domingo, 7 de febrero de 2016

Los secretos de las estrellas y otras historias de brujería.





Mi tia E. solía decir que todas las brujas conocemos el sagrado arte de curarnos por cuenta propia. Bueno, yo no lo había aprendido, solía pensar, sentada en el jardin desordenado de mi abuela - la sabia, la bruja - con la rodilla herida y sangrante. Mi tia parpadeó irritada cuando se lo dije en voz alta.

- No se trata de curarte así como piensas - me reclamó. Intentó limpiarme la sangre con un trozo de tela húmeda pero retrocedí, con los dientes apretados.
- ¡Duele!
- Claro que duele - me reclamó. Me sujetó de la pantorrilla, apretó el trozo de tela contra la herida. Grité a todo pulmón, aunque la verdad, no me dolía tanto. Tia, que evidentemente lo sabía, me miró por encima de sus anteojos de lectura.
- Eres todo melodrama.
- ¡Me duele!
- El dolor es parte de tu cuerpo, te recuerda como debes cuidarlo - refunfuñó. Una vez limpia, la herida resultó ser un poco de piel pelada y poco más. Tia tomó una bandita elástica y me la colocó con un gesto firme. Me mordí los labios para no gritar de nuevo, aunque si dolió esta vez. Pero ya no era tan divertido el escándalo, visto que mi tia no parecía nada sorprendida por mi gritos.
- ¿Y como me puedo curar más rápido? ¿Cómo es eso que dices que las mujeres se curan solas?

Con mi imaginación salvaje, había supuesto se trataba de  una especie de don oculto y misterioso que heredaría en unos cuantos años y que me permitiría curar enfermedades con una rapidez insólita. Mi tia soltó una de sus carcajadas lentas y burlonas cuando se lo expliqué.

- No se trata de eso, aunque sería muy útil - comentó - en realidad, es algo más relacionado con tu parte intangible.

Puse los ojos en blanco. ¡Ya volvíamos otra vez con esas cosas de brujería! me dije aunque no me atreví a decirlo en voz alta. Mi tia era muy quisquillosa con todo lo que tuviera que ver con lo que llama muy pomposamente "El Arte", asi que para evitar un sermón, me quedé muy quieta mientras ella cerraba el botiquín de primeros auxilios y se ponía de pie. Me hizo una seña para que la siguiera y lo hice, rengueando de manera muy visible para que supiera cuanto me dolía la rodilla. Aunque no fuera tanto así.

- ¿Como que la parte intangible?

Aunque traté de disimular mi poco interés en el tema, algo debió entreverse en mi tono porque Tía E. volvió la cabeza como un aguila y me dedicó una mirada fulminante. Tragué saliva.

- ¡Es que no entiendo! - me quejé. Y eso si era verdad - ¡No sé que es eso de la parte de uno que no se puede tocar! A veces me quedo muy quieta, esperando sentir esa "otra cosa" que soy pero ¡No pasa nada!

Mi tia sacudió la cabeza y apretó la boca como siempre hacia cuando estaba muy furiosa...o a punto de reír. Preferí pensar que estaba a punto de reír y no de darme uno de sus extraños sermones que nunca entendía muy bien.

Por supuesto, la cosa resultó en sermón.

- Quien eres, lo que eres, forma parte de tu identidad e individualidad. Somos formas de pensamiento, un conjunto de emociones, pensamientos, decisiones, recuerdos que crean la persona que eres - me dijo una vez que estuvimos sentadas una frente a la otra en la mesa de la cocina - todo eso sostiene y crea a la persona que eres.
- ¿Pero donde está eso? - insistí.
- La ciencia cree que sólo en tu cerebro - me explicó - pero muchas creencias y religiones, están convencidas que ese elemento esencial que nos hacen ser quien somos forman parte algo mucho más trascendental. De una identidad invisible llamada "espíritu" o "alma".

Suspiré. Ya con nueve años, me preocupaba un poco todo este asunto de "saber" y "creer". La verdad, me inquietaba un poco tener que decidir en lo que podía ser real y lo que seguramente no lo era. Era muy pequeña para saber la diferencia, tanto como para que me obsesionara pensar en ese tipo de cosas, por el mero hecho de encontrarlas confusas y difíciles de entender. Sentí una rara sensación de decepción, como si todo el asunto de la fe y de la creencia no me permitieran entender muchas cosas.

- ¿Tu que crees? - le pregunté por último. Tia tomó su taza de café y le dio un sorbo antes de responder. Como mi abuela - la sabia, la bruja - se tomaba muy en serio las preguntas. Quizás porque era médico, aunque ya no ejerciera o porque como mi abuela, consideraba que cuestionarse era la única forma de aprender.
- Creo que el cerebro guarda toda la información sobre lo que somos y quienes somos. Que es algo físico, infinitamente complejo y hermoso - dijo al cabo de unos minutos en voz baja - pero también creo que hay algo más. Un poder real, intimo, que nadie puede definir. ¿Quizás se trate que todos esos conocimientos y percepciones del cerebro humano se transforman en algo más? No lo sé. Puede ser. Pero el caso es que somos más complejos que un conjunto de células.

