viernes, 26 de septiembre de 2014

Proyecto "Una película cada Viernes". Apocalypse Now" de Francis Ford Coppola.




Francis Ford Coppola ha sido llamado muchas veces "el chico italiano de Hollywood", no solo por sus raíces étnicas sino además por esa sensibilidad suya tan cercana los clásicos europeos de finales de la década de los sesenta y tan lejana a la estética dura y casi desagradable que imperó en la meca del cine durante sus primeros años como director. Y sin embargo, este autor intimista, reflexivo y sobre todo, tan bien dotado para el simbolismo visual, es una combinación de ambas corrientes, un hijo rebelde de cualquier corriente visual que le precedió o le continuó. Quizás se deba a que Coppola, asimiló el mundo cinematográfico a través de su propia sensibilidad y  para creo algo mucho más personal que un ejercicio estilistico o que desde muy joven, demostró comprender el lenguaje visual desde su capacidad para la metáfora. Cual sea el caso, Coppola construyó una intima intepretación del cine por el cine, de la narración por la narración a través de lo que se asume evidente y lo que se esconde en lo sutil. Una combinación que le ha permitido no solo reformular lo obvio sino crear algo más sustancioso que un mero ejercicio visual.

Y es que Coppola comprende el cine como una expresión artística en estado puro. Como hijo de una familia de artistas inmigrantes, que le inculcaron desde la infancia no sólo el gusto por la belleza sino ese lirismo profundamente personal que imprime a cada una de sus obras, Coppola asume la dirección filmica como una expresión de símbolos y significados personalísimos. Para el director, nada es casual, mucho menos ordinario. Todos los elementos en sus películas funcionan como un cuidadoso engranaje que brinda sustento no sólo a la historia que se cuenta - imprescindible - sino algo mucho más profundo: esa visión intima que define el modo de ver su autor. Coppola aprendió bien pronto - quizás desde esa niñez solitaria, confinado a su habitación debido a su salud frágil - que el poder de lo que se muestra reside en la capacidad que cada imagen tiene para evocar. Mucho más allá, el Coppola creador concibe lo cinematográfico como una pieza única de conceptos e ideas: una elaboración visual de una poderosa idea visual. Apasionado por la representación, por lo bello, lo doloroso, lo crudo, lo espiritual y lo humano, Coppola siempre ha intentado mostrar en el cine su opinión sobre si mismo, en una autoreferencia incansable y sistemática. Bohemio, culto y también rebelde, Coppola busca en el cine la redención última de un lenguaje visual propio.


Muy probablemente por ese motivo "Apocalypse Now" sea la obra más poderosa de Coppola: en ella convergen no solo la capacidad de Coppola para crear una visión de la realidad intima y singular, sino algo más duro, más profundo, más elemental. Porque "Apocalypsis Now" no es sólo una película: se trata de un manifiesto profundamente duro sobre la muerte, el dolor, el miedo y en última instancia, la fragilidad del hombre. Eso, a pesar de los esfuerzos de Coppola por brindar a su película una identidad mixta, extrañamente ambigua. Por momento "Apocalypse Now" parece ser un Western, una representación fugaz y alternativa sobre la guerra, sobre la violencia y algo más crudo, esa mirada directa a la capacidad del hombre para matar. Pero también hay momento de profundo existencialismo, una lucha entre valores y temores tan filosófica como inesperada, intima como inquietante. Ambas abstracciones se funden en un paisaje de pesadilla, en una aproximación casi primitiva al fenómeno de la violencia humana, de esa capacidad del hombre para infringir dolor. Una combinación que Coppola logra sin perder el vista el objetivo de su personalísima épica: esa furiosa concepción de la guerra como una ruidosa caída a los infiernos del mundo del hombre.

Todo lo anterior, sin Coppola olvide su mirada estilística, su pasión por la belleza: mientras la trama avanza, la música de de Carmine Coppola - padre del director y reconocido flautista - brinda a los momentos más duros una rara amargura, combinación de dulzura y fragilidad. Y es que la  música parece confundirse, con la atroz cacofonía de la batalla, del dolor, del miedo. Minucioso hasta la obsesión, Coppola logra que los acordes metálicos de balas, hélices de helicopteros, metralla y explosiones se confundan con la fragilidad cristalina de la flauta, en un vaivén hipnótico y por momentos insoportables. Es así como el director consigue que incluso las escenas más crudas de su película, tengan un lustre casi onírico: los amplios e interminables paisajes, contemplados desde el silencio, un vuelo plácido que observa el mundo un instante antes de estallar en la locura y la destrucción. Porque la guerra esta presente, nunca deja de estarlo, siempre evidente, al borde mismo de esa otra narración humana, casi irreal. Pero está allí, siempre insistente, siempre sosteniendo lo que se cuenta en símbolos dolorosos, quebradizos y en ocasiones, directamente aterradores.

Basada en la novela de Joseph Conrad ‘El corazón en las tinieblas’, la película conserva de su gemelo en tinta, esa insinuación de la moral sobre el dolor, la perdida de la identidad del hombre ético a medida que la crueldad se hace cada vez más descarnada, anónima. Y es que para Coppola - como antes lo fue para Conrad - la guerra es el mal mayor, la esencia de lo primitivo, el sufrimiento más profundo de la historia del hombre. Aún así, la película no se ocupa de ofrecer un sermón ético, ni tampoco intenta enaltecer o manipular: ofrece la realidad con una crudeza casi insoportable pero sincera, una visión de la violencia tan cercana a la realidad - desnuda, trágica - que conmueve e incluso, repugna.

Se ha dicho que Coppola creó una nueva visión de la guerra y la muerte a través de "Apocalypse Now". O mejor dicho, refundó un género basado en interpretaciones morales en ideas esenciales nunca demasiado analizadas. Pero Coppola logró crear una visión moral de la guerra a través del metamensaje, de la elocubración simbólica, del metódico estudio del dolor y el miedo metáforico. Todo a través de imágenes devastadoras, durísimas, de historias que se entremezclan entre si para narrar la angustia y el miedo de una manera totalmente nueva. Lo psicológico se mezcla con algo más complejo, del odio a la angustia, de lo descarnado a la búsqueda de la redención. Y al final, sólo silencio. Solo una profunda enajenación.


Los últimos minutos de la película son de un existencialismo abrumador: una reflexión sobre la fragilidad humana que pocos directores de cine han logrado llevar a cabo, en las líneas mayores del llamado cine comercial. El personaje de Willard (interpretado por un jovencísimo Martin Shen) mira el horror de la guerra, del infierno en la tierra, desde los ojos asombrados y conmovidos de un espectador. Más allá, el terror de lo que le rodea - la historia sangrienta que envuelve la suya propia - parece empujarle, lenta pero inexorablemente hacia la barbarie. Hacia un tipo de muerte moral que simboliza la debacle del mundo que se concibe así mismo al margen de la realidad y también de lo que se concibe como moralmente aceptable. Poco a poco el personaje sucumbe a un destino inexorable - o que parece serlo - y se enfrenta a la disyuntiva del desastre, de la muerte, de la definitiva caída en el abismo. Más allá, la selva, la guerra, el horror, continúan siendo los mismos: inabarcables, sin identidad. El sufrimiento anónimo, el terror angustioso y brumoso de lo impensable: la muerte física sino la espiritual. Una mirada al horror del mundo, una visión durísima y descarnada sobre el hombre y en la periferia - siempre latente - a la violencia y al dolor. Quizás la esencia de la identidad humana y más allá, su propia perversión.


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