martes, 26 de diciembre de 2017

Lo bueno, lo feo y lo bello de la televisión en el 2017: Una pequeña recopilación de mis series favoritas.






Con frecuencia, una recopilación sobre los sucesos culturales más sorprendentes durante un año, puede carecer de precisión e incluso, resultar incompleto por necesidad. Mucho más en un año como 2017, que asombró por la variedad de su oferta y sobre todo, calidad de los nuevos recursos televisivos que alcanzaron un inédito nivel de calidad. Por supuesto, eso no debería sorprender a nadie siendo que desde hace más de casi dos décadas, la televisión vive una época dorada sin precedentes. La pantalla chica se ha convertido no sólo en un extraordinario vehículo de expresión artística sino en un producto de enorme valor conceptual. Desde lo experimental, la nostalgia convertida en una forma creativa hasta la noción más amplia sobre lo que la cultura comprende sobre sí misma — con esas míticas nociones sobre el bien y el mal llevados a nuestros estratos de reflexión social — las series parecen destinadas a convertirse en un vehiculo actual para asumir el peso de nuestras obsesiones colectivas. Y tal vez por eso trascender a su época, su mirada al futuro como una forma de reflejar nuestra identidad como conglomerado e incluso, como una profunda colección de inquietudes sobre el individuo como expresión.

Así que, no resulta sencillo hacer una selección de lo mejor de la pantalla chica en un año prolífico, lleno de opciones pero sobre todo, que reflexionó sobre el concepto el espíritu de nuestra época a través de todo tipo de lenguajes y percepciones de enorme valor anecdótico. Aún así, vale la pena escoger algunas de las series marcaron hito — conceptual y argumental — como parte de toda nueva concepción sobre la televisión y sus lenguajes. Una pequeña selección que permita comprender el fenómeno desde su poder para conmover.

¿Y cuales serían las series que formarían parte de semejante lista? Sin duda, las siguientes:







The Handmaid’s Tale
Aunque aún es mucho menos conocida que Netflix, la cadena Hulu comienza a recibir el reconocimiento de la crítica y el público mundial gracias a sus productos originales. Con el mismo modelo de servicio streaming de su competidor más cercano, HULU apuesta por un tipo de servicio enfocado en una amplia biblioteca cinematográfica pero sobre todo, un enfoque fresco y novedoso de la Ciencia Ficción. Su más reciente apuesta, “The Handmaid’s tale” basada en la obra homónima de la escritora Margaret Atwood, demuestra que la cadena está dispuesta a crear un tipo de lenguaje novedoso sobre lo que a las series online se refiere. Y lo logra con creces.

La serie cuenta la misma historia del libro: El gobierno de Estados Unidos se ha convertido en un totalitarismo que transformó el poder en un colosal mecanismo de control y dominación basado en la religión. Narrado desde el punto de vista de una de las víctimas, se trata de una distopía con tintes fatalistas que muestra un futuro en el que la capacidad para concebir se ha convertido en el elemento que sostiene un tipo de tiranía muy semejante al tradicional puritarismo norteamericano.

No se trata únicamente de un escenario de violencia cultural, sino la transformación del Estado — y sus atributos — en una visión supremacista que aniquila la personalidad y convierte a los ciudadanos en esclavos de un sistema primitivo y eficaz. En especial a las mujeres: en el Universo de Atwood, la fertilidad se ha convertido en un atributo del poder: la fertilidad es la justificación para un tipo de esclavitud muy específica que la historia analiza desde lo doméstico, lo cotidiano y una surreal percepción de lo íntimo. La tiranía completa se sostiene sobre el objetivo de la procreación y sus implicaciones, lo que construye un férreo tejido de represión y violencia alrededor de una sociedad basada en la destrucción de la voluntad.

