viernes, 5 de agosto de 2016

Proyecto "Un país cada mes" Agosto: Japón. Yukio Mishima.





Reaccionario, cínico, visceral, a Yukio Mishima lo precede su fama. Autor prolífico como pocos, dedicó buena parte de su visión literaria a contradecir su visión del mundo. Un objetivo desconcertante para un creador que basó su obra en lo vivencial. Y es que Mishima, como símbolo de la literatura que se renueva y más allá, la que provoca, encontró en sus novelas - más de viente y todas ellas objeto de polémica en su natal Japón y el mundo entero - el vehículo idea para esa declaración de principios que parece subvertir lo usual a través de la palabra. Torturado por su propia batalla interior, Mishima creó un tipo de género literario propio, una especie de reflejo inmanente a lo que consideraba sagrado: El derecho de rebelarse, de romper paradigmas, de asumir la necesidad de destruir lo establecido. Un revolucionario dentro de la Revolución, un temerario en la frontera del caos.

Lamentablemente, para el gran público Latinoamericano, Mishima es un gran desconocido. Tal vez se deba a que durante buena parte de los años '80, la única referencia que se tuvo sobre su trabajo fue la película de Paul Schrader "Mishima" que vio la luz en 1984 y causó un discreto revuelo y las re ediciones de sus obras que público Seix Barral, sin mayor repercusión comercial. Aún así, el nombre del escritor parece remontar ese anonimato forzado para erigirse en nuevo símbolo de lo moral, lo desconcertante y lo crudo a través de su obra, de la trascendencia de su visión y de la necesidad del nuevo lector de redescubrir su obra. Muy probablemente por ese motivo, Mishima - su obra, su visión del mundo - son mucho más vigentes ahora de lo que nunca lo fue y esa permanencia, esa visión del hombre por el hombre como hecho cultural, lo que lo libera del efectismo como lastre. Mishima es, más allá del escándalo, un símbolo del escritor que se reinventa, se reconstruye y se mira renovado en cada obra. Una interpretación del universo literario a la medida de su pluma.


La vida de Mishima podría mirarse como un vendaval de reacciones y escenas extravagantes: con cuarenta años cumplidos fue propuesto para el premio Nobel de Literatura, lo que lo sacó de su aislamiento casi voluntario y lo colocó bajo el ojo público, para ser analizado, expuesto, criticado. Pero Mishima nunca llegaría a ser el tipo de escritor que la cultura celebra: crudo, violento, esencialmente radical, se alejó del camino de la propuesta sencilla, para remontar las lineas de lo inquietante, de lo que desconcierta. Acusado de Fascista, siempre proclamó que sus ideas eran un norte ideal y destructor de cualquier convencionalismo en esa expresión del yo que lucha contra lo evidente, basó su obra. ¿El mejor ejemplo? Su proclama del 25 de Noviembre ( su último escrito ), un discurso reaccionario que posee todos los ingredientes del pensamiento ultra reaccionario y la política del enfrentamiento en la que siempre insistió: rechazo a todo lo establecido, la simple nostalgia por el pasado imperial de Japón. Una elocuente visión de su espíritu inconforme. De nuevo, sus palabras como auto referencia o mejor dicho, como reflejo directo de su particular angustia existencial.


Intriga, que a pesar de ese temperamento inconforme y provocador, la  obra de Mishima sea el reflejo de ese romanticismo japonés que intenta rescatar la unidad de Japón y sus valores culturales. Tal vez se deba a su irrestricto apoyo a la ideología nacionalista y a esa necesidad del escritor de mostrar todos los aspectos de su contradictoria naturaleza. No obstante, esa visión dual del escritor sobre si mismo, se refleja en su obra a medida que madura, que se hace más evidente esa necesidad suya de contradecir y reconstruir la interpretación que tiene de la realidad. Y es que a medida que el escritor creció como observador silencioso, su obra se hizo más rica en matices, mucho más profunda en planteamiento, más dolorosa en su veracidad.



Tal vez por ese motivo, la temática de su obra parezca tocar todos los extremos, sin llegar nunca a una conclusión definitiva con el mundo que intenta definir y describir. Porque mientras su temática insiste en la crudeza, la audacia y el valor de la rebelión - la discreta y la evidente -, las pasiones humanas más violentas, su estilo rebosa una delicadeza y contención que asombran al lector. Y es que para el Mishima, el mundo es un delicado equilibrio, siempre a punto de romperse, de estallar en pedazos y es esa insistencia perenne en el desastre lo que brinda a su obra un valor excepcional. Siendo como es, el escritor japonés más célebre en el extranjero - eso, claro, a pesar de la insistencia actual y las comparaciones insustanciales con Murakami - recreó con enorme detalle y belleza los matices de una sociedad reprimida, destrozada por su propia historia y sobreviviente a su enorme tragedia cultural. Devastado por la angustia existencial quizás heredada de mil eras de silencio, Mishima insiste en mostrar las paradojas del deseo y la insatisfacción, la crueldad y la violencia, hasta construir un mosaico donde la naturaleza humana parece quebrarse en mil aristas. Tal vez por ese motivo, el magnifico Kawabata diría: "No comprendo cómo me han dado el premio Nobel a mí existiendo Mishima. Un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras". Un reconocimiento tardío al genio que se debate, se reconstruye y se mira con profunda honestidad y sufrimiento.


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