sábado, 17 de diciembre de 2016

Vuelo en la sonrisa misteriosa y otras historias de brujería.





En una ocasión y a propósito de la navidad, me escogieron en el colegio para ser el ángel Gabriel en una pequeña obra de teatro que se llevaría a cabo el último día de clases. La noticia me sorprendió y sobre todo, me inquietó un poco: jamás había participado en nada parecido y además, no tenía mucha idea sobre quién era el Ángel que representaría. Pero no le dije a nadie ninguna de esas cosas, y agradecí muy contenta tener la oportunidad de hacerlo. Durante los últimos meses de mi cuarto grado,  había lamentado mucho sentirme un poco aislada en el colegio y la invitación de la maestra de literatura me había entusiasmado por razones que ni yo misma comprendía bien.

De manera que cuando recibí mis alas y mi saya blanca de muselina barata, me quedé un rato un poco confusa y asombrada. Me parecía era algo muy importante y sobre todo, significativo. Aunque no sabía muy bien por qué. Sabía poco sobre los ángeles (había leído algunas cosas en varios libros, pero nada lo suficientemente profundo como para hacerme una idea concreta)  pero lo que si tenía muy claro era que simbolizaban la esperanza y la pureza. O así me lo parecía en todo caso: miraba embobada las imágenes de jóvenes de extraordinaria belleza, con alas blanquísimas, extiendo las manos hacia seres humanos que no sospechaban su presencia. O los magníficos y altivos que flotaban ingrávidos en las pinturas renacentistas que tanto me gustaban. Cual sea el caso, sabía que un ángel era algo extraordinario, muy distinto a cualquier cosa que pudiera imaginar.

- ¿Un ángel? - se sorprendió mi tia E. cuando le mostré el disfraz que me habían dado en el colegio. Moví la cabeza, muy serena y formal.
- Si, seré el ángel Gabriel en el Pesebre de la Escuela.

La tía me miró con una ceja alzada. Mi prima M. que almorzaba en el mesa de la cocina soltó una risita.

- ¿No es extraordinario? Una niña loca será un ángel - se burló. La miré enfurruñada. Prima siempre se burlaba de mí por todas las razones imaginables: por mi cabello alborotado, el rostro cubierto de pecas, los ojos muy grandes, las rodillas nudosas. No había algo en mi que M. no considerara motivo de risas y chistes. Yo no lo soportaba como mejor podía pero no siempre podía disimular mi malestar y fastidio. Como en esa ocasión.
- Voy a hacer un ángel muy importante ¡Entérate!
- Ya.. - suspiró parpadeando con cierta malicia - cuéntame ¿Que hizo ese ángel que lo hizo tan famoso?

Me quedé con la boca abierta. Después, incomoda y torpe, me apresuré a sacar la hoja de papel donde estaban escritas mis líneas. Las leí apresuradamente.

- Le anunció a María...
- El nacimiento de Jesús, deja en paz a la niña - comentó mi tia E. con cierta impaciencia. Luego me dedicó una mirada un poco preocupada - ¿Te emociona de hacer del ángel?
- No lo sé, la verdad - admití. En realidad mi idea sobre los ángeles era esencialmente pictórica y no sabía demasiado sobre su significado espiritual. Tia E. se encogió de hombros.
- Es una creencia muy antigua. Investiga un poco. Te gustará lo que encontrarás.

Mi prima M. me hizo una de sus muecas antipáticas. Le mostré la lengua antes de salir corriendo como un vendaval, con las blanquísimas alas de algodón apretadas contra el pecho. Me parecían algo extraordinario, delicado, lleno de un tipo de historia y simbolismo que yo no entendía bien. En las creencias de brujería no había nada parecido a un ángel, o quizás sí, pero nada tan espléndido como una criatura etérea de alas radiantes que se elevaba en un tunel de luz hacia lo alto. La imagen me parecía asombrosa, venida de otro mundo.

Como en realidad, era. Me quedé de una pieza, cuando tia L. me explicó el origen de los ángeles.

- En todas las culturas hay ángeles, se consideran mensajeros divinos. Criaturas magnificas que traen la voluntad de la Divinidad a quien deba recibirla - me explicó mientras pasaba la tarde en su taller de escultura. Me había mirado muy sorprendida cuando llegué con las alas colgadas a la espalda y el papel con mis diálogos apretado entre las manos. Se sorprendió cuando le dije que serían el ángel Gabriel - cada pueblo de la Antiguedad tuvo un ángel tutelar, un espiritu luminoso que llevo la palabra de lo misterioso a sus habitantes.

Tuve una imagen muy clara de uno de los jóvenes de espléndida belleza de las pinturas que tanto me gustaban, avanzando en poblados y tribus muy remotas. Hombres y mujeres salían a su paso, con gesto asombrado y reverencial. Alcé mis humildes alas de algodón muy orgullosa. De pronto, tuve un pensamiento que me sobresaltó y me hirió a partes iguales. ¿Ese era el motivo por el cual mi prima M. se había burlado de mi en primer lugar?

