martes, 9 de septiembre de 2014

Cuatro humilde estaciones: El via crucis criollo.




Lluvia.

Juan contrajo matrimonio con Ana. Pero lo hicieron en la intimidad de la casa paterna, rodeado de unos cuantos amigos y sin ninguna celebración. Ambos lamentan la sencillez de lo que consideran el evento más importante de su vida, pero ahora mismo su prioridad es otra: Techo propio.

— No tomaremos Whiskie pero quizás después podamos cenar en la sala de mi casa — me dice cuando lo felicito. Juan es uno de los optimistas, de lo que aún no toma la decisión de emigrar, como sus dos hermanos o varios de sus mejores amigos. Para Juan, Venezuela aún es el país donde quiere construir su futuro. Ana no está tan segura.

— Nos quedamos porque Juan le preocupa dejar a sus padres e insiste en eso siempre que puede. Además, para él, Venezuela tiene mucho que dar — me comenta unos días después de la boda. No hay Luna de miel, tampoco. Y de hecho, nada parece haber cambiado entre ambos luego de la corta y frugal ceremonia. Cada quien volvió a casa de sus padres y continuaron viéndose a ratos, como dos adolescentes con rostro de adulto. Los fines de semana de precaria intimidad, una extraña vida de pareja que no termina de cuajar del todo — pero a mi me preocupa que esperemos tanto para tomar una decisión concreta.

Ana es ingeniero y actualmente está desempleada. La empresa donde trabajaba fue expropiada y aún los empleados esperan el acuerdo legal que les permita recibir el pago de la cesantia. Los abogados insisten que pueden transcurrir algunos años para que eso suceda. Juan, por su parte, trabaja como ejecutivo en una empresa americana que logra subsistir a base de importaciones y reducción de nómina. Para Ana, la situación es tan impredecible como peligrosa.

— No podemos planear a futuro, aunque Juan insiste en hacerlo — me dice, con un suspiro cansado — no sé si es simple optimismo o que lo mio es un temor que no puedo controlar. El caso es que estamos así.

Hace un gesto con la mano que parece abarcar todos los puntos bajos de su vida: La incertidumbre, la falta de aspiraciones, el desaliento. No sé que responder y el silencio que viene después, está impregnado de algo tan amargo como indefinible, a mitad de camino entre un dolor muy intimo y algo más pragmático. La desesperanza.

— Pero hay que confiar — me dice Juan unos días después. Me sorprende su entusiasmo, en contraste al agotamiento profundo de Ana- en este país, todos nos quejamos pero pocos hacen realmente algo para mejorar las cosas.
— Tal vez no está en nuestras manos hacerlo — le respondo. Juan suelta una de sus carcajadas escandalosas.
— Lo mismo dice Ana, pero yo no me lo creo. Hay que tener la cabeza fresca y saber que es mejor pasar trabajo aquí que irse a otro país a sufrir lo mismo, pero en tierra ajena. Nos quedamos. Ya veremos.

Juan sonríe de nuevo, con cierta inocencia. Miro disimuladamente a mi alrededor — la calle rota que rodea al restaurante, los grupos de transeúntes de aspecto cansado que caminan por la calle, el tránsito enmarañado y violento — y me lleva esfuerzo entenderlo. Me lleva un esfuerzo enorme incluso no criticar la sonrisa, el buen ánimo. Una sensación tan dolorosa como irritante.

— Ya verás, saldremos de esta — insiste Juan. Toma un sorbo de café, sacude la cabeza — no hay mal que dure cien años…

Ni juventud que lo resista, me digo. Pero no se lo digo. También tomo un sorbo de café.

Verano árido.

Ana lloró un rato. Ahora se seca los ojos con una servilleta y parece más tranquila. Yo aguardo, angustiada y preocupada, sin saber que otra cosa hacer.

— Nos negaron el crédito. Y aunque nos lo hubiesen aprobado, no habríamos podido comprar el apartamento. El precio era tan inalcanzable que necesitaríamos casi una fracción del dinero que el banco podría prestarnos para pagar sólo la mitad — me cuenta. Hace unos días, recibieron la notificación del banc

o donde se les informaba que su crédito para compra de vivienda había sido rechazado. La noticia no pudo llegar en peor momento: el vendedor del futuro apartamento que Juan y Ana habían intentado adquirir por meses — años, casi — les dio un ultimátum para concretar la compra. Eso, a pesar del adelanto en efectivo que pagaron, a pesar de todos los esfuerzos y negociaciones para convencer al comprador de esperar. La decisión del banco sobre el crédito terminó por destruir el plan que por años Juan y Ana habían llevado a cabo con enorme paciencia. El plan a futuro ahora es un terreno yermo y árido que nadie quiere recorrer.