Las mujeres de la historia han perdido todos sus derechos legales, culturales y sociales y finalmente, son asumidas como elementos asociados a un colosal instrumento de autoridad religiosa. Con la Biblia convertida en la única ley admisible, la sociedad imaginada por la escritora se convierte en un gigantesco mecanismo que destroza cualquier percepción sobre la libertad y la independencia del pensamiento. La fe es un arma precisa y justificación de todo tipo de horrores, que la serie describe desde una frialdad aterradora y ciega: Mujeres castigadas y ejecutadas por hablar del mundo anterior al Gobierno de Dios. Mujeres mutiladas por disfrutar del placer sexual. Mujeres que pierden el control de sus cuerpos y mentes en beneficio de una percepción del “bien común” transformada en una cárcel moral. Más allá de cualquier interpretación sencilla, la historia “The Handmaid’s Tale” es una metáfora sobre los terrores escondidos bajo la normalidad y lo que en apariencia aceptamos, en consonancia — y para beneficio — de una idea mucho más grande de lo que consideramos personal.

En la República de Gilead, las mujeres se han convertido en meros objetos decorativos y lo que es aún peor, en entes deshumanizados destinados a un sólo objetivo biológico, que aniquila la personalidad y además las transforma en entidades sin voz ni voto. Eso a pesar de la insistencia del poder por dotar a la esclavitud femenina de cierto significado: la responsabilidad de las mujeres cautivas parece ser sólo la de mantener viva la raza humana sino la del futuro inmediato, devastado luego de una crisis de fertilidad a nivel mundial. Apocalíptica y provocadora, la serie no se limita a analizar la idea del dominio, la violencia y el control sino que además, le brinda un espeluznante realismo que resulta pragmático y dolorosamente real.


Stranger Things (Segunda temporada)
En el 2016, los hermanos Duffer sorprendieron al público y a la critica con la propuesta de Stranger Things, la primera serie de la cadena Netflix en convertirse en fenómeno de masas y transformar los viejos códigos del cine de aventura en una percepción contemporánea sobre la identidad. La primera temporada no sólo se convirtió en un suceso masivo a nivel de público y crítica, sino que demostró que ese juego de códigos y símbolos utilizados tanto por Spielberg como por King, siguen en plena vigencia. La segunda temporada del show demuestra que la percepción de la infancia como un período de misterios, temores y dolores de particular intensidad sigue siendo, quizás, el punto más fuerte de una historia que sin ser demasiado distinta a la original, logra cautivar de nuevo al público. Por supuesto, Stranger Things es también un homenaje al imaginario de los míticos años ’80 y el dúo de directores no disimula la evidente influencia que sobre su trabajo ha tenido el cine de Spielberg, Dante, Carpenter o las narraciones de nítida estructura de un joven Stephen King. Y lo hacen, a través de un método que sorprende por su frescura: Stranger Things sortea con habilidad las trampas melancólicas — en estilo y forma — y elabora una propuesta sólida que se sostiene a pesar de las múltiples referencias. La serie cumple con el requisito de autonomía visual y lo hace siendo original a pesar de la estructura referencial que la sostiene. Hay algo nuevo, recién descubierto, que impresiona y conmueve en este producto lleno de significado que avanza con buen pie entre la melancolía evidente.

Luego del éxito previo, la segunda temporada de la serie llevaba a cuestas la responsabilidad no sólo de mostrar un nuevo rostro sino, también, de expandir el universo que apenas se vislumbró en su primera gran aventura televisiva. Para la siguiente, los hermanos Duffer demuestran que buscan una forma de comprender el universo de los personajes inmersos en esta historia mientras se permiten profundizar en la noción sobre lo misterioso y lo enigmático que les rodea. Los primeros capítulos no se prodigan con facilidad: la serie no sólo pareciera beber de la moral ambigua de cualquier propuesta serial contemporánea sino que, además, juega con todo tipo de símbolos hasta lograr elaborar un discurso complejo a dos bandas. Porque mientras la noción de lo que ocurre — y lo que pueda significar — avanza con solidez, lo que se adivina es incluso más poderoso, desconcertante y, por supuesto, intrigante. Es entonces cuando la serie alcanza su mayor brillo y demuestra su valor como creación actual.