- ¿Y las brujas? - pregunté.
- ¿Que pasa con las brujas?
- No he leído nunca que un ángel le dijera nada a una bruja.

Tia L. no respondió, ordenando con cuidado sus bellas estatuillas de arcilla. La obra de la tia era una colección de pequeñas figuras femeninas, todas ellas de opulentas curvas y carentes de rostros, que siempre me habían fascinado. Algunas parecian bailar, con los brazos levantados sobre la cabeza, otras mirar con reverencia un cielo imaginario. Todas ellas eran misteriosas, exquisitas. Y sí, por supuesto, mágicas. Siempre me había preguntado secretamente si la tia L. había plasmado en ellas su espiritu salvaje, tempestuoso e inquieto. Sin duda, era así.

- Las brujas no son una especie aparte, Agla. Ni un pueblo aislado. Las mujeres sabias formaban parte de su pueblo, de su época y de sus creencias. Una bruja, como yo la entiendo, es una mujer que lleva el infinito en su mente - dijo por último. Tomó una de sus estatuillas y me la extendió. La sostuve con delicadeza: era una criatura frágil, de pechos altos, caderas anchas y rostro sin facciones vuelto hacia arriba. Parecía orar o quizás cantar a un firmamento desconocido - la mujer sabia, la fuerte, siempre ha mirado el mundo a partir de quienes le rodean.

- ¿O sea que el mensaje de los ángeles también era para ellas? - pregunté. Aunque en realidad, no sabía qué preguntaba. Tenía una idea confusa y muy vaga sobre los mensajes que los ángeles podían llevar y sobre todo, su papel en el mundo espiritual. Había aprendido mis líneas, las palabras del Arcangel Gabriel a la Virgen María y me asombraba su dulzura, su paciencia para explicar algo tan misterioso como un bebé divino. También había leído en la biblioteca desordenada de la abuela sobre la figura del Arcángel y había encontrado que de hecho, era un mensajero de la Divinidad y que en muchas culturas y religiones, anunciaba buenas noticias. ¿Era un símbolo? ¿Una metáfora? ¿De verdad existían los ángeles? Quizás era eso lo que realmente quería preguntar.

- Querida, la esperanza es para todos. A pesar de las creencias insistan en brindar la oportunidad de comprenderse espiritualmente a un puñado de personas - dijo mi tia L. con su acostumbrado tono duro, directo - Tal vez te parezca un tema enrevesado, pero los ángeles simbolizan una idea mucho más grande que las diferencias entre credos. Son una manera de trascender nuestras limitaciones y aspirar el conocimiento.

Pensé en esas palabras al día siguiente, mientras seguía practicando mis líneas. Unas cuantas niñas de la clase me observaban, incluyendo a Laura y a Gloria, las niñas más bonitas y populares del salón. A ninguna de ellas les caía bien y solían llamarme "niña escoba" por las creencias de mi familia. Intenté no prestarles atención.

- Ahora resulta que una niña flacucha y bruja será un ángel - dijo Laura con un susurro malicioso. Era lo que siempre hacía: intentar provocarme para acusarme de pelearme. De manera que sabiéndolo, intenté contenerme. Pero me costó. La verguenza me coloreó las mejillas y de pronto, olvidé que era lo que decía el amable Gabriel a la hermosa y joven María.
- Que cosa más loca. Una niña loca como ella, llevando alas - río Gloria, entre susurros - ¿De verdad te crees un ángel? Solo eres una loca, como tu familia.

Dejé de recitar las líneas de Gabriel. Me quedé muy quieta, con los puños apretados. Laura y Gloria me miraron desafiantes. Sentía la rabia recorrerme, un tipo de furia desordenada. Me vi a mi misma arrojándome sobre ellas, gritando y arañándoles la cara. Las imaginé gritando, pidiendo ayuda a las monjas, que claro está vendrían y no querrían saber nada sobre el motivo de la pelea. Me pregunté si podría conservar mis alas luego de eso. Me asustó la idea que no.

De manera que me contuve aún más. Con los ojos llenos de lágrimas, volví a imaginarme al espléndido ángel, sonriendo con ternura a una niña muy joven y quizás asustada. ¿Como la tranquilizaría? pensé que era hermoso que la leyenda mostrara a un ángel tan poderoso, calmando el miedo de una muchacha joven. La esperanza es para todos, había dicho mi tia. La esperanza no sabía de creencias, tampoco de rostros. La esperanza...

- Niña loca con sus locuras, la familia de las locas...con la abuela Brujaaaaa...

Fue inevitable, supongo. Laura lloró a gritos cuando la abofeteé (tampoco es que la golpeara así de fuerte) y cuando la monja vino a buscarnos, no quiso escuchar ninguna de mis explicaciones, como yo suponía. Y yo como yo temía, la maestra de literatura vino a verme a la dirección donde estaba castigada, con rostro cansado y entristecido.

- No sé si podrás participar en la obra de después de esto - me dijo. No lloré. O al menos me contuve para no llorar frente a ella - intentaré convencer a la Directora, pero es mejor te hagas a la idea que seguramente alguien hará de Gabriel.

