momento, todas esas ideas tenían muy poco valor - a la mismisima mierda.

Toda una declaración de principios. Prima contuvo la risa, sacudió la cabeza. Luego se levantó, con sus movimientos fluidos y nocturnos.

- Entonces, nada de meditar. Eso no cura nada.
- ¿Y que lo cura entonces?
- Bailar.

La miré perpleja. La vi caminar por mi habitación, tomar un cd, colocarlo en el reproductor. La vi tatarear en voz baja el estridente estribillo de la canción de rock pesado que se escuchaba a sonoros tum tum en el silencio de la habitación. Levantó los brazos y comenzó a sacudirlos.

- Una vez leí en uno de esos viejos libros de las sombras, que las brujas enfurecidas bailan, gritan, se tiran del cabello, disfrutan de la ira - dijo. La música retumbaba en todas partes, parecía elevarse en todas direcciones, enredarse en la oscuridad - entonces, ¿para que meditar si te puedes encabronar?

Me tomó del brazo y me hizo levantarme. La miré sin saber que decir. Ella comenzó a sacudirse de un lado a otro, riendo, bailando a saltos, tan viva, tan radiante que me hizo reir.

- Toda bruja se enfurece y mueve la Tierra, o eso dicen - gritó - ¡Que retumbe hoy la Tierra y los recuerdos! ¡Que el Viento y el Fuego te sane! ¡Que el agua te alivie!

No sé cuando comencé a bailar. Me encontré haciéndolo antes de entender que hacia. Sacudiendo la cabeza, con los brazos extendidos. Pateando el suelo. Y la música, ¡Ah que delicia! cada vez más alta, cada vez más poderosa. Dolorosa. De pronto era bailar, sí, como si la Tierra se sacudiera a mis pies, como si todo el mundo a mi alrededor estuviera impregnado de mi dolor y mi angustia. Pero también era llorar, chillar, enfurecerme. Y que ira tan deliciosa. Que ira tan suculenta, que ira tan profunda, que ira tan interminable y brillante. Y que consuelo, esta furia, pensé mientras lloraba y gritaba, sacudiendo la cabeza, los brazos, las piernas, a un único compas. Que sensación de extraordinaria liberación, como si el dolor, la angustia y la verguenza coincidieran en un punto para crear algo más radiante, un hilo de fuego misterioso que se elevaba a través de mi, que crecía en espiral. Fuerte, siempre tan fuerte. Radiante, insoportable y hermoso. Fuego puro, la redención.

Pero de pronto, fue sólo llanto. Ya no el llanto nervioso, confuso, que por días me había atormentado. Sino uno muy sincero, terriblemente pequeño y dulce. Uno que me hizo encorvarme en mi misma, quedarme de cuclillas junto al caldero, con las manos apretadas contra las caderas, con los labios temblandome de angustia. Mi prima se arrodilló a mi lado, me pasó un brazo por los hombros. Su frente cálida y sudorosa contra la mia.

- No importa tanto el dolor, como lo que puedas aprender de él - murmuró - y después, importara aún menos. Porque será un fragmento, una historia perdida. Será lo que quieras que sea.

La abracé. El fuego del caldero creció, se hizo fuerte y oloroso por última vez, antes de comenzar a apagarse, lento y sinuoso. La oscuridad olorosa nos rodeó, nos consoló y de pronto, sólo fue el silencio, el tum tum cada vez más lejano de la música, del viento contra la ventana. El dolor continuaba allí, claro está, pero también una enorme sensación de alivio, de haber culminado un tiempo abierto a interpretación, de haber abierto la puerta a algo más.

- A veces, sólo somos historias - dijo mi prima, aún abrazándome - procura que siempre estupendas de recordar.

En ocasiones, recuerdo sus palabras. El olor de la albahaca, de la oscuridad perfumada a música, a dolor, a redención. Y comprendo que quizás cada experiencia, cada idea, forman parte de esa historia personal que creamos a diario, que asumimos necesaria pero que quizás sólo sea un reflejo en el espejo de lo que aspiramos a ser, a crear y a encontrar en nuestro camino hacia el futuro.

Una imagen de pura esperanza, sin duda.

C'est la vie.

sábado, 17 de enero de 2015

El canto del viento y otras historias de brujería.




Creí que había escuchado mal la pregunta. Intenté sonreír, pero supongo que no lo conseguí y continue mirando a mi amiga con expresión sorprendida y levemente desencajada.

- ¿Que quieres un hechizo?
- Sí, para hacer que G. se enamore de mi. Necesito que lo haga- repitió. Nos encontrábamos en los extensos y bulliciosos jardines de la Universidad y su frase se escuchó sin sentido, fuera de lugar. Parpadeé, sin saber como responder a eso - ¿Cual me recomiendas?

