lunes, 10 de diciembre de 2012

Sometimes, security cameras catch something totally different

Le comenté, mi estimado lector ¿Verdad? Que soy una gran idealista: Que sueño y creo cada vez que puedo en mi vida, que me esfuerzo a diario por confiar en quienes somos, a donde vamos, que construimos. A pesar del cinismo. Y quizás por el cinismo como defensa: Soy de esas personas que están convencidas que cada día podemos levantar, todos juntos, un mundo donde valga la pena sonreír. Claro esta,  no siempre me siento así: Tengo mis días muy bajos. Mis días temibles y dolorosos. Mis días en que camino por las calles de mi ciudad tropezando con mi propia tristeza. Duelen, esos días. Duelen muchísimo. Porque en ocasiones, tengo la impresión que el derecho a-ser-feliz, a aspirar algo mejor de lo que tenemos es un derecho que se deshace entre la angustia, el temor y la furia. Pero de vez en cuando, y a pesar de eso, sonríes. Lo haces con libertad, con desenfado, con la rebeldía de la simpleza.   Sonríes y levantas los brazos para tomar esa gran bocanada de aire radiante. O mirar la belleza. O bailar a solas. O tomar la mano de alguien más y darle un afectuoso tirón. Es una pequeña batalla supongo.

Y la vivimos a diario.

¿No entiende mucho, mi estimado lector, de qué le hablo? Vea este vídeo, y después, sonría, aunque sea solo una vez.


viernes, 7 de diciembre de 2012

Y en la semana de la Malcriadez: Soy Venezolana ¿Y que?






Este es otro artículo que cambio de nombre a mitad de escritura. Y es que en mi semana dedicada a la malcriadez, no podía faltar unas palabras dedicadas esencialmente a mi inquebrantable idealismo. Sí, soy muy idealista, de principios, de esa gente un poco fastidiosa que da los buenos días siempre al entrar en cualquier lugar, de la que da las gracias y agradece mucho los favores. También soy de esa gente que sueña, que cree, que admira, que construye cada día algo en su vida, o lo intenta al menos. Soy de esos soñadores que se empeñan en tener fe, en llevar esperanza como un simbolo de lo privado y que está convencida que toda historia, tiene un buen final. O como dice una bella cita que leí por alguna parte: si no lo ha tenido, es que aún no es el final. Les debo el autor.

Le comentaba querido Lector, que al principio, esta entrada se llamaría...Soy idealista ¿Y qué? pero de pronto, comencé a pensar en mi mayor acto de fe actual. Y eso, tiene un solo nombre: ser Venezolana. Porque ser Venezolana, así, con mayúscula, es ultimamente una labor de fe. No es fácil. Son tiempos cinicos y no es para menos: en mi país hemos sufrido el desencanto, el desengaño y la desesperanza. A veces el desaliento es tan profundo, que tengo la sensación que soy una huérfana sin tierra, una expatriada que aun vive en el lugar que le vio nacer. Una idea inquietante, pero que me ha golpeado más de una vez en estos catorce años.

Por eso, la esperanza es un lujo. Que se paga caro además. Es un riesgo, es una audacia. Y un día, me asombré al descubrir que yo lo hacia a diario. Sin entender como, sin tener verdaderas razones, me encontré buscando, día a día un motivo para seguir amando a mi pais, a mi ciudad, a mi gentilicio. Un trabajo duro. Pero lo hago. Lo hago cuando me levanto por las mañanas a mirar los amaneceres incomparables del Avila bendito. El olor del café recién coladito, que flota como un aroma de tierra bella, mi tierra. Caminando por las calles, y disfrutando de esa sonrisa del Venezolano. Inolvidable. Sí, aún existe. O como diría mi amiga @Peligrooo, de esta Caracas con sabor a bonito, a niño que rie, a recuerdos, a sueños. Porque hay soñadores en este país que a veces tan estéril. Los que se levantan a crear, cada día, en un país donde el arte es menospreciado. Los que se levantan a luchar, en un país cada vez más deprimido. Los que recorren las calles, en medio del caos, aún con este amor tan simple de quienes encontramos la casa, la nuestra, la de todo, en las calles descuidadas. Que trabajo sí, encontrar belleza y fe, en esta Caracas que se nos cae a pedazos, en esta Venezuela indiferente. Pero sí, yo lo intento. Probablemente lo seguiré intentando siempre.



