domingo, 27 de diciembre de 2015

Cantos olvidados y otras historias de brujería.



La Luna llena brilla entre las nubes y la miro con el mismo asombro con que lo he hecho desde niña. Y es que de pronto, parece no existir el tiempo más allá que en los recuerdos. Cada escena de mi memoria iluminada con este brillo plateado, con esta sensación de regocijo y asombro. Un eco de todos los rostros de la mujer que soy, de la niña que fui, de la bruja en que me convertí, de todos las imágenes y sueños que atesoro.

Coloco una vela que marcará el circulo de luz. ¿Cuando fue la primera vez que lo hice? Tenía diez años, creo y quería ser una bruja. Lo deseaba tanto que no podía pensar en otra cosa. ¡Y que experiencia era esa sensación! La de mirar el misterio como algo cercano en mi vida, la de creer que había algo más que la realidad de lo evidente rodeándome. Una vela que simboliza el comienzo, las puertas abiertas. Una vela para recordarme que todo trayecto, tiene un primer paso.

Completo el circulo poco a poco. La luz de las velas parpadea, hace retroceder la oscuridad. Cuando era pequeña, creía que entre las sombras, había rostros que podían mirarme, que se escondían entre el filo de la luz para aterrorizarme. Y fue el ritual de Luna llena, el más sencillo y el más significativo, el que me enseñó que la luz y la sombra son compañeras. Que todo principio tiene un fin y que todo idea nos lleva a un conocimiento mucho más profundo. Una forma de mirar los infinitos paisajes de nuestra mente, lo que somos y lo que deseamos ser.

El circulo está completo y yo estoy de pie en medio de su resplandor. Y me recuerdo, con tanta claridad como si recién acabara de suceder, bailando y riendo a viva voz. Una adolescente delgaducha y de piel pálida, frágil en su torpeza, tan viva en su deseo de aprender. Solía celebrarlo a solas, con esa furiosa independencia de la primera juventud, intentando cometer mis propios errores, encontrar el mapa de mis pequeños triunfos. Un ritual a escondidas, con mi cámara al hombro, con palabras sueltas escritas en hojas de papel. ¡Y que asombro ese! Con los brazos levantados hacia la oscuridad, de pie, desconcertada por el calor en la punta de mis dedos, por la sensación de poder de ese diminuto gesto. Hija de la Luna, doncella del viento. Bruja, soy.

Me siento en medio de la luz y de pronto, el resplandor parece hacerse movedizo, blanco y azul, tan cálido que me lleva esfuerzos respirar. Y pienso que de niña, estuve convencida por mucho tiempo que el circulo mágico de cualquier ritual era la casa, era la esperanza, era la belleza, era el tiempo creándose poco a poco a través de palabras y gestos. Que invocar en voz alta, cantar y bailar, eran una manera de sentir el poder de la tierra, tan cercano como real. De construir una mirada nueva sobre lo viejo y conocido. Aquí, en silencio, rodeada del olor del viento. Del lento palpitar de mi nombre en las estrellas.

Levanto las manos para invocar. La Luna ahora pendula sobre la ciudad, brillante y plateada, durmiendo en paz. Y recuerdo en todas las noches en que la visto de la misma manera, en que me he asombrado de ese vinculo misterioso entre su rostro y mi identidad. Una vez pensé que la noche  puede tener el  olor a secreto, a algo tan exquisito como desconocido que no sé muy bien que puede ser. ¿Quienes somos al formular un deseo? No lo sé. Levanto las manos para agradecer esta noche entre todas las noches, para celebrar la vida y el tiempo, que transcurre y crece en mi. ¿Te recuerdas de niña? Tan pálida y tan asombrada, tan convencida que había magia en los pequeños gestos, que había belleza en cada ritual mínimo y elemental de nuestra identidad.  Una sonrisa al tiempo perdido, a los trozos encontrados de historias sin nombre. Y Las brujas allí, al filo de la noche, para recogerlos todos. Para bailar llevándolos apretados contra el pecho, en las palabras que se elevan en la luz hacia la Oscuridad, hacia la belleza, hacia el tiempo y hacia esa eternidad simple de mis párpados cerrados.