Tal vez por todo lo anterior, aún Stranger Things resulta inclasificable y su nueva temporada muestra que sus productores elaboran ideas muy claras sobre sus referentes y la importancia del contexto que rodea a la historia. Desde los nuevos personajes (como la pequeña “Max” interpretada por la actriz Sadie Sink, tan parecida a la “Beverly” de It) hasta los innumerables símbolos de nostalgia que llenan cada escena, el show continúa siendo un híbrido de ideas, planteamientos y punto de vista que resulta complicado de analizar si se le toma como una única mirada hacia lo que Stranger Things busca mostrar. Pero más allá de cualquier cosa, la serie es un compendio de cultura popular, tan cuidadoso como asimétrico y sobre todo, reconocible. Y he allí su mayor ganancia, la expresión más profunda de un género bastardo que parece nacer y construirse a partir de piezas sueltas que de alguna manera — y por obra y gracia de un maravilloso guión — encajan de manera casi perfecta.


Mindhunter:
Como producto televisivo, la serie “Mindhunter” del director David Fincher para la cadena Netflix intenta no solo analizar los orígenes de la violencia como rasgo humano desde una óptica científica –asombrosa por su precisión e inteligencia– sino que lo hace con esa visión del director sobre el secreto apenas sugerido de los límites de lo criminal. Un símbolo de la maldad en estado puro en medio de una percepción de lo maligno cada vez más nihilista. Una metáfora del desenfreno, el odio y la sinrazón de la que podría alimentarse cualquier teoría sobre la futilidad de la existencia. ¿Qué puede estar más cerca del abismo del caos que una mente humana capaz de destruir el idealismo basado en la bondad? ¿Qué puede ser más pesimista que comprobar que el impulso del asesinato desafía cualquier sutileza filosófica o incluso sensibilidad espiritual? ¿Qué la maldad –ese concepto primigenio mil veces debatido y analizado en nuestra cultura– puede tener cualquier rostro? ¿Qué horror puede habitar tan cerca como para confundirse con lo que consideramos normalidad?

La serie se hace estos cuestionamientos con una elegancia sorprendente e intenta responderlos con un pulso firme y eficaz que mantiene el ritmo sosegado de cada uno de los capítulos. Dramática, por momentos obsesiva con los detalles, pero siempre extraordinaria e intuitiva MindHunter cumple con la promesa de retratar el mundo del crimen desde la periferia.

Durante la última década, el retrato de los asesinos en series de TV se ha multiplicado de manera exponencial: Dexter, Hannibal, la primera temporada de True Detective y The Blacklist han retratado un nuevo tipo de fascinación por el terror de la mente humana reinventada para la televisión y construida como una versión de la realidad de la violencia modulada por cierta brillantez estética. La recurrencia del asesino en serie de extraordinarias cualidades es evidente, por lo que el intento de Fincher por reinventar el concepto, podría haber resultado un experimento fallido o una repetición de fórmulas evidentes. Sin embargo, no lo es. Mucho más intelectual que morbosa, la serie MindHunter avanza con una sutileza y construye una hipótesis sobre la maldad del ser humano — como descubrirla y desmenuzarla — de enorme solvencia y solidez.


Games Of Thrones:
El primer capítulo de la séptima temporada de Game of Thrones (David Benioff y D. B. Weiss) batió récords de audiencia: 10,1 millones de espectadores en Estados Unidos, según informó hoy la edición digital de Variety. Superó en un 27% el debut de la temporada anterior en abril del año pasado, un fenómeno insólito en la televisión que demuestra que la serie continúa siendo incombustible y, sobre todo, un ícono de la nueva manera de comprender la llamada Edad de Oro de la pantalla chica.