En ocasiones duele mucho este amor por un país que parece no desea ese afecto, ese respeto, esa mirada cariñosa del hijo incondicional. No es para menos: En mi país, hemos padecido una lucha de odios y prejuicio que a todos nos ha cambiado, para mal o para bien.  Sí, el prejuicio extremo puede tener un buen efecto: la reacción inmediata. Me hecho más tolerante. Me he hecho mucho más flexible, en rechazo justamente a esa guerra absurda y desconocida que todos los Venezolanos libramos diariamente en esta circunstancia que llamamos patria. Y me sorprendió constatar como he crecido, como he madurado, la mujer que me he convertido en medio del desastre y del caos de un país que se tambalea entre la ferocidad de una lucha artificial y el temor de un futuro incierto. Pero sí, por razones que son tan misteriosas para mi como para usted, que me lee, si, sigo teniendo esperanza en Venezuela. Y soy Venezolana, caraqueñita de pura sepa. Caraqueñita de la quiere fotografiar el calvario, de las que solo se ubica al norte si tiene una montaña al frente, la que ve la hora en el reloj de la Previsora. Soy Venezolana de la que come chocolate nacional con el corazón lleno de orgullo, la que se le hincha el corazón de amor cuando perdida entre miles, ve la bandera patria en cualquier lugar del mundo. Sí, soy de las que canta el himno muy derechita, con la mano en el corazón. Esa soy yo, Venezolana de pura sepa. Venezolana de las que cree este país puede tener un futuro. De la que lo espera y de las que quiere construirlo.

¿Una utopía? sin duda. Pero es la mia. Y si, me atrevo a soñar.

De manera que, Soy Venezolana ¿Y que?

jueves, 6 de diciembre de 2012

Y en la semana de la Malcriadez: Soy una mujer con un cuerpo normal ¿Y qué?






Y esta, mi semana dedicada a la malcriadez, no podía faltar ese gran - pequeño desafío al que me he enfrentado durante todo este año - y varios anteriores - aceptar mi cuerpo en sus proporciones e imperfecciones. Se dice fácil, y de hecho, parece sencillo pero hasta ahora, es una de esas luchas que me ha llevado lágrimas, risas y ese pequeño dolor de comprender hasta que punto me he maltratado en mi búsqueda un tanto errática de identidad estética. De hecho, uno de los grandes aprendizajes ha sido ese: comprender la belleza que habita - y crea - la normalidad de mi cuerpo.

Si usted ha leído este, su blog de confianza, durante los últimos meses, ya sabe que comencé un proceso torpe y un poco a ciegas de reconciliarme con mi cuerpo. Lo llamo, en esa región de mi mente donde todo tiene nombre y casi sentido, "La reconstrucción" y me ha permitido recorrer ese camino tan sutil hacia las propias razones personales. Encontré en el trayecto, toda una serie de ideas que nunca había considerado - mi relación enfermiza con la comida - y sobre todo, algo que me resultó sumamente angustioso: lo mucho que me incomodaba mi cuerpo. Y no hablo solo de sus proporciones - que durante años han cambiado gracias a mis malos hábitos alimenticios y de salud - sino la manera como le culpé de mis temores, dolores y angustias. Porque hay mucho de una guerra silenciosa, no contra los kilos de más, si no contra la mujer joven que se siente inadecuada, contra el cuerpo que no comprendes y contra la perdida de control, esa tan inquietante que parece tener mucho que ver con tu idea sobre ti misma. Y es justamente llegar a esa conclusión, comprender hasta que punto me humillé, me hice daño y me miré al espejo con temor, lo que hizo que comenzara a transitar el camino al contrario. Comencé a quererme, a observarme, y sobre todo a mirarme para otorgar sentido a esa gran idea abstracta que con ingenuidad se resume en la pregunta ¿Quién soy?

