martes, 9 de enero de 2018

De la cámara al sueño: ¿Te has preguntado por qué fotografías?




Me llevó media vida llamarme fotógrafo. Me parecía irrespetuoso hacerlo: Después de todo, mi experiencia fotográfica era personal, emocional y privada. Lo que sabía, lo había aprendido a golpes de esfuerzo y después, procurando la mejor educación que pude obtener en un país donde la fotografía continúa siendo una especie de hobbie elitesco. Me encantaba fotografiar, lo hacia a toda hora, mi relación con mis imágenes era tortuosa, profunda y dolorosa. Pero ¿Eso me hace fotógrafo? ¿Eso me permite llevar el nombre con toda responsabilidad? Como dije, no lo creí por un buen tiempo. Al final, lo hice más por respeto a mi trabajo que por cualquier otra cosa.

El primer fotógrafo de verdad que conocí — o así lo pensé a mis tiernos ocho años — me dio también el mejor consejo sobre fotografía que nadie me ha dado. Era un anciano desdentado que tomaba instantáneas Polaroid en la Plaza Bolivar de Caracas. Cuando me obsequió una fotografía, me dedicó un guiño amable que nunca olvidé.

- Un fotógrafo siempre está mirando — dijo — eso lo hace fotógrafo.

La frase me la llevé a todas partes en los años siguientes. La recordé cuando comencé a fotografiar, con una vieja cámara Kodak que se convirtió en mi manera de hablar. La atesoré cuando miré mis primeras fotografías, borrosas y anónimas, pero mías, parte de mi mente. Me obsesionó cuando hice mi primer autorretrato, temblando de miedo y de algo parecido a una expectativa torpe y profundamente intima. Porque fotografiar para mi es un acto de valor, simbólico, ritualista y agónico. ¿Eso es fotografiar? me pregunté muchas veces, cámara en mano, confusa y preocupada. Solo soy una persona que toma fotografías, que necesita hacerlo porque la imagen es su otro idioma, el más visceral, el más exacto, el reflejo de una parte de mi mente que de otra manera, me resultaría por completo desconocida. ¿Eso es ser fotógrafo?

La primera vez que me hice la pregunta — en tono preocupado — fue cuando conocí a un fotógrafo profesional. O así se hacia llamar. Tenía una cámara enorme, con un lente de considerable envergadura también y miró mi pequeña cámara de rollo con una conmiseración que me hirió de una manera que aún recuerdo. Ambos pertenecíamos a un pequeño grupo de amateurs que recorrían Caracas cámara en mano y a la sazón, yo era la más joven — y única mujer — del grupo.

- Eso es una antigüedad — comentó. Intento sonar paternalista, incluso — pero está bien para ti, porque no te lo estás tomando en serio ¿No?

Recordé mis noches de insomnio fotografiando. Mis lágrimas mirando mis fotografías. Mi obsesión por la imagen, que me acompañaba a toda hora y a todo lugar. Esa sensación abrasadora y quemante de crear y construir mi propio lenguaje a través de lo que miro. De observar a toda hora, de contemplar el mundo en pequeñas construcciones ideales. ¿Me lo tomo en serio? Apreté la cámara entre las manos para no arrojarsela a la cara y traté de conservar la calma.

- No lo sé — respondí al cabo — creo que tenemos diferentes percepciones de la fotografía.

- La fotografía es una sola cosa: la mejor imagen que puedas lograr. Y eso te lo brinda una gran cámara — me contestó el fotógrafo profesional y se fue, dejándome incómoda y furiosa, pero sobre todo confusa, sin saber muy bien el motivo. Después de eso, la pequeña reunión de entusiastas perdió brillo y lustre. ¿Que sentido tenía estas pequeñas tertulias entre apasionados por la imagen si parecíamos contradecirnos en el planteamiento esencial? A mi alrededor todos parecían obsesionados con los equipos que sostenían y no las imágenes que producían. Me encontré preguntándome si alguna vez podría rebasar esa idea emocional sobre el arte y ser mucho más pragmática. Realista, le llaman. No volví a reunirme con ellos de nuevo.