El capítulo es además, toda una declaración de intenciones: Games of Thrones avanza no sólo hacia una posible resolución a dos temporadas de distancia sino también, hacia una reflexión sobre los elementos que convirtieron a la serie en el programa más visto de la cadena HBO. El argumento regresa sobre Arya Stark (interpretada por la actriz Maisie Williams) y elude cualquier solución sencilla a la violencia, para dejar muy claro que el regreso al tablero de poder en Westeros será un enfrentamiento sangriento y definitivo. Después, acelera el ritmo para convertir el episodio número 61 en una glorificación de las virtudes que han hecho a Games of Thrones un rotundo éxito de audiencia y de crítica. La mezcla de fantasía, leyenda y realismo es cada vez más evidente: Los caminos plagados de peligros, los extraordinarios castillos polvorientos y los conflictos de poder convertidos en nociones sobre la supervivencia, adquieren en una desconocida profundidad.

Desde la Reina Cersei Lannister caminando sobre el mapa de un mundo cercenado por sus enemigos hasta la llegada de una firme Daenerys Targaryen a Dragonstone, la trama de la penúltima temporada de Games of Thrones parece añadir un valor agregado al simbolismo. Se trata de un recurso habitual en las novelas de George RR Martin, en las que los pequeños hechos están destinados a sostener historias más profundas y complejas. En la séptima temporada la visión sobre el pasado, el presente y sus consecuencias en el futuro se mezclan en una apoteosis metafórica de enorme valor argumental. Con una escena de apertura extraordinaria y una visión casi cinematográfica de la narración, la historia del imaginario Westeros atraviesa una inevitable evolución: los personajes se preparan para una batalla que cambiará a la serie para siempre. Y la trama avanza sostenida por esa noción: los guionistas se han vuelto expertos en crear un discurso de recapitulación que convierten las primeras escenas de cada capítulo en un resumen pormenorizado sobre la trama general. Para la séptima temporada, Arya Stark se convierte en el rostro de la justicia tardía y también en la promesa de una conclusión despiadada a los nudos argumentales que le rodean. Todo un acierto narrativo que sugiere una historia a punto de alcanzar su punto más complejo y cruel.

Violento sofisticado y con una lujosa factura, el show convirtió la percepción de la fantasía en anzuelo para adultos y brindó sentido al uso contemporáneo de viejas visiones universales sobre la magia y lo asombroso. Y aunque la serie maneja los elementos tradicionales de cualquier saga al uso — con sus dragones, mazmorras, enanos, monstruos, magos y profecías — la historia es mucho más que eso: refleja la oscuridad y las divisiones del mundo real con un acento político agudo y tétrico. El resultado es una visión del bien y del mal encumbrado en medio de una historia compleja y siempre sorprendente.

¿Qué podemos esperar para esta temporada, preludio del gran final? A medida que se acerca a su resolución, la serie parece dominada por personajes femeninos poderosos y un juego de lealtades y traiciones signado por la ambición personal. Quizás, el reflejo más evidente sobre los dolores y terrores que atravesará cualquiera que recorra el largo camino hacia el Trono de Hierro.


Master Of None:
A la serie “Master of None” de la cadena Netflix se la ha llamado la “anticomedia” o mejor dicho, una de las pocas series de la última década que se atrevió a romper los clichés habituales del género. Con toda su carga de cinismo y humor retorcido, el show de Aziz Ansari se aleja de la risa fácil, pero sobre todo de los tópicos más corrientes en intento de buscar una identidad propia. Y lo logra: en la primera temporada de diez capítulos no hay un sólo personaje que recuerde a cualquier otra serie episódica. Ni el vecino loco, el grupo de amigos entrañable y peculiar, las costumbres opulentas y contemporáneas, los pisos soñados e inalcanzables. En lugar de eso, Ansari apostó por algo más realista, desconcertante pero justo por ese motivo, atractivo. En “Master of None” lo realmente hilarante no se en gags o en juegos de palabras, sino en una extrañísima reflexión sobre lo cotidiano y lo corriente. Como si se tratara de un raro experimento vivencial, Ansari encontró un extraño discurso sobre el día a día, los pesares y dolores modernos que evade todo molde habitual y encuentra su propia personalidad sin demasiada dificultad.