No ha sido sencillo. No es sencillo mirarte en el espejo y tocarte, con dedos temblorosos. No es sencillo tocar la barriguita flácida, las lineas de las estrías del descuido, las pequeñas abolladuras de los vicios simples. No ha sido fácil no sentir esa desesperación muy pequeña de quién aspira a la belleza pero no sabe que es. De pie, desnuda, con los brazos flácidos junto al cuerpo, me pregunté una y mil veces, que había de hermoso en mi, con mis senos pequeños, mis caderas un poco planas, mis brazos blandos. Cuesta, cuesta muchísimo  redefinirte, pulgada a pulgada, sentir angustia y un poco de asombro por la franqueza del cuerpo, por esa identidad real que subyace bajo lo que siempre deseaste ser y no eres. ¿Y que era eso que deseaba ser? No lo sé, descubrí con los ojos muy abiertos, preguntándome, quién era esta mujer joven y pálida, que no reconocía. Tantos años de huir ( me ), tantos años de torturarme con esa idea de desear y querer que la biología me brindara esa imagen irreal de la mujer que sueño. Y que nunca tiene rostro. Nunca lo ha tenido, pensé, acercándome para tocar el espejo. Nunca he sabido quien es, porque no soy yo. Yo soy esta mujer con un cuerpo normal, abierto a la belleza, un cuerpo que baila con torpeza y vibra de emoción, el cuerpo de la niña que sufrió el dolor de considerar la comida su enemigo y más tarde, creer que el descuido era una manera de enfrentarme a esa sensación de sufrimiento. ¿Quién soy? Soy esta, con sus estrías blancas, como pequeñas historias en mi piel, soy esta, con los brazos blandos que han cargado libros, los amados, los eternos. Los hijos que no he tenido. Soy esta, de piernas suaves, sí, la que acaricia esta pequeña barriga inmune a cualquier ejercicio, marca y huella de esa identidad que nace en mi, que es mi voz, que es mi manera de soñar en carne y hueso, de construir, sí, a la Diosa que vive en mi espíritu  que crece, se eleva, más allá de mis pequeños temores. Porque soy yo, esta mujer que empieza a reír ante el espejo, que empieza a dar vueltas sobre si misma, los brazos en alto, soy esta mujer que danza, que grita de alegría, que mira el mundo a través de si misma. Que cree en el valor de soñar.

Y este es mi cuerpo, esta soy yo. Un cuerpo normal, de mujer que ama y que sueña. Un cuerpo sano y hermoso que es probablemente mi voz más clara y fuerte. La manera como me veo, más allá de las imperfecciones, más allá de toda idea que pueda minimizar el triunfo de aceptarlo. Esta soy yo, plena y feliz.


Porque soy una mujer normal, con un cuerpo normal ¿Y qué?

miércoles, 5 de diciembre de 2012

En la semana de la Malcriadez: Soy una mujer inteligente ¿Y qué?




Soy bastante escéptica en muchas cosas, pero si en algo creo, es en las coincidencias. Hace unos días, ya tenía decidido que en la semana de la malcriadez, que comencé ayer, hablaría sobre un tema que me ha preocupado por años: mis creencias. En realidad, el término no es preocupación, es más bien, esa sensación un poco incomoda de no saber en donde encajo. Pero vayamos por parte: comentaba que creo en las casualidades. Y es así: y la de hoy, es cuando menos para pensar. Tal día como hoy, en el año 1484, Inocencio VIII decidió que las antiguas creencias mágicas eran enemigas de la Iglesia, lo que dio origen a la destrucción masiva de Tradiciones de cientos de siglos de antigüedad  así como la muerte de millones de mujeres, por llamarse "brujas". Lo más extraño, es que probablemente fueron pocas las verdaderas brujas que murieron a manos de los sanguinarios inquisidores. Las verdaderas victimas fueron las mujeres libres pensadoras, las independientes  las que se atrevían a oponerse a una cultura machista y degradante. Murió la curandera, murió la partera, la mujer del bosque. Porque para la Iglesia y una idea cultural muy especifica, la mujer inteligente ha sido - y es - una amenaza. Una transgresión a un papel supuestamente natural de servilismo y sumisión a la figura masculina, De manera que la mujer pensante, la fuerte, la poderosa, la que cree y crea, fue una rareza, fue una amenaza.