Eso me gustó. Tomé mi café diluido con leche y pensé en que ese momento, mi cerebro se afanaba por crear una idea sobre lo que vivía, entre pequeños prodigios químicos que no podía entender aún. ¿Había algo más que eso? ¿Una idea más enrevesada, complicada...misteriosa? Era un pensamiento bonito, de esos tan emocionantes que me hacían sonreír. Mi tia también sonrío cuando se lo dije.

- Lo que te hace ser tu, esté en tu cerebro o en el espíritu es poderoso y merece ser curado - me explicó - y las brujas saben como hacerlo. Es una costumbre mágica, muy antigua. Una forma de crear y construir ideas.

Mi tia suspiró y se sirvió un poco más de café. Se veía un poco triste, como siempre. Hace muchos años, mi tio había muerto luego de una larga y dolorosa enfermedad. Mi tia nunca había vuelto a casarse y lo recordaba con frecuencia. Mi abuela solía decir que llevaba una cicatriz aún sensible en el corazón. Esa imagen siempre me sorprendía y me asustaba un poco. Imaginaba un corazón de verdad, no esos tan bonitos dibujados a mano, sino músculo y sangre, latiendo muy lentamente con una brillante cicatriz roja al costado.

- ¿Y cómo hace eso uno? - pregunté - ¿Como se aprende?
- En brujería se dice que las brujas aprendemos a sanar por supervivencia. Te harás mucho daño enfrentándote al miedo. Te caerás muchas veces a lo largo de tu vida, si siempre saltas para alcanzar las estrellas. De manera que es mejor aprender como sanar, rápido y bien, para continuar haciéndolo.

En casa de mi abuela, todo el mundo hablaba de esa manera un poco extraña. Saltar para alcanzar las estrellas, danzar al viento. Eran frases que parecían dibujar un mundo por completo nuevo, desconocido, radiante y lleno de ideas nuevas. Me encantaba escuchar cosas parecidas: Me hacía sentir que el mundo podía ser distinto a lo que veía. Algo mucho más profundo y enigmático incluso de lo que podía imaginar.

Me imaginé a mi misma - esa otra yo, que habitaba en algún lugar de mi mente, más allá de mis ojos de y de mis manos - escuchando muy atenta nuestra conversación. ¿Se había herido alguna vez? ¿Le había causado daño sin saberlo? Esa idea me sobresaltó. Tia cabeceó comprensiva cuando le expliqué mi preocupación.

- Aún eres muy joven para herirte a ti misma, pero llegado a cierto momento de tu vida, lo harás, incluso sin querer - me respondió en voz baja - somos falibles, inquietos, impacientes, torpes. Y también, insistimos en lo que creemos, incluso si puede hacernos daño. Así que nos lastimamos, nos hacemos heridas en ese lugar invisible donde habita la conciencia.

Tuve una inmediata imagen de mi misma intentando encaramarme en el árbol de mango del jardín. Sabía que era muy bajita, que no tenía las fuerzas y la habilidad, pero continuaba intentándolo. Me había caído docenas de veces, incluso en una ocasión estuve a punto de romperme la cabeza en mi empeño, pero nada parecía detener mi insistencia. Me pregunté si a eso se refería mi tia: que llegados a cierto momento, hacemos lo que deseamos, a pesar del dolor.

- Sí, eso ocurre - dijo con una sonrisa amistosa. Me entusiasmé.
- Entonces, allí te curas.
- Sí, o lo intentas.
- ¿Como te sanas lo que no puedes ver?
- Sanando todo lo que te conforma y te crea - me explicó mi tia - somos un conjunto de cosas muy distintas. Lo que nos cimenta, lo que nos sostiene, son cosas muy distintas. Desde lo que vemos a diario hasta lo que sentimos en todo momento. La brujería le llama "pensamiento de piel". Y sí, es eso, en esencia. Somos creaciones de nuestra memoria, nuestros recuerdos. Nuestras ideas más personales.

Me asombró esa idea. Imaginé a mi piel como una gran llanura pálida llena de imágenes y pequeños recuerdos. Y en medio de todo, quizás una herida. Pequeña, abierta, sangrante.

- Todos llevamos heridas abiertas, dolorosas - continúo - a veces no recordamos donde cómo nos ocurrió, que provocó el dolor. Pero está allí. Y la brujería insiste en que para crecer, para madurar, para hacernos más fuertes, debemos estar sanos. Tanto de mente como de cuerpo. Y sobre todo, en la manera como los miramos.

"A veces, la herida está en el pasado. Un dolor tan viejo que olvidamos recordarlo. Es necesario mirar, comprender que somos parte de todas nuestras historias. Asumir su peso. Y así avanzar. Esa es una forma de curar".

Tia se mordió los labios y miró el interior de su taza con una atención que me pareció casi dolorosa. ¿En que pensaba tia mientras admiraba las profundidades oscuras de su café? ¿Recordaba a mi tio? ¿Los años sin él? ¿Se había curado de eso? ¿Había una forma de hacerlo? ¿Una manera de calmar un dolor tan profundo?