No tenía a nadie a quien preguntarle sobre el tema. Después de todo, tenía solo diesiseis años, una cámara barata, muchos rollos revelados, un montón de fotografías escondidas entre mis libros favoritos y un deseo insuperable y profundamente caótico por documentar mi vida y lo que me rodeaba. Por hablar en imágenes. Esta bien, no soy fotógrafo, me dije finalmente, agotada de cuestionarme largamente y por meses sobre un tema sin resolución. Entonces, ¿Qué soy? ¿Que significa este amor enorme y radiante por la fotografía?

No lo sabía. Recuerdo que intenté no obsesionarme con la idea, pero a veces es inevitable enfrentarse a esas pequeñas batallas personales a diario. Sobre todo porque la fotografía es una parte de mi misma ajena a cualquier explicación. Es una necesidad instintiva de reconstruir el mundo que miro a través de símbolos personales. La fotografía llena todos los ámbitos de mi vida, le brinda sentido a una serie de ideas dispares. Me permitió mirarme de una manera tan objetiva como definitiva. Me brindó un nombre y una motivación.

Pero seguía sin llamarme fotógrafa.

Más allá del lente: el mundo de la lucha por la imagen y una definición.
La primera vez que recibí una clase formal de fotografía tenía 27 años. Estaba tan nerviosa como puede estarlo cualquiera que logra alcanzar un sueño largamente acariciado. Tenía fotografiando desde los once años pero de alguna manera, tenía la sensación que había algo brumoso y elemental en mi pequeña historia detrás de la cámara. La realidad, la concisa, comenzaba allí, en esa pequeña aula de clases. Para mi sorpresa — y después mi alivio — la cosa no era tan sencilla.

- Hablemos sobre por qué fotografiamos — dijo un inspirado Luis Roberto Lipavsky ese primer día de clases. Me asombró la seriedad de su tono y además, la manera como hizo la pregunta. De pie en la mitad del salón, dedicó una mirada silenciosa al grupo que le escuchábamos un poco sorprendidos. Al menos, yo lo estaba — Una buena fotografía comienza aquí.

Y al decir aquello, no señaló la modernísima cámara que se encontraba en su escritorio. Señaló sus ojos. Me sobresalté, porque recordé, con una nitidez casi conmovedora, al viejo fotógrafo de la Plaza Bolivar de Caracas, con su cámara Polaroid entre las manos. Un fotógrafo siempre está mirando, había dicho. Eso lo hace serlo. Sentí un estremecimiento de placer, algo parecido a reconocer mis ideas en algo más amplio, más conceptual, mucho más cercano a esa visión de la imagen como documento y expresión creativa. Ese primer día de clase fue un despertar, una manera de recomponer mis ideas y de comprenderlas con mayor claridad.

Unos meses más tarde, decidí llevar a cabo mi primer proyecto fotográfico, más allá de mis autorretratos y mi obsesión por coleccionar pequeños momentos. Intentaría expresar toda la angustia y la desazón que me provocaba mi extraña relación con mi madre a través de fotografías. Todo un paso, si tomamos en cuenta que durante casi toda mi vida, mis fotografías eran documentos auto referenciales que parecían formar parte de una idea mitología personal muy definida. Este proyecto también lo era por supuesto, pero había algo más, mucho más profundo, mucho más elemental: en esta ocasión lo haría mirando a través del lente a alguien más, construyendo mi propios códigos — o tratando de hacerlo — a través de la experiencia ajena. La mera idea me aterrorizó. Pasé noches enteras preguntándome como lo lograría, de qué manera lograría hilvanar esa idea elemental que siempre me hizo fotografiar — desear expresar mis ideas más profundas — con esa otra de mirar el mundo e interpretarlo. Tenía miedo de no poder lograrlo. Miedo de encontrarme torpe y limitada para contar una historia que no era mía pero que deseaba expresar a través de mi lente. ¿Podría hacerlo? ¿Era posible un híbrido entre ambas cosas? ¿Podría tener la suficiente sensibilidad para comprender la historia de otro y construirla con mis imágenes? Me preocupaba no saber cual era la respuesta a esas preguntas.

Además, no era fotógrafa.

¿O sí?