De hecho, este artículo iba a llamarse  originalmente Soy bruja, ¿Y qué? Pero meditando sobre lo comento antes, decidí que se llamaría: soy una mujer inteligente ¿Y qué? Porque aun hoy, la mujer inteligente sigue percibiéndose como una especie de excepción a la regla, un error de fábrica, como insiste una muy curiosa caricatura que vi hace poco en una red social. Porque de la mujer se espera una idea, se fabrica un estereotipo, se asume un comportamiento. Pero ¿que ocurre con las que no queremos ni el concepto y el esquema de la feminidad   que se vende  y se comercializa? ¿Que ocurre con las que caminamos al margen? ¿Con las que amamos los libros y la tecnología antes que el maquillaje? ¿las que no piensan en la maternidad? ¿Las que disfrutan su cuerpo y escogen con toda la potestad del poder de su vagina, a quién llevan a su cama?

Esa mujer, la furiosa. La mujer que no es rosa, si no verde. La mujer que disfruta de su independencia, de la que se asume en la fortaleza y la debilidad. La mujer que presume de un gran cerebro y no un cuerpazo - aunque lo tenga -, la que sonríe ante las criticas, la que sabe que su vida es la mejor obra de arte. La que discute, la que grita, la que dice groserías  La que ríe a carcajadas, la que lleva pantalones, la que paga la cuenta. La que abraza con pasión, la que besa con necesidad, la que grita a todo pulmón durante el sexo. ¿Quienes somos las mujeres de este siglo? Las herederas de las brujas asesinadas, las que nos educamos para crecer, las que caminamos por el mundo con la mirada alta, con los puños apretados, las que sueñan con el futuro, la que brindan amor. La madre que no solo es madre, la esposa que es compañera, la que corre hacia el sol cada mañana, la que sostiene la cámara y sueña en imágenes, la que no busca ser la mitad de si no es la integridad de. La que suspira por el olor de los recuerdos, la que construye el futuro a diario, la que siente placer y dolor. La mujer libre, la mujer sin ataduras, la mujer creadora. La mujer feroz.

Y es esa mujer a la que se denigra muchas veces. A la que se ataca por "masculina", a la que se le llama "Puta". La mujer que se silencia, que se menosprecia. ¿Por qué tanto temor por la mujer pensante? ¿Por qué tanto recelo por la mujer que se crea a sí misma? No lo sé. Pero existe. Y que lamentable que aún, la mujer inteligente sea fuente de recelo. Y tal vez por ese motivo, que delicia saberse con el poder de pensar y decidir. Que maravilla contradecir, maldecir con groserías  Que alivio ser llamada malcriada, transgresora, impertinente. Que satisfacción oponerme y a la vez sonreír  Que alegría la de llevar mi estandarte del pensamiento y la mente como moneda de cambio. Que extraordinario ser la bruja de la nueva generación. Y más allá de la palabra, ser una mujer que aprendió que el valor del mundo recide en tu poder para crearlo a a diario.

Un intimo poder.

De manera, que sí. Soy una mujer inteligente ¿Y qué?

martes, 4 de diciembre de 2012

Una semana para gritar que aprendí este año: Soy autorretratista ¿Y que?




Y para terminar este año de muchísimo aprendizaje, y en el que siento he vivido una serie de experiencias que me dieron ese necesario "empujoncito" de la niña - mujer a la niña- niña ( madurar es recordar que niños somos en realidad ),  decidí que esta semana la voy a dedicar a gritar. Sí, a gritar. Groseramente, y casi con ese jubilo de los niños cuando creen tener la razón y tal vez no la tienen, pero no importa demasiado. La serie de artículos que escribiré durante estos días tiene relación con esa libertad de la malcriadez, de la patadita en el suelo de pura furia, de reir en voz alta y llorar a todo pulmón. Porque si algo aprendí este año - y como me costó - es que soy mi mejor obra de arte.

De manera que empecemos con lo primero que aprendí - a golpes - y lo que me hace sonreír con más frecuencia: mi manera de crear.

Soy autorretratista ¿Y qué?