Al principio, pensé que se trataba de una broma. Mi amiga J. era una mujer optimista y vital que siempre disfrutaba de reir y del humor más burlón. Era de hecho, un espíritu provocador que disfrutaba de esa infantil privilegio de irritar y desconcertar. Sacudí la cabeza.

- Oye...este chiste no tiene gracia.
- No es un chiste.

Me miro ansiosa, con el rostro enrojecido de vergüenza y de algo muy parecido a la angustia. Me mordisqueé una uña nerviosamente, intentando conservar la calma, de encontrar una forma razonable de responder a una petición tan extraña y sin sentido. No era la primera vez por supuesto, que alguien me decía algo semejante: por años, la mayoría de mis amigos y conocidos estuvieron convencidos que llamarme "bruja" me proporcionaba algún tipo de poder misterioso e inalcanzable que seguramente utilizaba a mi antojo y conveniencia. Con una mezcla de cierta curiosidad y sobresalto, más de una vez, me preguntaron si yo podía provocar dolor o alegría, miedo o controlar el clima. Siempre me causó gracia esa idea: mi abuela solía decir que el ser humano suele imaginar que el poder espiritual es de hecho, un tipo de arma filosa.

- Más de una vez, se suele confundir la capacidad de hacerse preguntas, de aprender sobre ti mismo y de construir una manera de ver el mundo con un poder imaginario, basado en algo más misterioso - me dijo una vez, mientras podaba su amado y feo rosal. Era su lugar favorito de su jardin antipático: las Flores parecían pendular sobre el enorme muro trasero de la casa. Nunca me agradaron demasiado: tenían petalos enormes de un vistoso color carmesí pero a mi me parecían peligrosas, levemente amenazantes. Mi abuela solía decir que era distintas y eso las hacia poderosas.
- Pero eso no es magia - protesté, con toda la insolencia de mis doce años. Mi abuela soltó una carcajada.
- ¿Y que es magia?
- No sé...hacer cosas portentosas, crear cosas increibles - insistí. Durante todo aquel año que me habían educado dentro de las creencias de la brujería, me sentí un poco desconcertada e incluso incómoda. Había imaginado que educarme en la Tradición de la Diosa, era un poco como atravesar una enorme aventura privada, enfrentarme a grandes pruebas para adquirir misteriosos conocimientos. Pero por supuesto, no había resultado nada de eso. De hecho, lo que más había hecho durante el año era leer filosofía, aprender el nombre de plantas y memorizar invocaciones antiguas. ¿Donde estaban los grandes portentos? ¿Los misterios que aprendería y que presumiblemente mi familia conservaba durante décadas? No lo sabía y comenzaba a sospechar, con cierto malestar, que no existían.
- ¿Cosas increibles? - repitió mi abuela con cierto retintín. Apretó levemente los labios, como yo sabía solía hacer siempre que trataba de contener la risa.
- Bueno...no es muy emocionante leer libracos de Zweig y aprender cual es la diferencia entre la menta y la hierbabuena - dije con las mejillas coloreadas de vergüenza - creí que lo de ser bruja...

La verdad, no sé que me había imaginado, pero claro está no tenía mucho que ver con reflexionar sobre mi manera de pensar, mirar el atardecer y quemar hierbas en el caldero. Con la imaginación salvaje de la niñez, estaba convencida que aprender brujería me mostraría misterios asombrosos y por supuesto, me brindaría un tipo de poder que podría utilizar a conveniencia. Nada más lejos de la realidad. Hasta ahora, recorrer el camino de la Diosa había sido una mezcla de aprender lecciones espirituales y comprender el mundo desde una perspectiva muy amable y casi adulcorada que no me gustaba para nada. ¿Y las varitas mágicas? ¿Y las
grandes pociones que me permitirían crear cosas portentosas? Más de una vez, me pregunté con cierto malestar, si la brujería que se practicaba en mi familia, esa visión profundamente conmovedora del mundo, tendría relación alguna con las grandes historias sobre magia que solía leer y que desde luego, creí eran reales. Muy pronto llegué a la conclusión, con una irritada tristeza, que no.

- Ser bruja es comprenderte a ti misma como un espiritu libre y creador, y eso es magia y eso es poder - me dijo mi abuela. Aún tenía un brillo humorístico en sus ojos, pero noté que no sonreía. De hecho, su expresión era dura y severa - la creación, la capacidad de comprender el alcance de tu responsabilidad con lo que vives y lo que haces, es un poder enorme, que te brinda la oportunidad de comprenderte como alguien lleno de enormes posibilidades. La magia, mi niña, es el poder de trascender a las limitaciones del miedo y construir el mundo a tu medida.