Durante casi dos años, fotografié a Madres e Hijas. Me obsesioné con ellas, las contemplé entre asombrada, aturdida y emocionada. Las vi gritarse una a la otra, llorar juntas. Las vi tomarse de la mano en silencio, en medio del dolor de una sala de quimioterapia. Las vi reír a pleno sol, corriendo por la hierba fresca de una Caracas desconocida. Me senté en la sala de la casa del barrio, con las rodillas temblandome de miedo, para escuchar la historia de una madre huérfana. Lloramos juntas. Me permitió fotografiarla. Fui de un lado a otro, fotografiando, fotografiando, fotografiando. Miré con tanta atención el mundo que de pronto brotó algo más, una idea diáfana. Algo tan claro como inmenso. La imagen era capaz de abarcarlo todo, de crear una conversación fugaz pero indeleble, entre dos espíritus. Y lo comprendí, asomándome al mundo de otro a través de mi cámara. Sosteniéndola con los dedos temblorosos, con el corazón lleno de angustia y de pasión. La cámara habló a través de mi y de pronto, escucharla se hizo más sencillo, más cercano. Más real.

No le mostré a nadie mis fotografías de Madres e hijas. Solo a un buen amigo, que las miró todas con ojos muy abiertos, un poco asombrado de esa otra tónica en mi forma de fotografiar. Me tomó de la mano con calidez.

- ¿Que vas a hacer con todas estas Evas silenciosas? — preguntó. Me encogí de hombros. Realmente no lo sabia. Miré el retrato de una mujer silenciosa, con una sonrisa amable pero rota. Había perdido a su hija y la fotografié junto a su tumba. Le obsequié la fotografía. La colocó junto a su cama y me dijo que de vez en cuando, despertaba para mirarla con una sonrisa. Que amargo y angustioso. ¿Eso podría pertenecer a alguien más que a mi misma?

- No lo sé.

Caminé por Caracas, cámara en mano. Ya con treinta años, miras a tu ciudad de una forma muy distinta a cuando eres una niña, cuando le perdonas todo, cuando la miras a través de pequeños filamentos y excusas. La fotografié por las esquinas, en la basura, en las rejas, en las calles rotas. La recordé pequeña, diminuta, esencial. La Caracas que soy yo misma. Cuando le conté a Nelsón Garrido, con quien tomaba clases por la época, me dedicó una de sus raras miradas torcidas.

- Somos lo que fotografíamos, como expresión de lo que miras y cómo lo miras — explicó. Nos encontrábamos en el enorme comedor de la Escuela de fotografía que fundó en Caracas y que intenta darle una vuelta de tuerca a esa visión clasista y exclusiva de la imagen. Me gustaba estar allí, con sus paredes cubiertas de extraños iconos de cultura local, su bullicio extravagante y sobre todo por el profesor Garrido, un hombre que comprende la fotografía como un concepto único, más allá de cualquier otro elemento formal — eres tu propio concepto, tu manera de construir la imagen. La gran herramienta de la fotografía es la mente que se educa, la curiosidad que se afila, la necesidad de expresar ideas. Cualquier otra cosa es accesoria.

Recordé lo que decía Roland Barthes “Lo que la Fotografía reproduce al infinito únicamente ha tenido lugar una sola vez: la Fotografía repite mecánicamente lo que nunca más podrá repetirse existencialmente.” El documento, el mundo que se reconstruye para crear un momento único. La anécdota que se sustrae como valor elemental. Y la esencia de la fotografía que lo cobija. Sin duda, lo esencia y valioso de una imagen, lo que otorga una razón para elaborar un pensamiento, incluso quizás una reflexión.

En la Escuela del profesor Garrido, la máxima aspiración parecía construir un discurso visual. Tan original y poderoso que trascendiera ese límite de lo cotidiano. Una idea que parecía construirse día a día, en esa escuela suya tan poco tradicional, cubierta de ideas de pared a pared, entre los salones enormes repletos de fotografías e ideas transgresoras. Me encantó pensar en la idea fotográfica como fruto de algo más profundo, afilado. Y fue ese concepto el que me llevé a todas partes, el que me permitió elaborar otra idea sobre la fotografía basada en mi necesidad para crear documentos personales sobre la realidad. Porque, por eso fotografiamos ¿No es así? Por ese motivo levantamos la cámara y hacemos el click definitivo.

¿Por eso nos llamamos fotógrafos?

El día que fotografié a Maria Belén, paciente de cáncer de Mama, lloré muchísimo. A escondidas, con las manos temblandome de miedo. ¿Quien era yo para transgredir su intimidad? ¿Quién era yo para invadir su angustia, ese sentimiento de vulnerabilidad que cualquier padecimiento de salud trae consigo? ¿Que derecho tenía yo para hacerlo? Pero sonreí cuando le tomé de la mano y le aseguré le tomaría la mejor fotografía posible, que haría mi mejor y mayor esfuerzo porque la imagen expresara su espíritu y su valor. María Belén me miro, con esa sonrisa suya, entre cómplice e inocente y me dedicó un guiño amable.

