miércoles, 2 de mayo de 2018

Crónicas de la feminista defectuosa: Violencia, miedo y cultura de la violación.





Luego de escuchar la sentencia de la llamada “Manada” de Pamplona — que insiste que una mujer agredida por cinco hombres no fue violada, sino abusada, porque no opuso suficiente resistencia — me llevó unos minutos recuperar el sentido de la objetividad. O mejor dicho, lograr sofocar la sensación de odio que me cerró la garganta y me dejó paralizada, como si el hecho de la sentencia — sus implicaciones — lastimara una parte de mi mente que pocas veces analizo a profundidad. Esa parte que siempre tiene miedo, que siempre está preocupada por lo que pueda ocurrirme, la violencia que puedo sufrir por el mero hecho de ser una mujer. Es un pensamiento duro ese, en ocasiones insoportable. Una fragilidad asumida desde la cultura en la que naces, que te persigue a todas partes. Que forma parte de cierta identidad espectral que todas las mujeres llevamos a cuestas de un modo u otro. Se trata de una idea abrumadora, de una que agobia durante buena parte de tu vida. Que te deja muy claro que lo femenino en nuestra sociedad, lleva una carga invisible de prejuicios, culpas impuestas y una sensación sempiterna de pura amenaza que la mayoría de las veces te desborda, te abruma, te deja sin voz.

Es difícil explicar a un hombre esa inquietud persistente, mitad de camino entre el instinto de supervivencia y un miedo muy definido, que aprendes — te inculcan, más bien — desde muy niña. Después de todo, un hombre jamás deberá temer a la mayoría de los terrores mínimos que lleva a cuestas una mujer. Ese sobresalto que te hace apurar el paso en una calle vacía, el cuerpo rígido de angustia, la sensación inmediata de encontrarte al borde un peligro recurrente. La sensación plena de indefensión que te agobia, en los momentos más inesperados. La impotencia que te hace preguntarte por qué debes soportar piropos e insinuaciones sexuales que no has pedido, las miradas lascivas que te siguen a todas partes. Una especie de experiencia conjunta que todas las mujeres padecemos alguna vez y que en conjunto, parece reflejar algo pérfido y pervertido de la sociedad de lo que pocas veces se habla. De ese secreto que todas llevamos a cuestas, con esfuerzo, entre la frustración y una clara sensación de desazón.

La sentencia de la Manada dejó toda esa fragilidad disimulada expuesta, como una herida que jamás cura del todo. Lo pienso, mientras leo los comentarios y discusiones en redes sociales, cuando escucho la enconada defensa que un considerable número de personas le brinda a una inquietante visión sobre el consentimiento sexual, las retorcidas relaciones de poder en la que la mujer parece llevar todas las de perder. Como si se tratara la síntesis de todos los prejuicios, los temores y dolores que acarrea un hecho semejante en la psiquis colectiva. De pronto, soy muy consciente que un considerable número de personas sigue considerando a la violación un delito con graduaciones, uno en el que además, la víctima lleva cierta carga de la culpa. Me hace pensar en todas mujeres que llevan las historias de sus agresiones y maltratos como una forma de verguenza. De todas las que callan, de las que están convencidas que de una manera u otra, provocaron la agresión de las que fueron víctimas. Mi amiga G. es una de ellas: Hace cuatro años, el hombre con el que salía la golpeó hasta fracturarle el brazo derecho. Aunque denunció el hecho en la Fiscalía Venezolana, no obtuvo otra cosa que un incómodo interrogatorio judicial donde el policía insistió en preguntarle “qué había hecho para provocar algo así”. Finalmente, mi amiga desistió de la vía legal y tuvo soportar el acoso de su agresor, sino también, la indiferencia de quienes le rodeaban. Se vio obligada a renunciar a su trabajo y mudarse, para evitar la persecución que sufría.

Con todo, su familia le culpa. Por “tomar malas decisiones personales”, por “insistir en una relación violenta”. Cuando me lo cuenta, lo hace con lágrimas en los ojos de pura impotencia.

— A veces me pregunto si deberé pasar toda mi vida explicando que no tuve la culpa que un hombre me golpeara, me maltratara a toda hora y de todas las formas posibles. De ser una víctima — me dice y la voz le tiembla cuando lo hace. De furia, de cansancio, de profunda frustración — que deba explicar una y otra vez, que nadie “se busca” los golpes, las violaciones. Que nadie…

Sacude la cabeza. No sé que responder, aturdida y abrumada por su tristeza, pero sobre todo por la certeza que tiene motivos para estar tan asustada. Porque en nuestro continente — quizás en el mundo — casos como el suyo son los más frecuentes. En pocos países la legislación se preocupa por calificar y condenar un delito contra la mujer, sin incluir una serie de atenuantes que parecen señalar directamente a su comportamiento moral y sexual. Como si se tratara de una excusa tácita para quien agrede, la cultura occidental parece definir cierto tipo de delitos sobre el hecho de “cómo la víctima pudo haberlo evitado” o incluso “el hecho de haberlo permitido”. ¿En cuántas ocasiones no se insiste en que la forma de vestir de una mujer, su comportamiento social, su manera de beber o de hablar o incluso, el maquillaje que lleva no son elementos que podrían “provocar una agresión”? ¿Cuántas veces no se insiste que la mujer “debe tener más cuidado” para evitar la violencia física y sexual? ¿Que ocurre con una sociedad que insiste en enseñar a la mujer temer y no el hombre a no violar?