Sacude la cabeza, vuelve a llorar. Se seca los ojos con una servilleta. No me lo cuenta, pero sé que Ana piensa en la habitación que todavía ocupa en casa de los padres, en la extraña vida de pareja que comparte con Juan. En esa nada circunstancial que ambos comparten desde hace más de seis años. Sabe perfectamente que el anillo en el dedo representa no un compromiso sino un proyecto a futuro, algo más denso y complicado que no puede manejar, no desde esta perspectiva amarga de una adolescencia casi eterna. Entre balbuceos, Ana me cuenta de lo difícil que resulta para ella recibir dinero de sus padres — continúa desempleada — o que Juan deba mantenerla mientras ella sigue enviando curriculum a varias empresas que jamás responde. Ya me lo ha contado antes, pero en esta ocasión, la noto mucho más impaciente, angustiada, irritada. No me sorprende lo que me cuenta a continuación.

— Anoche estuve averiguando un poco sobre vacantes de trabajo en Alemania y España — me dice — y me sorprendió que mi perfil encaja bastante bien en varios. Lo revisé y de pronto, miré a mi alrededor y no supe…

No tiene que contarme el resto de la anécdota. Sé que miro a su alrededor y encontró su pequeñísima habitación de soltera, el automóvil destartalado, la casa de los padres llena de rejas de seguridad. El país inhóspito. Suspiro, la miro secarse los ojos, esta vez con un gesto seguro. Debo preguntárselo, aunque imagino la respuesta.

— ¿Que dice Juan sobre eso?
— No le he dicho nada — me dice. Me lanza una mirada dura, como si esperara le hiciera alguna recriminación. Pero simplemente la miro, con una sensación de enorme agotamiento que ambas compartimos. Se encoje de hombros — no sé si se lo diga.

Silencio otra vez. Afuera, el sonido de la ciudad se hace ensordecedor, mecánico. Casi insoportable.

Lluvia.

Juan está preocupado. Lo sé no sólo por su insistencia en reunirnos para un aplazadisimo café sino porque he escuchado los rumores de la empresa donde trabaja, la inestabilidad que atraviesa y la lenta caída en el desastre económico a la que se enfrenta. Lo miro en silencio, con el rostro ajado y prematuramente envejecido, sin sonreír.

— Es probable que me quede sin trabajo en algunos meses — me comenta — no puede ocurrir en peor momento. Estoy tratando de encontrar un apartamento alquilado en donde vivir, pero el mercado es cada vez más complicado. Y ahora…

Sacude la cabeza. Sé que durante los últimos meses, Ana continúa insistiendo en la posibilidad de encontrar un techo propio, pero no lo han logrado. La situación se ha hecho insostenible para ambos: las peleas son cada vez más frecuentes y para Ana, la posibilidad de emigrar comienza a ser la única opción viable. Pero Juan aún se resiste. Para él, la idea no es tan apetecible ni mucho menos sencilla a como la plantea su mujer, o eso me explica, con el rostro cada vez más tenso y enrojecido de furia.

— No me quiero ir a otro país solo porque podría irnos bien — me explica en voz muy alta. Varias de las personas a nuestro alrededor se vuelven para mirar. Alguien sacude la cabeza, casi comprensivo — no quiero irme sin un plan, sin una idea de qué haremos. Pero ella dice que hay muchas posibilidades de empleo, que con la nacionalidad Europea de sus padres…

No termina la frase. Toma una bocanada de aire, enciende un cigarrillo. Y de pronto, mirando los dedos temblorosos de Juan, su expresión dura y tensa, descubro algo muy sencillo y que me pregunto como no noté antes: Juan tiene miedo. Un miedo profundo, paralizante. Miedo quizás al futuro, a la incertidumbre del paso definitivo, a la mirada más allá de lo que considera propio, de lo que forma parte de su pequeño mundo. Un miedo que le sofoca, le deja sin palabras. Y quizás, le ata a Venezuela más de lo que quiere admitir.

— Pero ¿Han conversado sobre la posibilidad? — pregunto. No le digo que Ana me ha contado sobre las peleas cada vez más altisonantes, el malestar, la frustración contenida. Que hace unas dos semanas, ella le explicó que para ella, la decisión casi está tomada y que necesita que él pueda tomarla. Que él se negó, que siguió insistiendo en que no comprende esa perspectiva de emigrar con las manos vacías. Tampoco le digo que Ana me telefoneo entre lágrimas, pero con una voz muy firme que me sorprendió. “Tengo las manos vacías aquí” me dijo. “No hay ninguna diferencia”.

— Yo no quiero irme, amo a mi país — responde. Pero hay algo en sus palabras que me hace preguntarme si entre el amor al país también no hay una necesidad casi insoportable de permanencia, de resistirse a una determinación que cambiará su vida para siempre. Él parece notar lo que pienso porque sonríe con tristeza, se encoje de hombros — este país es mio, es todo lo que tengo por ahora. Y es lo único que puedo manejar mientras tanto.

No respondo. Y en ese silencio suyo y mio, hay dos visiones disparejas, una mirada contradictoria de un país abierto a interpretación. A cualquier otro pensamiento que pueda explicar el miedo de Juan y la incredulidad de Ana. Como si el tiempo se hubiera detenido, pienso mirando la calle caótica, entre hoy y cualquier otro día de un futuro que aún no existe, pero que en Venezuela tiene un tinte amargo y casi venial.

Verano árido.