Finalmente lloré, claro. Lloré con mis alas sucias aún colgadas a la espalda, en el silencio del salón de recreo. No sabía por qué era tan importante para mi representar el papel del Arcangel, porque de no interesarme demasiado por los ángeles, ahora necesitaba encarnar a uno. Me dolía muchísimo las burlas de Laura y Gloria, pero sobre todo, el recurrente pensamiento que los ángeles - o como yo los imaginaba - quizás no formarían jamás parte de mis creencias, de mi manera de entender al mundo. Eso, a pesar de que la idea de un mensajero divino me cautivaba, me llenaba de felicidad. Me parecía el pensamiento más bello del mundo, que la Divinidad, las estrellas, tuvieran algo que expresar a viva voz al corazón de los hombres.

La directora no me permitió representar a Gabriel. Para cuando mi abuela fue a buscarme al colegio, ya había entregado mis alas sucias y el papel con mis líneas. Me encontró llorando al pie de la escalera, decepcionada y frustrada. Me extendió su mano fuerte y cálida.

- Vamos, caminemos a casa.

Abuela parecía triste. Me pregunté si se debía a mi castigo, a que me hubieran expulsado de la obra o a ambas cosas. Me avergoncé por causarle una preocupación semejante. Pero ella sonrío cuando se lo pregunté y apretó mi mano con fuerza.

- Me preocupa que estés triste y no sé como consolarte - me dijo. Me encogí de hombros, agotada.
- No sé por qué lo estoy - admití con un suspiro - de pronto, me parecía muy importante que yo participara en la obra como Gabriel. Que yo llevara las alas y...porque era yo ¿Sabes? Porque eramos nosotras. Porque los ángeles sabrían que...

De nuevo, se me escapó un sollozo. Me detuve. Mi abuela también. Espero a que me calmara, como bruja exquisita y dulce que era.

- Quería que los ángeles supieran que las brujas también nos gusta la esperanza - dije por último. La frase me pareció adulta, grandísima. Nunca había dicho nada semejante. Jamás había pensado algo así. Pero una vez que lo dije, me pareció real y vívida. Representando a Gabriel, me había preguntando si ese mensaje divino que se insistía existía, también era para las brujas. Si nosotras, que no creíamos en el cielo y en el infierno, también podíamos escuchar un ángel.

La abuela me miró impresionada. O eso me pareció años después, cuando recordé la escena. Se inclinó, me levantó en brazos. Le pasé los brazos por el cuello. Percibí el aroma fresco y delicioso de su cabello.

- Mi niña, la esperanza, lo bueno, lo luminoso, es para todos - murmuró - No hay nada que simbolice la bondad que no pertenezca a todos los que creemos en ellas. Pueblos y tribus imaginaron (o quién sabe, los escucharon en realidad) que los mensajes divinos llegaban en alados mensajeros de plumas blancas. Pero hay un tipo de mensaje que llega a tu corazón de todas partes. Con el olor del viento, con el sabor de las cosas que amas, con la dulzura de las lágrimas. Todos escuchamos a la Tierra y al Infinito hablar.

- ¿Y que dice? - murmuré, fascinada por la imagen, consolada por ella. Abuela me apretó entre sus brazos.

- Lo mismo que Gabriel le dijo a la querida María: "Son criaturas benditas, un mundo espléndido les pertenecen. Todos llevan luz en su interior".
- Pero eso no lo dijo Gabriel - dije al punto. Luego de días enteros de memorizar mis líneas, sabía cada palabra que el ángel le había dicho a María. Mi abuela rió y siguió caminando conmigo en brazos.
- Quizás no, pero lo interpretamos así quienes también nos regocijamos en el mensaje divino, sea cual sea el vehículo con que se haga escuchar. La vida es espléndida. Un trayecto. Un sueño compartido.

Pensé en esas palabras, esa noche mientras miraba el atardecer en el jardín antipático de mi abuela. La montaña cambió de color, brillo, parpadeó, se hizo radiante y después fue coloreandose de azul. El viento silbó, cantó, me acarició las mejillas. Y yo escuché todo asombrada, preguntándome si había en todo eso un mensaje, una historia que contar. Cuando encontré una pluma en el jardín, traida de no sabía donde, pequeña y plácida, blanca y perla, no me sorprendí.

La tomé entre las manos. La sostuve. Imaginé al ave que la había llevado, fuerte, vigorosa, volando en el horizonte. Y también al mensaje misterioso que me traia. Cuando la acaricié con los dedos, los ojos se me llenaron de lágrimas otra vez. Como si la emoción fuera una respuesta.

- Gracias - dije a nadie en particular. Y quizás, a una presencia más allá de las estrellas - por estar siempre allí.

Corrí como un vendaval hacia la casa de mi abuela, con mi pluma entre las manos. Con la palabra misteriosa enredada entre los dedos. Una sonrisa radiante e infinita. Una mirada más allá de mi misma.

C'est la vie.

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