Para la segunda temporada, el tono del show no varía: continúa siendo tan honesto, agrio y directo como siempre pero hay además una toma de conciencia sobre la importancia de no caer en inevitables pesimismos. Con una brillante habilidad para la percepción de la condición humana, El Dev de Ansani insiste en sus momentos de brillante malhumor y egocentrismo, sin caer en el tópico habitual de lo huraño y lo cínico. El personaje avanza a través de su vida y demuestra que en medio de los dolores y frustraciones de una vida común, también hay un considerable espacio para comprender el valor de las pequeñas cosas. El actor y director se toma la osadía de usar los diálogos explicativos — de los que tanto abusó en la primera temporada — como conexión entre escenas y de pronto, el espectador tiene la sensación que la comedia no sólo avanza sino que, se convierte en una mirada casi íntima sobre la vida de este millennials a mitad de camino entre el desencanto y el tedio. Dejando a un lado la rigidez que levantó críticas en la temporada pasada, Ansani se atreve a algo más provocador e intrigante: mostrar la rutina como parte estructural de lo que somos y creemos. Y más allá de eso, el reflejo del hábito como parte de nuestros dolores y personales sobresaltos. La mezcla entre ambas cosas es una curiosa mirada al mundo que sorprende por su originalidad.

La primera temporada de la serie cerró con una temática que no es desconocida para la mayoría de los shows actuales: esa incertidumbre de la mediana edad sobre el futuro, que a diferencia de décadas atrás se hace mucho más fragmentada y dura de asimilar. Y la serie reflejó esa confusión existencialista — un dolor mínimo, sin sentido ni forma — con una mirada brillante sobre los dilemas existenciales de los treintañeros actuales, atormentados por el tedio y la confusión. Para su regreso, el show asume el mismo punto de partida pero sin emitir juicios ni mucho menos opiniones. Y otra vez, logra lo que es quizás su mayor triunfo: esa percepción austera y casi accidental sobre las equivocaciones, decisiones y ambigüedad moral de sus personajes. Mundana, atípica y dolorosamente cercana, “Master of None” expone formas de ver la vida pero tal y como lo hizo en su primera temporada, no intenta darles explicaciones sencillas. Como hija de su tiempo, la serie asume su lugar como una rareza en medio del drama y la comedia. Y lo hace además con un empeño que en esta segunda temporada y para alegría de sus fanáticos, encuentra quizás su momento más brillante.


Twin Peaks:
La televisión estadounidense se conformó por largas décadas con una preciosista visión de la realidad. Tal vez por ese motivo, cuando “Twin Peaks” se estrenó el 8 de abril de 1990, nadie podía suponer la conmoción que causaría la obra de David Lynch. Al finalizar la primera temporada era obvio que la serie no sólo cambió la estructura episódica del habitual serial norteamericano, sino además transformó por completo la forma de narrar en la televisión. Con fantasmal sutileza, “Twin Peaks” se movía en un terreno movedizo entre géneros, arcos argumentales incompletos y también, la perenne sensación que la historia era algo mucho más complejo que lo evidente. Había algo tenebroso, atractivo pero sobre todo desconocido en la atmósfera que Lynch creó para el extraño producto televisivo bajo su firma. Pero más allá de eso, hubo un enorme riesgo que el director asumió con mano firme: el de desconcertar a la audiencia. Veterano del cine incomprensible y sobre todo, de los límites narrativos, con “Twin Peaks” Lynch llegó para cambiar la historia de la pantalla chica.