No supe que responder a eso. Suspiré, acariciando el libro de las sombras donde copiaba los nombres de las plantas y sus propiedades. ¿Eso era mágico? ¿Eso era poderoso? ¿Como podía serlo? Incluso el ancianito que atendía la floristeria dos cuadras más abajo sabía eso. ¿Que hacía especial lo que yo aprendía? ¿Que lo hacia poderoso?

- El poder Aglaia, es tu capacidad de construir un tipo de pensamiento tan elevado y tan profundo, que te haga asumir que el mundo está lleno de aprendizaje - dijo mi abuela cuando le comenté lo anterior. Y esta vez, no había duda: estaba digustada. Tanto, como para cruzar los brazos sobre el pecho y mirarme fijamente, con los labios serenos pero duros. Los ojos entrecerrados - cada bruja, comprende que la capacidad para soñar y para crear es un atributo de los valientes. Que cuestionarse, atreverse, ser audaz, llevar a cabo proezas fisicas e intelectuales, ser libre en suma, sólo es posible si estás convencido de tus propias capacidades, de la forma como asumes tus aspiraciones y la esperanza. ¿No te parece eso poderoso?

Me encogí de hombros con un mohín. Mi abuela soltó una carcajada, supongo que enternecida por su malcriadez juvenil.

- Creeme, que cada cosa que haces ahora mismo es mágico. Eres una herramienta de tus propios sueños - me dijo. Se inclinó hacia mi, me beso en la frente, me acarició el rostro - poco a poco comprenderás que construir tu propia vida es la acción más poderosas de todas y que creer definitivamente en tu poder para decidir, la más privada. Y asumirás el valor de ambas cosas.

Pensé en sus palabras en esa tarde soleada, tantos años después, mientras mi amiga J. me miraba expectante, con una nota de desesperación en sus gestos rigidos, en su expresión cansada. De pronto, las palabras de mi abuela tuvieron una nueva resonancia, un poder a la distancia que pareció brindar sentido a lo que sentía en ese momento, a lo que comprendía quizás luego de años de recorrer mi propio camino, justo en ese momento.

- Creo que sabes que es imposible hacer que alguien se enamore de ti - le respondí finalmente a J., en voz baja y que trataba de ser amable - nadie puede manejar la voluntad de otro a su antojo.

Me dedicó una mirada indefinible, cansada. Apretó los labios y por un momento, pareció contener una emoción muy profunda, que yo no podía comprender muy bien. Finalmente, se encogió de hombros, afligida y abrumada.

- Debería poderse hacer. Necesito que me quiera.

No respondí. Mi amiga tenía un aspecto juvenil y fragil, con la respiración agitada por una visible angustia, las manos apretadas contra las caderas, el cuerpo rigido inclinado levemente hacia adelante, como si las emociones que le atormentaban, le aplastaran levemente sobre la tierra húmeda del campus. Aguardé, mientras ella parecía debatirse con sus propias ideas y temores.

- ¿Por qué necesitas que te quiera? - pregunté. Ella soltó una risita irritada, furiosa.
- Porque yo lo quiero. Porque necesito que me mire, porque es la persona con quien yo debería estar - me dijo, con los dientes apretados - ¿Que me falta para que no me mire? ¿Que no tengo para que no me quiera?

Silencio otra vez. Aguardé, sentada a su lado, sin saber que otra cosa hacer para reconfortarla que escucharla en aquel silencio comprensivo, una solidaridad tímida que sin embargo parecía consolarla. Sacudió la cabeza y extendió la mano para tomar la mía. La apreté con afecto y preocupación.

- Debo sonarte ridicula.
- Me pareces herida.
- No sé por qué lo estoy.
- Pero lo estás, y eso es suficiente.

En una ocasión, mi abuela me había dicho que las heridas espirituales son fáciles de infrigir pero dificiles de sanar. Que son pequeñas cicatrices que llevamos a cuestas, lastimandonos con los bordes afilados de nuestras ideas y temores. Una idea que me asombró y me aterrorizó.

- Las heridas espirituales son tan profundas, que en ocasiones parecen llegar al centro mismo de quienes somos o incluso de quienes queremos ser - la recordé mientras me decía aquello: de pie, atando con dedos agiles una pequeña bolsita con hierbas y una hoja de papel - y para curar, el camino debe llevarte junto al contrario: señalarte el lugar de las estrellas en tu mente, tu capacidad de creer...

- Y confiar en ti misma... - dije en voz alta, sin notarlo. Mi amiga soltó una de sus carcajadas petulantes.
- Ahora si enloqueciste.
- Oye, creo que si hay algo que puedo hacer por ti - dije. Mi amiga parpadeó, confusa.
- ¿Atarás a G. y...?

Solté una carcajada.

- Mejor que eso.
- Esto promete.
- Tu esperas y verás.

Me llevó un par de día encontrar lo que necesitaba entre los libros de las Sombras de mi abuela. Ella me dedicó una de sus miradas curiosas, mientras me veía hojear página tras páginas, con expresión curiosa y decidida.