Y la celebración me recuerda a tantas otras que he llevado a cabo. Ese vinculo que me une a una historia mucho más vieja que la mía ¿Esperanza quizás?  La luna parpadea entre las ramas de los árboles. Aquí estoy, pienso mientras me desnudo. El viento se escucha a los lejos, se enreda en el sonido de la ciudad. Una y otra vez, el circulo de fuego me recuerda el valor de crear.  La Luna en lo alto y esta convicción muda y abrumadora, que pertenezco a este canto invisible, a esta línea que invade y llena mi tiempo privado, con una dolorosa belleza. ¿Quién soy? Me pregunto. ¿Quién deseo ser? Las palmas levantadas hacia la luz plateada. ¿A donde quiero que mi espíritu me conduzca? No lo sé. Y tal vez este desorden, de piel y de alma, de pies que bailan y manos que se sacuden, sea una verdadera forma de crear.

Una vez, mi abuela me dijo que toda bruja es un corazón aventurero, una lengua de fuego y un espíritu temerario. Una bruja vuela con alas rotas, salta a ciegas, grita hasta quedarse sin voz en la Oscuridad. Una bruja cree firmemente aunque no tenga sentido hacerlo, llora con toda libertad, ama hasta la locura. Una bruja es salvaje, poderosa en su integridad,  inocente en su capacidad para crear. Y somos, más allá del tiempo, hijas de nuestra historia, de nuestros errores y temores. De todo los recuerdos olvidados y encontrados. De los fragmentos de pequeños momentos que encajan con dificultad en nuestra memoria.

Levanto los brazos hacia la Luna. Hacia el misterio de esa fe por la esperanza, por la necesidad de encontrar mi camino en medio de todos los pequeños dolores y sinsabores del camino que me lleva a la sabiduría. Porque  el legado  que heredé fue la visión del futuro, la certeza que el conocimiento perdura a través del tiempo, una y otra vez, bajo la luz de la luna llena, en el bosque de nuestra memoria, el tiempo que se construye a partir de las ideas.  Una noche que se repite muchas veces, un pensamiento capaz de unirnos y conectarnos más allá de cualquier idea consciente. La vida, en nosotras, en la belleza y la fuerza que nace de nuestra Tradición.

E imaginé, no solo a las brujas de mi familia, sino al magnifico árbol de la Brujeria extendiéndose en todas direcciones, abriendo sus ramas a través del mundo. Vi con los ojos de mi mente a la hechicera de Senegal, a la curandera de Nicaragua, a la partera guatemalteca, a la wicca escocesa, a la joven que siente el llamado de la naturaleza, al muchacho que enciende una vela en luna llena y no sabe por qué lo hace. El Poder más antiguo de todos: el tiempo extiendose en todas direcciones, creándose con el rostro del pasado, con el rostro de las viejas celebraciones, de la felicidad de Antaño, del fuego redentor, del lenguaje del viento. Y fue tan absolutamente real, la convicción que la Antigua Tradición persiste en cada remembranza, en cada ocasión en que podemos comunicarnos con esa parte intangible pero totalmente real en nuestro interior, que tuve la convicción que la Diosa está presente en nosotros tan vívidamente como cuando para el mundo, su nombre era bendito y sinónimo de secreto de la energía Universal.


Sonrío, en medio del circulo de luz, casi rozando la oscuridad. Y de pronto, el pasado y el futuro tienen un sentido, una forma de manfiestarse. Cuando me llevo lo mano al cuello para rozar al estrella de plata que llevo puesta, una sensación de paz me recorre, me recuerda algo tan simple, tan pequeño, tan sutil que casi lo olvido a diario, solo para recordarlo un poco después.

El poder de la fe y el amor.

2 comentarios:

Patricia Valenzuela dijo...

¡¡¡¡¡MARAVILLOSO....DEMASIADO MÁGICO PARA NO COMPARTIRLO ....!!!!

Patricia Valenzuela dijo...

¡¡¡¡¡MARAVILLOSO....DEMASIADO MÁGICO Y BELLO PARA NO COMPARTIRLO ...!!!!!

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