Como era de esperarse, el director tuvo que enfrentarse a las limitaciones de un medio tan conservador como la televisión norteamericana: Lynch batalló como pudo con las convenciones de qué debería ver — y cómo debería verse — una serie televisiva y la mayoría de las veces, logró triunfar en el aspecto insólito, elegante pero sobre todo levemente onírico de su obra. No obstante, también debió enfrentar el control de la televisora sobre la continuidad de la serie, lo que provocó un resultado dispar entre la celebrada primera temporada y la segunda, que resultó una gran decepción en ejecución y calidad. Al final “Twin Peaks” cerró con un extraordinario capítulo a cargo del propio Lynch que dejó claro que la serie era mucho más que sus momentos más bajos. El final incomprensible dejaba tantos cabos abiertos como interrogantes. Una obra inacabada que Lynch siguió considerando en plena transformación incluso años después.

¿Por qué Lynch regresa al Universo de “Twin Peaks”? La respuesta parece tan enrevesada como el primer capítulo de la serie, complejo y con un aire a nostalgia que quizás resulta necesario para comprender que Lynch decidió recrear su universo no sólo para recordar su profundidad sino para crear algo nuevo. La nueva temporada es una transgresión valiente, inteligente y sobre todo aguda al lenguaje televisivo. Una nueva osadía de Lynch repleto de dobles significados, realidades alternas, dimensiones inexplicables y la eterna lucha del bien y del mal. De manera que la tercera temporada llegó precedida no sólo por el habitual enigma que rodean las inmediatas obras de culto de Lynch sino también, de algo mucho más desconcertante: la forma como el director intentará hilvanar el argumento de sus historias, a mitad de camino entre la fábula macabra, la odisea intelectual y el surrealismo. Para Lynch la forma sigue siendo tan importante como el fondo y el virtuosismo visual del que suele hacer gala, parece avanzar hacia algo más profundo que un mero ejercicio de subjetividad visual. Eso a pesar que Lynch tuvo que enfrentarse a la edad de Oro de la televisión, con todos sus lenguajes experimentales, visiones sobre la capacidad narrativa del serial y lo que resulta quizás más difícil de vencer: el tedio de un televidente que ya no resulta tan fácil de sorprender.


Big Mouth:
Lo primero que sorprende de la nueva serie animada de la cadena Netflix, “Big Mouth” es el desparpajo y la libertad en la manera como analiza la sexualidad adolescente, sobre todo en una época como la nuestra, en la que el sexo no parece tener misterios ni mucho menos, sorprender a nadie. Pero “Big Mouth” es mucho más que una serie sobre la sexualidad juvenil: se trata de una reflexión coherente y por momentos cruel sobre el dolor, la identidad y los terrores inminentes que traen aparejados los cambios corporales y mentales de esa difícil etapa en la que se es adulto y niño a la vez. No obstante, la mayor fortaleza de la serie es también su mayor debilidad y lo que le ha colocado en el candelero de opiniones y diatribas: su franqueza. Hay un gran énfasis en lo sexual — y lo sexualizado — en medio de un grupo de niños de edad indeterminada que logró desconcertar a buena parte del público televidente estadounidense. Pero ¿Tiene real sentido la polémica? Quizás habría que analizar el contexto de la serie y sobre todo, la forma como analiza la percepción sobre lo que Stephen King llamaba “puente de Cristal” entre la niñez y la adultez. ¿Qué separa ambas cosas? ¿Cuándo chocan entre sí?

La serie es una gran burla a los peores momentos de los primeros años del despertar sexual: desde el vello púbico hasta el tamaño de los genitales, la serie crea una gran chiste cósmico sobre lo inoportuno del despertar del cuerpo a una etapa por completo nueva, pero también explora de manera inteligente e intuitiva sobre lo que el deseo sexual puede provocar en la mirada del otro, las relaciones colectivas y los temores culturales. Al final “Big Mouth” pondera sobre la insólita capacidad del cuerpo humano para transformarse en algo más complejo y la forma como esa cualidad mutable, influye sobre nuestra visión del mundo. Pero también se trata de llantos, de lujuria, de la primera menstruación, de la verguenza y cierta inocencia incidental. Con “Big Mouth” la perspectiva sobre la cualidad mutable de la personalidad colectiva obtiene toda una nueva connotación y quizás, incluso una desconocida profundidad.