Ana se niega a tomar la clásica fotografía de despedida de todos los Venezolanos de la Diaspora: Esa de los pies muy juntos sobre la llanura multicolor del Aeropuerto. La despedida definitiva. Sacude la cabeza cuando su hermana menor lo sugiere. Toma el morral que lleva por equipaje de mano y me hace una seña. Caminamos juntas en medio del trasiego de voces y las ráfagas de calor sofocante que entran por las puertas abiertas.

— Gracias por venir — dice con una sonrisa cansada. Me encojo de hombros.
— Sabes que vendría incluso aunque no hubieses querido.
— Pero quise.

Su Padre no ha querido venir a despedirla. Su madre si. Dos de sus hermanas la esperan en Madrid. Su hermana menor permanecer en Venezuela. La mayoría de nuestros amigos en común no saben que hoy Ana emigrará a España. Juan si lo sabe, pero probablemente no le importa, me comenta Ana con un suspiro. El dedo desnudo del anillo me sorprende otra vez. Ana lo acaricia como si esa desnudez le doliera más que cualquier otra cosa.

— El divorcio saldrá en unos meses, la abogada dice que no será complicado — me explica — me recomendó quedarme hasta obtenerlo pero…

Ana logró conseguir un empleo en Sevilla. Lo hizo luego de meses de insistencia y la decisión llegó sola, sin otro sentido que la de mirar la posibilidad de construir un futuro más allá del miedo de todos los días, de la incertidumbre que sofoca. El gentilicio cuarteado por la zozobra. Sacude la cabeza, agotada como si le faltaran las palabras para explicar la angustia, el dolor, la profunda desazón de lo que perdió para ganar y lo que construye con un esfuerzo ciego y abrumador.

— Este país me lo quitó todo — comenta por lo bajito. No lo dice con rabia, tampoco con amargura. Solo con una profunda tristeza que le marca la expresión, el cuerpo. Se acaricia de nuevo el dedo desnudo — sólo me queda comenzar.

La despedida es breve. Y en medio de la brillante tarde del cielo Azul de este país a medias, siempre en eterna construcción, siento en este silencio de las ausencias, tan enormes, cada vez más cercanas. Mirando el aeropuerto solitario, no puedo evitar preguntarme como será mi despedida cuando llegue. Como miraré por última vez lo que dejo atrás. No siento miedo — ya no — sino una profunda melancolía. Un luto pequeño y desigual por un país que perdí hace tanto tiempo que no sé como podré recuperar.

C’est la vie.

2 comentarios:

José Camacho dijo...

Buenos días.

Me identifico plenamente con Juan. Esta tierra es la que amo, la que me ha dado tanto. Sentir miedo de partir es lógico, pero no debe ser motivo de freno. Uno piensa un poco en muchas cosas, y yo, tal vez desde mi perspectiva de ingeniero, soy del pensar que toda crisis genera oportunidades. Pero hay que ser realistas. Nuestro optimismo se diluye por diversos factores a cada momento, hasta varias veces al día. Vemos una sociedad que se degenera cada día más. Vemos la imposibilidad de poder lograr aunque sea a aspirar lo mínimo para continuar. Vemos la inseguridad (laboral y personal) como siembra de zozobra nuestra rutina. Soy de las personas que a pesar de tener la oportunidad de emigrar, por diversas razones, no lo tenia como opción valedera. La más grande de esas razones me dejó en el plano físico en diciembre pasado, y este año ha sido especialmente duro, ya que a pesar de trabajar por mi cuenta, cada día más es insostenible poder ejecutar obras de ingeniería para alguien que esta empezando de manera independiente, por múltiples razones. Por eso he tenido que recurrir a realizar acciones que minan mi moral, pero que son de simple y llana supervivencia. Mi objetivo es actualmente buscar salir de deudas, y emigrar. Colombia se perfila como la mejor opción, pero aún no lo he definido. Solo espero que para enero pueda alcanzar a cruzar el Puente Internacional "Simón Bolívar", que une a Cúcuta con San Antonio, y intentar no perder la juventud en lograr tener un futuro mejor para mi. Desde hace unos 3 dias ya tengo 33 años de existencia, y no quiero llegar a 35 sintiendo que mi vida va sin sentido.

Siempre me agrada leerle, para mí es una opinión valedera y referente sobre muchos temas. Nos regalas libros, y nos animas a mantener y darle sentido a ese vicio placentero que es tomar café para cualquier momento de la vida.

Espero que nunca le falte el café. Un abrazo virtual.

@blacavault

Joana Zerpa dijo...

¡Qué buen artículo Agla! Siempre que te leo termino o con una sonrisa o con una lágrima, en este caso fue una mezcla de ambos y de pérdida. Todos, de una u otra forma nos sentimos identificados con Ana y Juan. ¡Qué triste perder lo único que tenías y desde el punto de vista de Ana, lo único que le dió su país! Solo por querer mejorar tu condición y terminar de crecer. No importa si vas a ir a pasar trabajo. Igual aquí eso es lo que sobra: pasar trabajo. Espero más adelante nos cuentes que tal le está yendo a Ana con su nuevo comienzo.
Un abrazo. J.

Publicar un comentario