No es una idea sencilla para un considerable número de hombres y mujeres. Menos aún, una que se analice con frecuencia. Por ese motivo, me pregunto en voz alta cuál sería la manera más directa de no sólo enfrentarse a esa idea, sino también, de comprender hasta que punto, nuestra perspectiva sobre el tema parece apuntar directamente hacia una contradicción real sobre cómo percibimos — asumimos — la violencia machista. Y quizás, la mejor forma de hacerlo sea apuntando directamente hacia el origen del problema o mejor dicho, la percepción que se tiene de él. Esa interpretación general que no sólo distorsiona lo que es o lo que puede ser la violencia contra la mujer sino también, nuestra comprensión sobre el tema.

Quizás poner las cosas un poco en la perspectiva correcta.

De manera que vale la pena preguntarse ¿Cuáles son las formas más efectivas — y realistas — de evitar la violencia sexual, física y moral contra una mujer?

Sin duda, las siguientes:

Enseñar los beneficios del autocontrol: Basta de la cultura que aupa la violencia:
Nuestra sociedad educa para creer que la violencia física es una manera de expresar poder, control e incluso interés o amor. No lo es. Los golpes, empujones, bofetadas, pellizcos y cualquier tipo de maltrato es simplemente violencia. Una forma ineficaz y peligrosa de expresar frustración, temor, furia y cualquier otra emoción nociva. Golpear a cualquiera no te hace un hombre — o una mujer — más fuerte, más respetable, más convincente. Sólo te hace alguien que es incapaz de mantener el autocontrol y que no ha logrado encontrar una manera más saludable de expresar sus dolores personales. Alguien que no sólo no tiene sentido del límite sino tampoco del respeto. Así que no te engañes. La fortaleza moral no se demuestra golpeando, sino evitándolo.

Convéncete: No, siempre es no. No importa lo que te haga creer la cultura o tus amigos:
Hay toda una idea general y cuasi romántica que cuando una mujer dice “no” — a una proposición social, emocional, romántica — en realidad quiere decir que sí y que vale la pena seguir insistiendo. Con frecuencia, esa idea parece sugerir que la mayoría de las mujeres tienen confusas e infantiles ideas sobre lo que desean y aún peor, que necesitan alguien “las convenza” de lo que es idóneo para ellas o les conviene. Es ese pensamiento recurrente el que suele aupar la mayoría de las agresiones sexuales y físicas.

De manera que no, es no. No importa lo que diga la cultura popular, esas simpáticas películas románticas, tu hermano mayor, tu amigo y tu padre. Cuando una mujer dice que no, es no, a pesar de tu insistencia, de que te parezca es poco amable, creída, arrogante. No está siendo maleducada o malcriada. Está ejerciendo su derecho a negarse a cualquier proposición que le hagas.

¿Qué hay mujeres que aceptan si insisten? Pregúntate cuántas veces ese “sí” no es parte de la presión social, de la incomodidad o del miedo. De la costumbre de aceptar lo que no quieren. Y hazlo con honestidad. Tendrás tu respuesta.

Que una mujer lleve minifalda, escote y tacos altos no la hace puta. Tampoco que vaya a la cama con quien prefiera:
Por siglos, la imagen de la mujer “decente” — en otras palabras, la que se adecua a la fantasía que la sociedad tiene sobre ella — se tomó como la única imagen real de lo que puede ser lo femenino. Una mujer que acepta que su forma de vestir, de hablar o de cómo se maquilla, puede ser una justificación para juzgarla. Por buena parte de la historia Occidental, el cómo se ve y se comporta una mujer es suficiente motivo para una agresión.

No lo es porque esa simple percepción convierte a cualquier hombre en una criatura incontrolable y salvaje y estoy convencida que casi ninguno lo es. No se trata de un tema que la mujer deba evitar despertar “el instinto” que provoca que un hombre pueda agredir, sino que la sociedad condene al hecho que se pueda justificar una agresión. Una mujer puede vestir como quiera, ir a donde quiera y disfrutar de su sexualidad como le plazca y eso no es motivo, bajo ningún aspecto o interpretación, para que un hombre la agreda.

No, invitar a salir a una mujer no es la puerta abierta hacia el sexo. Sólo la estás invitando a comer y a conversar. Si esperas sexo, déjalo claro:
La cultura popular suele tener cánones y estereotipos muy definidos sobre lo que una relación entre un hombre y una mujer debe ser. Y una de esas “reglas” tácitas es la que supone que si un hombre invita a una mujer para pasar un rato juntos, lo siguiente que sucede es una noche de sexo salvaje y apasionado. Y puede ocurrir, pero no porque la invitación lo haga obligatorio, sino porque sea la decisión de ambos. Una decisión consensual, adulta y que sea parte de la libre interacción entre dos individuos que se agradan entre sí. Nada más.