- Confío en ti, eres la fotógrafa.

¿Lo soy? Me dije de pie, delante de ella, con la cámara en la mano. Pensé en la trascendencia de ese momento, en el valor de captar el mundo de alguien más, de honrar su confianza, de construir un mensaje a través de su cuerpo de su rostro. En un momento que pareció hacerse eterno, comprendí que la imagen es más allá de cualquier consideración, un documento de la realidad, una expresión del yo que se eleva y se comparte, se enlaza con una idea tan profunda como exquisita. Una conversación entre dos silencios, un espacio de luz y sombra rebosante de significado y valor.

Y de pronto, las piezas en mi mente parecieron encajar. Encontré, más que un por qué, una visión de la sustancia misma de lo que me hace fotografiar y el hecho que mi concepto de la fotografía trasciende la cámara que sostengo y la visión mínima de lo que asumo es parte de mi lenguaje. Hay algo más, relacionada con el sentimiento, el valor del yo, la identidad que trasciende, el valor de la imagen como parte de esa gran vivencia espiritual que todo arte conlleva consigo. Incluso hay más aún, una búsqueda de respuestas, de cuestionarte, de mirarte a ti mismo y a quienes te rodean en el espejo de la imagen, en la simple identidad del creador y esa mínima empatia de quien expresa ideas emocionales con una mera expresión de su propia espiritualidad.

Miro mi pared, cubierta de fotografías. Mi historia contada en base a imágenes. Las primeras, borrosas y simples, las más recientes, el rostro de una idea que subyace bajo muchas otras y sonrío. Con esta sensación de comprender el tiempo que vive a través de mis ideas visuales, el poder de construir un visión del mundo tan poderosa como personal. Y siento este poder — privilegio — de mirar el mundo no como una manera de comprender (me) sino como un vehículo para crear. Una forma de soñar.

C’est la vie.


1 comentarios:

Alejandro Sayegh dijo...

Un relato sumamente interesante, donde planteas algunos aspectos de gran importancia para todos aquellos que tenemos la osadía de creernos fotógrafos.

No puedo estar más de acuerdo contigo en ese proceso personal de entender la fotografía como parte vital de tu propio ser, una manera de mirar, una manera íntima de hablar, donde quien sepa entender los códigos va simplemente a notar como el fotógrafo se desnuda intelectual y emocionalmente cuando crea una imagen.

Lamentablemente hay muchos que, como aquel fotógrafo que pasó brevemente en tu experiencia de aprendizaje, solo están interesados en hacer una imagen técnicamente perfecta con un equipo de primer orden, si, con el tiempo he aprendido a aceptarlos, aunque me despiertan sentimientos muy encontrados.

Dentro de mi experiencia muchas veces, como tú, me cuestioné si de verdad podría llamarme fotógrafo, más entendiendo que para nada me considero un "fotógrafo profesional", sin embargo después de un tiempo comprendí que quizás el término fotógrafo me calzaba mucho mejor a mí que a aquellos que solo buscan la imagen tanto técnica como estéticamente perfecta, simplemente porque entendí que la fotografía es una búsqueda, es de por vida, es mirar siempre, es sentir y emocionarte siempre (positiva o negativamente) y es como diría Wilson Prada es "problematizar y cuestionar". Y dentro de esa búsqueda quizás hayan más fracasos que aciertos, hayan mayores auto cuestionamientos que éxitos, y consideres que debas empezar todo un proyecto de nuevo porque entiendes que te saliste del hilo conductor del lenguaje y caíste en el vacío del parapeto visual. A Marcel del Castillo le vi colgar por ahí un comentario que me lo llevé de tarea y va algo así como "Cuando las fotos de tu proyecto parezcan un catálogo de Victoria Secret es hora de empezar de nuevo" (está sazonado por mi, pero la esencia está ahí, jajaja)

En definitiva la fotografía es crear tu propio lenguaje a través de una imagen fijada o captada por la acción de la luz, no tiene que ver nada con la cámara o el medio con el que se haga, sino con quien la hace y por qué la hace. Si eso no es ser fotógrafo, no sabría como llamarlo.

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