Producida por Mark Levin, Jennifer Flackett, Nick Kroll y su amigo de la infancia, el guionista de Family Guy Andrew Goldberg, Big Mouth se inspira en las experiencias de sus creadores durante la pubertad y no deja duda que se trató de una experiencia que intentaron recrear en toda su incomodidad caótica. Andrew (con la voz John Mulaney) es un mastubardor compulsivo cuyo cuerpo recibe un inesperado empujón hacia una temprana virilidad. No obstante, su mente no parece tener la misma habilidad para seguir el ritmo que imponen las hormonas y el resultado, es un estallido inoportuno de hormonas con el aspecto de un monstruo con nariz en forma de pene que le persigue a todas partes para aleccionar sobre la recién descubierta lujuria. Al otro extremo de la barra se encuentra su amigo Nick (interpretado por el mismo Nick Kroll), a quién le ocurre exactamente lo contrario que y que sufre todo tipo de penurias al encontrarse en la mitad de un valle inestable y errático de miedos e inseguridades. La serie procesa la idea sobre la madurez sexual desde cierta impaciencia avergonzada que conmueve por su sinceridad. De pronto, para el pequeñísimo Nick, la comparación con la incipiente masculinidad de Andrew resulta todo un descubrimiento desconcertante y la serie analiza los dolores desde la periferia, mirándolos como elementos alegóricos sobre cierta angustia existencial que hasta entonces, siempre se había atribuído al sexo femenino. Pero en esta ocasión, son las niños quienes se comparan entre sí y es Nick, con toda su carga de inseguridad y temor por su cuerpo aún infantil, quien refleja esa insistencia y abrumadora angustia de la percepción sobre lo inadecuado, lo diferente y el miedo que se construye a través de una mirada ingenua pero específica sobre el misterio de la sexualidad juvenil.

Además, “Big Mouth” tiene a su favor la necesidad de comprender a los niños y a las niñas desde el mismo cariz. A pesar que Nick y Andrew son los personajes principales, están rodeados de un elenco coral de enormes matices y una inteligentísima puesta en escena dedicados en exclusiva al sexo femenino. Seis de sus episodios fueron escritos por mujeres y es notorio esa observación minuciosa y totalmente novedosa del universo femenino. En el segundo episodio, Jessi ( en la voz de la comediante Jessi Klein) tiene su primera menstruación y el episodio entero es una reflexión asombrosamente intuitiva sobre lo femenino y la madurez intelectual la mujer. La escena se muestra desde la incomodidad, la verguenza y el miedo pero también, desde cierta tierna visión de la inevitabilidad del tiempo corporal, mental y emocional. La pelirroja Jessi, de pronto se alza entre las manos de una majestuosa Estatua de la Libertad, para escuchar una disertación fatalista sobre lo femenino pero al mismo tiempo, se asombra del hecho que su cuerpo, parece tener una vida y capacidad propia hasta entonces desconocida. Además, los creadores añaden sorna, una cierta dosis de ironía y por supuesto una versión de “Everybody Hurts” del grupo REM (titulada de manera muy apropiada “Everybody Bleeds”) que pone las cosas en perspectiva. Jessi no es solamente Jessi sino también el conjunto de todo tipo de dolores femeninos levemente ocultos en medio de humor vulgar y terrores medio sugeridos. La serie no se contiene en medias tintas e insiste en nombrar de manera directa temas tabú que con frecuencia, suelen pasar desapercibidos en propuestas semejantes. Entre el humor chirriante y en ocasiones desagradables, una compresa es una compresa, un pene es un pene y la realidad, a veces demasiado dolorosa pero siempre estimulante. Una pequeño experimento fallido.