- ¿Qué estas buscando?
- Crear magia.

Le hice guiño malicioso, de esos que había aprendido de ella. Mi abuela sacudió la cabeza, ya cubierta casi por completo de canas y sonrío, con esa ternura suya infalible, entrañable. La miré salir de la biblioteca, con su paso firme y rápido, la cabeza erguida. "Toda bruja es una libre pensadora, un espiritu libre y salvaje. Una mente curiosa, incansable, rebelde, que mantiene viva la esperanza incluso en medio del dolor, que asume el poder de enfrentarse al temor" decía una de las páginas del libro que consultaba. Acaricié la frase con la yema de los dedos, como apreciar la textura y la profundidad del papel y la tinta, me brindara una experiencia de inestimable valor, un pequeño secreto. Quizas así era.

- ¿Y esto que es?

J. me miró boquiabierta cuando le puse la hoja de papel y el pequeño saquito de hierbas en la mano. Las sostuvo sin moverse, como si temiera lo que pudiera ocurrir de hacerlo. Sonreí.

- Tu hechizo.
- ¿Y que se supone que debo hacer?
- Crear magia.

Cuando le expliqué que debía escribir cada una de sus virtudes se burló. Lo hizo con su humor profano de siempre, con una de sus carcajadas sardónicas. Pero también con una mirada breve, un poco inquieta. Cuando le pedí que cada vez que sintiera dolor quemara un poco de albahaca, pareció incómoda, como si el mero hecho de  pensar en algo tan pacifico como el olor delicioso de una especia sencilla, la desconcertara. Cuando le pedí confiara en mi, apretó los labios. No respondió de inmediato. Apretó el saquito de especias con un gesto nervioso. Miró la hoja de papel con una expresión indefensa, fragil.

- ¿Y si no resulta?
- ¿Por qué no habría de resultar?

No volvimos a comentar sobre el tema. Incluso, tuve la impresión que J. me evitaba luego de aquello. Más de una vez, la vi apresurar el paso a verme, volver la cabeza cuando la miraba sorprendida por la subita distancia. Me pregunté si la había ofendido de alguna manera, si mi pequeño gesto de cariño la había hecho sentir incómoda o incluso, directamente confusa. Mi abuela sacudió la cabeza cuando se lo conté.

- Esta asustada - bebió un sorbo de su te de Azahar favorito. Parpadeé.
- ¿De mi?
- De ella.

Dos o tres semanas después, encontré a J. esperándome en la puerta de mi salón, muy temprano por la mañana. Se levantó al verme llegar, con un gesto nervioso y un poco impaciente. Los ojos muy abiertos y brillantes.

- ¿Qué ocurre? - le pregunté. Ella se acercó y me puso en las manos un pequeño fajo de hojas, atados con una cinta carmesí. La reconocí como la que cerraba el pequeño saco de especias que le había obsequiado - ¿que...?
- Cada vez que sentí miedo, escribí - dijo entonces. Sonrío. Y lo hizo como pocas veces le vi hacerlo. Una sonrisa amplia, con todos los dientes. Una sonrisa de pillete, sincera, radiante - cada vez que me hice preguntas hirientes, que me acusé de defectos dolorosos. Escribí..Escribí y quemé la albahaca.

No respondí. Sostuve las hojas entre las manos. Eran una docena, escritas con su letra pequeña y pulcra. Cientos de palabras enredándose entre sí. "Soy una mujer graciosa, amable" leí casi por accidente. "Siempre deseo hacer reír, siempre he creído que la risa salva y sana" leí en otra hoja. Incontables frases de cariño, de reconocimiento, de poder. De esa capacidad secreta e intima de reencontrarnos con nuestro propio rostro en el espejo.

- ¿Y...?
- Soy yo, siempre. En los defectos, en las tristezas. En los recuerdos angustiosos - dijo. Me sorprendió su franqueza. Me sorprendió su expresión calmada y serena, un poco triste - sólo necesitaba...
- Recordarlo...
- Sí.

Sostuve las hojas de papel. Las doble cuidadosamente, las guardé en mi morral.

- Vamos a quemarlas juntas.

Miramos el fuego del caldero alzanrse en la oscuridad, un espiral radiante que se abrió paso entre las sombras, que se alzó en la noche con un olor exquisito. Una sensación de paz reconfortante, diminuta, privada nos llenó a ambas.

- Y esto es magia - comentó entonces J., con una de sus sonrisas burlonas. Extendí las manos hacia el fuego, sentí su calor entre los dedos y también en mi espiritu. Más allá, el viento canta en la montaña.
- Así es.

La magia cotidiana, la que vive en cada uno de nosotros. La magia de crear y construir, a partir de una palabra y un deseo. La magia de creer y confiar.

C'est la vie.