Según cifras recientes de ONU Mujeres, el 48% de las agresiones sexuales ocurren durante una cita, una invitación nocturna o una relación de pareja que recién comienza. Una escalofriante estadística que deja muy claro que esa cultura que asume las relaciones interpersonales como una excusa para el sexo, es con toda seguridad uno de los elementos más perjudiciales en cuanto a lo que la percepción de la violencia sexual contra la mujer se refiere. Así que recuérdalo: estás invitando a una mujer a comer, al cine, a bailar y sólo eso. Si aspiras o deseas algo más, procura que ella lo sepa y deja las reglas bien claras desde el principio.

No, ser hombre no te da el derecho de pellizcar el trasero de una mujer en el transporte público, gritarle obscenidades y acosarla. Créeme, no importa lo que tus amigos te digan, no eres un “conquistador”:
Simplemente eres un sujeto que invade el espacio de otra persona, que agrede a alguien más y que usa convenciones sociales para incomodar, transgredir y violentar los límites de un desconocido. Tocar a una mujer sin su consentimiento, gritarle insinuaciones sexuales, seguirla por la calle porque te parece atractiva no demuestran “tu interés”. Esa idea sólo intenta justificar tu falta de autocontrol, irrespeto y sobre todo, tu incapacidad para comprender que una mujer no es un objeto para tu satisfacción sino un individuo pensante, de la misma manera que tu lo eres.

No, no está bien considerar el cuerpo de una mujer como un objeto de consumo:
Aunque así lo insista la publicidad, aunque en todas partes parezca que los senos, caderas y traseros de una mujer son la mejor táctica de ventas. Una mujer es un ser humano con los mismos derechos y la misma necesidad de respeto que tú. Que a diario debe lidiar con cientos de estereotipos, dogmas, tradiciones y supuestas obligaciones morales sobre cómo debe verse y comportarse. Que debe además, lidiar con lo que la sociedad y la cultura donde nació opina sobre su cuerpo y su comportamiento sexual. Recuérdalo cada vez que te parezca muy gracioso una publicidad donde una mujer es un accesorio entre tantos.

No, el ser un hombre no te califica para “enseñar” a una mujer como comportarse:
Ni a ninguna otra cosa. No eres su padre, responsable moral, rector espiritual. Eres su amigo, su pareja, su compañero de vida, como prefieras llamarte. Una mujer tiene el mismo derecho y obligación sobre su vida que tiene un hombre sobre la suya. No importa ese instinto seudo paternal que te impele a intentar corregir su manera de hablar y de comportarse, de aconsejar cómo debe pensar y reflexionar. Una mujer es un individuo autónomo y por supuesto, con el mismo derecho que cualquiera a tomar decisiones concretas sobre su vida. Tampoco es necesario que trates con condescendencia a una mujer, que te parezca necesita tu consejo, orientación, esfuerzo, crítica. Si así fuera, créeme cualquier mujer te lo pedirá con gusto.

No, la violencia doméstica no es cosas “de dos”. Tampoco un asunto “de pareja”. O algo que “puede arreglarse”. Es un delito:
Y como tal debe tratarse y asumirse. No importa si la mujer insiste en que “sólo se trató de un error”. Se trata de una víctima traumatizada que debe lidiar con un ciclo de violencia recurrente y que hasta ahora, no ha tenido la posibilidad de analizar lo que le ocurre más allá de las palabras y reacciones de su agresor.

La violencia doméstica por tanto, es un crimen. Hablamos de un delito gravísimo que con frecuencia, desemboca en algo peor. Según cifras de ONU Mujeres El 67% de los casos de violencia doméstica culminan en el asesinato de la mujer, una lesión gravísima o incluso, la muerte o lesión de cualquier otro miembro de la familia. Así que no, la agresión de un hombre contra la mujer no está justificada ni lo estará jamás por un contrato matrimonial.

Según estadísticas recientes, el treinta y cinco por ciento de las mujeres de todo el mundo ha sufrido violencia física y/o sexual. El 67 % de esas agresiones fueron cometidas por su compañero sentimental. El 80% no se denuncian. Casi ninguna recibe atención jurídica y policial. Se trata de un panorama preocupante, de una percepción sobre la violencia peligrosa y muy cercana a la amenaza a la que toda mujer en el mundo probablemente se enfrentará alguna vez. Y es que no se trata sólo de la forma como la cultura percibe la violencia contra la mujer, sino la manera como el hombre y la mujer interpretan ese matiz tan inquietante sobre lo que la agresión puede ser e implicar. Un arma silenciosa que se empuña con más frecuencia de lo que se admite. Una visión distorsionada sobre la violencia real.

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