Pero “Big Mouth” también es surrealista, hilarante y se toma muy poco en serio. Por ese motivo, el deseo sexual se manifiesta en la forma de un monstruo de axilas peludas y con un pene flácido por nariz, que va de un lado a otro como una conciencia primitiva y exaltada del aterrorizado Andrew. La criatura, a mitad de camino entre una mirada burlona sobre la impulsiva naturaleza del deseo y un monstruo salido de la imaginación de Maurice Sendak (y quizás el motivo por el que el monstruo fue bautizado como “Maury”) , es la encarnación de los impulsos desesperados, incontrolados y sin sentidos que provocan la eclosión hormonal. Además Maurice tiene es el punto de unión entre las disparatadas situaciones de la serie y la cuarta pared, que cruza con desconcertante facilidad. Con una complicidad que crea una dimensión por completa nueva entre el espectador y los personajes, el monstruo vuelve la cabeza a pantalla y sonríe. “Estás observando esto, ¿verdad?”, en una clara insinuación no sólo a lo que ocurre sino a esa otra experiencia, la antigua e innombrada, que sin duda la serie intenta evocar.


American Gods:
El libro American Gods (2001) de Neil Gaiman es una historia que combina con éxito lo religioso, el pesimismo contemporáneo y una mirada crítica a la noción sobre la identidad del hombre a través de la fe, todo bajo la rutilante patina de una macabra reinvención de la mitología universal. El productor Bryan Fuller — conocido por su magnífica recreación del icónico Hannibal Lecter — tenía la complicada labor de adaptar el complejísimo universo del Gaiman sin perder su cualidad para la sorpresa, el misterio y lo inesperado. Y lo ha logrado, no sólo por la sabia combinación de un buen guión y una exquisita puesta en escena, sino porque además Fuller parece consciente del peso de su argumento — sus implicaciones y, sobre todo, alcances — en medio de la historia contemporánea.

Se trata de hecho, de una reinvención acertadísima y astuta que maneja los mismos elementos de la novela, pero los lleva a una dimensión distinta. Los contextualiza y le brinda una necesaria profundidad que convierte al planteamiento completo de la serie en una reflexión sobre nuestra época y sus dolores. Usando como telón de fondo la cultura norteamericana, American Gods reflexiona sobre la debilidad de la individualidad, el temor al desarraigo y la soledad moderna. Lo hace además, en un tono desafiante que no pierde de vista un cinismo medular que sostiene el argumento entero.

Con un elenco liderado por el veterano Ian McShane y la magnífica interpretación del poco conocido Ricky Whittle, American Gods es también un meditado punto de vista sobre lo imposible, lo oculto y lo misterioso. Todo, en medio del RoadTrip tradicional, la sustanciosa relación de la Norteamérica profunda con sus historias más pequeñas y la fe. Porque si de algo trata esta serie melodramática, surreal y poderosa, es sobre la capacidad del ser humano para creer y crear. La historia avanza en medio tragedias mínimas, tétricas reflexiones sobre el pasado y el futuro hasta alcanzar una mirada inquieta sobre lo que somos y la identidad universal. Estas combinaciones dentro de ella brindan espacio para todo tipo de giros argumentales que sorprenden por la gran capacidad que Fuller posee para pasar de una escena que contiene la gloria de los viejos mitos olvidados a debatir sobre la raza, inmigración y derechos civiles. La mezcla resulta inquietante, abrumadora, en sus momentos menos efectivos, pero siempre satisfactoria.

Una lista corta sin duda, pero que intenta resumir un año televisivo extraordinario. ¿Qué nos espera en el 2018, con las nuevas temporadas de series de culto, adaptaciones de grandes historias y experimentos argumentales que prometen renovar otra vez el lenguaje de la televisión? Quizás, la definitiva reinvención del espacio creativo de la pantalla chica en algo totalmente nuevo. Una invitación a la creación de un rostro para la identidad colectiva.

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