Ya lo he comentado, querido lector, me vengo autorretratando desde hace veintiún años. Se dice fácil, pero es una cantidad de tiempo lo suficientemente largo como para comenzar a tomarse en serio ese oficio de traducir el rostro y el cuerpo en imágenes. No lo aburriré - de nuevo - con la historia de porque comencé ni porque continuo. Hoy hablaremos del enorme esfuerzo que me costó pelearme con mi propia idea sobre la fotografía y la opinión general del objeto artístico inútil  Porque debo decir, que la lucha, la pelea a gritos, no fue con nadie. Fue conmigo misma.

Un día, hará unos cinco o seis años, descubrí que lo que yo hacia era un trabajo fotográfico sustentable. La verdad, no lo creía así. De hecho, me pasé la mayor parte de mi adolescencia tratando de disimular lo mucho que me gustaba fotografiarme, crear personajes y encontrar facetas de mi propia mente en imágenes. No me parecía "serio". Serio era la fotografía en blanco y negro de ancianos andinos sentados a la puerta de su casa. Si no tenían dientes, era mejor. O esas casas medio rotas, memoria cultural de la Venezuela tipica, fotografiadas en un gran primer plano. Todo en alto contraste, con un mensaje social. Pero yo no fotografiaba nada de eso. Ni por asomo. Yo fotografiaba mi rostro, mi cuerpo, mis cambios. La topografia de mi mente, la idea de crecer y elevarme sobre mi propia identidad para encontrar respuestas. En vez de escribir "Mi querido diario" yo me tomaba una fotografía. Y me miraba. Me miraba para comprender porque me dolía mirarme. Me observaba tan atentamente que la obsesión se confundió con vanidad, o eso fue la idea más general. Te fotografías porque te crees bella. La idea me hacia sonreír. ¿Bella? ¿Yo? ¿la mujer que no esquivaba un defecto? ¿Que los conocía todos y cada uno? ¿Que se sentía siempre inadecuada? Pero sí, según la opinión general, observarte es egolatría. Y tanto me lo dijeron que me lo creí.

Me lo creí mucho tiempo.

No era para menos. La primera vez que quise estudiar fotografía en serio, como diría mi mamá, fue a eso de los catorce. Más que que desearlo, lo necesitaba. Era como una gran insatisfacción, una angustia de sostener la cámara y no saber que decirle, que expresarle o como comprenderme con ella. La conversación de la ciega y el mudo, pensaba de vez en cuando, cuando veía mis fotografías, tan huérfanas  El caso es que le dije a mi mamá que quería - me corroía el deseo, pero eso no se lo dije - aprender a fotografiar de verdad, y ella simplemente me respondió: "No pagaré ese dineral para que sigas fotografiandote la cara".

Allí esta. La vanidad más enorme. O al menos así me lo pareció.

Me volqué entonces a fotografiar viejitos desdentados, señoras gordas y tradicionales, iglesias. Pero a escondidas, mientras me ganaba algún que otro premio por mis iglesias y mis viejos desdentados, seguía creando una cronología de mi misma. Creciendo, madurando. Y no me importaba si era serio o no. No lo era, ya lo entendí mundo. Pero seguía. Y me imaginé que no me detendría jamás.

Hasta que me tropecé con Francesca Woodman.

A ella llegué de la manera más inverosímil  Tenia diez y siete o algo menos y mi tío  a quien interesa poco o nada la fotografía  me obsequió el libro porque trataba de "una mujer que fotógrafa". Una razón muy amplia claro, para obsequiar un tesoro, pero tan válida como cualquier otra. Pero ese libro me transformó. Me lo devoré en imágenes, me dolió el alma y el corazón. Porque ella, la fotógrafa muerta, la autorretratista, había visto en su rostro lo mismo que yo o eso quise creer. La creación el tiempo que nace y muere. La historia que se cuenta. Y me estremeció verla, a ella, la lejana, la fotógrafa de la cual no encontraba ninguna información, Diosa discreta, creándose así misma, creándose para desbatarse, para reconstruirse. Ciclo interminable. La entendí, la amé, la odié. La necesité.

Seguí fotografiandome.