- Si puedes sanar tu pasado, te liberas. Caminas un paso más en ese recorrido de tu mente - prosiguió Tía - donde te espera lo Sagrado de ti mismo, lo profundamente significativo. ¿Quienes somos más allá de lo que creemos? ¿Por qué creemos en lo que creemos? Entenderlo también es una forma de curar.

Pensé en todas las veces que había discutido en voz alta con las monjas bigotonas del colegio donde estudiaba. Mis contantes preguntas, mi necesidad de entender todo lo que me explicaban sobre la religión y la fe. ¿Era entonces esa una manera de curar? ¿De crecer? Tia sonrío cuando me escuchó.

- Y también lo es cuando esa búsqueda de lo sagrado te lleva a la línea más profunda de ti misma. A quienes te aman, a quienes forman parte de tu vida. Todos somos quienes llena de amor nuestras vidas.

Mi abuela solía decir que una Bruja son sus amores, sus deseos y sus pasiones. Recordé las celebraciones de Luna Llena, donde las brujas de mi familia se reunían para bailar y cantar, con los brazos extendidos al cielo, tomándose de la mano. Una manera de sanar las disputas, los dolores. Los pequeños silencios. Un baile íntimo, pensé con un suspiro.

- Enseñar también es una forma de Sanar - continúo mi tia - entregar lo que sabes a quien lo necesita. Sostenerlo como una forma de ofrenda, como una herencia tangible. Las brujas creemos que enseñar es aprender y aprender es crear algo enorme. Un vinculo de conocimiento eterno. Eso sana todas las heridas, te permite aprender de ellas.

Mi bisabuela, que era la persona más inteligente que conocía, solía decir que amaba estudiar porque era una manera de rellenar espacios vacíos en su mente. ¿Era una manera de decir que curaba sus heridas, incertidumbres y dolores aprendiendo? Ahora quería preguntárselo.

- Aprender también es una forma de comprender el tiempo, de continuar nuestro camino. Y esa sabiduría también sana las viejas heridas - dijo tia - somos quienes somos por nuestro pasado, por el presente que creamos, por la belleza del futuro. Y dejar caer el miedo, avanzar paso a paso hacia nuestra esperanza, no sólo nos consuela del dolor sino que también, nos hace más fuertes.

Tia casi nunca sonreía. Y cuando lo hacia era algo digno de verse. Me refiero a una sonrisa de bruja, muy amplia y sincera, con todos los dientes.Cuando sonrío, tuve la sensación que me decía algo muy elocuente, muy poderoso y sobre todo, muy profundo y necesario de comprender. Pensé en sus tristezas, tan viejas. En su largo camino en solitario hacia la vejez, en sus tardes plateadas y silenciosas, en su paseo por el jardín escuchando el viento gemir. Tuve la impresión que mi tia conocía mejor que nadie sus heridas y que había curado una a una. Que aún había cicatrices, que aún había lugares sensibles. Pero que sabía que hacer, para crear, para soñar. Para anhelar.

- Toda bruja sabe curarse así misma - dijo entonces - lo sabe por instinto, por generosidad, por perdón, por asombro, por inocencia. Lo hace por fervor, por pasión, por dolor, por belleza. Por la familia que ama, por  todos quienes le rodean. Por esa manifestación de fe y Universo que llamamos felicidad, tan diminuta y tan esquiva. Lo hacemos por respeto, por honrar nuestra tradición. Por hacernos cada vez más indómitas, más poderosas.

"Por enseñar, por cantar. Por danzar bajo la Luna Llena. Lo hacemos por cada parte de nosotras es una historia que contar, una enseñanza que heredar, un tiempo nuevo que crear".

Apreté los labios para no llorar, pero quizás ella notó la emoción que se me subió a la cara como un rubor cálido y radiante. Cuando me abrazó, me aferré a ella con fuerza, pensando en su corazón que latía con fuerza y que había estado herido. Que quizás lo estaba aún pero que sin duda, era una forma de crear sueños, de alcanzar con los dedos la esperanza.

- ¿Seré una bruja así de fuerte? - pregunté con la frente apretada contra su hombro. La escuché reír.
- La verdad, mi niña querida, todas las mujeres lo son.


***

A veces, la mujer adulta que soy se tambalea por el dolor. Tanto que casi resbala y cae, en ese paraje en sombras que a veces llamamos desazón. Pero entonces recuerdo, que hay un poder silencioso y trascendental en algún lugar de mi mente. Uno que me obliga a levantarme, a limpiarme las rodillas y seguir. A sonreír otra vez, mirando al infinito, con deseos de gritar y llorar. Con la sonrisa a flor de piel, las manos llenas de palabras. Insistiendo una y otra vez en continuar. Seguramente le llamas perseverancia.

Yo le llamo magia.

Y quizás es eso en realidad.

2 comentarios:

Patricia Valenzuela dijo...

¡¡¡¡¡Maravilloso y conmovedor como siempre....gracias...de corazón gracias !!!!!

Doro dijo...

BEllo!!!!!!!!!!!

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