Llegó Cindy Sherman. Pero Cindy no se quedó demasiado. A pesar que me asombró su rostro, que también la comprendía, no teníamos mucho que decirnos. Y por eso permanecí de pie, mirando asombrada al monstruo de la mil caras que yacia en la mujer pequeña que sostenía su mundo sobre los hombros. Pero no tenía nada que decirme. Asi que solamente la observé. La observé hasta que comprendí que también ella se miraba. Como yo.

Todos mis rostros. Un juego de espejos.

Pero volvamos a lo de siempre: No era serio. De hecho, así me lo hicieron saber algunas voces críticas: ¿No te cansas de fotografiarte a ti misma? Recuerdo a un sujeto agrio y un poco anodino que definió mi trabajo como "Una mujer con el cabello en la cara, ¿que le ven?" Y mientras leía la frase, imaginé las horas en que me esforzaba por encontrar la perfección, las lágrimas de frustración y angustia, los largos silencios de profundo asombro mirando una imagen que no era yo. Y me pregunté, de nuevo ¿Es vanidad? ¿Es dolor?

¿Que es?

Es que no me importa! Eso lo descubrí este año. No me importa que es, pero lo necesito. Porque el autorretrartarme me ha proporcionado una visión de mi misma tan poderosa como destructora. Porque crear con el objeto de arte que es mi rostro, que es mi mente y mi cuerpo, ha hecho que la fotografía me duela, me angustie, me desespere, me destroce, me arranque la boca y los dedos, me deje sin aliento, me golpeé tan fuerte que apenas puedo respirar. Y es que la fotografía para mí es un dolor tan profundo como punzante, es una angustia que palpita a toda hora. La fotografía es mi amor, es mi necesidad. Es el primer pensamiento que tengo y el último antes de dormir, como los enamorados. Y es esta decisión, este furor, esta angustia, esta belleza que nace y muere, esta magia pura. Es todo lo que soy y seré.

Sí, soy autorretratista. ¿Y que?

domingo, 2 de diciembre de 2012

Delirio

Delirio by Miss Aster
Delirio, a photo by Miss Aster on Flickr.

odo el mundo admira a los rebeldes y les desea que alcancen algo más noble que la simple rebeldía.

Kevin Patterson

Y con esta fotografía, finaliza mi Proyecto 26 Obras de Arte. Ha sido una travesía, reconstruir todo lo que creo ha sido la evolución de la imagen: desde la pintura, pasando por el dibujo y la ilustración, hasta llegar a los fotógrafos que forman parte de mi Olimpo personal. ¿El Gran Aprendizaje? Justamente ese: el elemento aprendizaje, el proceso de crear y aprender, partiendo de ideas, de comprender el sentido y el valor del referente, crecer en mi planteamiento. Una odisea de luz y sombra, una danza de pura creación.

Y para finalizar, un homenaje a mi gran referente a todo nivel:

Esta Fotografía esta basada en el trabajo fotográfico de Irving Penn

sábado, 1 de diciembre de 2012

Y en diciembre, a brujear: Diciembre Mágico.






Diciembre es el duodécimo mes del año en el calendario Gregoriano, el primero del invierno y tiene 31 días. Su nombre deriva de haber sido el décimo mes del calendario romano. Los amuletos tradicionales son el Zircón azul y la Turquesa. Las flores del mes son el muérdago y la Poinsettia (planta de navidad). Diciembre es compartido por los signos astrológicos de Sagitario y Capricornio. Las deidades paganas más resaltantes son: Atus, Dioniso, Freya, Lucina, Odin, Wotan y todos los Dioses Cornudos (Pan, Cernunnos, Herne)


La fuerza del despertar de la razón:

Según la Tradición de la Diosa que practico, durante el mes de diciembre se celebra la transformación y evolución de la energía personal, debido a lo cual se llevan a cabo rituales donde el principal objetivo es la celebración de nuestra voluntad creadora y la fuerza espiritual.

Sin embargo, la conmemoración más importante del mes dentro de la estructura ritualista de mis creencias, es sin duda la llamada "Estallido de la energía amarilla”, la cual se lleva a cabo la noche del 21 de diciembre y recibe su nombre debido a que en un ambiente  alegre y vivaz, celebramos la energía del renacimiento en el poder cíclico de la tierra: nuestro espíritu se hace cada vez más sabio al impregnarse de la energía del conocimiento y la convicción que proviene de la Diosa.

Para representar la energía amarilla, se encendían velas en el altar durante toda la noche y se fabricaba en familia la “Lámpara de la voz nocturna” que simbolizaba la ofrenda de la congregación al espíritu de la felicidad y la ensoñación juvenil. Las brujas también realizan rituales para la consecución de aceites esenciales e inciensos rituales durante esta noche, buscando así la fuerza de la creación en tales procedimientos.

Debido a que el Sol se encuentra en su punto más bajo en relación a la tierra, se realizan rituales donde el Dios o energía de equilibrio tiene un factor predominante.

La Tierra escucha la voz de la Diosa:

El solsticio de Invierno es una celebración vinculada a muchas antiguas formas de magia y paganismo, tal vez por ese motivo recibe numerosos nombres, cuyo origen proviene, probablemente de las distintas percepciones culturales sobre la fecha: Yuletide, Alban Arthan, Midwinter, Feill Fionnain, Retorno del Sol, Nuevo año Pagano, Saturnalia, el Gran día del Caldero, Festividad del Sol.

Indudablemente, el solsticio de invierno representa el renacimiento del Dios después de su muerte ritual durante la celebración de la fiesta de los Ancestros (31 de Octubre ). Es de hecho, durante este solsticio en que la Diosa da luz al nuevo Dios. Este alumbramiento es un eco simbólico del nacimiento del Sol del Año Nuevo. A esta deidad renacida se le conoce, a veces, como el "hijo de la Promesa" o el "hijo de la luz". Su cometido es traer la luz y la vida de vuelta a la tierra, mientras la Diosa descansa soñando en los mundos subterráneos, esperando su resurrección en primavera.

Algunas tradiciones paganas denominan a este solsticio "Yule": palabra que probablemente derive de "Geola", que significa "Yugo" en inglés antiguo o Hweol, "Rueda" en escandinavo. Ambos significados son símbolos apropiados, pues Yule, por un lado, empareja a los años, el viejo y el nuevo, y el giro de la rueda, por otro, se hace eco del rodar de las estaciones.

El solsticio de invierno siempre ha estado señalado por las fiestas, la bebida y la alegría  Para muchas comunidades primitivas, el invierno era un tiempo peligroso. La mayoría de los habitantes de los pueblos tenían que sobrevivir con salazones o mediante la caza. El Solsticio, al menos, traía la oportunidad de celebrar una fiesta antes de la larga espera previa de primavera.

Durante este período, los paganos llenamos nuestros hogares con hojas de Acebo, hiedra y muérdago, confirmando el poder de la vida en medio de la muerte. El Acebo es un símbolo del Dios, sus hojas siempre verdes y sus bayas rojas nos recuerdan el poder de la sangre curativa del Dios. Las hojas de cinco lóbulos de la Hiedra simbolizan el pentáculo, y los retorcidos zarcillos que la rodean, la espiral del año. A menudo, se asocia con la Diosa.

Correspondencias del mes de Diciembre:


Colores: Naranja, rojo, verde, dorado y plateado.

Aspecto de las divinidades: La Diosa da a luz al Dios Sol.

Deidades: Cernunnos, Bladur, Apolo, Ra, Osiris, Horus, Lugh, Odín, Las Morrigan, Brigit, Isis, Deméter, Dagda, Gea, Pandora, Selene, Ártemis, Juno, Diana, Astarté, El Rey Roble, Los Dioses Cornudos.

Hierbas, Flores e inciensos:  Salvia, acebo, muérdago, romero, roble, pino, cedro, enebro, mirra, hiedra, laurel, nuez moscada, canela.

Piedras: Rubí, esmeralda, granate, ónix, diamante, oro.

Decoraciones: muérdago, guirnalda de flores secas, canela en ramas, manzanas, naranjas, tronco del Sol.

Alimentos: Nueces, manzanas, naranjas, vino, pavo asado, peras, pasteles, torta negra, te de jengibre.

Tradiciones: Decoración del tronco del sol, quema del tronco del sol, coronas de pino para la protección de los hogares, baquete nocturno en celebración del solsticio.